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El Tribunal Supremo abrió este jueves la puerta a que la campaña electoral del 21-D se celebre sin candidatos en prisión provisional. El magistrado del Alto Tribunal Pablo Llarena acordó anoche enviar a prisión a la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, pero con la posibilidad de quedar en libertad si presenta una fianza de 150.000 euros [lea el auto en PDF].

Comparada con la de los ocho ex consellers encarcelados por la Audiencia la semana pasada, la suerte de los otros cinco querellados ante el Supremo es aún mejor: cuatro quedaron en libertad con una semana de plazo para presentar una fianza de 25.000 euros, lo que supone que no tendrán que llegar a dormir en prisión. Se trata de Lluís Corominas, Anna Simó, Lluís Guinó y Ramona Barrufet, todos ellos de partidos independentistas. Tienen, eso sí, que entregar su pasaporte y tienen prohibido salir de España. Además, deberán comparecer semanalmente ante el juzgado. Por su parte, Josep Maria Nuet, de Catalunya Sí Que Es Pot, quedó en libertad provisional -sigue imputado- sin ninguna medida cautelar.

La decisión se produjo pese a que la Fiscalía había pedido prisión incondicional para Forcadell, Corominas, Simó y Guinó, fianza para Barrufet y comparecencias para Nuet. En los cuatro primeros casos, la Fiscalía sostuvo que existía un riesgo elevado tanto de fuga como de reiteración delictiva. En particular, teniendo en cuenta la fuga del ex president Carles Puigdemont y su actividad desde Bruselas, que la Fiscalía considera una continuación en el delito de rebelión.

De esa forma, la Fiscalía mantenía el mismo criterio que la semana pasada le llevó a reclamar y conseguir que la Audiencia Nacional encarcelara al ex vicepresidente Oriol Junqueras y otros siete ex consellers. La decisión del Supremo supone que la investigación por rebelión se lleva con criterios distintos en los dos tribunales en los que se presentaron las querellas.

Sobre el riesgo de fuga que sí percibió la Audiencia, el juez instructor considera que, en el caso de Forcadell -de quien destaca su «liderazgo» en el procés-, «aunque ese riesgo exista», este «se difumina por haberse presentado cuantas veces ha sido citada por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, así como por este instructor (que lo ha hecho en tres ocasiones, considerando el llamamiento a la comparecencia de medidas cautelares), y ser manifiesto el contraste con otros encausados en este proceso, que se encuentran actualmente fugados», en referencia a Puigdemont.

Tampoco percibió el instructor un elevado riesgo de reiteración delictiva que sí veía el Ministerio Público. A este respecto, explica que ese riesgo debe valorarse «considerando que el devenir político más próximo y cercano pudiera propiciar la persistencia en la actuación fuera del marco constitucional y transformar la próxima legislatura en un ilegal proceso constituyente». «En todo caso», continúa el magistrado, «todos los querellados, no es que hayan asumido la intervención derivada de la aplicación del artículo 155 de la Constitución, sino que han manifestado que, o bien renuncian a la actividad política futura o, los que desean seguir ejerciéndola, lo harán renunciando a cualquier actuación fuera del marco constitucional».

La decisión del juez responde al cambio de estrategias de los imputados, que a diferencia de lo ocurrido en la Audiencia decidieron finalmente responder a las preguntas de la Fiscalía, acatando el 155 y reconociendo que la declaración de independencia no tenía fuerza jurídica. No bastó para la Fiscalía, pero sí para el magistrado instructor.

Parte de las declaraciones clave para poder finalmente eludir la prisión se produjeron en el último momento, cuando el juez les dio un último turno intervención antes de tomar su decisión. Lo hicieron al comprobar que la Fiscalía sí había tenido en cuenta la claridad con la que Barrufet había rechazado la vía ilegal mantenida hasta ahora. La todavía diputada añadió que no iba a ser candidata. La rotundidad de su alegato llevó a la Fiscalía a proponer que, en su caso, pudiera quedar libre con fianza.

