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Dentro de la maraña que envuelve la actual crisis general del país, al menos ya se han podido deslindar dos grandes problemas, concomitantes pero de naturaleza, alcance y ataques distintos: el del déficit presupuestario público y el de la insolvencia del sistema financiero.

Ambos son, de por sí, males nacionales de primera magnitud y efectos letales. Y, en su conjunción, imposibles de superar a corto o medio plazo y lamentablemente garantes de un paro sistémico insostenible, una espiral de ruina económica insoportable para millones de familias españolas y una incertidumbre nefasta en cualquier orden de la actividad humana: desde la intelectual, científica o educativa, hasta la socio-asistencial, la sanitaria y la funcionarial, pasando por la defensa nacional, la seguridad ciudadana, la aplicación de la justicia…

RAPAPOLVO PARA TODOS

Además, estas gravísimas dolencias sociales sobrevienen cuando las instituciones que han de velar por el buen funcionamiento del Estado, dilapidan todo su prestigio y capacidad de respuesta de forma ciertamente rápida y alarmante: desde la Corona hasta el Banco de España, pasando por el Consejo General del Poder Judicial o el Tribunal Constitucional… Eso sin hablar de los partidos políticos (en el Gobierno o en la Oposición), de los sindicatos o de las organizaciones empresariales; al margen del papel sustancialmente inservible de otros organismos públicos, como el Senado, el Tribunal de Cuentas, el Defensor del Pueblo y hasta el Consejo de Estado, cuyos dictámenes, por sabios que sean, no son vinculantes y en consecuencia tampoco valen para nada…

En relación con la carga de culpas que conlleva esta situación, ya hemos señalado en otras Newsletters su adscripción generalizada a toda la clase política. Y también que cualquier intento de depurar responsabilidades a toro pasado, ni arreglaría la situación ni cabe pensar que vaya a producirse, porque, en el fondo, lo impide el propio sistema de interrelación de poderes y el mismo establishment, que permanece encantado consigo mismo caiga lo que caiga, aunque el caso sea de máxima necesidad y evitase una futura historia de reincidencias.

A lo sumo, se buscará un chivo expiatorio o una cabeza de turco de andar por casa para conjurar la ira popular contra esta gran maldad económica, y punto. Ya se sabe que, como en el fondo debió decir Su Majestad el Rey a propósito del “caso Urdangarin”, aunque dijera justo lo contrario, en España la justicia no es ciega ni tampoco igual para todos…

Claro está, que la propia sociedad también tiene su parte de responsabilidad o culpa en el ahondamiento de la crisis. Sin ir más lejos, ahí están las provincianas exigencias competenciales del Estado de las Autonomías, en la mayoría de los casos innecesarias cuando no absurdas, o las pitadas que la ciudadanía más peregrina lanza en los campos de fútbol contra España (o contra sus símbolos), es decir contra sí misma, que no dejan de evidenciar ante los ojos del mundo exterior el patio de monipodio en el que se ha convertido el país.

España parece, pues, un ente amorfo (no un país ni un Estado) condenado a ser número uno en fútbol, discotecas, bares, prostitución callejera, máquinas tragaperras, corrupción política… y ocupar el último lugar en educación, cultura, ciencia y tecnología, patriotismo… Algo que se traduce de forma indefectible en una emigración forzada de la juventud mejor preparada a entornos de trabajo y convivencia más serios y prometedores, mientras aquí se refugian las mafias de medio mundo, amparados por la benignidad del clima, el cachondeo permanente y una legislación penal que les es extremadamente favorable…

Otra práctica nacional hoy por hoy no menos inconsecuente, es la de pedir “unidad política” cada vez que se le ven las orejas al lobo, imposible en el redomado “Reino de Taifas” que seguimos siendo y que en el fondo sólo reflejaría un entendimiento de conveniencia entre el PP y el PSOE, los dos partidos del “quítate tú para ponerme yo”. Ahora, esa “unidad” (sin duda ilusoria) se demanda poco menos que como fórmula milagrosa para solucionar todos nuestros males actuales y reconducir la pobre opinión que tienen los mercados de nuestra capacidad de reacción ante la crisis.

Una entelequia entre las muchas que pregonan algunos analistas televisivos de pacotilla, que por lo general carecen de formación particular al caso y se expresan marcados por sus filias y fobias partidistas. Y un reflejo más de la gastada dialéctica política del momento, que paradójicamente arremete contra cualquier propuesta razonable de reconducción nacional, incluso tildándola de “fascista”, “xenófoba”, anti-democrática y un montón de barbaridades más.

