Un militar del Opus Dei para la sanción controlada del 23-F

ÁLVARO LACALLE nació el 29 de octubre de 1918 en Haro (Logroño) y falleció en Madrid el 1 de septiembre de 2004. Casado con Irene Vázquez de Parga y Rojí, condesa de Torrejón, marquesa de Puente de la Virgen, marquesa de Valverde de la Sierra y dos veces “Grande de España”, no tuvo descendencia. Fue miembro destacado del Opus Dei.

Ingresó en el Ejército el 22 de julio de 1937 y participó en la Guerra Civil española como voluntario alistado en los tercios de requetés. Fue número uno de su promoción en la Escuela de Transformación de Artillería y diplomado en Estado Mayor. También cursó la licenciatura de Derecho en la Universidad de Valencia.

En marzo de 1958, Mariano Navarro Rubio, ministro de Hacienda y prohombre del Opus Dei, le nombró director general del Tesoro, Deuda Pública y Clases Pasivas, y a continuación, en octubre de 1959, subsecretario del Tesoro y Gastos Públicos. Su ministerio estaba integrado en el VIII Gobierno del general Franco, formado el 25 de febrero de 1957, a raíz del intento de golpe de Estado conocido como “operación Ruiseñada”.

Esta asonada relativamente olvidada, que fue una contestación organizada contra el Jefe del Estado desde dentro del propio régimen para reinstaurar la Monarquía con Don Juan de Borbón y Battenberg, a quien sus instigadores llamaban Juan III, estuvo básicamente alentada por monárquicos y anti-falangistas, a los que también se unió con gran entusiasmo el emergente Opus Dei a través de Rafael Calvo Serer. En el libro “La España Otorgada” (Anroart Ediciones, 2005), Diego Camacho y Fernando J. Muniesa describieron estos hechos en los siguientes términos:

… Cuando Franco conoció a través de sus precarios servicios de información las veleidades monárquicas que sobre su propia sucesión propiciaba un conspicuo grupo de altos mandos militares instigados por el conde de Ruiseñada y liderados por el teniente general Juan Bautista Sánchez González, que entonces mandaba la Capitanía General de Cataluña, ordenó a su amigo e incuestionable segundo del escalafón del régimen, Agustín Muñoz Grandes, a la sazón ministro del Ejército y sin duda alguna el compañero de armas que le producía más respeto, que zanjara de inmediato tan enojoso asunto. Tras algunas comprobaciones realizadas por los confidentes que Muñoz Grandes tenía destacados en Estoril, aquel asomo de rebeldía militar concluyó con el repentino “ataque al corazón” sufrido oficialmente por Juan Bautista Sánchez al concluir la acalorada discusión que mantuvo con el capitán general de Valencia, Joaquín Ríos Capapé, en su tienda de campaña, durante las maniobras militares celebradas en Puigcerdá (Gerona) en enero de 1957.

 Sin embargo, la versión oficial de los hechos concluyó que el general Juan Bautista Sánchez había aparecido muerto de infarto en una habitación de hotel en Puigcerdá el 29 de enero de 1957, al tiempo que su comandante-ayudante fallecía “electrocutado” de forma inexplicable en la carretera Barcelona-Valencia cuando regresaba también de aquellas comprometidas maniobras. Otros rumores sobre el fallecimiento de Sánchez González apuntaron a un posible envenenamiento inducido o a que previamente hubiera sido tiroteado por Rios Capapé en su tienda de campaña. A este respecto, Pedro Sainz Rodríguez (que siempre mantuvo serias dudas sobre el fallecimiento de Juan Bautista Sánchez) relata en su libro “Un reinado en la sombra” (Editorial Planeta, 1981) la siguiente confidencia hecha por Franco al monárquico y colaboracionista del régimen Julio Danvila: “La muerte ha sido piadosa con él. Ya no tendrá que luchar con las tentaciones que tanto le atormentaban en los últimos tiempos. Tuvimos mucha paciencia ayudándole a evitar el escándalo de la deslealtad que estuvo a punto de cometer”. La corona que Muñoz Grandes envió a sus honras fúnebres llevaba una inscripción más sobria pero igualmente críptica: “A un soldado honrado”.

