Civiles

Un comodín marrullero en las alcantarillas del Estado

paesa2port(...) FRANCISCO PAESA “El Zorro”, ha sido conocido en sus numerosos conflictos con la Justicia como Alberto Seoane, Francisco Sevilla, Francisco de Asís o Paesa Abad, habiendo rencarnado supuestamente también en el argentino Francisco Pando Sánchez. Siempre cuidó su figura atildada, mostrando una imagen a caballo del banquero sobrevenido y del diplomático de guardarropía, entre el caduco play boy aficionado a los coches deportivos y el espía embutido en su clásica gabardina, tocado con sombrero y gafas ahumadas. Su vida y milagros ilustran sobradamente la definición que André Gide dio de la novela policíaca: una fórmula narrativa en la que cada personaje intenta burlar a los demás, hasta que la verdad se muestra a través de la niebla del engaño....

El súper-ministro intruso y enigmático de Felipe González

belloch2(...) El 14 de julio de 1993, Belloch fue designado ministro de Justicia en el séptimo gobierno presidido por Felipe González. De forma paralela, el 5 de mayo de 1994, asumió también la cartera de Interior al haber dimitido su titular, Antoni Asunción, tras la fuga del ex director de la Guardia Civil, Luis Roldán, personaje que terminaría siendo capturado en Laos en una extraña operación policial supervisada por el propio Belloch y participada por el controvertido Francisco Paesa. Aquel sumando ministerial, le permitió acumular un poder excesivo y una doble responsabilidad política, en buena medida de “juez y parte”, políticamente poco comprensible que, no obstante, disfrutó como pez en el agua, satisfaciendo de forma momentánea su creciente pasión por el poder. En esa línea de ambición política, y aún con una biografía llena de incógnitas y de contradicciones, llegó incluso a postularse como sucesor formal de Felipe González, de forma obviamente infructuosa.

 

Un nuevo rico surgido de la corrupción y el terrorismo de Estado

(...) Al tomar posesión del cargo de gobernador civil, Sancristóbal afirmó que esperaba no dar la imagen de “guardián del orden público”. Sin embargo, su actuación terminaría siendo calificada de “dura” y “clásica”, y muy contestada por el conjunto de organizaciones políticas, sindicales y ciudadanas. De hecho, la coordinación de las actividades de los GAL iniciadas en 1983 se realizó desde el entorno de Julián Sancristóbal, quien en aquellos momentos se mostraría como un entusiasta de la “guerra sucia” contra ETA y su principal responsable político en el País Vasco. Entre los delitos achacados a los GAL en esa primera época se contabilizan el asesinato de Lasa y Zabala, el secuestro de Segundo Marey, los asesinatos de “Kattu”, “Txapela”, Vicente Perurena, “Stein”… Con aquella experiencia a sus espaldas, Sancristóbal fue nombrado director de la Seguridad del Estado el 9 de febrero de 1984, cuando Rafael Vera, su titular previo, pasó a ocupar la Subsecretaría del Ministerio del Interior. En ese momento, Sancristóbal se vio de nuevo acompañado por Francisco Álvarez, trasladado desde la Jefatura Superior de Policía de Vizcaya a la del Gabinete de Operaciones Especiales del Ministerio del Interior, bajo su directa dependencia. Ambos, verían crecer entonces el terrorismo alentado desde el propio Estado hasta límites tan insospechados como insostenibles, incluso con víctimas mortales ciertamente inocentes que nada tenían que ver con ETA (Jean Pierre Leiba, Christian Olaskoaga, Emile Weiss, Claude Doer, Christofe Matxicote, Catherine Brion…).

 

El infortunio personal jamás quebró su elegancia y lealtad política

alt(...) Siendo un hombre esencialmente duro y que, con errores y aciertos, con razón o sin ella, ha transitado mil caminos infernales, Rafael Vera sólo evidencia su fragilidad cuando se reprocha el abandono y las tensiones padecidas por su familia en razón de su dedicación a la Seguridad del Estado, incluidas sus consecuencias penales. Esta realidad, acompañada por la muerte de uno de sus dos hijos en un accidente de carretera, la cruel enfermedad diagnosticada a un nieto y las secuelas psicológicas de todo ello en su entorno más íntimo, le convierte en un icono de la desgracia política, que, no obstante, arrastra sin perder su porte elegante, transmitiendo siempre empatía, afabilidad y confianza...

 

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