Pese a la decisión favorable -dados los antecedentes de la Audiencia- sobre la medida cautelar, el fondo de la investigación sigue adelante. El auto de Llarena sostiene que «se constata la concurrencia inicial de todos los elementos que precisa la calificación de rebelión que el Ministerio Fiscal sustenta en su querella».

En una segunda resolución, el juez descartó imponer de momento la fianza de 6,2 millones de euros que la Fiscalía reclamaba para los querellados. Esa es la cifra que, según la investigación, se destinó en los presupuestos para financiar la consulta ilegal. El juez considera precipitado fijar ahora esa cantidad.

Los 'héroes' de la independencia: Puigdemont huye, Trapero acata y Forcadell dice que era "simbólica"

El independentismo se va quedando sin héroes. Tras la huida sin nocturnidad pero con alevosía de Puigdemont a Bruselas y el sumiso acatamiento de su destitución por parte de Trapero, este jueves llegó el tercer gran mazazo para las huestes del independentismo.

Porque Carmen Forcadell y el resto de miembros de la Mesa del Parlamento que prestaron declaración durante todo el día en el Tribunal Supremo acataron ante el juez la aplicación del artículo 155 de la Constitución, es decir la intervención de la autonomía catalana, y demolieron la escasa credibilidad que le pudiera quedar a la vaporosa declaración de independencia del pasado 27 de octubre al confesar, poco más o menos, que todo había sido una pamema: una mera declaración "simbólica" sin efecto real en la práctica. Ni 24 horas le duró la alegría al independentismo tras la victoria pírrica que supuso el bloqueo de las principales carreteras y vías férreas catalanas durante la fracasada huelga general del miércoles.

Al independentismo, en definitiva, ya no le quedan líderes ni mártires ni grandes gestas históricas a las que aferrarse. Los cabecillas del procés traicionaron primero al 50% de los ciudadanos catalanes, los no nacionalistas, cuando laminaron los derechos de la oposición en el Parlamento catalán. Pero las bases independentistas guardaron silencio porque ellos no eran catalanes no nacionalistas.

La coartada de la internacionalización

Después llegó el 155 y la sorpresa que supuso ver a los funcionarios catalanes asumir mansamente su sustitución por funcionarios del Gobierno central. La más sonada de esas destituciones fue la de Josep Lluís Trapero, que se despidió por carta de sus subordinados sin hacer una sola mención a la épica de la resistencia. “Dejo el cargo con un inmenso honor y agradecido de haber sido vuestro jefe” escribió. Tras reconocer que no era “un día fácil para él”, Trapero pidió a la Policía catalana que siguiera “escribiendo el futuro” y solicitó “lealtad y comprensión en torno a las decisiones” de los nuevos mandos. Pero las bases independentistas guardaron silencio porque ellos, a fin de cuentas, no eran mossos d’esquadra ni funcionarios de la Administración catalana.

Los líderes independentistas se traicionaron entonces entre ellos cuando Puigdemont huyó a Bruselas y desmontó la principal estrategia de defensa de los consejeros citados ante el juez: la de que no existía riesgo de fuga. Las relaciones entre ERC y PDeCAT ya estaban rotas antes de eso y la desconfianza entre Junqueras y Puigdemont era vox populi entre las filas del independentismo.

Pero la fuga del expresidente catalán con una excusa rocambolesca (la de internacionalizar un conflicto al que toda Europa había dado ya la espalda) acabó de romper cualquier puente que pudiera quedar en pie entre ellos. Y las bases independentistas siguieron guardando silencio porque ellos, a fin de cuentas, no eran consejeros citados ante el juez.

