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​​​​​​La nueva disputa entre China y EE.UU. en torno a la crisis del coronavirus es una batalla que transformará el eje del poder global a favor del gigante asiático.

El mundo posterior a la crisis del nuevo coronavirus, denominado COVID-19, será muy diferente al mundo que hoy en día conocemos, pero una de las realidades obvias es la brecha cada vez mayor entre Pekín y Washington y la reorganización del orden mundial basado en esta confrontación.

Al siglo XXI se le denomina como la era del resurgimiento de la región de Asia-Pacífico; siendo esta una predicción que ha sido usada con mucha recurrencia en los temas de discusión de analistas y estrategas en centros académicos y de investigación occidentales de renombre y clave durante mucho tiempo.

Sin embargo, la cuestión era cuándo el eje de evolución del mundo giraría en dirección a los países que conforman la zona del Pacífico y Asia Oriental. De hecho, algunos venían diciendo que esta coyuntura se daría durante los próximos diez años, mientras que otros venían argumentando que tal movimiento se llegaría a producirse en un futuro lejano e incluso lo posponían para el próximo siglo.

Mientras tanto, muchos creen que la propagación de la pandemia global del coronavirus está ejerciendo como un catalizador al estar acelerando todos los procesos de este cambio en el tiempo. A esta conclusión se puede llegar al observar como las brechas que las superpotencias mundiales han estado encubriendo en su manejo de la estructura de las relaciones internacionales durante los años posteriores al colapso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se han destapado de repente convirtiéndose en una realidad para el resto del mundo.

Ante esta realidad develada no queda espacio de duda para una gran parte de la opinión pública a nivel mundial que los enfrentamientos acaecidos periódicamente entre China y Estados Unidos giran en torno al futuro liderazgo global que con la propagación de la letal plaga del COVID-19 se ha dado comienzo a un ciclo estresante y de rápida evolución hacia esta nueva transformación del eje del poder universal.

En qué momento Estados Unidos se percató del poderío de China

Cuando Donald Trump llegó al poder en EE.UU. hace más de tres años, allá en enero de 2017, con la consigna de devolver las líneas de producción de la industria estadounidense al país y eliminar el déficit comercial con China, muchos vieron en este planteamiento de la Casa Blanca como el resultado de una competencia existente entre dos espectros económicos muy divergentes en Washington.

En otras palabras esta disensión se traduce en que mientras, por un lado, los demócratas, que en su mayoría apoyan a las industrias y empresas de gigantes de los medios de comunicación y financieros, y por otro lado, los republicanos, quienes cuentan con la mayoría de sus partidarios entre las industrias tradicionales como los gigantes de energía o las compañías automotrices, este último partido vio las orejas al lobo debido a que como la transferencia masiva de las industrias manufactureras a China y México podría amenazar los millones de puestos de trabajo de una comunidad blanca estadounidense, cuyos votos favorecen en un mayor grado a las posiciones conservadoras, hizo que Trump planteara su ya conocida guerra comercial contra los chinos y la disputa migratoria contra los mexicanos.

Desde entonces, la Administración Trump ha hecho una gran campaña económica-comercial contra Pekín por una variedad de razones que la Casa Blanca sostiene que son, entre otras, la deliberada devaluación de la divisa china, yuan, o de no respetar los derechos de propiedad intelectual corporativa de las empresas estadounidenses.

Y a pesar de que en estos momentos los estadounidenses y los chinos han puesto punto final a su disputa sobre los aranceles comerciales y aduaneros, tras dos años de duros enfrentamientos, y acordaron a mediados de enero expandir las importaciones de productos agrícolas y de gas natural, que se supone una mejora del déficit comercial entre los dos países en unos 50 mil millones de dólares a favor de Washington, aún parece que los recelos entre estas dos superpotencias siguen su curso.

Pues resulta que con la propagación generalizada del brote de coronavirus, la confrontación entre China y Estados Unidos en esta área ya no parece ser una confrontación comercial, sino que se ha convertido en un problema grave en lo que concierne al ámbito de la seguridad nacional, especialmente para Washington.

