Autor: Agustín Ramón Rodríguez González

Categoría: Historia Militar

Editorial: Editorial ACTAS

Núm de págs.: 300 pp. + 8 de fotos

Parecerá que el tema de 1898, ya a más de cien años de los hechos, ofrece hoy muy pocas facetas desconocidas, y, sin embargo, todavía nos falta mucho que saber de las circunstancias en que se produjo el “Desastre” por antonomasia, muchas de cuyas consecuencias son aún perceptibles y no solo en España.

Uno de los aspectos menos tratados es el de la situación internacional de entonces, como si España y Estados Unidos hubieran estado solos en el planeta, junto a cubanos, filipinos y puertorriqueños, y que con ello se explica todo.

Un papel protagonista en toda la crisis, antes e incluso durante la guerra fue el del por entonces hegemónico Imperio Británico. Convencidos sus gobernantes que España iba a perder de un modo u otro sus posesiones ultramarinas, decidieron que no debían caer en manos de potencias por entonces rivales, como los imperios alemán o ruso, o como Francia, por entonces también en expansión colonial en todo el mundo.

Conscientes de que no podían abarcar todo, y que necesitaban el apoyo de otras potencias emergentes, los británicos tendieron a favorecer a los Estados Unidos y a Japón, aunque por supuesto en interés propio.

Curiosamente Japón había mostrado un más que evidente interés por las posesiones españolas en el Pacífico, suscitando los temores de un reducido círculo de diplomáticos y, especialmente, de jefes de la Armada, que previeron varios planes de defensa de las Filipinas, defendieron una política más activa en el área y llamaron la atención sobre los  proyectos de quienes pretendieron incluso comprar las Marianas y aumentar su influencia de todas las formas posibles sobre las posesiones españolas del Pacífico.

Y en Japón, evidentemente influenciado por los muy negativos juicios de otras potencias sobre España y los españoles, se daba por sentado de que ellos administrarían de forma mucho más eficaz, justa y racional aquellos territorios

La ya creciente tensión y recelo se hizo aún más evidente con la guerra entre China y Japón de 1894-95, al conquistar los japoneses Formosa, isla ya inmediata a Luzón, base y centro de la presencia española en Filipinas. Ello motivó una dura negociación en la que España, con el apoyo inicial de Alemania, Rusia y Francia, consiguó un Tratado de límites por el que Japón renunciaba a cualquier expansión hacia Filipinas. Sin embargo los tratados, según se repetía cínicamente en la época, solo se respetaban mientras la situación no variara.

Pero a despecho de los deseos japoneses, en Londres se consideró poco apropiado que una potencia asiática desplazara de la zona a otra europea, por lo que prefirieron apoyar a Estados Unidos, que por entonces estaban a punto de anexionarse Hawaii y otros archipiélagos e islas del Pacífico. A cambio de esa renuncia, Gran Bretaña ofreció a Tokio toda su moderna tecnología naval y su apoyo, como se demostraría en la guerra ruso-japonesa de 1904-5.

La Historia siguió su camino, pero bueno es recordar que Japón llegó a posesionarse de todos los terrritorios españoles en el área: de Marianas y Carolinas en 1914 (cedidas a Alemania en 1899 como compensación por su frustración en el “reparto”) y de Filipinas en 1941, aún bajo la tutela norteamericana.

Así y de forma sorprendente, una guerra declaradamente surgida a raíz de la crisis de Cuba, comenzó de hecho con el ataque de la escuadra de Dewey a Manila. Que la escuadra americana partiera de la por entonces colonia británica de Hong Kong (al serle imposible hacerlo desde las bases de la costa Oeste de los EE.UU.) que allí se preparara para el ataque durante meses, comprara el combustible y pertrechos necesarios e incluso reclutara marineros y adquiriera algún vapor de transporte, fueron sin duda hechos casuales. Como lo fue el que la vencedora pero aislada escuadra, fondeada frente a Manila después de su fácil victoria en Cavite, no tuviera problemas en seguir recibiendo desde Hong Kong toda clase de provisiones, a la espera de que llegaran las fuerzas de desembarco que decidieran la suerte del archipiélago.

En el escenario atlántico el apoyo británico no fue menos evidente: al ser España dependiente de la industria y tecnología británicas, entonces punteras, para construir y mantener operativa su escuadra, resultó que, también de forma “imprevista” los cañones pesados del crucero “Cristóbal Colón”, encargados a una firma británica, resultaron defectuosos y el buque debió ir a la guerra sin su armamento principal, las municiones de los cañones de 14 centímetros, armamento principal de los tres restantes cruceros de Cervera , estaban en un cierto porcentaje degolladas, con serio peligro al disparar para las piezas y dotaciones, o se retrasaron considerablemente las entregas de los seis destructores encargados a firmas británicas, impidiendo formar la escuadra convenientemente.

