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En 1971, el Ayuntamiento de Madrid, entonces presidido por Carlos Arias Navarro, decidió colocar en la fachada del Teatro de la Comedia, hoy de titularidad pública, una placa conmemorativa de un hecho histórico acaecido durante la II República, bajo la presidencia de Diego Martínez Barrio: el acto fundacional de Falange Española, que tuvo lugar en ese escenario el 29 de octubre de 1933.

Dicha placa no representa ningún ‘símbolo franquista’. Se trata sólo de un recordatorio histórico más de los miles que ilustran la geografía madrileña, rica en la acogida de hitos políticos, culturales y sociales.

Sin embargo, transcurridos casi 45 años de su colocación, sin que a nadie haya molestado e incluso habiendo pasado desapercibida para los propios viandantes (que necesitaban elevar notablemente la vista para poder visualizarla), la última hazaña política del PP consumada en Madrid ha sido retirarla de forma subrepticia, sin que exista para ello acuerdo municipal ni disposición pública de la Comunidad Autónoma, ni tampoco del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Y por supuesto cuando afortunadamente nadie recuerda los enfrentamientos políticos de oscuras épocas pasadas, hoy por fortuna superadas.

Cuando en septiembre de 2014 Miguel Ángel Recio, entonces director general del INAEM (Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música), anunció la conclusión de las obras de reforma del Teatro de la Comedia y la previsión de su reapertura para septiembre de 2015, aseguró, ante los medios informativos que giraron con él una visita pormenorizada para comprobar su remozamiento, que “no estaba previsto” retirar la placa conmemorativa del acto fundacional de Falange Española.

Ahora ha resultado todo lo contrario. Algo realmente curioso, porque en los armarios roperos de los afiliados al PP no faltan las boinas rojas ni las camisas azul-mahón, aunque sean las apolilladas de los camaradas fuleros convertidos al franquismo.

Claro está que esto no puede sorprender lo más mínimo a ningún español ni a ningún falangista cabal, que todavía quedan algunos. Simplemente porque Mariano Rajoy (y por ende su Gobierno y su partido) ya ha demostrado con creces que carece de palabra, de criterio, de arrojo y, en definitiva, de dignidad política. Con su pan se lo coma.

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