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La pasada semana España registró una de las mayores oleadas migratorias desde Marruecos. Entre el viernes 15 y ayer, más de 3.000 personas arribaron a las costas de Andalucía o fueron rescatadas por Salvamento Marítimo. Dos periodistas de EL MUNDO pasaron cuatro días con uno de los grupos que intentó pasar el Estrecho a través de Tánger y con la mafia que coordinó la operación. Éste es el relato de los hechos.

MARTES, 20 DE JUNIO

La reunión empieza a las 16.00 horas en un tercer piso del barrio de Boukhalef, al norte de Tánger, la última parada migratoria, a menos de cuatro kilómetros del aeropuerto de Ibn Battuta. Primero hay risas y bromas. Hasta que alza la voz Papi, un camerunés que lleva 15 meses atrapado en Tánger intentando cruzar en patera hasta España. Su relato provoca un largo silencio. «La gente está muy desesperada por llegar a salvo a Europa. El mar es duro y conocemos historias de personas que, ante el miedo que les genera verse rodeados de agua, piensan que deben sacrificar un alma a cambio de sobrevivir. El otro día una mujer lanzó al mar a su bebé de pocos meses, como sacrificio, mientras iba en una patera. Y también un amigo desapareció de una barca hinchable que rescató Salvamento Marítimo. Estaban todos los que subieron excepto él... nos dicen que le obligaron a tirarse de la barca porque se hundía y era el que mas pesaba».

El anfitrión, un camerunés llamado Michel que se gana unas monedas haciendo tatuajes, cuenta que lleva seis meses viviendo en ese apartamento. Está en lo alto de un barrio que se levantó hace una década con viviendas de protección oficial para marroquíes con pocos recursos. Hoy muchas de las casas están abandonadas y son las mafias locales quienes fuerzan las puertas, cambian las cerraduras y se las alquilan a los subsaharianos.

Michel comparte el piso con otros seis cameruneses. Entre ellos está su pareja, Sanza, que tiene 16 años, con su hija de dos años. Sanza viene de la República de Congo y tuvo que salir de su país cuando unos soldados mataron a su padre y violaron a su hermana. «La semana pasada perdimos todo el material que nos ha costado un años conseguir: los remos, chalecos y la barca. El mafia taxi -así denominan al conductor marroquí que los traslada a la playa- nos dejó en los alrededores del puerto de Tánger Med, nos escondimos tres horas en unos matorrales hasta que el guía nos dio el ok para bajar a una pequeña playa. En el momento que pisamos la arena, mi hija empezó a llorar. Le tapamos la boca pero nos salió un grupo de militares y ahí se terminó el viaje», explica Michel. «Necesito salir de Tánger este verano, a cualquier precio... Seguramente opte por la embarcación más barata, aunque sea un riesgo mayor para mi familia. En Marruecos se está peor que en el mar».

MIÉRCOLES, 21 DE JUNIO

En el apartamento de Boukhalef aparecen Papi y Amadou, que tienen pensado cruzar el Estrecho en patera estos días. También hay un tercer camerunés, al que llaman «guía». Su trabajo es conseguir que los inmigrantes lleguen hasta la playa. Contacta con ellos, les organiza en grupos y consigue las toys (barcas de juguete). «Las compramos aquí en Tánger. La de tres plazas, que en realidad se meten cinco personas, cuestan 3.200 dirhams (288 euros) y la de siete plazas, en la que siempre van 12, vale 7.000 (631 euros). Son tan caras porque somos negros y el de la tienda sabe para qué las queremos», cuenta. Él también se encarga de contratar al mafia taxi.

El «guía» no llega a la treintena, tardó tres meses en llegar a Marruecos pasando antes por Argelia y cuenta que incluso llegó a entrar a Ceuta, pero regresó.

Hace dos fines de semana más de mil subsaharianos se lanzaron al agua por el Estrecho y el Mar de Alborán. Varios testigos españoles que estaban pasando el día en las playas de Cabo Espartel recuerdan que vieron una avalancha de subsaharianos bajar corriendo con las barcas y que un grupo de marroquíes se les acercaron con un cuchillo amenazándoles para que no hiciesen fotos. «Necesitamos que haya seguridad a pie de playa para que no se generen avalanchas, muchas veces salen otros blacks que por la fuerza se suben a la barca. La seguridad la ejercen marroquíes, así nadie se pasa de la raya», explica el «guía».

VIERNES, 23 DE JUNIO

Los grupos de subsaharianos que se van a lanzar al Estrecho se reúnen en una casa en el barrio de Mesnana, colindando con Boukhalef. Allí espera el «guía» con los chalecos salvavidas y las barcas sin hinchar guardadas en la azotea. Hay niños y mujeres. Todos han comprado una plaza en alguna de las 39 pateras con 959 personas que han sido rescatadas por Salvamento Marítimo en el Estrecho este fin de semana.

«Todo depende del presupuesto. Por 7.000 dirhams (631 euros) organizo convoys hacia Europa, con todo el material necesario para navegar (se refiere a una toy para siete personas y cámaras de neumático o chalecos de juguete a modo de salvavidas), seguridad a pie de playa y un mafia taxi que los deja al borde de la playa. A partir de ahí yo le voy indicando al grupo cómo deben actuar para que consigan tocar el agua. Después les digo que esperen 30 minutos, hasta que salgan de las aguas marroquíes, para avisar a Salvamento Marítimo».

En la madrugada del viernes al sábado el grupo sale hacia la playa. El «guía» exige a los periodistas 300 euros por grabar la partida. No hay trato. La mafia impide a los periodistas seguirles. No hay noticias sobre si el intento acabó en éxito.

En la otra punta del norte de Marruecos, en los alrededores de la ciudad de Nador, a 15 kilómetros de Melilla, el sistema funciona igual que en Tánger. Hay mafias lideradas por marroquíes y «guías» que organizan cada detalle de las salidas. El punto de encuentro con los inmigrantes es la aldea de Taourirt, a medio camino entre las ciudades de Nador y Selouane. Alrededor están los 30 campamentos de mantas, plásticos y tiendas de campaña donde viven.

Estos días se acumulan los subsaharianos que están en los bosques y que esperan su oportunidad de llegar a España. El sábado, Salvamento Marítimo también rescató a 342 personas subidas a siete pateras mientras cruzaban el mar de Alborán. La mayoría salieron de las playas de la localidad de Bouyafar. A otros les esperan lanchas neumáticas con un viejo motor en la playa de Kariat Arkmane.

Fuente: El Mundo

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