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Se iniciaba este martes el informativo de la sobremesa en La Sexta con el aplauso que varios ministros dedicaban a Pedro Sánchez a su entrada al Palacio de la Moncloa. Lo primero que pasaba por la cabeza de cualquiera que conservara unos gramos de memoria es la enorme diferencia existente entre lo que ocurrió en 2012 y lo que sucede estos días en este país.

Entonces, cuando el Gobierno obtuvo fondos de hasta 100.000 millones de euros para salvar las corrompidas cajas de ahorros, la izquierda criticó que las condiciones de esos préstamos suponían toda una intromisión en la soberanía nacional. Aquellas afirmaciones contrastan con las actuales, pues ahora esas mismas voces hablan del oxígeno obtenido en Bruselas y omiten la palabra 'rescate'. Desde luego, el aparato propagandístico de la izquierda está mucho mejor engrasado que el de la derecha.

Habrá mucho tiempo para analizar las consecuencias de la pandemia, aunque se dispondrá de mucho menos espacio, pues son muchos -demasiados- quienes se han dejado engatusar por la publicidad oficial y han hecho mutis por el foro o han pronunciado las verdades con sordina. Especialmente estruendosos son los silencios procedentes de la universidad, donde, salvo honrosas excepciones, se ha optado por callar cuando más falta hacía recitar las incómodas verdades para contrarrestar la propaganda, que es siempre optimista y casi siempre falsa.

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Los sociólogos se han escondido y han dejado todo el protagonismo a los epidemiólogos, por lo que actualmente circulan muchos más mensajes -insustanciales- sobre las características de un virus que sobre los cambios que las epidemias y las catástrofes generan en las personas y en las sociedades. Con su cobardía, los intelectuales han impedido que los españoles aprendan a mirar todo esto por encima de los árboles.

El enemigo externo

Hay veces que es necesario jugarse el tipo para evitar la infamia. Fue lo que hizo a principios de siglo el presidente uruguayo Jorge Batlle cuando la emprendió contra dos periodistas de Bloomberg para dejar claro que su país no se parecía en nada a la Argentina populista que iba camino del default. “Los argentinos se pasan diciendo a ver ‘quién es el culpable de no ayudarnos’. Y no se dan cuenta que tienen que ayudarse a sí mismos. Y no se dan cuenta de que el idioma que hablan no existe más en el mundo”. A continuación, dijo: “Los argentinos son una manga de ladrones, del primero hasta el último (…) Si nos compara, usted es un ignorante absoluto sobre la realidad argentina y la uruguaya. Somos dos países diferentes. ¿Sabe la clase de volumen de corrupción que tienen?”.

Mientras Eduardo Duhalde trazaba teorías de la conspiración y buscaba enemigos externos para justificar sus errores, Batlle lanzó un mensaje claro a los acreedores y a los inversores: Uruguay pagará; Argentina, no.

El ejemplo del 'chivo expiatorio' viene al pelo para contrarrestar las afirmaciones que los propagandistas de Moncloa y sus impresentables aliados mediáticos han difundido durante las últimas semanas, en las que se ha acusado de 'insolidaridad' a estados como Países Bajos por negarse a aceptar un 'Plan Marshall' europeo que no llevara aparejado una reforma de la economía española para enjuagar su déficit y eliminar las lacras que durante décadas ha arrastrado el mercado laboral.

En otras palabras, en tiempos de dificultad se ha optado por buscar antagonistas -y en 2012 también se hizo con Merkel- para evitar que las miras se fijaran en los verdaderos culpables del desastre. Que no comenzó con la pandemia, sino mucho antes.

Un aplauso necio

El aplauso de este martes en Moncloa ejemplifica esta actitud irresponsable, que trata de convertir en una gran victoria algo tan preocupante como pedir dinero a otro ante la falta de recursos propios para afrontar un problema. Cuando una familia se hipoteca pierde, en realidad, una parte de su libertad. Salvando las distancias, algo similar ocurre cuando un Estado se acostumbra a recurrir al endeudamiento para solventar sus problemas financieros más acuciantes, sea cual sea su origen. España será en el futuro algo menos libre, pues los préstamos que recibirá no estarán exentos de condiciones. Poco hay que celebrar.

El citado aplauso también deja clara la degradación de la actividad política, en la que la supervivencia en los partidos obliga a rendir culto al líder de forma acrítica y mema. Hay que tener cuajo para ostentar un alto cargo de la Administración, con cartera ministerial incluida, y prestarse a ejercer de palmero para que los responsables de la comunicación de Moncloa puedan transmitir un falso triunfalismo a los ciudadanos. Al apreciar esas imágenes, cualquiera podría llegar a cuestionarse si en política es más sencillo aupar a dictadores o neutralizar cerebros.

Sobra decir que el triunfalismo es falso, pues todavía habrá que ver si España recibirá la totalidad de los 140.000 millones de euros y cuáles serán los sacrificios que deberá afrontar para poder ingresarlos, pues, en la práctica, los países que porfían se han reservado el derecho a paralizar estos aportes si no se ponen en marcha los ajustes necesarios. También habrá que ver si este plan contribuye a dinamizar la economía o si se utilizará como un mero salvavidas para pasar el mal trago y, a la vez, para aplazar de nuevo las reformas que necesita España para cuadrar sus cuentas.

Se puede comprar la tesis de que España ha obtenido unos fondos fundamentales para evitar el ahogamiento de la economía, pero el optimismo desmedido resulta totalmente fuera de lugar. Principalmente, porque es la argucia que se ha sacado el Gobierno de la manga para evitar que los ciudadanos miren al horizonte, pues allí verían un 2021 que será doloroso, en el que el virus amenaza con mantener bloqueados sectores fundamentales, como el turismo y el comercio, y en el que la sombra del desempleo, el empobrecimiento y la enfermedad amenazan con situarse más a pie de calle que nunca.

No hay que engañarse: aplauden los suyos porque les va el cargo en ello, pero no hay muchos motivos para batir las palmas.

Rubén Arranz

Publicado en Vozpopuli

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