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Santiago Pérez

En honor a todos los leales realistas neogranadinos que dieron su vida por la unión magnánima del Altar y el Trono en Nueva Granada.

Ante todo, la guerra de Independencia financiada por Gran Bretaña y con ayuda de mercenarios británicos fue llevada a cabo por el tirano y sanguinario Simón Bolívar contra la voluntad de muchos de los pueblos neogranadinos (hoy colombianos) que fueron realistas, ya que existieron muchos realistas criollos en tanto no fue una guerra de «liberación nacional» ni tampoco una «guerra anti-colonial» lo que ocurrió en ese entonces: se nos olvida que todos somos de nación culturalmente hispana, entonces ¿De cuál nación hablamos en este bicentenario? y ¿No será que confundimos la maquinaria del Estado republicano -que conmemora hoy su bicentenaria y muy defectuosa puesta en marcha- con la nación concreta fundada en la religión católica y en el idioma español que fueron y son comunes y que son nuestra última y efectiva unidad sobreviviente a la debacle separatista? De hecho, en la época antes de la sedición separatista se hablaba de «españoles de América» y «españoles peninsulares», lo de «colombianos» fue un nombre impuesto en materia jurídica por los vencedores de la guerra, pues tradicionalmente esto era el Nuevo Reino de Granada o Nueva Granada, fundado por el granadino y antepasado simbólico nuestro Gonzálo Jiménez de Quesada, que dio conciencia de unidad con ayuda de los misioneros a las dispersas tribus de indios (muy belicosas entre sí y con lenguas ininteligibles entre sí) que el Derecho Indiano integró como parte de los reinos -ojo no son colonias- de América. Fue de la justicia de la monarquía católica y no de la utilitarista república-liberal de la que nacieron los resguardos indígenas y el todavía vigente cabildo indígena.

Hubo pues una verdadera guerra civil entre americanos revolucionarios y americanos leales al rey. Todo esto tumba la falsedad del mito republicano de una guerra internacional entre españoles «extranjeros» y criollos americanos, en realidad fue una guerra intestina de criollos revolucionarios contra criollos realistas, los hermanos que vinieron de la península ibérica fueron un auxilio de los realistas-criollos mientras que los mercenarios e invasores ingleses vinieron en apoyo de los revolucionarios-criollos (hubo familias divididas en ambos bandos, y hasta peninsulares que vinieron a apoyar a los criollos rebeldes, no fue una guerra anti-colonial sino que al ser una misma nación y civilización fue un conflicto civil entre miembros de un mismo reino). Como bien dijo el tirano Bolívar: «Yo deseo continuar sirviendo a mi patria, para el bien general de la humanidad y el aumento del comercio británico» Simón Bolívar, 19 de junio de 1815. En otra ocasión reconoció Bolívar -el 22 de abril de 1828- que: «Contra la fuerza y la voluntad pública he dado la libertad a este país y como esta gloria es mi fortuna nadie me puede privar de ella».

Sirvan otras citas para ejemplificar lo ya mencionado, en pleno 1820 el Dr. Germán Roscio (amigo de Bolívar) escribió con angustia y desconcierto a Bolívar: «La España nos ha hecho la guerra con hombres criollos, con dinero criollo, con provisiones criollas, con frailes y clérigos criollos y con casi todo criollo» ¿No se supone que fue un conflicto entre dos naciones distintas? y ¿No vemos aquí que muchos criollos americanos se sentían españoles como parte de un reino y no de una simple colonia explotada por extranjeros? La «nación colombiana» es una ficción jurídica de un (en ese momento 1821) recién fundado Estado colombiano (no existe algo como un idioma colombiano sino el español hablado en el territorio colombiano), pero la gran nación española en 1810-1830 se desgarró en varias partes en el momento en el que nos separamos y negamos nuestras propias raíces, para fundar repúblicas sin política exterior propia (casi protectorados británicos y luego estadounidenses) y con una soberanía de papel estancada en la desunión y la dependencia hacia las potencias anglosajonas (¿puede haber libertad e independencia sin unidad?, esta última amenazada cada decenio por una nueva guerra civil, tal como fue la historia de nuestro siglo XIX y sigue siendo la historia del XX y XXI). Todo esto es tan certero hasta el punto que un republicano tan destacado como el general Joaquín Posada Gutiérrez llegó a expresar: «He dicho poblaciones hostiles porque es preciso se sepa que la independencia fue impopular en la generalidad de los habitantes... los ejércitos españoles se componían de cuatro quintas partes de los hijos del país; que los indios en general fueron tenaces defensores del gobierno del Rey, como que presentían que tributarios eran más felices que lo que serían como ciudadanos de la República».