Lo obvio es que el Gobierno debe gobernar (sobre todo cuando dispone de mayoría absoluta) y la Oposición debe oponerse. Este, y no otro, es el juego real de la política. Y lo que han exigir los ciudadanos es que ambas funciones se cumplan con conocimiento de causa, rigor, seriedad y solvencia moral y política. Exactamente lo mismo que demandan los mercados, que, por si algunos políticos lo ignoran, no dejan de conformar su opinión en base a estos mismos y sencillos exponentes.

De ahí que nuestro actual comportamiento (sobre todo el de la clase política pero también el social) haga subir la prima de riesgo de la financiación pública a cotas estratosféricas, sin que Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (BCE), a quien algunos recalcitrantes presentan ahora como el malvado de la película, tenga nada que ver con ello. Ni él ni la intransigente señora Merkel son los culpables intrínsecos del gran lío en el que estamos metidos.

RODRIGO RATO PUNTUALIZA SOBRE EL “CASO BANKIA”…

Analizando el problema de Bankia desde un ángulo no contemplado por el Gobierno, el todavía presidente de Caja Madrid, Rodrigo Rato, difundía en el Consejo de Administración de la entidad celebrado el miércoles 30 de mayo, una acertada valoración negativa de cómo se ha llevado la privatización del banco, aunque algunos medios informativos la hayan presentado como un vulgar “desquite” contra el Gobierno.

En el informe sobre la recapitalización de Bankia que presentó al Consejo de Caja Madrid, no sólo defendió su actuación profesional. También advirtió sobre el plan gubernamental para sanear el banco:“Va a dejar al grupo en una magnífica situación financiera, pues es una inyección brutal de fondos para que la sociedad incremente sus provisiones de forma notable, pero desgraciadamente ello se hace a costa de fondos públicos (2% del PIB) y causando un grave perjuicio a los actuales accionistas, pues el efecto dilutivo va a provocar una enorme caída en la cotización de la acción”.

Y cierto es que el Gobierno ha facilitado con creces a Goirigolzarri lo que cicateramente negó a Rato, con independencia de que también indujera a éste a consumar una fusión de cajas de ahorros ciertamente temeraria, que en su momento se consideró “salvadora” y ahora se tilda de “desastrosa”.

BANKINTER SE DESPACHA…

La primera consecuencia del comentario de Rodrigo Rato, que aparejaba una sutil denuncia de competencia desleal dentro del sector bancario, no se hizo esperar. La Consejera Delegada de Bankinter, María Dolores Dancausa, calificó la reestructuración gubernamental del sistema financiero español de “bastante penosa”, exigiendo que la reforma “se acometa de una vez por todas” y con un diagnóstico “claro y preciso” de la situación real, lanzando la advertencia de que no va a quedar más remedio que acudir al fondo de rescate europeo (TVE 01/06/2012).

Dancausa explicó que “la banca no es la culpable de todo lo que está pasando”, atribuyendo “parte de la culpa” a la mala praxis de “unos cuantos gestores de cajas de ahorros” (es decir los que tradicionalmente han sido impuestos desde la política) y pidiendo que ahora, con la reconversión de las cajas de ahorros en bancos, se distinga entre bancos buenos y malos. También recordó que una de las causas de la mala reputación que en estos momentos tiene el sector financiero español es “no haber resuelto los problemas en tiempo y forma”.

En cuanto al rescate de Bankia, que conlleva la ayuda de unos 23.000 millones de euros, la Consejera Delegada de Bankinter coincidió con la opinión de Rodrigo Rato, considerando la decisión excesiva “a todas luces” y avisando que generará competencia desleal (“van a realizar inversiones publicitarias millonarias y a tirar los precios”).

Dado el entendimiento corporativo practicado de siempre por los banqueros españoles, es de suponer que la opinión de María Dolores Dancausa no diferirá mucho de la del resto de sus colegas de profesión, con los que tal vez podría haber pactado sus declaraciones televisivas…

Y MARIO DRAGHI NO SE MUERDE LA LENGUA

Pero, esta respuesta crítica contra el equipo económico de Rajoy, no sería la única. El jueves 31 de mayo, Draghi expresó con toda claridad su opinión sobre el “caso Bankia”: “Esta es la peor manera posible de hacer las cosas porque al final todo el mundo acaba haciendo lo correcto pero al coste más alto”.Una auténtica patada contra la gazmoñería y la falta de previsión del Gobierno español lanzada ni más ni menos que ante la Comisión de Asuntos Monetarios del Parlamento Europeo, añadiendo: “Lo que demuestran los casos de Dexia y de Bankia es que, cuando nos enfrentamos con dramáticas necesidades de recapitalización, la reacción de los gobiernos o de los supervisores nacionales es subestimar la importancia del problema, presentar una primera evaluación, después una segunda, una tercera y una cuarta”.

