La sentencia más inoportuna para Sánchez y sus presupuestos

 

Durante años, Sánchez ha ido mareando la perdiz y vendiendo humo a la gencat independentista. Les ha instado a participar en una “mesa de negociación”. Y los indepes que cuando oyen hablar de “negociación” recuerdan inmediatamente a aquel Zapatero que afirmó, con una seriedad pasmosa, que aceptaría todo lo emanado por el Parlament de Cataluña (y que luego tuvo que desdecirse, cuando le dijeron que había una constitución que imponía límites), aceptaron.

La inteligencia nunca ha estado del lado del independentismo. La credulidad, en cambio, sí: aquel que cree que, en el siglo XXI, con una Unión Europea, concebida como “unión de Estados Nacionales” (y no de una “unión de republiquetas indepes”) y con una globalización asfixiante, es posible la creación de pequeñas naciones, demuestra, por eso mismo, tener unas tragaderas capaces de engullir las bolas más desproporcionadas, incluso de un mentiroso patológico como Sánchez.

Desde el principio, Sánchez se planteó la “mesa de negociaciones” como una posibilidad de arrastrar el voto independista para su coalición. Por lo demás, los indepes no tenían nada que esperar si gobernaba el PP o el PSOE con Cs. Así que se subieron al carro de la “mesa de negociaciones”, preparando el pliego de exigencias: referéndum mañana, independencia pasado y, ante todo, libertad de los independentistas presos y amnistía general… Sánchez no podía dar casi nada de todo esto, pero sí podía regar a la Gencat indepe con algunos euracos y tapar la boca a los que, en el fondo, no dejaban de ser unos mendicantes pedigüeños, llorosos y tristones, con tendencia a la victimización.

Y entonces llegó la negociación de los presupuestos. En el verano, Sánchez -tras regresar de Europa con las manos casi vacías y la exigencia de enviar a Podemos a la oposición, se “abrió” a Cs y el PP adivinando que el rapapolvo europeo recibido por Sánchez le haría entrar en razón, desconectó a su ala derecha enviando a Cayetana a la sala de los lamentos, decidió no comprometerse en la moción de censura de Vox y optó por un perfil centrista. Los medios se cebaron contra Podemos sacando sus trapos sucios en materia económica y de gestión interna que dejaban a los propietarios de la marca al mismo nivel de corrupción alcanzado por el PSOE, el PP y CiU.

Pero luego, Sánchez hubo de rectificar de nuevo, cuando desde el CIS le dijeron que un cambio de rumbo podría tener efectos inesperados en la intención de voto. Así que optó por seguir con el “vista a la izquierda”. El voto de Podemos estaba, lógicamente, asegurado en el debate sobre los presupuestos, pero no había suficiente: era necesario el voto indepe catalán y el abertzale. Este último era fácil de contentar: y Sánchez mostró su dolor y comprensión por la suerte de un matarife de ETA muerto en la cárcel el día anterior. Votos ganados, por esa parte. En cuanto a los indepes, les juró y perjuró que la “mesa de negociación” que había ido retrasando con más y más excusas de mal pagador, ahora iba en serio. Para reforzar ese criterio se empezó a rumorear que el gobierno tenía previsto el estudio del indulto para los indepes presos.

Entre porro y porro, los de la CUP no terminaban de fiarse de tanta promesa, mientras que ERC creía en ellas y en la buena fe del presidente, Puigdemont se veía coprotagonizando la mesa de negociaciones y veía en el indulto una posibilidad de volver a sentarse en poltrona, la Asamblea Nacional de Cataluña reconocía que el “procés” había fracasado y la exCiU se partía en dos, por presiones de Puigdemont que quería un partido propio (JuntsxCat), rompiendo al PDCat, en otro de los ajustes de cuentas que demuestra el nivel político del independentismo, ahora en pérdida de vigor y desmovilizado, y que obligó a Torra a realizar cambios en su gobierno (que pasaron completamente desapercibidos para todos los que no ven TV3).

