El artículo publicado el domingo 11 de marzo de 2012por Manuel Pastor, catedrático de Ciencia Política de la Universidad Complutense, en la web digital “The Americano. Com”, titulado “Una generación perdida: la clase política española del 23-F”, ha dado mucho que hablaren los círculos de la Inteligencia del Estado por sus excesos y extemporaneidad.

Su exposición sobre nuestra “democracia fallida”, ciertamente derrotista, no deja de ser también auto inculpatoria (porque él mismo fue miembro de la Comisión Internacional del PSOE durante los sucesos del 23-F, momento en el que, en su opinión, “todo comenzó a torcerse”, marcando esa irreversible quiebra democrática). Y quizás demasiado influida, a tenor de sus citas, por las reiteradas obras queJesús Palacios ha venido dedicando a aquel intento de golpe de Estado, que la mayoría de los analistas ya consideran más que superado.

Después de afirmar que la transición política española del franquismo a la democracia resultó, en su conjunto, “modélica”, arremete contra laclase política del 23-F (que era la misma) tildándola de “democráticamente fallida” y achacándole la  principal responsabilidad de la mayor parte de los males que hoy aquejan a nuestro sistema de convivencia… Llega a afirmar que el libro de Palacios inspirador de su teoría (“El Rey y su secreto”), publicado en 2010 con más de lo mismo,“es el relato definitivo de la deriva que condujo a nuestra joven democracia a ese primer agujero negro en nuestra vida política”.

La superficialidad analítica del catedrático Manuel Pastor, parece ignorar que la asonada del 23-F se produjo con el presidente Suárez ya dimitido, afirmando que se montó para destituirle, es decir para alcanzar un objetivo ya innecesario. Otra valoración curiosa es su lamento de que ninguno de los 18 políticos “alistados” por Armada para formar parte de su eventual Gobierno de “Salvación Nacional” (la lista es variopinta pero respetable), llegase a ser juzgado por conspiración…

Pero, lo que más choca del artículo en cuestión, es el error de señalar al fallecido general José Antonio Sáenz de Santamaría como padre de la actual vicepresidenta del Gobierno y “ahora jefa suprema del CNI”, Soraya Sáenz de Santamaría, cuando su progenitor es un conocido vallisoletano profesionalmente vinculado al sector de la construcción. Una asociaciónen efecto extraña y tan retorcida como difícil de interpretar.

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