Desde el nacimiento de ElEspíaDigital, en marzo de 2012, el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, se erigió en protagonista destacado de sus ‘Confidenciales’ por las continuas y llamativas meteduras de pata que protagonizaba. Tanto en la gestión ordinaria de su delicado ministerio como en su desmedido afán de protagonismo mediático, enervando a menudo a los Cuerpos de Seguridad del Estado y realimentando continuamente la mala imagen del Ejecutivo presidido por Mariano Rajoy.

De hecho, en esa peculiar función Jorge Fernández se ganó meritoriamente el título de ‘pisacharcos oficial’ del Gobierno. Logro que ha mantenido a lo largo de toda la legislatura sin ceder un ápice ante los demás compañeros del Consejo de Ministros: todos pésimamente valorados por los electores, pero ninguno tan torpe como él.

Y a menudo implicándose en debates ajenos a sus funciones y competencias ministeriales: por ejemplo, arremetiendo públicamente contra el matrimonio gay, que según él “no garantiza la pervivencia de la especie”; afirmando que “el aborto algo tiene que ver con ETA, pero no demasiado”; sosteniendo que “la Religión no puede ser una Maria y debe tener el mismo rango que otras asignaturas fundamentales”… Pasando en todos los casos, claro está, por encima de los portavoces correspondientes del PP o de los ministros del ramo (Justicia, Sanidad, Educación…).

Sus gratuitos y envenenados ‘regalitos’ al partido, que sin duda coadyuvan a la sangría de votos que el PP está sufriendo desde las elecciones generales  de 2011 (ya más de un tercio de sus anteriores votantes), se han visto colmatados ahora por el pachangueo que se trae con Rodrigo Rato.

Siendo evidente que su partido quiere mantenerse lo más alejado posible del ‘caso Rato’, al ministro Fernández no se le ha ocurrido mejor cosa que recibir oficialmente a su controvertido compañero de partido el pasado 29 de julio en su despacho ministerial. Y ello a pesar de la condición de imputado que éste tiene en varios procedimientos por la presunta comisión de delitos verdaderamente graves: fraude fiscal y blanqueo de dinero, responsabilidad en la creación y gestión de las ‘Black-Cards’ de Bankia, fraude en su gestión y falseamiento de sus cuentas antes de la salida a Bolsa -con el perjuicio correspondiente para los clientes ‘preferentistas’-, corrupción entre particulares…

Una retahíla de causas judiciales y posibles delitos que, además, conllevan una labor de investigación y coordinación por parte de diversos organismos que, al margen de lo que corresponda a la Policía Judicial o al Ministerio de Hacienda, dependen directamente del propio Fernández Díaz: Policía, Guardia Civil y CICO (Centro de Inteligencia contra el Crimen Organizado).

El preclaro ministro Fernández ha justificado esta imprudencia política afirmando, en primera instancia, que se trataba de un encuentro “entre amigos”. Pero para ese recado (hablar de futbol, tomar un café o rezar el rosario) lo suyo es que se hubieran visto en el domicilio particular de uno de ellos o en cualquier otro lugar privativo, y no en sede ministerial; y verse por supuesto fuera del normal horario ministerial. Entre otras cosas porque en éste el ministro del Interior tiene que estar en sus funciones más genuinas, que es a lo que se debe, y no para perder el tiempo en reuniones con amiguetes.

Todos los partidos políticos, las asociaciones profesionales de la Policía y la Guardia Civil, e incluso algunos portavoces de jueces y fiscales, y por supuesto los medios informativos independientes, han clamado una vez más contra el ministro ‘pisacharcos’, obligándole a dar explicaciones del caso en el Congreso de los Diputados. En su comparecencia del viernes 14 de agosto ante la Comisión de Interior, redondeó la faena insistiendo en que la reunión con Rato se celebró en el Ministerio a efectos de una “mayor transparencia”, aunque ni antes la anunciase ni tras celebrarla publicitase su contenido.

