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“Haced cuanto yo os diga y aligerad el paso”, nos grita el contrabandista kurdo poco antes de abordar el coche que ha de llevarnos hasta las proximidades del río Tigris, desde la vertiente siria, mientras comprueba el cargador de una de esas veneradas pistolas Glock austriacas, tan populares entre los mandos de las milicias kurdas de las YPG. El plan era abandonar el norte de Siria con destino al Kurdistán iraquí de madrugada, cobijados por las sombras y amparados por la presunción de que a partir de medianoche hay menos patrullas de combatientes 'peshmerga' que custodian la frontera que pretendemos cruzar de manera alegal. Para llegar al otro lado, hay que atravesar el río en barca y caminar alrededor de veinte kilómetros por las montañas, a ambos lados de los límites fronterizos, rodeando las casamatas de vigilancia y burlando los controles que jalonan los pasos.

Poco antes de dejar la casa donde aguardamos a que anochezca, llegan noticias de que el Ejército de Irak, en combinación con fuerzas turcas, podría estar a punto de irrumpir sobre la zona para arrebatar a los kurdos iraquíes el control de la frontera de Sumalka-Feishjabur. La partida se adelanta, con todos los peligros que ello entraña.

En todo caso, no había elección. Nos hallamos, por decirlo de algún modo, en la boca del embudo de una de las entidades territoriales más cercadas del planeta o, si se quiere de otra forma, en la boca de una ratonera dentro de otra ratonera. Hablamos de un pedazo de Oriente Medio conocido como Federación Democrática del Norte de Siria, completamente estrangulado por la guerra contra el Daesh y la brutal hostilidad de sus vecinos. Otros quince españoles se hallan atrapados tras los periodistas, y deberán emprender el camino del retorno a casa a lo largo de las próximas semanas asumiendo riesgos aún mayores. La mayor parte de ellos forman parte del contingente de voluntarios que viajaron hasta Siria para combatir al Estado Islámico en las filas de las milicias kurdas del Norte de Siria (las YPG y las YBS). Unos pocos han colaborado en labores civiles.

A menos de quinientos metros del lugar donde aguardamos para cruzar al Kurdistán de Irak por los mismos pasos no oficiales que acostumbran a transitar los “sin papeles”, se vislumbran las torretas turcas de vigilancia y las sinuosas murallas de hormigón, levantadas por Ankara sobre los mismos limites fronterizos por los que hace apenas tres años penetraron en Siria buena parte de los yihadistas extranjeros del Daesh.

Los soldados de Erdogan son implacables. El pasado día 5 asesinaron a un chiquillo e hirieron a varios civiles más cuando trataban de pasar al otro lado. Cualquier intento de cruzar por las inmediaciones de los puestos fronterizos turcos sería esencialmente suicida, de modo que los caminos naturales no oficiales para acceder o abandonar Rojava se concentran en las vías situadas río abajo, las que discurren entre los puestos de los peshmerga iraquíes y los milicianos sirios de las YPG. Ambos son kurdos y ambos se hallan fraticidamente enfrentados por razones ideológicas y por algunos contenciosos territoriales. No hay, probablemente, otro lugar en el planeta más cercado que el territorio que pretendemos abandonar.

Revolución secuestrada

La Federación del Norte de Siria -más conocida como Rojava- obtuvo su autonomía de facto en 2012, tras el inicio de la guerra civil que devasta ese pais. Aprovechando la debilidad del régimen de Damasco, los otrora subyugados kurdos se hicieron inicialmente con las riendas del poder en tres cantones situados junto a Turquía, al tiempo que se defendían de los avances del Estado Islámico. Desde el primer momento, su proyecto politico se urdió en paralaleo con la guerra, y quedó en todos los frentes cercenado por las necesidades perentorias que el conflicto imponía. Su orientación ideológica se hallaba fuertemente inspirada por el federalismo, la democracia libertaria y el ecologismo.

Gracias a los avances bélicos que permitió su alianza con las fuerzas estadounidenses, estos tres primeros cantones de mayoría kurda donde comenzaron a fraguar su autonomía fueron posteriormente ampliados con las áreas adyacentes árabes de Shabba, hasta alcanzar la capital del califato, Raqqa, hace apenas unas semanas. Este proyecto político -a menudo silenciado en las crónicas por los avatares de la guerra- se granjeó desde el principio la enemistad de sus vecinos.

De un lado, al norte, se halla el peor de sus enemigos -Turquía- tratando de dinamitar cualquier avance de los kurdos sirios, a los que trata como una filial de la guerrilla del PKK que opera en territorio turco, y a los que, a todos los efectos, considera terroristas. Del otro, hacia el sur, se halla el régimen de Bashar Al Assad, con el que los kurdos se hallan también enemistados, pero con quienes han realizado pactos militares y comerciales eventuales. Por si no fuera suficiente, hace ahora unas semanas, el referéndum de independencia convocado por el entonces presidente Massud Barzani en el Kurdistán de Irak provocó un nuevo conflicto entre los kurdos iraquíes y el Gobierno de Bagdad que, a su vez, ha generado más inestabilidad en las fronteras de Rojava y ha desatado, por contagio, nuevos enfrentamientos armados entre las milicias kurdo-iraquíes y las kurdo-sirias. Especialmente con éstas últimas, dado que controlan una zona de Irak conocida como Sinyar, que se disputan ambas facciones kurdas. Ese es el enrevesado escenario bélico que los brigadistas españoles tienen que abandonar a lo largo de las próximas semanas.