Dicho de otra forma, parece que la autoridad monetaria europea no está dispuesta a tolerar las prácticas contemplativas del Gobierno español ni sus arranques de repentización. Aunque, con esta cuestión perfectamente clara, y señalado el error de la gestión gubernamental del “caso Bankia”, tampoco se negó a crear una “Unión Bancaria Europea”, con un fondo europeo de garantía de depósitos y capacidad de supervisión total.

LA COMISIÓN EUROPEA VAPULEA AL GOBIERNO

En paralelo, el comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, Olli Rehn, es decir la Comisión Europea, también criticaba con extrema dureza las medidas adoptadas por el Gobierno español en su lucha contra la crisis. Un “repaso” crítico en toda regla que abarcó la reforma financiera (que sigue sin garantizar la estabilidad del sector), el tema impositivo (que va en dirección contraria a las recomendaciones dictadas por el Consejo), el pago a proveedores por parte de las administraciones autonómicas y locales (que implica una penalización contraria a la directiva europea sobre morosidad), la fusión de reguladores (sin garantizar la eficacia e independencia del nuevo instrumento) y hasta la reforma laboral (con serias dudas sobre su constitucionalidad).

Este auténtico vapuleo de la Comisión Europea al Gobierno de Rajoy se completaba, además, con algunas exigencias de difícil trago político, como implantar una tributación de corte más europeo, retrasar la jubilación a los 67 años o acelerar las privatizaciones…

El GOBIERNO JUEGA AL “DESPISTE LIBRE”

Al aire de esta seria reprimenda, Rajoy conversaba telefónicamente con Ángela Merkel pidiéndole que no se opusiera al proyecto de crear la citada “Unión Bancaria Europea”, casi como única solución para campear la crisis financiera a corto plazo, solicitud que no tuvo más respuesta que una declaración de apoyo genérico al Gobierno español. Prácticamente al unísono, la vicepresidenta Sáenz de Santamaría pedía también el mismo tipo de comprensión en Washington, donde se entrevistó con Timothy Geithner, responsable estadounidense del Tesoro, y con Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Por su parte, Luis de Guindos lanzaba esta advertencia interesada: “El futuro del euro se juega en las próximas semanas en Italia y España”. Al tiempo que Cristóbal Montoro practicaba un auténtico slalom de despiste informativo durante la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros del viernes 1 de junio, quizás para ganar tiempo de respuesta, cuando se le preguntaba sobre la necesidad de subir el IVA en los términos demandados por la Comisión Europea…

Y, todavía a mayor abundamiento, el propio presidente del Gobierno concluía la semana de “despiste libre” planteando la creación inmediata de una “Autoridad Fiscal Europea”, es decir echando más balones fuera, mientras trataba de ahuyentar miedos con una afirmación que puesta en boca de un político puede llegar a estremecer: “No estamos en el precipicio”. Habida cuenta de cómo se va entendiendo el lenguaje gubernamental, justo en su sentido inverso, de ahí al pánico social queda muy poco.

LA MENTIRA Y LA OPACIDAD COMO EMBLEMAS POLÍTICOS

La mentira es el pecado capital por antonomasia de los políticos, en sí misma o en su versión de ocultar la realidad, o de guardar silencio sobre las cosas públicas más sustanciales. Lo que pasa es que, mientras en otros países con verdadera tradición democrática, el político mentiroso cae de forma inmediata ante la ira popular, esa misma práctica mentirosa no deja de ser uno de sus atributos más plausibles en España. Y así van las cosas.

Sin querer generalizar, aquí, los políticos mienten como bellacos, antes, durante y después de las elecciones que correspondan. Y no porque crean que, a fuerza de repetirla, una mentira se pueda convertir en verdad, sino porque, como gente profesionalmente mediocre, se mueven de forma sistemática en el terreno de la táctica, de la repentización para sortear sobre la marcha un titular periodístico negativo, antes que en el de la estrategia razonable y razonada.

En ese recorrido infantiloide de mentiras y ocultaciones anduvo Rodríguez Zapatero con paso firme durante ocho años. Senda por la que, ahora, continúa transitando el presidente Rajoy; eso sí, asegurándonos de forma constante, él y sus ministros, que jamás nos engañarán (o que no nos ocultarán la realidad) y que sus cambios de criterio habituales se deben siempre a circunstancias sobrevenidas…

Con su irresponsable comportamiento no dejan de prolongar en el tiempo las nefastas consecuencias de la crisis, además acrecentándolas, como ha tenido que señalar Mario Draghi. Mentir, y sobre todo desde el poder, es extremadamente fácil, pero con el transcurso del tiempo, la mentira política se paga muy cara y duele mucho. Justo es que provoque la reacción social que provoca en los países democráticos, excluyendo de forma radical a quienes la practican.