El Tribunal Supremo tiene unos tempos inescrutables como cualquier juzgado: nunca se sabe cuándo cogerán un expediente y lo resolverán. De lo que no me cabe la menor duda es que el Tribunal Supremo es independiente e, incluso, inoportuno: porque la sentencia de inhabilitación de Torra era fácil de redactar, la podían haber resuelto menos de una semana después de haber sido presentada: a Torra la Junta Electoral le ordenó quitar una pancarta, no sólo no la quitó, sino que se jactó de que no lo haría. Como un ladrón de gallinas, pillado in fraganti y que les dice a la Guardia Civil que volvería hacerlo tantas veces como le apetecieran unas alitas de pollo. Pero el Supremo esperó más de dos años para “estudiar” la sentencia y la emite en el momento más inoportuno… para Sánchez.

A partir de aquí la “mesa de negociaciones” paritaria, Gobierno-Gencat, salta por los aires. Sánchez tendrá que inventar algo más convincente para ganarse el voto indepe para sus presupuestos.

Y lo peor no es solamente eso, sino que el episodio ha contribuido a demostrar otra vez el talante de Podemos. Castells, “ministro podemita de universidades”, ya ha declarado que la sentencia le parece una “venganza desproporcionada” … Sin olvidar que otro diputado de Podemos, su secretario de organización, deberá responder ante la justicia por haber propinado una patada a un guardia durante una manifa. Con esos aliados, Sánchez no precisa siquiera de enemigos, para irse hundiendo ante la Unión Europea, esa a la que deberá volver a mendigar de nuevo en pocas semanas.

Todo esto llega en el momento en el que se ha reconocido que somos nuevamente líderes en esto del Covid-19: incluso El País reconocía que la segunda ola de la pandemia ha irrumpido en España con más fuerza que en cualquier otro lugar. ¿Y les extraña? Nadie, por lo demás, ha negado a la Asociación Nacional de Víctimas y Afectados por el Coronavirus, que fueran 53.000 los muertos hasta la fecha (lo que nos convierte en líderes mundiales de víctimas por cada 100.000 habitantes, no se olvide) y que fueron las banderas nacionales que colocaron el pasado domingo en la ladera verde del parque de Roma en Madrid.

Sea como fuere Torra es cosa del pasado, como es pasado, Jordi Pujol, Artur Mas o Puigdemont. Pasado sin historia. Pasado ridículo de personajillos, a cuál más atrabiliario, que iniciaron una aventura que nadie con dos dedos de frente se habría atrevido a emprender y cuyo perfil político y personal es cada vez más bajo, hasta llegar ahora al “president” interino, un tal Aragonés que promete ser el escalón inmediatamente inferior.

Sí, porque toda la historia de estos personajes es una escalera que desciende, peldaño a peldaño, hasta la cripta del independentismo en donde yacerán sus restos: un fenómeno propio de la “primavera de las naciones” del siglo XIX, fuera de lugar y fuera de la historia en el siglo XXI.

Ellos no se dan cuenta de la endeblez de sus argumentos, ni siquiera de algo tan sencillo como el que, poco a poco, van perdiendo fuerza social (que, por otra parte, nunca fue mayoritaria). Hoy, podemos afirmar, que lo que queda del movimiento se parece más a una secta religiosa que a un movimiento político.

¡Ah, por cierto! A Torra, lo podrían haber destituido por cualquier cosa, entre otras por ser el presidente de “los catalanes independentistas” y no de “todos los catalanes”, por haber realizado declaraciones desafiantes, haber animado a los “nens de la gasofa” a sus manifestaciones, como irresponsable, aventurero y extraterrestre… pero resulta ridículo que su inhabilitación haya sido por una pancarta de mierda que podría haber sido retirada por un par de Mossos d’Esquadra el mismo día en que se puso.

Ernesto Milá

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