Alberto Hutschenreuter

En 2024 el presidente de la Federación Rusa, Vladímir Vladimirovich Putin, cumplirá su mandato de seis años. La Constitución no le permite un tercer período, de modo que entonces finalizaría el largo ciclo del hombre de San Petersburgo al frente del más grande “país-continente” del mundo; pero no estamos en condiciones de asegurar que la ley mayor de Rusia no vaya a sufrir reformas que finalmente habiliten a Putin a una nueva presidencia. Como muy bien ha dicho Nikolái Gógol, “Rusia no da respuestas sobre su futuro”.

De todas maneras, para aquel año Putin, con 72 años, habrá estado al frente de Rusia 20 años en términos efectivos y reales, pero 24 si consideramos que durante los cuatro años que Vladímir Medvedev (cuando el ciclo presidencial duraba esa cantidad de tiempo) el poder real residió en quien ejerció entonces como primer ministro, Putin. En cualquier caso, tras el ciclo corto de Boris Yeltsin (ocho años) como presidente de Rusia, el tiempo de Putin al frente de Rusia implicará (de hecho, ya implica) el regreso del lugar habitual que han entrañado protohistóricamente los gobernantes rusos y soviéticos: con las excepciones del caso, un promedio de 20 a 25/30 años en el poder.

La diferencia principal entre los mandatarios de la Federación Rusa y los zares y líderes soviéticos, reside en que hoy la legislación establece términos temporales, a diferencia de estos últimos que cesaban en el poder con la muerte (natural o violenta), la abdicación o el desplazamiento. De los 12 gobernantes que tuvo Rusia desde principios del siglo XIX hasta el derrumbe de la URSS (cinco zares y siete secretarios generales del Partido Comunista de la Unión Soviética), ocho murieron ejerciendo el cargo (Alejandro I, Nicolás I, Alejandro III, Lenin, Stalin, Brezhnev, Andropov y Chernenko), uno fue asesinado (Alejandro II), uno abdicó (Nicolás II), uno fue desplazado (Krushev) y uno, el «artífice» del fin de la URSS, permanece vivo (Gorbachov).

Más allá de esta “diferencia”, acaso apenas perceptible, Vladímir Putin no es un mandatario de cuño “transformacional”, es decir, alguien que hizo “tabula rasa” con el pasado ruso-soviético, como sí lo fueron Gorbachov y Yeltsin, casualmente, el último presidente de la URSS y el primero de la Federación Rusa; por el contrario, si hay que calificar a Putin, se trata de un gobernante predominantemente clásico, con características más propias de los zares que de los líderes soviéticos. Por supuesto que lleva en sus “genes” aquellas rúbricas de cuño eminentemente soviético, sobre todo porque es un hombre que proviene del aparato de inteligencia de la ex potencia, un activo de poder sin el que difícilmente habría sobrevivido el país bajo ese estatus, y del que Putin se ha servido para hacer de la presidencia un centro de poder real, es decir, “que los hombres con poder político en Rusia fueran los hombres que controlaran el poder en Rusia”, y no como en los años noventa, cuando “los hombres con poder económico controlaron a los hombres con poder político”.

Esta posesión efectiva del poder ha sido un paso decisivo que ha sabido realizar Putin para lograr la condición clave para comenzar a levantar a Rusia: el ordenamiento interno del país, sin el cual toda política exterior que pretendiera ser tomada en serio por los poderes preeminentes solo podía tener un alcance retórico o formal y hasta desfavorable para los intereses nacionales de Rusia.

Los servicios secretos también fueron un activo en tiempo de los zares, pero las características de Putin-mandatario con la tipología política clásica rusa son más fuertes en aquellos elementos sustanciales del zarismo: autocracia, ortodoxia y nacionalismo, los tres componentes que el conde Serguéi Uvárov, lingüista, diplomático y ministro de Educación del zar Nicolás I, consideró, en un importante informe de 1833, como las bases ideológicas en las que debía apoyarse Rusia.

Si bien el comunismo ateo permitió que los rusos se aferraran a sus gestas, ortodoxia y héroes del pasado durante la Gran Guerra Patriótica (1941-1945), en verdad, lo hizo como estrategia para que, como bien ha señalado el prestigioso sovietólogo frsncés Alain Besançon, el pueblo y los soldados soviéticos se nutrieran de pujanza nacional para enfrentar al enemigo alemán que aspiraba a conquistar Rusia y someter a su población a una condición prácticamente de servidumbre.

En buena medida, Putin ha basado su liderazgo y la aprobación popular, que en ocasión de la anexión (o reincorporación) de Crimea a Rusia en marzo de 2014 alcanzó más del 75 por ciento, en mantener vivo el recuerdo de los grandes héroes y figuras que han hecho grandiosa a Rusia, las legendarias gestas militares, particularmente la mayor, la guerra contra Alemania, como así la llama sagrada de la religión ortodoxa y el valor de la familia.

Podemos decir que hasta hoy, 2019, el presidente ruso tuvo dos momentos en relación con su servicio al país: uno, al que podríamos denominar «Putin 1.0», ha sido el que estuvo relacionado con el ordenamiento interno de una Rusia que venía casi de una «era de tumultos» (los años noventa fueron una catástrofe interna y externa para Rusia); el otro, «Putin 2.0», fue (y es) el de la restauración estratégica en el segmento exterior.

