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Si uno repasa la historia más reciente de España, puede encontrar cierta similitud entre la forma en que germinó la intentona golpista del 23-F y las actuales presiones del establishment para que, una vez roto el bipartidismo PP-PSOE, los resultados salidos de las urnas el 20-D y el 26-J se interpreten como un mandato social inequívoco de que quien ha de gobernar en España es Rajoy, sí o sí. Más allá, claro está, de lo tasado en el juego democrático.

Lo que algunos militares ilustrados del antiguo CESID hicieron en la fase preparatoria del 23-F, fue rescatar la experiencia de 1958 con la que en Francia advino la V República. Se conoció como ‘Operación De Gaulle’ y consistió en crear un estado de opinión artificial sobre la inestabilidad política y el derrumbe institucional, sobre sus grandes riesgos y sobre la necesidad de superar como fuese los males que se avecinaban, incluyendo la toma de Paris por las fuerzas paracaidistas desplazadas desde Argelia; o del oportunismo de dar carta de naturaleza al malestar provocado por la guerra argelina de liberación iniciada en 1954.

Dicho de otra forma, se creaba prácticamente de la nada un problema político had hoc (o se magnificaban algunos indicios incipientes de malestar ciudadano) para presentar acto seguido la solución ‘salvadora’ o en teoría necesaria para conjurar la falsa catástrofe prefabricada, justificando en razón de esa emergencia nacional todas las tropelías antidemocráticas que pudiera conllevar. Por eso, a sus inspiradores les gustaba tanto hablar de gobiernos de ‘salvación nacional’.

Algo que en el caso español del 23-F se entendió silentemente como un golpe de Estado propiciado desde dentro del sistema y por los poderes fácticos del momento. Algunos -la Iglesia y el Ejército- han desaparecido como tales, pero otros prevalecen todavía en el entorno neoliberal, con no pocos alevines sueltos por su entramado de empresas mediáticas.

No es nuestra intención profundizar ahora en lo que fue el 23-F, en sus orígenes ni en la forma en que se superó. Pero lo cierto es que la actual situación de desbarajuste político, hay cosas que a quienes fuimos testigos directos de aquél lamentable suceso de la Transición no nos extrañan.

A Adolfo Suárez se le quitó malamente de en medio (sin esperar a que lo hicieran las urnas) porque no admitió en primera instancia las presiones internas y externas ni el juego antidemocrático para que abandonara el Gobierno, aunque su posterior dimisión tampoco calmó a los golpistas del 23-F. Y, ahora, otros poderes muy similares ejercientes en la sombra, que se consideran omnímodos, también parecen entender que el ordenamiento constitucional no es suficiente para asegurar o no la investidura presidencial de Rajoy, personaje más identificado con sus intereses que el resto de los líderes políticos, más progresistas, radicales o transgresores (beligerantes con los recortes sociales, partidarios del ‘derecho a decidir’, tolerantes con el ‘soberanismo’…); sin que un gobierno simplemente reformista tampoco aplaque sus inquietudes y aspiraciones de clase.

Y quizás por eso se está creando un estado de opinión o de dramática necesidad nacional, con toques verdaderamente angustiosos, no para forzar un diálogo abierto, sincero y con cesiones compartidas entre partidos, sino para obligar a todos ellos (o a los más maleables) a respaldar con sus votos y escaños otro gobierno conservador presidido por Rajoy y con carta blanca para culminar sus políticas antisociales. Es decir, nada de nuevas elecciones generales según dicta la Constitución (mientras no se quiera reformarla): Rajoy o el caos; o sigue Rajoy o se van a enterar ustedes de lo que vale un peine.

