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Ahora, entre unos y otros, le están poniendo al PP un nuevo gobierno en bandeja de plata: ‘a huevo’ dicho en términos castizos. Sin necesidad de componendas y hasta de forma natural, en unas nuevas elecciones.

Es más, podríamos entender que sus nuevos amigos de la vieja guardia socialista, han lanzado su guerra a muerte contra Sánchez (usando a ‘la felipona’ como fuerza de choque) para facilitar que el PP se reacomode en La Moncloa: “la bandeja está grabada”. La misma consigna clave con la que los golpistas del 23-F avisaron a la División Acoraza ‘Brunete’ para que desde su desplazamiento en orden de maniobra marchara sobre Madrid, una vez culminado por Tejero el asalto al Congreso de los Diputados…

Para empezar, la falta de criterio político de Ciudadanos, pactando hoy por aquí, ayer por allá y mañana por acullá, han permitido al PP romper la presión electoral que sufría por su flanco izquierdo, conjurando la división del voto conservador. Los resultados de ‘cero escaños’ obtenidos por la formación naranja en las recientes elecciones gallegas y vascas, son bien elocuentes al respecto, anticipando el ‘abrazo del oso’ que más pronto que tarde van a aplicarle sus amigos de Génova (operación ‘marca de la casa’).

Por otra parte, la consolidación de Podemos, y peor aún los sorpassos asestados al PSOE en las mismas elecciones autonómicas, no dejan de acelerar la descomposición de la formación socialista, que es el verdadero oponente del PP, y aterrorizar con su radicalismo a buena parte de la clase media que, aún descontenta con el gobierno antisocial de Rajoy, no comulgan con aventuras políticas extremas. Más votos por tanto para el saco popular -muchos o pocos-, sin necesidad de mover un dedo.

Y peor que todo eso, o mejor para el PP, es sin duda alguna el terrible espectáculo de guerra fratricida que están ofreciendo los socialistas, gratis total y retrasmitido a bombo y platillo por los medios informativos de medio mundo. Poco o nada tienen que hacer los populares para capitalizar la tragedia, salvo ver pasar el cadáver del PSOE por delante de su puerta: entre todos le mataron y él solito se murió.

Porque, quede claro, la hecatombe socialista no es achacable a una única persona (y ni mucho menos a Pedro Sánchez, o sólo a él), porque deriva del daño producido al partido, ya irremediable, por muchos de sus antiguos dirigentes y desde hace mucho tiempo. Y no pocas de esas viejas glorias, hoy contemporizadoras con la misma derecha que cuando estaban en el poder odiaban profundamente, siguen todavía aplicadas en la innoble tarea de asestar a su propio partido el golpe de gracia definitivo, sobre los lomos, claro está, del secretario general de turno, ya dimisionario.

Eso es lo que hay. ‘La bandeja está grabada’ y luciendo sobre ella la cabeza política de Sánchez, sacrificado con las mismas malas artes con las que Herodías, casada con el tetrarca de Galilea Herodes Antipas (tras repudiar éste a su esposa legítima) y exmujer de su hermano Herodes Filipo, consiguió descabezar a Juan el Bautista.

Cuentan las sagradas escrituras, en versiones difusas, que despechada por las críticas sobre su matrimonio vertidas por el profeta, Herodías urdió que su bella hija Salomé embelesara a su padrastro con una sicalíptica ‘danza de los siete velos’. Rendido ante su esplendoroso encanto, Herodes tuvo que conceder a Salomé el deseo oculto de su madre: la cabeza de Juan, el precursor de Cristo, servida en una bandeja de plata.

Los viejos socialistas, ahora revestidos en Dolce&Gabbana con el sello de la opulencia neoliberal (sólo hay que ver a Pepe Bono reconvertido en una ‘rosita de pitiminí’), y algunos de sus alumnos más avanzados, no se han despelotado ante nadie. Pero sí que están rindiendo el vasallaje debido al IBEX 35 para que las puertas giratorias del poder económico se mantengan bien engrasadas y que el aparato fiscal del Estado les deje tranquilos (los socialistas eméritos han descubierto que también tienen derecho a ser millonarios sin problemas ni persecuciones engorrosas)…

Con todo, a los populares se le ha puesto fácil, y a bajo costo, el hacerse de nuevo con el Gobierno, para poder solucionar, como vuelven a prometer, los graves problemas de España (en su opinión, creados por la oposición aunque ellos gobiernen desde hace casi cinco años): lo tienen exactamente ‘a huevo’ (pronto lo veremos anunciado por las encuestas al uso). Su único problema, no obstante importante, es de cosecha propia y se llama Mariano Rajoy: un clavo en el zapato del partido que le impide dar con comodidad los últimos pasos para reasentarse en La Moncloa.

Pero superar ese inconveniente es muy fácil. Basta con que quien tanto ha traicionado a su propio electorado y tanto rechazo concita en el resto de las fuerzas política -y lo seguirá concitando-, excepción hecha del sector crítico del PSOE (sorpresas que da la vida), se dé por amortizado después de tanta gloria política como cree haber cosechado y pase el relevo a un dirigente nacional nuevo, limpio y acreditado, como Alberto Núñez Feijoó, quien además, como hombre de su entera confianza, jamás osaría levantarle las alfombras del despacho.

Empecinarse en seguir siendo candidato presidencial, cuando él mismo es su mayor enemigo electoral, es incomprensible y realmente insolidario con su partido y con el entorno simpatizante del PP. Incluidos en él los electores que no volverían a votarle a pesar de las circunstancias del momento.

Esa decisión de hacerse a un lado para dar paso al candidato adecuado y en el momento oportuno, frente a la contumacia de querer forzar al máximo la voluntad política de los electores, marca una distancia ética muy clara: la que existe entre la grandeza y la mezquindad de la política.

Pero queden tranquilos los `marianistas’.  Como gallego ejerciente, egoísta y reservón, Rajoy optará con toda seguridad por seguir en lo que está, amarrado a su interés personal y lejos de la grandeza que le reclama la historia; eso sí ayudado por la caterva ‘felipista’, convertida en un vulgar ‘escuadrón de la muerte’ del partido honrado fundado por el linotipista Pablo Iglesias Posse el 2 de mayo de 1879. Allá ellos y quienes les toleran; pero si esto es mirar por el bien de España, apaga y vámonos.

Fernando J. Muniesa

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