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Al margen de sus peripecias políticas en Andalucía, de poco fuste y en todo caso vividas de la mano de los dirigentes implicados en sus últimos grandes escándalos de corrupción (heredó directamente de José Antonio Griñán la secretaria general del PSOE-A y la presidencia de la Junta), poco hay en Susana Díaz que pueda respaldar su solvencia para dirigir la difícil reconversión nacional de su partido. Y, menos aún, para aspirar a que una mayoría de españoles le confíen el Gobierno de la Nación.

La respuesta inmediata a esta primera consideración podría ser -y no nos perecería inadecuada- el recordarnos que hoy la clase política carece, en general, de capacidad y méritos suficientes para desempeñarse en sus cargos, rebasando casi siempre los límites de su incompetencia. Las excepciones serían mínimas.

Pero claro está que, ahora, no se trata de confrontar los perfiles políticos de Susana Díaz y Pedro Sánchez, ambos tan legitimados en su representación política como carentes del carisma y nivel suficiente para liderar un partido de la importancia del PSOE y en momentos tan críticos. La cuestión que planteamos es si la sustitución del uno por la otra en el alto cometido que se disputan, está o no fundamentada en la capacidad objetiva del relevo, si éste es o no precipitado y, en definitiva, si es o no la mejor solución del problema o la más oportuna.

De entrada, el procedimiento y las formas con las que se ha defenestrado a Pedro Sánchez como secretario general del PSOE y candidato a la presidencia del Gobierno (quizás se presente en una nuevas primarias), dinamitando su Comité Ejecutivo en una operación bucanera, son pura y llanamente deleznables. El daño a la imagen pública del partido (su salvaje ruptura en dos) y la desmoralización que ello produce entre su militancia y el entorno de simpatizantes, son de una irresponsabilidad sin precedentes y de una gratuidad manifiesta.

Estamos, pues, ante el clásico ejemplo de aplicar remedios inútiles que, en sí mismos, son peores que la enfermedad que tratan de aliviar. Y sabiendo de antemano los curanderos de pacotilla que los aplican, todos los males derivados que acarrearán.

Lo que de Despeñaperros para arriba se sabe de Susana Díaz es que su emergencia política nace vinculada a Manuel Chaves y en el entorno del ‘felipismo’ de última hora en el que germinó la descomposición del PSOE, cuando Sánchez no existía políticamente, teniendo a Griñán como su reconocido Pigmalión (éste gusta de afirmar que Susana “es el pueblo”). Esa vinculación al emblemático reducto territorial socialista, es su principal referencia a nivel nacional.

De hecho, tras ser investida presidenta de la Junta de Andalucía y lanzarse al estrellato político, Raúl del Pozo le dedicó una columna en El Mundo (12-11-2013) titulada precisamente ‘La felipona’. Concluía con esta frase, que era lo más que se podía decir de ella: “El socialismo es una forma de religión laica y ya tiene su Esperanza de Triana, una Calabacita sonora que habla muy bien y no dice nada, por eso le dicen la felipona. El propio González ha comentado que Susana ha ilusionado al PSOE”.

A partir de ahí, sabemos que tras nueve legislaturas de gobierno socialista (ocho con mayoría absoluta y una con apoyo de Izquierda Unida), en las elecciones autonómicas del 22 de marzo de 2015, Díaz no logró la mayoría absoluta, necesitando el apoyo de Ciudadanos para gobernar. Ella misma, fue quien, después de ser investida presidenta de la Junta con los votos de izquierda (PSOE+IU) tras la dimisión de Griñán por su imputación en el escándalo de los ERE falsos (buscando el aforamiento como senador por la Comunidad Autónoma), se metió en el lío de anticipar las elecciones autonómicas alegando, a su exclusivo juicio, razones de “desconfianza” hacia sus socios de gobierno, una afirmación que nadie ha confirmado de forma fehaciente.

Y también es conocido que, desde su posición dominante en la organización nacional del partido, fue madrina política del nombramiento del propio Sánchez como secretario general nacional y candidato presidencial. Posición que ahora quiere para ella misma, apenas sin esperar a lo que se decidiera de forma más ordenada en un Congreso Nacional.