La cuestión es obvia: la mentira puede tener el calibre y las consecuencias que sean, pero lo decisivo es que, cuando un político se muestra mentiroso, ya no se puede confiar en él. Aunque en España la dilución del concepto de Estado y la debilidad del entramado de representación social intermedia, apoyadas en la perversión “partitocrática” del propio sistema de elección política, impiden, en su caso, una respuesta ciudadana adecuada.

Quizás sea conveniente concluir estos comentarios sobre la mentira y la opacidad con una cita de Otto von Bismarck, artífice de la unidad alemana y acreditado exponente del realismo político del siglo XIX. Aun siendo más partidario de los hechos que de las palabras, dejó escrita una idea de proyección histórica que le honra: “El político piensa en la próxima elección; el estadista en la próxima generación”. Sin duda, en España sobran políticos y faltan estadistas.

LA RESPONSABILIDAD DE GOBERNAR

Asumiendo las pasadas y presentes mentiras políticas sobre los dos grandes problemas de la crisis, el déficit presupuestario público y la insolvencia del sistema financiero, no hay más remedio que comprender la extrema gravedad del problema y la necesidad de concitar todos los esfuerzos y ayudas posibles para solucionar el problema y evitar males aún mayores.

Culpas de la situación aparte, estamos ante un “marrón” sin precedentes, en el que a todos conviene colaborar con la mayor inteligencia y con la máxima lealtad social. Obviedad que, como tal, será fácilmente ignorada por el conjunto de partidos políticos y fuerzas sindicales, utilizándola como torpe instrumento derrocador del adversario.

Pero a quien más incumbe esa insoslayable responsabilidad es al Gobierno, que hoy por hoy parece erróneamente confiado en que las instituciones europeas, las políticas y las financieras, sean las que vayan a sacarnos del apuro. Y en ese marco de responsabilidad política, no sólo faltan verdad y transparencia, sino también las drásticas reformas estructurales que siguen sin abordarse, la privatización o liquidación de empresas públicas que parasitan todas las administraciones públicas (que no son cientos sino miles), el adelgazamiento del funcionariado, la duplicación de servicios públicos, etcétera, etcétera, etcétera.

Faltan reflexión, sentido común y un Plan de Acción sensato y ajustado a las necesidades reales del momento, acompañado de los profesionales capaces de llevarlo a buen término. Y sobran las naturales consecuencias de tanta irracionalidad política: improvisaciones, palos de ciego, decisiones tardías (que siempre son decisiones malas), caciquismos autonómicos, soberbia política y todos los inútiles que el partido en el poder ha puesto al frente de muchos cargos de relieve, incapaces de la menor aportación personal…

Pero la realidad del caso es que la política española no se basa en la preparación personal, en la excelencia pública y en el servicio al Estado, sino en el “amiguismo”, en la connivencia personal y en el servirse del Estado. De hecho, incluso cuando un partido político llega al poder, no promociona a sus militantes más preparados, que los puede tener, sino a los más dispuestos a servir de alfombra de sus jefes, siguiendo el principio inequívoco de que los tontos más tontos nunca se rodean de listos, sino de tontos imperiales.

LA UTOPÍA DEL EURO SE DESMORONA

La cuestión de fondo en relación con la superación de la crisis, es que la convergencia real europea entre países como Alemania o Francia y sus socios “periféricos” (y particularmente con España), es ciertamente difícil no sólo en el ámbito de la “eurozona”. La “pandereta española” marca carácter (como el sirtaki griego y el fado portugués) y nos aleja de la utopía europea a pasos agigantados; porque, agostados intelectualmente, como estamos, tampoco disponemos de ningún “Mario” (Monti o Draghi) que nos saque del apuro, a lo más de un Goirigolzarri que, está visto, sólo sacará adelante Bankia a base de meterle los millones que no tenemos.

Todavía no sabemos si el euro sobrevivirá o no a corto plazo, ni tampoco si algunos países permanecerán o no dentro del sistema monetario europeo. Lo que si nos atrevemos a vaticinar es que el mismo modelo no puede acoger al mismo tiempo países tan divergentes en todo como los que ahora acoge: o salen los impresentables o salen los serios, o salen los que dilapidan o salen los que pagan. Lo de “más Europa” y todos en la misma olla, es difícil de entender y no digamos de ver, salvo milagro en ciernes.

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