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Diego Pappalardo

Aunque aparentemente parezca contradictorio, los mandatarios Trump y Xi Jinping tienen ciertos enemigos, temores y amigos en común.

Gran parte de los adversarios financieros, militares y políticos internos del presidente estadounidense también son detractores de Xi Jinping. El multimillonario globalizador-atlantista George Soros, denostador de Trump,  en su alocución davoscéntrica de enero de 2019, espetó que "China no es el único régimen autoritario en el mundo pero sí que es el más rico, el más fuerte y el más avanzado tecnológicamente. Esto convierte a Xi Jinping en el oponente más peligroso de las sociedades abiertas", clarificando cuales son los segmentos sensibles chinos a los se orientará la tarea del conjunto de herramientas de las facciones que están detrás suyo para desafiar y neutralizar el liderazgo de Xi Jinping: "debemos poner nuestras esperanzas en el pueblo chino, especialmente en la comunidad empresarial y en una elite política dispuesta a defender la tradición confuciana", expresó Soros.1

En esa misma intervención, el gurú pidió a Washington que tomara medidas intensas para taponar el escalamiento internacional de China, seccionando el proyecto económico vasto de One Belt, One Road.

Este dato único instruye válidamente y deniega por equivocada la conjetura de un número abultado de comentaristas que exclaman que la expulsión de Trump del Salón Oval redundaría en ganancia para Xi Jinping porque, en el caso de que se diera esa eventualidad, quien tomaría el control del Ejecutivo norteamericano sería el grupo que  habló con sinceridad,  que el líder chino es el principal enemigo de la Humanidad, derivando en un superior trastorno para el clan de Xi Jinping.

Por contrapartida, una hipotética caída de Xi Jinping no repercutirá positivamente en el mandatario norteamericano ya que su lugar será ocupado por la facción liberal transnacional antitrumpiana, haciéndose con el poder total del gigante asiático y acotándole las posibilidades del reformateo que plantea el programa Trump.

Cabe resaltar que tanto Trump como Xi Jinping -sobre todo el último- temen la concurrencia de la Gran Depresión económica mundial que desfavorecería notoriamente a los dos Proyectos,  debido a que hundiría, clara y estructuralmente, a los Estados Unidos y frenaría la marcha ascensorial de China como un hegemon global.

Creemos que la  mentada guerra comercial entre EE. UU. y China no pretende, por lo menos en la cima de sus liderazgos políticos y en parte de sus asesorías respectivas,  desembocar en la destrucción mutua y total de ambos centros de gestión de poder, sino graduar equilibrada y estratégicamente la participación y la absorción de recursos por parte de ellos en los mercados mundiales, los cuales seguirán concibiendo correctamente a Washington, bajo el formato de Trump, y a Pekín con el modelo de Xi Jinping, como rivales naturales, pero, como dijimos, sin la finalidad de la eliminación total recíproca y fuera de los cauces de Bretton Woods.

La realidad indica que la "guerra comercial" de Trump apalanca la desdolarización de la economía global, empuja a Pekín a configurar terminantemente la zona Yuan y allana el camino para que el Oro sea restablecido como referencia de valor universal, no obstante, esta vez, con algunas diferencias respecto de la condición que tuvo antes de 1944.

Al fin y al cabo, Trump dijo que la culpa de los males originados por lo que él sopesa como un asimétrico intercambio estadounidense-chino no es de su homónimo asiático, sino de un tipo de sistema que está correlacionado con la transferencia de poder y de rentabilidad hacia China, pero que él, Donald, tiene que reconstruir los Estados Unidos ya que sabe que el desmantelamiento gradual de USA como poder global único es un proceso imparable.

Además, entre Trump y Xi Jinping hay otros conectores amigos como, por ejemplo, el estratega y desarrollador Henry Kissinger y Vladímir Putin, quienes están esforzándose por disminuir la tensión y el agravamiento del conflicto para que la desintegración de la Pax Americana se efectúe sin la irrupción y el desenvolvimiento de ninguna guerra caliente mundial, mega evento que sí lo quieren aquellos que se niegan a asumir la pérdida de los Estados Unidos como chupasangre global, contándose entre ellos a antichinos socios y contrincantes de Trump.

Sin embargo, los puntos en común existentes entre Trump y Xi Jinping no pueden soslayar las discrepancias objetivas que hay en la relación entre los dos presidentes y sus agendas correspondientes, por lo que no se puede considerar que subterfugiamente estén coludidos y que vayan a integrar el mismo equipo, ya que no son ni serán aliados puesto que cada uno maniobrará en función de su propio diseño operante en la arquitectura de la política internacional.

Nota:

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