la_cada_del_muro_de_berln_miniaturaCrónica de aquel hecho inesperado que cambió el mundo

Autores: Jean-Marc Goñi y Oliver Guez

Traducción de Manuel Talens
Categoría: Referentes Sociopolíticos (Entornos)
Madrid: Alianza (2009)
368 páginas

Pregunto a Mr. Google en inglés, con permiso del gran internacionalista Antonio Remiro, a quien escuché por primera vez ese término, por “libros sobre la caída del muro de Berlín” y me ofrece 724.000 referencias. Encabezan la lista los libros de William Buckley, Frederick Taylor, Andreas Ramos (coautor), Meter Scheizer (editor), Nigel Kelly y la selección publicada el pasado 25 de agosto en su blog del diario The Guardian por Suzanne Munshower de “los diez libros que mejor ilustran el daño causado por el muro”. Su favorito es The Berlin Wall, de Taylor.

La caída del muro de Berlín es un relato todavía más minucioso que el de Taylor, pero a diferencia de éste, que abarca tanto la construcción como la destrucción del muro, sus autores, los periodistas Jean-Marc Gonin y Olivier Guez, se han limitado a los sucesos ocurridos entre el 6 de octubre y el 11 de noviembre de 1989.

Lo que pierden en perspectiva lo ganan, con creces, en profundidad. A partir de memorias públicas, documentos, archivos públicos y privados, y numerosas entrevistas, Gonin y Guez, corresponsales en Berlín de medios franceses durante años, han escrito un detallado y apasionante relato de lo que hicieron, dijeron, sintieron y pensaron los protagonistas principales de la caída del muro en sus últimos 35 días de frontera: una frontera temible, semicerrada y regada en sangre desde 1948. Si el lector busca una reflexión sesuda sobre las consecuencias de la caída del muro en los 20 años transcurridos, es mejor que lea o escuche (en la red hay entrevistas que no tienen desperdicio) a Hobsbawm.

Si desea revivir aquellos días intempestivos y extraordinarios, meterse en la piel, en la mente y en el corazón de sus actores principales, soñar y asustarse con ellos, perderse a su lado en la locura (wahnsinn) que hizo realidad lo que parecía imposible, éste es su libro. Escrito en forma de historias paralelas y en orden cronológico, con cortes a veces un poco bruscos, los autores han reconstruido -citando por su nombre real a los personajes públicos y reservando el anonimato de muchos más- la vida de los políticos, periodistas, artistas, espías, policías, soldados y manifestantes anónimos que adelantaron en cien años el final del símbolo principal de la Guerra Fría. Entre los héroes, sobresalen jóvenes idealistas del Nuevo Foro, el compositor Kart Masur, pastores protestantes como Christoph Wonneberger o Gottfried Fork, el obispo de Berlín Brandenburgo. Siempre, hasta la victoria final, fueron minoría, frente a la masa asustada y prisionera del régimen.
Unos en el papel de malos, como el dinosaurio Honecker y su delfín y sucesor Krenz, otros en el papel de buenos como Gorbachov, los tres son víctimas de sus propios errores y de una tempestad que nunca llegaron a comprender, mucho menos a controlar. Igor Maximitchev, el embajador soviético en Berlín, no se atrevió a informar personalmente a Gorbachov la noche del 9 de noviembre porque el líder soviético ya se había retirado a dormir y dio por hecho que el propio Krenz, la Stasila KGB ya le habrían informado del diluvio. Helmut Kohl, el canciller de la RFA, más que impulsor activo, simplemente, negando ayuda económica a Krenz cuando se la pidió desesperadamente para facilitar la libertad de viajes de la población, facilitó la estampida y se aprovechó de ella para poner fin a la división de Alemania.
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Con la perestroika en pleno auge y Polonia disfrutando ya de su primavera de libertad, Honecker, el hombre fuerte de la RDA, en su crepúsculo físico y político, acepta a regañadientes sustituir la orden de “tirar a matar” por un reforzamiento del muro con las últimas maravillas tecnológicas, pero le faltó tiempo y dinero para hacerlo. Los hilos para tropezar conectados con cohetes de alumbrado, las puntas de acero incrustadas en el cemento, las pistas para perros, las fosas antitanques, los alambres de púas, las trampas para vehículos especiales, las planchas de clavos al pie del cinturón interior con puntas de doce centímetros que podían, literalmente, clavar en el suelo a cualquiera que saltase desde el muro interior… no habían sido suficientes para disuadir a los más desesperados.

¿Cómo se explica que la NVA, el ejército más poderoso de los satélites soviéticos, la Stasi, los servicios secretos más eficaces del Pacto de Varsovia, los 400.000 soldados del Ejército Rojo y los miles de agentes de la KGB desplegados en la RDA se vieran superados en pocos meses por la presión popular y, en vez del anunciado supermuro infraqueable de sensores, cámaras, detectores de infrarrojos y emisores móviles con los últimos microchips, los berlineses recuperaran -sin disparar un solo tiro- la unidad perdida tras la segunda guerra mundial?

Un informe de la Stasi del 1 de junio de 1989 estimaba el potencial máximo de la oposición en unos 2.500 individuos, agrupados en torno a un centenar de pequeñas asociaciones hostiles, relacionadas con las iglesias protestantes y todas ellas infiltradas y vigiladas estrechamente por los llamados “combatientes del frente invisible” de la policía secreta. La avalancha que bloqueó Berlín Occidental la noche del 9 de noviembre de 1989, tras forzar la apertura del muro, tal como la vio desde un helicóptero el entonces embajador estadounidense en la RFA, Vernon Walters, pasó del millón. “La Guerra Fría está ganada”, pensó el general retirado que lo había sido todo en los servicios secretos y diplomáticos estadounidenses, y que llevaba 40 años esperando ese momento.

La respuesta, tal como se desprende de esta investigación, está en Gorbachov, en su doctrina Sinatra (“cada uno a su manera”), en el descalabro económico del sistema soviético y este-alemán, en los cambios en Polonia, Hungría y Checoslovaquia a finales de los 80, en un puñado de héroes locales, en unos líderes atemorizados, superados por las circunstancias, y en un cúmulo de casualidades, que no causalidades, imposibles de encajar en ningún plan racional o premeditado.

Hora por hora, día a día, desde la visita de Gorbachov a Berlín Oriental el 6 de octubre para asistir a las celebraciones de los 40 años de la RDA (cap. 1) hasta la caótica rueda de prensa del 9 de noviembre de Schabowski, el portavoz del régimen comunista moribundo (cap. 14), los autores reconstruyen los hechos, tal como se vivieron, paso a paso, en el Kremlin, en la cúpula del partido comunista, en la calle con manifestaciones cada día más pobladas, en las cloacas de la Stasi, en los refugios de la oposición, en la embajada soviética y en los cuarteles.

Como en toda reconstrucción, se mezclan testimonios reales e imaginados, diálogos ciertos y posibles, verdades contrastadas y supuestas, pero el resultado final gana en intensidad y credibilidad. La versión fría de los hechos habría resultado una tesis doctoral más u otro libro aburrido, de carril. Así se ha conseguido una historia vibrante que va atrapando al lector hasta la apoteosis o climax final.

Felipe Sahagún

(“El Cultural” 25/09/2009)

 

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