También, el Coronel Hamilton, Primer Comisario británico nombrado en Colombia, apunta el dato que, aunque se refiere a Colombia, se aplica por igual a Bolivia: «Al pasar por la cárcel, me extrañó verla llena de muchachos jóvenes; y al observar yo al comandante que suponía habría muchos ladrones, me contestó: “Oh no, el pueblo es muy honrado y tranquilo; pero estos presos son sólo voluntarios de la Provincia de Neyva que van a incorporarse a un regimiento nuevo en Bogotá, y se los encierra por la noche para que no se escapen”.» Y sigue diciendo Hamilton: «Por el camino nos encontramos con más voluntarios todos maniatados, de modo que sospecho que los que sirven en los ejércitos colombianos [los de Bolívar] no son voluntarios más que de nombre.».

No olvidar tampoco las masacres de la Navidad Negra de Pasto entre el 24 y 25 de diciembre de 1822, en la que Bolívar y Sucre (como revancha por el realismo criollo de los pastusos) permitieron que su soldadesca (del infame batallón Rifles, en el que había británicos) masacraran indiscriminadamente a civiles entre los que se contaron mujeres, ancianos y niños sacados de sus casas y de sus templos por la fuerza, fue un genocidio localizado en el que fueron asesinados más de 500 civiles o no-combatientes. Sobre estas atrocidades escribió el historiador Roberto Botero Saldarriaga: «Al combate leal y a terreno abierto sucedió una espantosa carnicería: los soldados colombianos ensoberbecidos por la resistencia desollaron indistintamente a los vencidos, hombres y mujeres sobre aquellos mismos puntos, que tras porfiada brega habían tomado... Al día siguiente cuatrocientos cadáveres de los desgraciados pastusos, hombres y mujeres, abandonados en las calles y campos aledaños a la población, con los grandes ojos serenamente abiertos hacia el cielo, parecían escuchar absortos el Pax hominibus, que ese día, del nacimiento de Jesús, entonan los sacerdotes en los ritos de Navidad».

Transcribo ahora una carta de la época que desmiente la tesis historiográfica liberal-nacionalista de la guerra de Independencia como una guerra de liberación nacional de «Colombia» (que aún ni siquiera existía como ficción jurídica) frente a un supuesto invasor extranjero español, ya que resalta desde la perspectiva de un hombre del pueblo el carácter de una guerra civil entre gentes pertenecientes a una misma patria y fratría (RAE: Sociedad íntima, hermandad, cofradía) unida mediante la idea de Cristiandad.

Carta de Francisco José Caldas -el sabio Caldas- a Benedicto Domínguez del Castillo (no. 160):

«Aquí corre la noticia que Cartagena manda una gruesa expedición para sostener el Congreso en Ibaguetown, y se teme una revolución de ideas en la política de Santafetown. Como éstas se redujeran a restituírseme a mi familia, a mis amigos, y mi observatorio, yo pasaría por todo y me reiría de los imprescriptibles [se refiere a los derechos imprescriptibles cacareados por los patriotas] que agitan tanto a nuestros políticos y a nuestros chisperos. La felicidad está en la paz del corazón, y no en los ejércitos ni en los imprescriptibles de que usted se ríe con bastante fundamento.

En una de mis posadas di con un orejón de mucha chaveta, y me hizo reflexiones que tal vez no han venido a las cabezas de nuestros acalorados estadistas.

—¿A dónde va su merced? me dijo.

