Quienes piensen que Eduardo Serra, ex ministro de Defensa en el primer gobierno de José María Aznar, se encuentra definitivamente alejado de la política, se equivocan de medio a medio. A pesar de su aireada condición de “independiente”, sigue sobrevolando el Ministerio de Defensa convertido en el mejor muñidor de sus sucesivos titulares “populares”, una facultad que le fue vetada de forma radical durante los mandatos presidenciales de Rodríguez Zapatero.

Después de auto gestionar su propio nombramiento como ministro del ramo en mayo de 1996, apoyado de forma incondicional por el rey Juan Carlos I, lo que llevó a tener que recolocar al candidato in pectore de Aznar, Rafael Arias-Salgado, como ministro de Fomento por vía de apremio, su habilidad política le permitió “designar” también a su propio sucesor, Federico Trillo-Figueroa, en abril de 2000. De hecho, el político removido en aquella ocasión, alterando de nuevo la iniciativa original del PP y con el mismo apoyo directo de Su Majestad, sería Francisco Álvarez Cascos, quien tras aquel reajuste de última hora terminó ocupando la cartera de Fomento.

Ahora, cuando ya estaba “cantado” que Alberto Ruíz Gallardón sería nombrado ministro de Defensa (incluso llegó a mantener una urgente y misteriosa entrevista con el JEME, Fulgencio Coll, en el Palacio de Buenavista nada más conocerse la victoria electoral del PP, el mismo 21 de noviembre, acompañado del inquieto ex ministro del ramo José Bono), Eduardo Serra desplegó toda su habilidad e influencia “fáctica” para reconducir la voluntad inicial de Mariano Rajoy. El favorecido en esta ocasión, Pedro Morenés, es un hombre de su máxima confianza que ya ocupó el cargo de secretario de Estado de Defensa (SEDEF) en su propio equipo y tan próximo como él a la industria del armamento, circunstancias que no han dejado de despertar recelos en el entorno directivo del PP.

En cualquier caso, la designación de Morenés como ministro de Defensa ha sido inicialmente bien acogida tanto en el ámbito militar como en los medios industriales afectos, cuyas empresas suministradoras soportan deudas gubernamentales y recortes presupuestarios importantes. Un recibimiento comprensible considerando el malestar generalizado que produjeron las gestiones de los tres ministros que sucedieron al propio “muñidor” Serra. Su mayor mérito en esta ocasión habría sido lograr la inclusión de su candidato en la lista del Consejo de Ministros propuesta ab initio por Mariano Rajoy al Jefe del Estado, evitando complicar de nuevo a Su Majestad en decisiones políticas ajenas a su competencia.

Otra consideración en línea con la influencia política de Eduardo Serra, es el nombramiento de Pedro Argüelles, su jefe de Gabinete en el Ministerio de Defensa durante la VI Legislatura y hasta ahora vicepresidente de Relaciones Institucionales de la estadounidense Boeing y presidente de su filial en España, como SEDEF, es decir como número dos del Departamento.

Quienes piensen que Eduardo Serra, ex ministro de Defensa en el primer gobierno de José María Aznar, se encuentra definitivamente alejado de la política, se equivocan de medio a medio. A pesar de su aireada condición de “independiente”, sigue sobrevolando el Ministerio de Defensa convertido en el mejor muñidor de sus sucesivos titulares “populares”, una facultad que le fue vetada de forma radical durante los mandatos presidenciales de Rodríguez Zapatero.

 

Después de auto gestionar su propio nombramiento como ministro del ramo en mayo de 1996, apoyado de forma incondicional por el rey Juan Carlos I, lo que llevó a tener que recolocar al candidato in pectore de Aznar, Rafael Arias-Salgado, como ministro de Fomento por vía de apremio, su habilidad política le permitió “designar” también a su propio sucesor, Federico Trillo-Figueroa, en abril de 2000. De hecho, el político removido en aquella ocasión, alterando de nuevo la iniciativa original del PP y con el mismo apoyo directo de Su Majestad, sería Francisco Álvarez Cascos, quien tras aquel reajuste de última hora terminó ocupando la cartera de Fomento.

 

Ahora, cuando ya estaba “cantado” que Alberto Ruíz Gallardón sería nombrado ministro de Defensa (incluso llegó a mantener una urgente y misteriosa entrevista con el JEME, Fulgencio Coll, en el Palacio de Buenavista nada más conocerse la victoria electoral del PP, el mismo 21 de noviembre, acompañado del inquieto ex ministro del ramo José Bono), Eduardo Serra desplegó toda su habilidad e influencia “fáctica” para reconducir la voluntad inicial de Mariano Rajoy. El favorecido en esta ocasión, Pedro Morenés, es un hombre de su máxima confianza que ya ocupó el cargo de secretario de Estado de Defensa (SEDEF) en su propio equipo y tan próximo como él a la industria del armamento, circunstancias que no han dejado de despertar recelos en el entorno directivo del PP.

 

En cualquier caso, la designación de Morenés como ministro de Defensa ha sido inicialmente bien acogida tanto en el ámbito militar como en los medios industriales afectos, cuyas empresas suministradoras soportan deudas gubernamentales y recortes presupuestarios importantes. Un recibimiento comprensible considerando el malestar generalizado que produjeron las gestiones de los tres ministros que sucedieron al propio “muñidor” Serra. Su mayor mérito en esta ocasión habría sido lograr la inclusión de su candidato en la lista del Consejo de Ministros propuesta ab initio por Mariano Rajoy al Jefe del Estado, evitando complicar de nuevo a Su Majestad en decisiones políticas ajenas a su competencia.

 

Otra consideración en línea con la influencia política de Eduardo Serra, es el nombramiento de Pedro Argüelles, su jefe de Gabinete en el Ministerio de Defensa durante la VI Legislatura y hasta ahora vicepresidente de Relaciones Institucionales de la estadounidense Boeing y presidente de su filial en España, como SEDEF, es decir como número dos del Departamento.

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