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Salvo que los kurdos sirios decidan abrir un nuevo frente para abrirse paso hacia el mar y romper su aislamiento, la guerra contra el Daesh estaría a punto de concluir, y la mayor parte de los españoles y de los occidentales que se trasladaron a la zona, han sido o van a ser licenciados en breve. “No es fácil de explicar -nos dice un miliciano desplazado en Deir Zorr-, pero para que se entienda de una manera gráfica, este es el panorama: 'Primero, hay que dejar Rojava. Ni Turquía ni la zona que controla Bashar Al Assad son alternativas viables, de modo que la única manera es cruzar hasta la zona del Kurdistán de Irak a través de las montañas, bien por los pasos de Sumalka o bien, desde Sinyar, donde también hay españoles con las YBS. A menudo, ello conlleva largas esperas, hasta que obtienes la autorización, que es cuando se decide que la frontera es permeable o que el momento es oportuno. Una vez en el Kurdistán de Irak, los peligros se incrementan hasta que se alcanza Suleimaniya, que es la zona controlada por la familia de Yalal Talabani [el expresidente iraquí y líder de un clan local rival]. Cualquiera de nosotros puede ser arrestado o encarcelado en la zona que gobiernan los Barzani”.

Español liberado

En efecto, de hecho, tres españoles fueron encarcelados en agosto por los kurdos iraquíes yendo o viniendo desde Suleimaniya hacia Sinyar y hacia Rojava. Uno de ellos -conocido con el sobrenombre de Doctor Delil- fue liberado el domingo por la mañana, pocos días después de que este diario denunciara las penosas condiciones en que había permanecido en una cárcel de Erbil durante tres meses. Su compañero -conocido como Agir- permanece en prisión todavía, aunque se da por hecho que podría ser liberado a lo largo de esta semana. El tercero -Robin- habia sido puesto en libertad en septiembre para que pudiera recibir asistencia médica.

Todos ellos fueron detenidos por la policía secreta del ex presidente Barzani por sus presuntos vínculos con una unidad de milicianos a los que los kurdos iraquíes y los turcos vinculan con el PKK turco. Por el recién liberado Doctor Delil se sabe que otros muchos occidentales han pasado por las cárceles de Barzani, lo que viene a ser la primera confirmación directa de que en las penitenciarias del Gobierno kurdo existen presos políticos, a menudo retenidos sin cargos. “Todos contábamos con que podiamos ser arrestados antes de llegar al aeropuerto de Suleimaniya, pero te retenían unas horas, tres o cuatro dias como mucho, y te soltaban”, asegura el miliciano gallego Arges Artiaga, recién llegado a España tras combatir seis meses en Raqqa.

Otro brigadista, pendiente aún de licenciar de su unidad, asegura que buena parte de los voluntarios contra el Daesh se han quedado perplejos al tener conocimiento de que “son varios más los occidentales que se pudren en las cárceles de los Barzani por razones que ellos mismos ignoran. A todos nos ha sorprendido saber que había compañeros que llevaban ahí tres meses y que, de pronto, han sido liberados gracias a las gestiones realizadas por el consul español en Erbil. Nos preguntamos si no podrían haber hecho ya algo antes y si en verdad la Embajada se movió como debía”.

Desde hace más de un año, la policía española ha dejado de imputar cargos a su retorno al país a los milicianos que han tomado parte en la guerra contra el Daesh, pero muchos de ellos no descartan que, de forma eventual, puedan darse nuevos casos de arrestos, si existen indicios de que tomaron parte en labores de reclutamiento. Por sistema, los brigadistas son identificados e interrogados por la policia a su llegada a España.

Especialmente complicado va a ser el retorno del resto de los miembros de las YBS, la unidad yazidi donde servían los tres encarcelados, dado que los pasos naturales hacia el territorio de Barzani son los más expuestos y obligan, a menudo, a atravesar varios “checkpoints” o puntos de control de los peshmerga kurdos. Por otro lado, desde hace varios meses y a raíz del contencioso con Bagdad que siguió el referendum, el Gobierno de Erbil ha dejado de controlar sus fronteras exteriores. Abandonar el país obliga, necesariamente, a volar hacia Europa a través de la capital iraquí. No existen precendentes, sin embargo, de que el Gobierno de Irak haya creado problemas a ninguno de los brigadistas, más allá del hecho de que, al igual que el resto de los viajeros en tránsito, deben abonar una multa de 400 dólares.

Fuente: El Confidencial

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