La gestión de las autoridades estadounidenses ante la crisis del COVID-19 desatada en Estados Unidos ha mostrado cuán profunda es la influencia comercial de China en EE.UU., ya que los números reflejan como la producción del 80 % del medicamento utilizada en el territorio norteamericano proviene de las compañías chinas.

El monopolio de la producción de mascarillas y batas médicas especiales en China ha frustrado tanto al Gobierno de Estados Unidos que ha llevado efectivamente a Washington a recurrir a una especie de “piratería moderna”, a la vieja usanza del salvaje oeste, para apropiarse de utensilios sanitarios en medio de la pandemia.

Ante la impotencia de evitar las imágenes dantescas de centros hospitalarios colapsados por falta de medios, la Casa Blanca se ha visto obligado a forzar al mayor fabricante mundial de automóviles, el General Motors, a producir en masa máquinas de respiración artificial. Este hecho es muy relevante, ya que, las principales compañías de equipos médicos, como General Electric, necesitan piezas de las empresas chinas para completar su cadena de producción.

Aun así, esta no es la primera vez que los estadounidenses notan esa amenaza de seguridad nacional por parte del gigante asiático. El año pasado, Trump, prohibió el uso de equipamiento de telecomunicaciones fabricados por compañías consideradas como una amenaza para la seguridad nacional de EE.UU. e incluyó en su lista negra de sanciones a Huawei, siendo este un gigante chino de las telecomunicaciones, pionero en el desarrollo de la tecnología 5G, al que Washington lo acusa de espiar para el Gobierno del país asiático a través de sus dispositivos, lo que desmiente la compañía.

Ante esta situación, los chinos amenazaron, por su parte, con restringir las exportaciones de piezas hechas con elementos raros como el cobalto o el tantalio a EE.UU. A pesar de su pequeño tamaño, estos componentes juegan un papel importante en una amplia gama de equipos militares, como sensores y láseres potentes. La respuesta del Pentágono a la advertencia fue realizar una licitación entre empresas estadounidenses para trasladar la cadena de producción a Estados Unidos.

Ahora habrá que ver hasta qué punto la pandemia del COVID-19, cuya carga viral está afectando de lleno a todos los aspectos de la vida estadounidense en varios campos, puede influir en las relaciones de estos dos países superpotencias.

Los puntos de tensión entre las dos naciones ya son visibles, ya que cuando Trump usó el término “virus chino” para referirse al origen de este desafío biológico que se supone es una plaga para la raza humana, cuyo brote por primera vez se detectó en un mercado de mariscos de la ciudad china de Wuhan a fines de diciembre, quedó claro que los días posteriores a la epidemia estrenarían un nuevo campo de enfrentamiento de mayor grado entre ambas partes.

China ha demostrado una gran capacidad en el control de la enfermedad, cuando declaró en su día una extensa y férrea cuarentena que afectó a casi 190 millones de personas (más de la mitad de la población de EE.UU.) y el posterior retorno de la normalidad a la economía del gigante asiático ha sido tan eficiente y ordenado que algunos han expresado su escepticismo ante las estadísticas de Pekín sobre el control de la afección.

Es curioso que el Banco Central de China aún no haya utilizado los instrumentos financieros para hacer frente a la recesión económica mundial anunciada recientemente por el Fondo Monetario Internacional (FMI), pero a cambio la Reserva Federal de Estados Unidos ha asignado casi 2000 millones de dólares para inyectar en la economía de EE.UU.

Por lo tanto, los chinos a día de hoy están más propensos y preparados a ayudar a otros países a lidiar con el estancamiento económico causado por el COVID-19 que Europa y Estados Unidos.

El alcance de esta asistencia varía según los países, pero incluso llega hasta el corazón de la Unión Europea (UE). Es el caso de Italia, epicentro del brote del COVID-19 en el continente verde, quienes esperan que los planes de inversión de los chinos puedan sacarles de la recesión frente a la austeridad que les quiere imponer desde Alemania a cambio de ayudas comunitarias.

Otro punto a tener en cuenta es la importante influencia de China en áreas como América Latina, que es considerado “el patio trasero” de Washington.