Tantos héroes como estructuras de Estado

Pero cuando Carmen Forcadell y el resto de miembros de la Mesa del Parlamento catalán decidieron romper la estrategia de defensa seguida por Junqueras y el resto de consejeros en prisión provisional (la de no declarar) para evitar su entrada en prisión, la última hebra que unía a los independentistas con su fantasmal república independiente quebró sin remedio. Ahora los traicionados son ellos y no queda ya nadie en toda Cataluña capaz de sostener frente a quien importa, es decir frente a los jueces, que la independencia de Cataluña es real. “Asumo el 155 y reconozco que la declaración de independencia fue simbólica” dijeron Forcadell y sus compañeros.

La república catalana independiente sólo era real en las cabezas de los independentistas pero ahora ya ni siquiera les queda una cabeza con la que seguir fantaseando con conceptos más voluntaristas que realistas como “la lucha por el territorio en disputa” o “la defensa del referéndum”.

Este jueves, Carme Forcadell, a la que sólo le faltó rematar su comparecencia en el Tribunal Supremo cantando bulerías y lanzándole vivas a la Constitución, acabó con la última minúscula, atómica, cuántica brizna de esperanza que le pudiera quedar al independentismo. Sólo alguien que oiga voces puede sostener hoy que las elecciones del 21 de diciembre son algo más que unas simples autonómicas de una simple región española con tantos héroes en su haber como estructuras de Estado. Es decir cero.

Análisis: Y al fracaso se sumó el deshonor

Incluso el cinismo de los peores demagogos debería tener un límite. Debería limitar al menos con la fe de sus seguidores más fanatizados, aquellos que creyeron a pies juntillas en la posibilidad real de la secesión y en su promesa de prosperidad. Pero en la estofa política de Carme Forcadell no se atisba ese límite. Su hipocresía es tan ancha que en ella cabe la arenga callejera contra las instituciones democráticas y el susurro exculpatorio ante el juez del Supremo. «La declaración de independencia fue un acto simbólico», trató de justificarse la misma que instó a Mas a poner las urnas de un referéndum ilegal; la misma que convirtió la Diada en la coreografía de una exclusión en marcha; la misma que alentó siempre el odio a una España que desconoce. Lo cierto es que ayer se apresuró, tan pronto como escuchó la petición fiscal de prisión, a plegarse a la ley, a acatar la aplicación del artículo 155 y a abandonar la política o renunciar «a cualquier actuación fuera del marco constitucional». Así lo hizo la líder del movimiento insurreccional, la misma que prometió que nunca daría «ni un paso atrás». No cabe mayor demostración de indignidad: cae el telón de una gran mentira.

Y mientras ella, aconsejada por sus abogados, cantaba la palinodia en el banquillo para evitar pisar la cárcel donde hace días duermen los consejeros que no quisieron declarar, en Bruselas el iluminado jefe de un ejecutivo imaginario se empeña en presentarse como cabeza de una Generalitat en el exilio cuya interlocución nadie acepta en Europa.

Ni el cinismo ni la cobardía ni la pérdida del sentido de la realidad constituyen atenuantes en el caso que se juzga. No ha pasado ni pasará el tiempo suficiente para que este país olvide que ni la quiebra constitucional, ni la fractura social, ni el éxodo empresarial, ni la persecución política, ni el matonismo sindical revisten carácter simbólico. No: han sucedido de verdad. Siguen ocurriendo. Y tienen responsables. El auto del juez Pablo Llarena marca el camino que deberá seguir Oriol Junqueras: el del sometimiento a la Constitución. Cuando lo haga, habrá que preguntarse qué explicación dará a sus electores y cuál será su próximo e imposible programa para el 21-D. La resolución judicial es asimismo una pésima noticia para el Govern en prisión porque respalda la posición de la Fiscalía de acusarlo del gravísimo delito de rebelión. La ley prevalecerá.

Aquí no se dirimen hechos simbólicos, expresiones sentimentales ni debates ideológicos. Aquí se dirime la responsabilidad penal y el riesgo de reiteración delictiva de unos políticos que se sirvieron de su posición de fuerza para pisotear la ley y a aquellos a quienes la ley protege, y que ni siquiera han sabido sostener su insensata posición con un mínimo de coraje. Al fracaso acaban de añadir el deshonor.