En febrero de 1981 el ‘peine’ tomó forma de asalto armado al Parlamento y de secuestro de la soberanía nacional, de carros de combate tomando las calles de Valencia, de una temida División Acorazada desacuartelada, de un general vestido de uniforme que quería proponerse a punta de pistola como presidente del Gobierno en la sacrosanta sede del Congreso…

Y ahora, en tiempos distintos y adecuando a ellos un nuevo estilo golpista, esa misma retranca de ‘lo que vale un peine’ es una amenaza de desastre político total, de duras sanciones europeas, de ruina económica por los siglos de los siglos, de tirar por la borda todo lo conseguido…, y de otros lugares comunes que sólo se justifican en la calenturienta mente de quienes dirigen la fábrica de mentiras nacionales. Pues que bien.

Nada de forzar la sustitución de Rajoy (el Elefante Blanco del momento) por otro candidato más razonable de su propio partido (quizás Alberto Núñez Feijoó), como han requerido los dirigentes de los partidos que podrían apoyar un gobierno del PP. Nada de concesiones realmente reformistas a Ciudadanos o más progresistas al PSOE. Nada de nada con los partidos nacionalistas, salvo acusarles de ser ‘enemigos de España, y menos aún cruzar dos palabras de mínimo entendimiento con la izquierda más radical, hoy por hoy respaldada en todo el territorio nacional por más de cinco millones de votos.

Pero lo más sorprendente y acomodaticio del caso es que estas presiones carcas para que gobierne Rajoy (y Rajoy por encima del PP) estén apoyadas e incluso jaleadas por algunos dirigentes o ex dirigentes del PSOE, primos hermanos de los que en los prolegómenos del 23-F escuchaban en Lérida con suma atención los cantos de sirena del general Armada. Ahora quien les lleva al huerto es un civil que hizo la mili ordinaria dedicado a las tareas de limpieza en la Capitanía General de Valencia, mandada ya por el teniente general Milans del Bosch, pero licenciándose como cabo furriel poco antes de que el 23-F éste sacara los tanques a la calle. Cosas de la vida…

Ya lo saben ustedes, queridos abonados: Rajoy por fas o por nefas. Y lo más decepcionante es que, al igual que sucedió al iniciarse en febrero de 1981 el asalto del teniente coronel Tejero al Congreso de los Diputados, cuando una parte considerable de la sociedad española veía aquello con simpatía o con cierta complicidad pasiva, hoy también son muchos los españoles que caen en el engaño de que, cuando más convenga a los de arriba, la investidura del presidente del Gobierno no tiene que derivar de la natural aritmética parlamentaria, según lo establecido en la Carta Magna, sino forzarse mediante presiones mediáticas y ‘golpes a la francesa’ o ‘golpes parlamentarios’.

Las vías constitucionales para enmendar el actual impasse de desgobierno son muchas y todas viables. Desde aceptar un candidato independiente de los partidos para que forme un gobierno técnico y de estabilización institucional, hasta constituir coaliciones pre-electorales que garanticen una suma coherente de votos y escaños suficientes para gobernar, pasando por la solución más simple de unas nuevas elecciones en las que cada partido y cada candidato convenzan con claridad, limpieza y verdadero compromiso político a los electores para captar su voto mayoritario, aunque los golpistas de nuevo cuño no tengan -ni quieran tener- quien les haga ese recado: está claro que les encanta Rajoy.

Los recursos extra democráticos, o no contemplados en el ordenamiento constitucional, al corte de la carcunda que está presionando de forma incansable para reasentar a Rajoy en La Moncloa sin el respaldo social suficiente, forzando la realidad ideológica del Congreso (residencia de la soberanía nacional) y vulnerando con ello la confianza depositada por los votantes en cada uno de sus partidos, no dejan de ser -como decimos- una peligrosa llamada a los fantasmas golpistas del pasado. Aunque en una formulación de trama civil más adaptada a los nuevos tiempos: los mismos perros, sueltos con otros collares; porque desde luego no es exactamente lo mismo Mariano Rajoy y el ‘marianismo’ que Armada y los blindados de la ‘Brunete’, al menos de momento.

Fernando J. Muniesa

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