En América Latina, los chinos han firmado importantes acuerdos con países como Chile y Bolivia para invertir y desarrollar en las industrias mineras de estas naciones. Sin lugar a dudas, las compras del crudo por el gigante asiático han jugado un papel importante en la asistencia y cooperación con el Gobierno de Venezuela, presidido por Nicolás Maduro, mientras los estadounidenses han hecho todo lo posible para evitar que esta tendencia continúe.

En los últimos tiempos, los chinos vienen contando con un superávit anual de casi 500 mil millones de dólares, que a menudo los invierten en la compra de la deuda de los bancos centrales de otros países, como Estados Unidos.

Sin embargo, en la última década, esta política de inversión adoptada por Pekín ha adquirido nuevas formas, cuyo objetivo es obtener acceso a mercados de valores y minerales en otros países.

Ante este coyuntura inversionista de China, Estados Unidos tendrá que reconsiderar su capacidad para reconstruir su tejido industrial, que ha sido fuertemente invertido por parte de los chinos y tendrá que lidiar con miles de millones de dólares en reservas de divisas chinas que están listas para atraer a los demás mercados del resto de los países.

China ha demostrado una vez que está lista para desempeñar ese papel en el mundo con su megaproyecto de la Nueva Ruta de la Seda. A diferencia de Washington, Pekín no solo es reacia a interferir en los asuntos internos de los países, sino que también insiste en que estos deben mantener su soberanía nacional.

Esta incitativa política y económica seguramente concederá y guardará un papel más que destacable a China y su divisa nacional en el sistema financiero mundial, un proceso que podría plantear un serio desafío al dominio global del dólar.

Otra área en que se acentuará el desarrollo de las hostilidades entre EE.UU. y China en un futuro próximo es en el campo militar, donde las discordias tendrán una gran repercusión, debido a que los estadounidenses han venido acusando durante mucho tiempo a la contra parte china de desarrollar sus capacidades militares para desafiar la presencia de Estados Unidos en Asia del Este.

La crisis del mortal patógeno en Estados Unidos ha revelado las debilidades fundamentales y esenciales de las autoridades locales para contener los efectos nocivos sobre la población y, por ello, a fin de desviar la atención mediática, Washington pondrá en marcha su maquinaria propagandística para seguir proyectando sus alegaciones en contra de Pekín.

Por supuesto, las preocupaciones de Washington no distan mucho de la realidad, ya que varios estudios estadísticos muestran que Pekín tiene un programa especial destinado para reforzar sus capacidades militares.

El gasto de defensa de China se ha limitado a alrededor del 2 % del Producto Interior Bruto (PIB) en las últimas tres décadas, conforme señala el Instituto Internacional de Investigación de Paz de Estocolmo (SIPRI, por sus siglas en inglés).

El informe refleja que si se mantiene este nivel, suponiendo un PIB de 30 000 millones de dólares para 2040, el presupuesto de defensa chino podría aumentar a 600 mil millones de dólares. Si el presupuesto militar se incrementa en un 4 %, este número se duplicará, añade.

Hoy en día, recoge el informe, el presupuesto militar de Estados Unidos es algo más de 700 mil millones de dólares y suponiendo que la tendencia actual continúe, el presupuesto militar del Pentágono para 2040 será de poco más de mil millones de dólares.

De esta manera y partiendo de esta estimación del  SIPRI, queda bien patente que los estadounidenses tienen un camino muy difícil para mantener su superioridad sobre los chinos.

Otro estudio realizado por el Consejo de Seguridad Nacional de EE.UU. apunta a que Estados Unidos en este momento tiene concentrado casi el 30 % de sus recursos militares en el Pacífico y el resto en otras regiones del globo, incluido Asia Occidental, y por su parte, China ha concentrado alrededor del 70 % de sus capacidades de defensa en el Pacífico.

Teniendo en cuenta estos datos que muestran que, si bien las capacidades de defensa de EE.UU. podrían ser superiores a las de China para 2030, la brecha se ampliará considerablemente a partir de esa fecha.

Así pues, para mantener su confrontación con China y poder seguir siendo la primera superpotencia mundial, los estadounidenses deben reducir sus compromisos militares en otras partes del mundo, como en el oeste de Asia; y quizás una de las consecuencias de la era post-coronavirus será la intensificación de la retirada estadounidense de otras partes del globo, siendo Asia Occidental uno de los principales candidatos.

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