Fuente: El Mundo

Análisis: Señorita, yo no he sido

Miquel Giménez

Carme Forcadell llegó, vio y se riló. No puede calificarse de otra forma el cambio radical que ha experimentado la presidenta del parlamento catalán. Ponerse delante del tribunal y cambiar de intrépida monja alférez a dócil pastorcilla, todo ha sido uno. No estaba sola, el resto de los miembros de la mesa la ha seguido en obediente y vergonzante comitiva.

“El 155 es un golpe de estado autoritario dentro de un estado miembro de la Unión Europea”

Eso decía doña Carme Forcadell el pasado 21 de octubre – Dios, parece que hay transcurrido una eternidad, hasta el concepto espacio-tiempo han destruido estos individuos – a propósito de la activación del artículo 155 por parte del gobierno de la nación.

Andaba por entonces la señora muy crecidita, bueno, ella y el resto de los que creyeron estar por encima de las leyes autonómicas, españolas y europeas. En los apasionados discursos de la presidenta se conjugaban a la perfección lo tópicos enervantes de taberna a la que nos han acostumbrado los radicales catalanes: “No daremos ni un solo paso atrás, porque la ciudadanía de Cataluña nos ha escogido como legítimos representantes”, decía con una voz hueca que hubiera dado envidia al mismísimo Vincent Price, ella, que de normal la tiene atiplada, casi en gallo permanente.

Flanqueada – la estoy viendo – por los miembros de la mesa secesionistas, Forcadell aseguraba como una madre coraje preciada que “Nos comprometemos hoy más que nunca a trabajar sin descanso para que este parlamento continúe representando lo que ha votado los catalanes” para seguir esa pieza maestra de la oratoria desgranando perlitas tales como “El gobierno de Rajoy pretende que el parlamento de Cataluña deje de ser democrático y eso no lo vamos a permitir” y el ya clásico “El gobierno quiere pasar por encima de la legalidad, porque el artículo 155 no les permite lo que quieren hacer”.

En el momento de la declaración ante el juez en el Tribunal Supremo ha dado un giro total, manifestando que acata el denostadísimo 155

Pero, ah, en el momento de la declaración ante el juez en el Tribunal Supremo ha dado un giro total, manifestando que acata el denostadísimo 155, desmarcándose de los ex miembros del Govern que se encuentran huidos en Bruselas y afirmando que la proclamación de la DUI fue algo puramente simbólico. Ha respondido a todas las preguntas, a todas las partes, una por una. Ha aprendido que la falsa gallardía de los ex miembros del Govern, negándose a responder al fiscal y al juez, no le convenía a su salud. Quiere comerse lo turrones en su casa y no en el hotel rejas. Ya ven.

La amenaza de cárcel es el punto final de las bravatas, la estación de llegada de todo un proceso fundamentado en mentiras, chulería, subvenciones millonarias y pornografía política, porque no se puede calificar de otra manera el proceder mantenido por los encausados, que desoyeron a los letrados del Parlament y al propio Consell de Garantías Estatutarias cuando les advirtieron acerca de la ilegalidad que cometían dando entrada a las leyes de transitoriedad jurídica o la votación de la república catalana. Su arrogancia fue tal que se creyeron por encima de todo y de todos, ya no solo de las leyes, sino de ese pueblo al que tanto dicen querer y defender. Con un clasismo disfrazado de democracia y un autoritarismo camuflado de bondad, Forcadell, Puigdemont, Junqueras y todo el conjunto del movimiento independentistas representado en el Parlament, han producido un daño enorme, acaso irreparable, a Cataluña y sus gentes. Unamos a eso una tremenda mediocridad intelectual y tendremos el retrato robot de la presidenta que hoy se ha mostrado azorada ante el Tribunal Supremo, balbuceando excusas de mal pagador para intentar evitar la pena contra los que, como ella, decidieron saltarse la Constitución a la torera. Ha sido un “señorita, yo no he sido” de parvulita, de niña pillada copiando en el examen in fraganti, de acusica cobardona. Que alguien así haya llegado a presidir el parlamento catalán solo se explica por los servicios prestados a Artur Mas cuando era la máxima dirigente de la ANC. Como siempre sucede en este paraíso de las nulidades llamado Cataluña, ser ignaro, pero obediente con los poderosos, tiene premio.