Para inclinar aún más la balanza, el gobierno británico, rotas las hostilidades, declaró el carbón, combustible entonces indispensable para los buques, como contrabando de guerra. Con ello no perjudicaba a nuestros enemigos, pero si a España, cuyos carbones nacionales no eran muy adecuados para las máquinas navales.

Y todos estos hechos, y bastantes más, enmarcados en declaraciones públicas de sus principales gobernantes, Salisbury y Chamberlain, mostrando su simpatía en plena guerra hacia los”primos” norteamericanos, considerando su victoria como algo deseable para el progreso universal y perorando, dentro del más sentido darwinismo social de la época, acerca de que en el mundo había “naciones vivas” que tendrían que imponerse por “ley natural” a las “naciones moribundas”, dejando muy claro a todos a que bando pertenecían cada uno de los contendientes.

Todo dentro de la más estricta neutralidad, por supuesto.

Neutralidad que estuvo a punto de romperse, cuando el abrumado gobierno español, temiendo que las escuadras americanas llegaran a costas españolas, eventualidad que entraba dentro de sus planes, y que bombardeara nuestras costas y puertos, decidió artillar la bahía de Algeciras, punto evidente de recalada de los posibles atacantes.

Entonces Londres decidió que esos cañones amenazaban a Gibraltar, y conminó al gobierno español a retirarlos bajo amenaza de guerra. Por lo visto España no podía construir fortificaciones dentro de sus propias fronteras.

Y así otras muchas cuestiones que se desgranan en el libro, fruto de muchos años de investigación, entre las que destacamos el veto británico al contraataque de la “Escuadra de Reserva” del almirante Cámara, primero en el Atlántico y luego en auxilio de Filipinas, o el sorprendente asunto del espionaje español durante la guerra.

Todo ello era conocido, si bien de forma más o menos completa no solo por el gobierno de Madrid, sino en Manila y La Habana, y desde luego por los altos jefes militares y navales. La conclusión era evidente: se trataba de una guerra imposible de ganar, y donde solo se podría salvar el honor, lo que explica muchas de las actuaciones de unos y de otros.

Lo peor fue que toda esa campaña de prensa, que insistía y ampliaba todos los mitos de la “Leyenda Negra” y el rápido desenlace de la guerra, que apenas duró cuatro meses, pesó como una losa sobre la conciencia nacional. Y así, los españoles, que habían sido víctimas, se contemplaron a sí mismos como los últimos y verdaderos responsables de una derrota ante una agresión que nunca pretendieron ni provocaron. Las consecuencias de todo ello aún las notamos en nuestra cultura, en la política y en nuestra autoestima como pueblo.

Por supuesto, ya entonces se criticaban en España aspectos del dominio español en ultramar, pero también se sabía y hoy se reconoce que no fue peor que el de otras potencias por la misma época en otros o incluso en los mismos escenarios. Recuérdese la mucho más larga y cruenta guerra entre filipinos y americanos después de la retirada española. Como también se perciben las consecuencias de aquella guerra aún hoy en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, pese a todas las supuestas ventajas que les iba a traer la nueva situación. Bueno es recordar, por último, que las dos primeras tenían ya autonomía en 1898 y se concedió durante la guerra a la tercera.

Pero aún utilizamos el 98 contra nosotros mismos, o para justificar remedios que se han revelado muchas veces peores que los males que pretendían atajar, y nos olvidamos con frecuencia de que no estamos solos en el mundo.

Perfil del autor

AGUSTÍN RAMÓN RODRÍGUEZ GONZÁLEZ nacido en Madrid en 1955, es Doctor en Historia por la Universidad Complutense y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia. Es asesor colaborador del Museo Naval de Madrid. Su Tesis Doctoral versó sobre la Política Naval de la Restauración, entre 1875 y 1898, y en esta misma editorial publicó en el centenario de la guerra el libro: “Operaciones de la guerra del 98, una revisión crítica”.

Entre otras publicaciones referentes a la misma época destacan el capítulo dedicado a la guerra naval del 98 en la monumental “Historia de España de Menéndez Pidal”, así como el capítulo sobre “La Armada del siglo XIX” en la obra colectiva “Historia Militar de España”, de la Real Academia de la Historia. Ha publicado hasta la fecha más de 31 libros referentes a la Historia naval de España, y unos ciento veinticinco artículos. Ha formado parte en ocho equipos de investigación con financiación oficial y participado en una veintena de congresos nacionales e internacionales.

Por sus trabajos ha merecido en cuatro ocasiones el Premio “Virgen del Carmen” de la Armada Española, el “Almirante Francisco Moreno” de la Revista General de Marina, el “Ángel Herrera” de la Fundación San Pablo CEU y otros. Entre otras distinciones posee la Cruz del Mérito Naval con distintivo blanco.

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