altPor Alberto Hutschenreuter*

El concepto de “compuerta geopolítica” se refiere a todo hecho de naturaleza centralmente político-territorial que resulta decisivo en relación a un acontecimiento posterior mayor o trascendental. A diferencia de lo que John Lewis Gaddis denomina “códigos geopolíticos”, es decir, concepciones que guían la conducta político-espacial de los diferentes Estados, las “compuertas geopolíticas” implican hechos que en principio pueden no llegar a resultar demasiados apreciados, pero que acaban siendo determinantes para el desarrollo de hechos superiores.
Los acontecimientos más importantes del siglo XX tuvieron una génesis de cuño esencialmente geopolítico, por caso, la Segunda Guerra Mundial, que sin duda fue  consecuencia de una pluralidad de hechos; empero, hubo al menos tres momentos previos de raíz geopolítica que fueron categóricos: la reconfiguración del espacio de Europa Central, la concepción geopolítica de Francia a partir del levantamiento de la “Linea Maginot” y, finalmente, la entrada de las tropas de Hitler en la provincia desmilitarizada de Renania, en marzo de 1936.
En efecto, el diseño del mapa de Europa Central tras la Gran Guerra 1914-1918 implicó la creación de múltiples espacios nacionales con los que se creía se daría respuesta al problema de las nacionalidades; pero sucedió que la emergencia de numerosos pequeños Estados implicó, como bien sostiene Henry Kissinger, que geopolíticamente Alemania resultara más fuerte que antes de 1914, cuando sus vecinos eran actores poderosos, hecho que la favorecería si en algún momento decidiera ajustar cuentas geopolíticas. En cuanto a la fortificación francesa,  básicamente significaba que Francia adoptaba un patrón militar defensivo, a la vez que el Este de Europa quedaba librado a su suerte. Finalmente, al no afrontar una terminante oposición por parte de Francia y Gran Bretaña, la (tímida) ocupación de Renania fue el inicio de lo que André Beaufré denominó “estrategia de  rebanadas”, que no se detuvo hasta la invasión de Alemania a Polonia.
Existen otras compuertas geopolíticas que nos ayudan a comprender otros hechos trascendentales, por caso, la catástrofe de Japón, el conflicto en Oriente Medio, el reposicionamiento de los Estados Unidos en los años ochenta, la caída de la Unión Soviética, etc., al punto que bien podríamos afirmar que el siglo XX se inició y feneció con acontecimientos que partieron desde la geopolítica.
En el clima esperanzador que siguió al final de la Guerra Fría prácticamente no hubo espacio para la geopolítica, pues se identificó a esta disciplina con políticas de intereses nacionales que desplazaban cualquier posibilidad de estructurar un orden internacional en base a intereses colectivos.
Sin embargo, durante los noventa la práctica geopolítica continuó  bajo formas “suaves” de poder, por caso, en tiempos del “régimen” de la globalización, pero también en términos geopolíticos directos, por ejemplo, cuando se procedió a la ampliación de la OTAN. El siglo XXI comenzó con hechos centralmente geopolíticos: despliegue del terrorismo a escala global e impacto en blancos situados en el espacio más seguro del planeta, establecimiento estadounidense en el “espacio global de la energía” (de Arabia Saudita al Asia Central), etc.
La crisis actual en Ucrania se explica desde varias lógicas, aunque la geopolítica es la  clave de bóveda para comprender el  conflicto, pues se trata de una crisis que vuelve a hacer sentir a Rusia que el mundo continúa siendo un lugar peligroso para sus intereses nacionales.
Acaso no siempre se tenga la percepción de debilidad territorial que supone el espacio ruso cuya extensión tiende a ser considerado un activo de poder sin igual, que sin duda lo es; sin embargo, semejante espacio sin accidentes naturales que la protejan la mantuvieron siempre en un permanente estado de inseguridad como consecuencia de penetraciones de fuerzas extranjeras desde todos los puntos cardinales.
Una eventual resolución de la crisis de Ucrania según el “modo Alemania 1990”, es decir, integrándose el país centroeuropeo a la estructura política-militar de Occidente sin concesión estratégica alguna a Rusia, dejaría a este país no solamente “lejos de Europa”, sino en un estado de situación geopolítica casi similar (salvando diferencias) a la que tenía Rusia entre los siglos XIV y XIX, es decir, sin “espacios de obstrucción” que la amparen de amenazantes actores. Dicha situación sin duda completaría el sentido de catástrofe geopolítica a la que se refirió Putin en 2005 en relación a la desaparición del espacio soviético.

Desde estos términos, es posible que los acontecimientos internacionales mayores por venir guarden una estrecha relación con la realidad política-territorial concluyente que implica el conflicto intra e inter-estatal de Ucrania. Si es así, el interrogante estará planteado en relación a si dichos acontecimientos supondrán resoluciones en base a posiciones irreconciliables, o bien descontentos que se canalizarán vía el patrón de la diplomacia.
La experiencia nos dice que la mayoría de las veces las compuertas geopolíticas fueron seguidas de acontecimientos que no pudieron encauzarse o contenerse.

* Doctor en Relaciones Internacionales. Director Equilibrium Global

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