 (…) Tras estos acontecimientos, y después de haber intentado granjearse inútilmente la confianza del régimen franquista, el gran inspirador de la fallida asonada “donjuanista”, Juan Claudio Güell, conde de Ruiseñada, también murió de infarto, según la versión oficial, sufrido en un coche-cama cuando el 23 de abril de 1958 regresaba en tren desde París a Madrid. Sobre esta muerte, cuenta Sainz Rodríguez en su obra ya citada que Franco puntualizó ante un ministro de su Gobierno: “Era un buen patriota. Notaremos su falta, pero quien más habrá de notarla será don Juan”.

 

Lo curioso del caso es que en el nuevo Gobierno derivado de aquel infructuoso intento de derrocar el régimen franquista, prolongado hasta el 10 de julio de 1962, en el que fueron nombrados ministros un significado número de militares, también se incluyeron varios ministros afines al Opus Dei y de corte pro-monárquico, cuyo entorno se había mostrado en efecto más partidario de don Juan que del general Franco, impulsándose además a partir de entonces los esfuerzos que terminarían confirmando a Juan Carlos de Borbón como su sucesor en la Jefatura del Estado…

Tras vivir aquellos momentos históricos como número dos del ministro Navarro Rubio, en 1963 Álvaro Lacalle fue nombrado presidente del Banco de  Crédito a la Construcción.

Ascendió a general de brigada en septiembre de 1974 y a general de división en 1978. Durante su carrera militar ejerció de profesor en la desaparecida Academia de Transformación, en la Escuela de Aplicación de Artillería y en la Escuela Superior del Aire. Formando parte del generalato fue designado jefe de Artillería de Canarias y jefe de Logística de la Dirección de Organización y Campaña del Estado Mayor Central. Como general de división ostentó el mando de la División de Montaña “Navarra” nº 6, con el cargo anexo de gobernador militar de Pamplona. Con ese mismo empleo, en abril de 1980 fue nombrado secretario general para Asuntos Económicos de la Subsecretaría del Ministerio de Defensa.

El 21 de agosto de 1981 fue promovido al empleo de teniente general, siendo designado entonces capitán general de la VII Región Militar, con sede en Valladolid, sustituyendo en el cargo al teniente general Ángel Campano, cuya lealtad constitucional había quedado cuestionada durante los acontecimientos del 23-F.

Este nombramiento no dejó de ser significativo debido a una controvertida circunstancia previa relatada años más tarde por Victoria Prego en un documentado trabajo sobre los orígenes profundos y las claves no desveladas de aquel mismo intento desestabilizador, publicado en una edición especial de “El Mundo” dedicada al 23-F en su 25 Aniversario. La periodista advertía sobre el protagonismo que ya había tenido Álvaro Lacalle cuando, en medio de las dificultades políticas que acosaban al presidente Suárez, se buscaba “un general blanco, liberal y de prestigio” para encabezar alguna especie poco clara de “gobierno transitorio”:

… Ya en 1974, en vida de Franco, Santiago Carrillo había intentado proponer al general Manuel Díez Alegría para que desempeñase un papel de “bisagra” entre el régimen y la oposición para hacer posible la transición política a la muerte del dictador. Varios generales liberales fueron después repetidamente tentados con esa idea, sobre todo durante los primeros meses de la Monarquía. Pero la última noticia pública que se tiene en la prensa de este juego teórico, del que los políticos nunca llegaron a calibrar los riesgos antes de que el 23 de febrero de 1981 surgiera con toda su fuerza el peligro del golpe, fue una declaración hecha por el andalucista Alejandro Rojas Marcos en el mes de agosto de 1980. Según las palabras de Rojas Marcos, recogidas por la revista Cambio-16, “el general de brigada del Ejército de Tierra Álvaro Lacalle Leloup sería el militar que el Partido Socialista Obrero Español estaría dispuesto a apoyar en sustitución del actual presidente del Gobierno, Adolfo Suárez”. El vicesecretario general del PSOE, Alfonso Guerra, se apresuraría inmediatamente después a desautorizar públicamente a su compañero con uno de sus ácidos comentarios: “Rojas Marcos debería de preocuparse más de la siega, de la siembra y de que la ley de fincas mejorables no le afecte a él”.