Se la jugó a IU en Andalucía cuando en la mejor práctica política filibustera convocó elecciones anticipadas para echarles de la Junta a patadas. Y se la ha jugado a su correligionario Pedro Sánchez, animándole a revitalizar un PSOE en caída libre por culpas de otros para, acto seguido, acusarle de perdedor electoral y tratar de heredar su silla por aclamación; y renunciando, al menos teóricamente, a la política andaluza sin haber logrado una mayoría absoluta y antes de que el PP le gane las próximas elecciones autonómicas.

En esencia, esos son los avales de Susana Díaz para montar la que ha montado. Pero ella no es, aunque se lo crea, una clonación de Felipe González (nos referimos al brillante de los buenos tiempos socialistas). Ni tampoco de José Luis Rodríguez Zapatero, quién, puestos a presumir, terminó la carrera de Derecho en ‘solo’ ocho años de estudios, mientras ella lo hizo en diez, claro está que quedando extenuada para opositar a alguna plaza en los Cuerpos Superiores de la Administración Estado, por ejemplo.

Y que conste que, con el dato, no queremos en modo alguno decir que Díaz sea una zoqueta (aunque pueda parecerlo), porque hay muchísima gente realmente inteligente y preparada sin haber brillado en los estudios y hasta careciendo de ellos. Ni tampoco que sea una persona inculta, aunque podría serlo.

Es más, nos creernos, porque en plena emergencia ella lo declaró en una entrevista concedida a Carmen Torres, que es una lectora empedernida de Pablo Iglesias (el auténtico no el ‘podemita’) y de Antonio Machado, lo que, por quedar, queda bien. Y que de joven (de “muy joven” como una niña prodigio) escribía poesía (“incluso publiqué un cuadernillo”), dejándonos con la miel en los labios porque ahora no lo quiere compartir, y sin poder beber en su florido vocabulario ni conocer sus ideales poéticos (aunque éstos nunca han sido muy propios de políticos)…

Pero lo que sí conocemos ya es su comprobado tactismo personal, su folklorismo y su populismo un tanto barriobajero, adornado con cuchilladas al compañero del alma y todo tipo de malas artes políticas (tirando la piedra y escondiendo la mano y amagando sin dar), a pesar de pregonar a los cuatro vientos un sentido de la ‘responsabilidad’ y una capacidad de ‘reflexión’ que no somos capaces de ver en ella misma por ningún resquicio. Y también sabemos que le encantan las series televisivas de ‘Aida’ y ‘The Big Band Theory’, porque “la entretienen” (revelador).

Un bagaje muy distinto y distante del que hoy necesita quien quiera liderar el PSOE a nivel nacional y sacarlo del oscuro pozo en el que ha caído (y no exactamente por culpa de Pedro Sánchez). Y algo situado desde luego a años luz de lo que requiere el buen gobierno de una España en crisis global.

A Pedro Sánchez esa misma misión le ha podido venir grande, aunque ya se verá dónde queda cada cual. Pero las condiciones sucesorias indican que los socialistas vuelven a plantear un cambio por el cambio, sin optar en modo alguno por el auténtico recambio.

La lapidación política de Pedro Sánchez, instigada por la vieja guardia del ‘felipismo’ convertida en editorialistas de El País y asilvestrada en el confort económico y social del neoliberalismo popular (ricos no muerden a ricos), no deja de ser denigrante para el socialismo histórico, en el fondo y en las formas. Y un espectáculo que, visto desde fuera, avergüenza al observador imparcial. Si alguien piensa que de esta forma se va a regenerar el PSOE y a frenar su caída electoral, se equivoca de medio a medio.

Más o menos con estas mismas malas formas, en el PSOE ya se cargaron también a Almunia y a Borrell. Y el partido pagó las consecuencias hasta que la torpeza con la que el PP gestionó la crisis de los atentados del 11-M pusieron el gobierno en manos de ZP, lo que a su vez trajo la mayoría absoluta de Mariano Rajoy (después desvelada como antisocial).

En fin, ahora los augures socialistas han bajado del Olimpo a ‘una calabacita sonora que habla muy bien y no dice nada’ (magnífica descripción la de Raúl del Pozo) para acometer -ahí es nada- la reconversión del PSOE más hundido de toda su historia. Si esa es la senda de su futuro, apaga y vámonos (mientras en el PP se parten de la risa).

Fernando J. Muniesa

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