150.000 pavos, o la tarjeta que te libra de la cárcel

Eso es lo que ha dicho el juez. Si Forcadell quiere librarse de ir a visitar a sus coleguis en Alcalá-Meco, ya está apoquinando. A los otros miembros sediciosos de la mesa les ha dado una semanita y una fianza de 25.000. Algo más baratito, pero es que Su Señoría considera a Doña Carme como una de las ideólogas del proceso y teme un riesgo de fuga notable. Que Dios le conserve la vista, Señoría, porque Forcadell no llega ni a amanuense de actas en una comunidad de vecinos tipo “Aquí no hay quien viva”, imagínese para ser ideóloga. Una mandada, y aún gracias.

La Fiscalía del Tribunal Supremo, sin duda poco impresionada por las dotes de actriz de doña Carme, había solicitado pertinentemente la prisión incondicional para ella. Sus colegas estaban en el mismo caso:  Lluís Corominas, del PDeCAT -qué réspice soltó el día de la malhadada proclamación de la república, cuanto odio, cuanto rencor -, Anna Simó y Lluís Guinó. Para Ramona Barrufet, secretaria cuarta de la Mesa ha solicitado, en cambio, prisión eludible con fianza (50.000 pavos de nada). Respecto al comunista Joan Josep Nuet simplemente pedía libertad con comparecencias periódicas. ¿La causa de unas peticiones tan duras? El riesgo de fuga, claro, algo que le deberán siempre al cesado President y a su banda de los cuatro. El juez, sin embargo, en cumplimiento de sus funciones, lo ha dejado todo en lo anteriormente dicho. Pagad y os evitáis la cárcel, atendiendo que os habéis retractado.

Al final, la justicia hace su trabajo y pone a cada uno en su lugar. La historia, mucho más dura que cualquier magistrado, no les salvará del oprobio y el ridículo por mucho dinero que reúnan. A ver qué ciudadano de a pie consigue juntar 150.000 euros de vellón de repente. Todo es bochornoso y esperpéntico. Que esta troupe circense llegue a tener la jeta de decir que la DUI no tenía validez ninguna, que acatan el ordenamiento judicial vigente, que la broma era algo meramente simbólico, ¡en el minuto cero!, es lo que define de pies a cabeza al proceso y sus protagonistas.

Decía Xavier García Albiol que todos se han vuelto unos gatitos muy mansos a la que han tenido que vérselas con un juez, pero que el daño que han hecho es irreversible. Es así

Decía Xavier García Albiol que todos se han vuelto unos gatitos muy mansos a la que han tenido que vérselas con un juez, pero que el daño que han hecho es irreversible. Es así. Han sido unos irresponsables carentes de la menor honra, sin más épica que la de sus prebendas, sin honestidad en la defensa de sus ideas, de las que han abjurado a la mínima. Nada más que miseria moral, miseria humana de la más baja condición. Es el epitafio de una grotesca farsa.

Con un ex President radicalizado en Bruselas, apoyado por la extrema derecha flamenca, convirtiéndose en un anti europeo y lanzando soflamas peregrinas, el movimiento independentista ha perdido toda credibilidad. Dudo mucho que la recupere. Claro que a los creyentes de la secta les da igual y van a seguir dando la matraca, pero su proceder, indigno, ha quedado patente delante del mundo, ese mundo que pretendían que los reconociera. No hay nadie en Europa que les apoye, nadie mínimamente serio en el planeta que les secunde, solo orates como Maduro.