—Yo voy a la expedición a donde va Baraya;(3) soy ingeniero y sigo esa tropa que pasó ha tres días.

—Dicen que va a conquistar a Tunja, Pamplona, los Llanos, así como el amo Ricaurte (4) ha conquistado al Socorro. Así dicen malas lenguas.

—Así dicen todos los que saben.

—Yo no sé.

Pues yo sí sé que desde que nos engañaron con la libertad que creíamos que íbamos a ser bienaventurados derribando al amo Virrey y a los señores Oidores, no somos sino desgraciados. Setenta años tengo, y mis lágrimas no se habían derramado hasta ahora. Tengo un hijo, el único consuelo de mi vejez, el que cuida de mis cuatro vaquitas, mis ovejas, el que me hacía el mercado en Zipaquirá, el que ponía en orden todo mi pobre rancho, el que me calentaba los pies por la noche, y a éste me lo arrancaron para soldado. . .

Al buen viejo se le anudó la garganta, no pudo hablarme sino con sollozos y con lágrimas. Mi corazón partido, desgarrado de dolor, no pudo contenerse y lloró con el viejo. Mis lágrimas consolaron más que mis razones a este anciano desgraciado.

—¿Sumerced tiene hijos?

—Sí, tengo uno en la cuna.

Dios se lo guarde no para que lo vea ir a la guerra de cristianos contra cristianos.

Yo le ofrecí interponer mi valimento con Baraya y cuidar del mozo en la expedición, lo que se recompensó con el reconocimiento más sincero. Yo quisiera que Nariño (5) y los conquistadores hubieran presenciado esta escena cruel antes de inquietar con las armas a nuestros hermanos.

Saludo al Lacedemonio. (6)»

Caldas

Tunja, 31 de marzo de 1812.

Notas:

(3) Antonio Baraya.

(4) Joaquín Ricaurte Torrijos.

(5) Antonio Nariño.

(6) Francisco Urquinaona.

Finalmente, en trescientos años de imperio español, más allá de revueltas y rebeliones por impuestos, nunca hubo una guerra civil entre cristianos o sea entre súbditos católicos de un mismo rey hasta la llegada y puesta en práctica de las ideas sediciosas liberales de 1810 en adelante, por eso la sorpresa, aflicción y perplejidad de ese campesino orejón a quien le arrebataron el hijo que le calentaba los pies por las noches.

Bibliografía contra-corriente para esclarecer el asunto:

1) Una escondida causa de la emancipación sudamericana - Sergio Martínez Baeza

2) Las guerras de Independencia como guerras civiles - Tomás Pérez Vejo

3) Visión contra-corriente de la independencia americana - Luis Corsi Otálora

4) Las Indias no eran Colonias - Ricardo Levene

5) El ejército realista en la Independencia americana - José Semprún y Alfonso Bullón de Mendoza

6) Banderas olvidadas. El ejército realista en América - Julio Albi de la Cuesta

7) Los realistas criollos - Luis Corsi Otálora

8) Bolívar. La fuerza del desarraigo - Luis Corsi Otálora

9) Quito fue España. Historia del realismo criollo - Francisco Núñez del Arco Proaño

10) ¡Viva el Rei! Los negros en la Independencia - Luis Corsi Otálora

11) Santafé cautiva. Entrada del tirano Simón Bolívar (1816) - José Antonio Torres y Peña

12) «Bolívar impone castigos atroces a Pasto» en: Estudios sobre la vida de Bolívar - José Rafael Sañudo

13) La involución hispanoamericana. De provincias de las Españas a territorios tributarios. El caso argentino, 1711–2010 - Julio C. González

14) José de San Martín ¿Un agente inglés? - Antonio Calabrese

15) San Martín y la tercera invasión inglesa - Juan Bautista Sejean

16) Maitland & San Martín - Rodolfo H. Terragno

17) La estirpe calvinista del constitucionalismo - Fernán Altuve-Febres Lores

18) Bolívar, Tomo I y II - Salvador de Madariaga

19) El auge y el ocaso del imperio español en América - Salvador de Madariaga