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Jueves, 20 de noviembre de 2014, en el parque “Alexandre”, frente al Kremlin, el presidente Putin, con Cirilo (patriarca  de la iglesia ortodoxa),  a su lado, inauguró una estatua del Zar Alejandro I.

En  su discurso evocó, por supuesto, los logros del emperador de Rusia, en particular sus esfuerzos a favor de la unión de los pueblos rusos, la creación de nuevas universidades, la promoción de la investigación científica, la exaltación de la iglesia frente a los movimientos evangelistas protestantes, y sobre todo la afirmación de la independencia del país.

Pero también hizo hincapié en el papel del emperador en la pacificación de Europa así como la construcción de un equilibrio internacional basado en los valores morales y el respeto mutuo de los intereses de cada país. De hecho,  en la lucha con  los ejércitos de Napoleón en 1814, paró la revolución francesa, que quería someter Rusia y el mundo. Este vencedor indiscutible sobre Francia insistió, sin embargo, en conservar su soberanía (en lugar de una ocupación de Austria, Prusia e Inglaterra) y su integridad (Prusia quería anexarse  La Alsacia y Flandes, Austria quería Niza y Saboya). Al negarse a la donación de indemnizaciones de guerra, (que hubieran podido ayudar a reconstruir un Moscú quemado), salvó la dignidad de los franceses.

Durante sus dos meses en París (después de su primera victoria), donde los  oficiales cosacos se enamoraron, este francófilo y francófono,  cautivó a las multitudes y se ganó a la élite. No abandonó París hasta la restauración de las Leyes Fundamentales de Francia y la coronación de Luis XVIII.

Entonces, Alejandro I, considerado un liberal a pesar de pragmático, fundó la Santa Alianza, para mantener la paz prohibiendo la infiltración de movimientos subversivos en los países vecinos. El Reino Unido, instigador de la primera Revolución del color, la azul de 1789 (en represalia a la liberación por parte de Francia de las colonias de Nueva Inglaterra), no entraría en la Santa Alianza hasta más tarde.

En la estatua de  Alejandro I, que conmemora claramente las victorias de 1814 y 1815, el Zar pisa despreocupadamente un águila napoleónica y un sable francés (republicano, ya que antes, los oficiales portaban la espada).

Así exactamente dos siglos más tarde, Francia acaba de declarar la guerra a Rusia y se prepara para atacar, esta conmemoración es un magnífico símbolo. Mientras que la actual república rusa celebra el benefactor de Rusia (y coordinador de la lucha contra la globalización de la revolución), no sólo no se imagina un gobierno republicano francés erigir una estatua de Luis XIII, sino que, además, se acaba de ver la  eliminación de Enrique IV y Luis XIV de los planes de estudios escolares, y se ha dado a Marianne  Le Pen los rasgos de una de un satanista extranjera.

(Traducción Elena Muñoz)

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