Pero, en esa comparecencia parlamentaria, que siendo forzada de forma clamorosa por la oposición se ha querido vender como de ‘petición propia’, el ministro Fernández cambió el discurso, reconociendo la falacia de su primera versión al aclarar que el señor Rato tenía un problema de seguridad tan enorme y sustancial que merecía su especial atención. Basado, agárrense a la nimiedad, en unos 400 tweets que circulaban por la red y que en su opinión eran “ofensivos, insultantes, vejatorios y amenazantes” (en general se le llamaba ‘chorizo’).

Puesto que el señor Rato sigue manteniendo su escolta oficial (no todos los ex presidentes la disfrutan), sin que en su comportamiento cotidiano de la menor muestra de ‘inseguridad’ personal, cabe preguntarse si el diligente ministro Fernández pretende entonces empurar a los autores de esas amenazas ‘letales’ o someter sus tweets a la antigua cárcel de papel de La Codorniz, utilizando para ello algún histriónico resquicio de la ‘ley mordaza’ popular… Y, si esos tweets -con autores identificados- son el problema, ¿por qué razón el señor Rato no acude a los tribunales ordinarios en vez de compadrear con el ministro del Interior…?

Si la ‘amenaza’ y la ‘transparencia’ con la que Fernández Díaz pretendió justificar en el Congreso de los Diputados su imprudente entrevista oficial con Rato, lo más práctico hubiera sido que en la misma hubiera participado algún técnico ministerial más experto en cuestiones de amenazas y seguridad personal. E incluso hasta haber grabado la conversación (cosa elemental que normalmente hace, por ejemplo, el presidente de Estados Unidos en su despacho de la Casa Blanca) para poder darla a conocer en su caso a quienes cuestionan su palabra en el Congreso de los Diputados o en los medios informativos, verificándose así que no miente y que no hablaron para nada del ‘caso Rato’.

Lo curioso es que el propio Rato ha admitido que con el ministro del Interior “habló de lo suyo” y de todo “lo que le está pasando”, aquelarre judicial y policial que no es cosa ‘personal’, sino cuestión pública y presuntamente delictiva. Y más llamativo es que, puesto el señor ministro a cocinear el tema, no reciba también en su despacho a los demás particulares que se sienten gravemente agredidos por el comportamiento profesional del ex presidente de Bankia, imputado judicialmente en diligencias previas, o simplemente ‘amenazados’ como él por la presión mediática.

Aunque lo más deprimente es el papelón que ha hecho el ínclito Fernández ante la Comisión de Interior del Congreso, agravando su torpeza y dando lugar, incluso, a que el tema alcance al propio Rajoy, sobre quien ahora recaen las sospechas de estar en el ajo del tema.

Su intervención, plagada de contradicciones y de reproches al conjunto de las fuerzas parlamentarias legitimadas para ejercer la función de control al Gobierno, recibió calificativos que en cualquier democracia hubieran forzado la inmediata dimisión de su receptor (mentirosa, impresentable, patética, bochornosa, franquista, obscena…). Cosa que pidieron todos los portavoces de la oposición con la exclusión del de UPN, Carlos Salvador, quien ofició más como ‘muletilla’ o segundo portavoz del PP que como diputado de su propio partido, arremetiendo incluso contra la oposición sin lanzar la más mínima crítica contra el compareciente…

Por lo que vemos, el ‘marianito pisacharcos’, que es uno de los hombres de máxima confianza de Rajoy, sigue fiel a la torpeza política hasta llevar al PP a la derrota final. De hecho, ha quebrado, como jamás hicieron ninguno de sus predecesores en el cargo, la confianza y el plus de valoración positiva que los electores han venido otorgando tradicionalmente al titular del Ministerio del Interior, fuere del partido que fuere.

En realidad, el ministro Fernández es un crack político que no tiene precio… sobre todo al servicio de la oposición. Muchos militantes cualificados del PP, y en particular los que ostentan alguna responsabilidad en su deteriorada organización interna, claman por saber qué pecados han podido cometer para tener que soportar tanta reiterada torpeza, cuáles fueron sus méritos previos para ocupar un cargo tan delicado y por qué extraña razón Rajoy no le cesó con sus primeras meteduras de pata.

Ya veremos qué otro regalito le hace al PP antes de que concluya la actual legislatura. Al loro, porque su incontinente vocación de ‘pisacharcos’ le llevará, con toda probabilidad, a embarrarse también en el tema catalán a propósito del 27-S.

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