 
Pero tras el intento desestabilizador del 23-F, de esperpéntica similitud con el modelo “a la francesa” diseñado para instaurar la V República en el país vecino al amparo de la crisis franco-argelina, no fue menos sorprendente que un destacado miembro del Opus Dei, el propio Álvaro Lacalle, fuera también quien en enero de 1982 ocupara la presidencia de la Junta de Jefes de Estado Mayor (JUJEM), tomando posesión del cargo anexo como miembro nato del Consejo de Estado el 28 del mismo mes de enero. Durante su mandato como PREJUJEM desempeñó, entre otras responsabilidades, la de presidente del Comité Militar de la OTAN.

Su nombramiento, de máxima confianza político-militar, contó desde luego con el beneplácito del rey Juan Carlos, cuya ascendencia sobre ese entorno en aquellos momentos era indiscutible. Máxime cuando, como cabeza de la cúpula militar, el PREJUJEM tendría toda la autoridad sobre el consejo de guerra instruido contra los golpistas, y cuya vista oral ante el Consejo Supremo de Justicia Militar habría de iniciarse ya bajo su mandato. También gozaba de la amistad personal del presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo.

Al igual que sucedió con la denominada “trama civil” del golpe y sus aledaños políticos (donde eran bien evidentes algunas superposiciones entre miembros del Opus Dei y sectores residuales del antiguo régimen franquista), Álvaro Lacalle tampoco se interesó por esclarecer la instigación golpista dentro de las Fuerzas Armadas. Bien al contrario, la historia posterior atestigua las recompensas profesionales recibidas por los militares que, con su silencio o con sus acciones maquilladoras, entonces fueron celosos guardianes de su verdad más oculta, dentro y fuera de los Servicios de Inteligencia.

Quizás él fuera la figura más conveniente para controlar una “limitación de daños” y ejercer de verdugo de sus propios cofrades (en particular de los directamente implicados en el golpe como Alfonso Armada y Ricardo Pardo Zancada), limpiando de paso cualquier rastro o secuela más profunda o inconveniente del caso.

A este mismo respecto, tampoco dejó de ser significativo el mensaje que lanzó el fundador de Fuerza Nueva, Blas Piñar, el 1 de junio de 2006 durante su intervención como presidente de su Junta de Accionistas. Entonces dejó en evidencia a determinados personajes que se habían entregado a los ideales de aquella organización y que después los negaron: "Los que gritaban en la plaza de Oriente 'Suárez, traidor, cantaste el cara al sol' hicieron luego lo mismo que aquel al que increpaban”. Se refirió particularmente, y entre otros, al teniente general Lacalle Leloup, fundador de la revista “Fuerza Nueva”.

Hombre frío y distante, y de indudable prestigio dentro del Opus Dei, Álvaro Lacalle presidió la Junta de Gobierno de la “Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra” desde el 29 de julio de 1985 al 5 de febrero de 1998, siendo también en junio de 1996 el primer presidente de la “Fundación de Amigos de la Universidad de Navarra”. Dentro del entorno empresarial del Opus Dei presidió igualmente la financiera Corporación Inmobiliaria.

El teniente general Lacalle y otros cuatro antiguos mandos que estuvieron al frente de la cúpula militar (Ignacio Alfaro, Ángel Liberal, Gonzalo Puigcerver y José Rodrigo), recibieron el fajín de generales de “cuatro estrellas” el 14 de junio de 1999, de manos del General del Aire Santiago Valderas, entonces jefe del Estado Mayor de la Defensa. El discutido ascenso con carácter “honorífico” de estos cuatro predecesores del JEMAD, así como el de los demás jefes de Estado Mayor nombrados desde 1977 (que sumaron un total de veintinueve ascensos, nueve de ellos a título póstumo), se produjo el 21 de mayo de 1999 y era consecuencia de lo establecido al respecto en la Ley 17/1999, de 18 de mayo, de Régimen del Personal de las Fuerzas Armadas.

Entre las numerosas condecoraciones con las que fue distinguido, destaca la Gran Cruz de la Orden Militar de San Gregorio Magno (clase militar), otorgada por la Santa Sede. La Archidiócesis de Madrid reconoció su labor como presidente del Comité Ejecutivo del Patronato de la Catedral de la Almudena que logró la terminación de sus obras, citándole de forma expresa en la placa meritoria instalada en su interior.

FJM (Actualizado 05/09/2011)

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