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Luis Rivas – Sputnik. La Unión Europea (UE) ha oficializado a su primer disidente político, tras el voto del Parlamento Europeo para que se sancione a Hungría por "violación grave de los principios democráticos". Esta es la primera vez que una medida de este tipo se utiliza en la historia de la organización.

Hungría podría perder el derecho a voto dentro de la UE si el resto de los 27 países miembros ratifican la decisión, algo difícil de obtener puesto que se cree que Polonia no apoyaría la medida. Es pues un grave apercibimiento que castiga en realidad el rechazo de Hungría a la apertura de sus fronteras a la inmigración masiva y sin control que ha sumido a Europa en la mayor crisis de su historia.

La resistencia de Hungría a seguir la política migratoria de la UE desde la avalancha de inmigrantes desatada en 2015 puede costarle caro al primer ministro húngaro, Viktor Orbán, pero esa misma postura de rechazo al 'diktat' de Bruselas es lo que puso en evidencia el fracaso de las políticas auspiciadas por los dirigentes de la UE y lo que ha acabado por empujar a sus dirigentes a tomar medidas de dureza contra la inmigración ilegal masiva.

Orbán es desde la crisis de 2015 la bestia negra para un arco político europeo que va desde la extrema izquierda hasta parte de la derecha representada en las instituciones continentales.

El mandatario húngaro, que arrasa en las elecciones nacionales como ninguno de sus homólogos europeos, es acusado de poner en peligro los valores fundamentales de la UE.

Al jefe magiar se le acusa de haber cerrado su frontera a los inmigrantes tras el "wilkommen" decretado por Angela Merkel hace tres años, y que tanto le está a costando a nivel interno a la Canciller alemana. Todo el mundo recuerda las imágenes de cientos de miles de personas intentando llegar al norte de Europa, después de atravesar, Turquía, Grecia, los Balcanes o el Mediterráneo.

Orbán decidió cerrar sus fronteras, construir una valla dentro de los límites de su país y refrendar sus medidas con un referéndum que ganó fácilmente.

Lo que para Orbán era aplicar estrictamente el Tratado de Schengen, para sus enemigos europeos, liberales, de izquierda o conservadores merkelianos, suponía un atentado a los derechos humanos y, más tarde, un ejemplo de insolidaridad con los países vecinos.

Pero lo que más enervó a sus contrarios fue las explicaciones con las que basaba sus decisiones: "Hungría tiene derecho a decidir quién entra en su territorio", y —herejía para la Euoropa políticamente correcta— "Budapest no quiere aceptar inmigrantes musulmanes". Desde entonces, ni el aparato burocrático de Bruselas, ni Berlín, ni París le han perdonado.

Orbán, jaleado y apoyado por euroescépticos y nacionalistas, no es, sin embargo, el único dirigente europeo en plantar cara a la Europa oficial.

El Grupo de Visegrado (República Checa, Eslovaquia, Polonia, además de Hungría) coincide con los postulados del "apestado". Y para más inri, la reacción de la opinión pública europea hacia el problema de la inmigración masiva y sin control engorda las cifras electorales de los partidos nacionalpopulistas en los cuatro puntos cardinales de Europa, y especialmente en Alemania.

El primer ministro húngaro fue sometido, según sus seguidores, a un juicio político por parte de los eurodiputados en una jornada que, por una vez, evitó los bostezos en la cámara de Estrasburgo.

La sesión de interrogatorio a Orbán en el Parlamento Europeo permitió a decenas de representantes de todas las formaciones políticas dirigirse al líder húngaro con más o menos carga de insultos y calificativos. En las casi tres horas de debate Orbán solo dispuso de siete minutos al inicio y dos al final para presentar su punto de vista y responder a los ataques.

A las ya conocidas acusaciones sobre la falta de libertad de expresión y al control de la judicatura en las que se basa la propuesta para aplicar a Hungría el artículo 7 de la UE, que dejaría al país sin derecho a voto, entre otras medidas, Orbán contestó afirmando que se trata de una serie de mentiras con una clara motivación política.

La sesión del Parlamento Europeo, cuya señal es de libre acceso, no mereció los honores del directo en ninguna televisión europea, incluso de las que reciben millones de euros de Bruselas para cubrir ese tipo de información. Una pena, porque los ciudadanos europeos podrían valorar mejor las intervenciones de sus representantes. En esa sesión hubo eurodiputados que opinaban sobre la política húngara basándose en lo visto durante sus vacaciones en ese país. Otros tiraban de informaciones de diversas ONG para denunciar la supuesta discriminación de los gitanos en Hungría.

Pero nadie contaba con que una exvicepresidenta del Parlamento Europeo fuese miembro de esta etnia y además, representante del Fidesz, el partido de Orbán. La ahora diputada, enumeró las políticas llevadas a cabo por el gobierno de Orbán para mejorar la situación de los gitanos en su país, un problema de décadas.

Más tarde, otro diputado del mismo partido, que se expresaba en el lenguaje de los signos, denunció los ataques a Budapest señalando que era el único país que tenía eurodiputados con alguna discapacidad física. Dos anécdotas, si se quiere, a las que, de todas maneras, los convencidos de la maldad del premier húngaro no hacían caso, pues una mayoría de parlamentarios, una vez lanzado su obligado discurso, se vuelven a refugiar en sus tabletas o celulares.

Hungrexit

El Partido Popular Europeo, al que Orbán pertenece, también se unió al coro de castigo y se expone a una división que podría desembocar en escisión. Muchos son los euroescépticos y soberanistas que invitan a Orbán a unirse a sus filas en la cámara comunitaria.

La decisión del Europarlamento refleja la profunda división que existe en el continente sobre la repuesta a la crisis migratoria y a las consecuencias que la inmigración masiva está produciendo en las sociedades europeas. Las elecciones de mayo serán el termómetro de las inquietudes de unos ciudadanos empujados por una parte al multiculturalismo obligado, según los nacionalistas, o a la disolución de su cultura, como señalan estos últimos

La sanción impuesta a Hungría por el Parlamento europeo intenta desactivar el efecto Orbán en el resto de Europa, pero puede también producir el efecto contrario y engordar la disidencia. Muchos europeos rechazan la uniformidad de pensamiento que las élites de Bruselas, dicen, pretenden imponer. Para muchos húngaros, además, el Hungrexit no sería algo tan catastrófico, si se les obliga a renunciar a sus principios y a su libertad de conciencia.

Es precisamente la actitud de Hungría y otros países la que ha forzado a la UE a cambiar su política migratoria. Horas después de la sesión inquisitorial aplicada a Orbán, el líder máximo de la UE, Jean-Claude Juncker, anunciaba el endurecimiento de las medidas para frenar la inmigración ilegal en Europa. Hace pocos meses hubiera sido tachado de xenófobo o fascista.

Ante este panorama, el jefe de gobierno griego alertó sobre el momento que atraviesa Europa: "Un continente fragmentado, sin cohesión, sin papel en la escena internacional y sin futuro".

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