En Cataluña, la cosa está quedándose reducida a niñatos que desean hacer pellas en la universidad, funcionarios adictos al régimen – un veinte por ciento, aproximadamente, del total -, terroristas, pro etarras, cupaires y señoras de cierta edad y nula ocupación. Todos acabarán por decir que ellos no han sido, que no tienen la culpa de nada, que nadie ha roto cristales, increpado a niños por ser hijos de guardias civiles, periodistas por no ser de su rollo, empresarios por no dar su pizzu a los comisionistas de la estelada. Nadie querrá ser culpable y llegará el momento en que la culpa recaerá toda sobre el de arriba, el superior jerárquico, el jefe. No sería la primera vez. En Nuremberg ya se vio que, aparte de Hitler, nadie tenía la menor responsabilidad ni sabía nada.

Canallas. Cobardes. Indignos.

Fuente: Vozpopuli

Análisis: The End. Es el final

Lluís Bassets

También Forcadell escuchará los insultos que recibió Puigdemont aquella mañana del 26 de noviembre cuando a punto estuvo de convocar elecciones. Si la independencia y la república eran cáscaras vacías, símbolos sin valor legal alguno, nada de lo que se ha hecho hasta ahora tenía sentido. Las máscaras han caído. Como dijo Emile Zola, la verdad está en marcha y nada la frenará. Una detrás de otra, todas las mentiras irán cayendo. Uno tras otro, todos los mentirosos quedarán en evidencia.

Toda la historia del proceso independentista responde al mismo mecanismo, el de un doble tablero, que ha sido de una eficacia prodigiosa en momentos cruciales como la consulta del 9N, hace tres años. Cuando conviene se trata de realizar meramente gestos simbólicos, consultas no vinculantes o procesos participativos sin más valor que el de una consulta. Pero en caso de contar con suficiente participación y un buen resultado se intenta traducir los símbolos en hechos. Así han ido avanzando, sigilosamente, en un gradualismo rupturista con el que querían llegar hasta la secesión.

Así es como rompieron con el Estatuto y la Constitución, desatendieron las sentencias del Constitucional, vulneraron los derechos de la minoría y llegaron a planificar, incluso, las leyes y la estructura para la organización de la independencia. Todo era simbólico, ahora lo hemos visto. Cierto. Aunque detrás de los símbolos debían llegar las acciones. Y llegaron pero ya sin consecuencias: la república fue declarada pero no tuvo fuerza para nacer.

Ahora el culebrón se ha terminado. No hay nueva temporada. Puede que haya un nuevo culebrón, pero tendrá que responder a otro guión: totalmente constitucional. Se verá. Pero de las decisiones judiciales de ayer, fruto del comportamiento de Forcadell y de la mesa, se deducen consecuencias políticas sin mucho margen para la ambigüedad. Una parte del soberanismo, para intentar salvar los muebles, ha renunciado a la unilateralidad y al juego fuera de la Constitución.

También tendrá consecuencias electorales. Que nadie insulte a Santi Vila, porque su comportamiento en nada difiere del comportamiento de Forcadell, Corominas, Simó, Guinó, Barrufet y Nuet. O sí, Vila al menos tuvo la coherencia de defender la legalidad y se bajó del disparate a tiempo antes de vulnerarla. Será difícil que quienes aceptan el 155 puedan ir juntos con quienes lo rechazan desde Bruselas o desde la cárcel de Estremera.

En resumen, es una excelente noticia. Lo es que no le caiga la prisión incondicional a Forcadell y a todos sus compañeros. Lo es también su acatamiento de la legalidad constitucional. Si todo hubiera empezado así, estaríamos en otro punto, menos dramático y sin tantos costes de todo tipo, económicos, políticos, personales incluso. ¡Bienvenidos todos ellos a la vida política legal y democrática que jamás debieron abandonar para abrazar una causa rupturista visiblemente quimérica y absurda!

Fuente: El País

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