El primer Putin implicó «colocar en caja» a los poderes fácticos y proporcionar urgentemente a los rusos estabilidad económica, para lo cual el gran «viento de cola» que significó el muy buen precio internacional de sus productos de exportación fue determinante. Esta situación netamente favorable para Rusia se extendió por casi los diez primeros años de Putin en el poder.

El segundo Putin se desempeñó como un «reparador estratégico» frente a las ganancias de poder que venía obteniendo Occidente desde el propio final de la Guerra Fría. Se trató de un mandatario que cooperó con Estados Unidos en materia de lucha contra el terrorismo, porque dicha lucha le era «funcional» a la suya en su propio territorio, pero también fue terminante y bélico cuando Occidente intentó ir más allá de lo que toleraba el sensible sentido geopolítico de Rusia.

A partir de Georgia, en 2008, la política exterior en clave «Putin 2.0» se mantuvo relativamente en un nivel casi de convergencia estratégica con Occidente, hasta que éste regreso por «más OTAN», es decir, por incluir un territorio geopolíticamente decisivo: Ucrania. No inicialmente, pero sabemos que a la inclusión política sigue la cobertura militar.

Este intento de Occidente bien podría ser equivalente a las mismas decisiones que, cada uno en sus tiempo, llevaron adelante Napoleón y Hitler, y que exigieron por parte de Rusia movilizaciones mayores de defensa y sacrificio nacional extremo. En este caso, la respuesta rusa implicó la mutilación territorial de Ucrania y la división «de facto» del país en dos, situación que permanece hasta el presente.

La intervención rusa en Siria no solo amplió la política de reparación estratégica de Rusia, sino que implicó plantear si tal movimiento de piezas por parte de Moscú no «reajustaba» el mismo resultado de la Guerra Fría, incluso en el propio escenario donde, según James Baker, había acabado dicha guerra con la «capitulación» de Gorbachov al no cuestionar la resolución del Consejo de Seguridad que instaba a Irak (un «Estado cliente» de la URSS) a retirarse de Kuwait (agosto de 1990).

Esta Rusia muy activa estratégicamente, que expande sus intereses por casi todo el globo, desde el Ártico hasta América Latina, pasando por África, Surasia, Golfo Pérsico, etc., es la expresión más categórica de lo que denominamos «Putin 2.0».

Ahora bien, ¿podrá Rusia continuar «ajustando» en el segmento estratégico sin lograr robustecer nuevamente su frente interno?

El riesgo será grande, sabemos. De allí que casi inevitablemente será necesario que el mandataro ruso busque balancear su vigorosa política de reparación estratégica con una política interna de recuperación del crecimiento económico, para lo cual será necesario diversificar la estructura económica nacional.

Putin ha logrado importantes resultados para Rusia y para los rusos durante estas dos últimas décadas. El nivel de aceptación que ostenta no es el de un lustro atrás, pero buena parte de la sociedad considera que es el único líder que puede gobernar Rusia evitando que el país vuelva a un pasado ominoso, los años noventa, como asimismo es el único que puede evitar que el país acabe occidentalizándose, es decir, no solo vuelva a la anarquía y caída, sino que el país termine cediendo ante la OTAN y, finalmente algo peor, sacrifique su condición de reserva moral y espiritual en un mundo (sin Dios) que se corrompe y deshace ante el consumismo y el materialismo.

Se trata del gran reto que afronta Rusia en los próximos años. Su diplomacia deberá evitar escalar conflictos sin que ello implique sacrificar intereses, por caso, con Ucrania. La búsqueda de una diagonal debería combinar menos intentos de ganancias de poder en el este a cambio de una autonomía por parte de Kiev en los territorios del Donbás.

Acaso la situación es pertinente porque el presidente ucraniano necesita de un nuevo tiempo para la recuperación del devastado país. El intento de abandonar el estatus de «pivote geopolítico», esto es, un actor que por tener un vecino preeminente no puede ni debe ser parte de una alianza política-militar occidental, ha sido muy costoso y se requiere de una tregua.

También es pertinente porque los países de la Unión Europea, particularmente Alemania en el sector geo-energético, están alcanzando cierta saturación con la indefinición de un conflicto cuyas secuelas económicas-financieras no solo afectan a Rusia.

Finalmente, tal vez es pertinente porque Estados Unidos, considerando que es en el espacio que se extiende desde China a Europa donde se está configurando un nuevo orden internacional en clave centralmente geoeconómica, necesita una estrategia menos confrontativa y más complementaria, a menos que considere que la opción de quebrar ese posible orden, algo nada extraño en la historia de las relaciones entre Estados, sea valedera para sus intereses.

En paralelo, el gobierno ruso debe reconcentear esfuerzos en su frente doméstico. Solo volviendo al crecimiento económico Rusia podrá aspirar a ser parte y arte, es decir, de un orden internacional en el, como los demás actores preeminentes, sea tratada con deferencia desde un lugar de potencia cabal, es decir, no solo esteatégica-militar o » soviética».

Eso implica Rusia en clave «Putin 3.0». Una Rusia más introspectiva para construir poder nacional agregado, es decir, económicamente diverso, y menos obsesionada con la proyección de poder externo.

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