Manolo Monereo

Para Susana López camarada y amiga

“Saben que las alternativas realistas, cuando un partido toma posesión del gobierno son: a) una implementación continua del programa prometido, o, b) una pronta transición a lo que se ha llamado “administración de la crisis”, o c) una mezcla, en proporciones críticamente variables, de a y b.”  Raymond Williams (1983)

La tarea del momento es pensar estratégicamente. Los miles de infectados y de muertos se acumulan en nuestra mente; el dolor, el sufrimiento masivo y el miedo al futuro nos dificulta pensar, sobre todo a largo plazo. Los que mandan y no se presentan a las elecciones están acostumbrados a operar desde un planteamiento global. La clave es anticiparse y sacar ventaja. Da la sensación de que el Gobierno vive al día, carece de un análisis solvente de la realidad y no es capaz de definir sus grandes prioridades.

Hace ya muchos años Raymond Williams habló del “plan X”. Hacía referencia a un modo específico de pensar de las élites dominantes caracterizado por: a) un análisis despiadado de la realidad, inclusive más duro de lo que suelen pronosticar los catastrofistas; b) el convencimiento de que las tendencias básicas son difícilmente reversibles; y c) lo decisivo es sacar ventaja, adelantarse en la propuesta y dirigir los procesos. Por eso he hablado antes de la importancia de un pensamiento estratégico.

Frente a lo que se suele pensar, la realidad es un complejo donde se entrecruzan tendencias que apuntan y posibilitan estrategias diferenciadas. Es bueno partir de aquí. Cuando llega la crisis, los poderes tienen miedo, se organizan, se movilizan y se dotan de un plan X. En esas estamos desde hace meses. Mientras que el Gobierno, las administraciones públicas y los funcionarios hacen enormes esfuerzos para controlar la pandemia, ellos están definiendo los escenarios futuros e intentan anticiparse. La política es algo más grande que lo político; quedarse solo en esto último es equivocarse. Lo peor es el silencio atronador de la izquierda social y cultural.

Atendiendo lo que los tertulianos dicen, los periodistas confirman y las encuestadoras analizan, parecería que estamos en una guerra, ante un conflicto de difícil salida. Muchos hablan de un escenario parecido al de la II República y otros anuncian golpes palaciegos en un momento nada bueno para la Casa de los Borbones. Esto es” lo político” pero” la política” va mucho más allá. Lo que hay en el trasfondo es una lucha descarnada por y en el poder. Los que mandan saben que las crisis tienen diversas posibilidades de salida, temen perder sus privilegios, su enorme influencia sobre la clase política y, sobre todo, su control sobre el Estado. Se están moviendo hacia un horizonte que sitúe al gobierno y a la sociedad en un estado tal de necesidad que les obliguen a aceptar la dirección económica de la Unión Europea y nuevos planes de austeridad. Este estado de excepción económico –esto lo sabemos ya- estará acompañado de nuevos  mecanismos de control sobre las poblaciones que impidan la movilización, la lucha social y salir, de una vez por todas, del neoliberalismo.

Su problema está en el Gobierno. Las clases dirigentes nunca han tenido dificultades con el PSOE, pero no se fían de Pedro Sánchez; temen que se crea lo que dice, que tome medidas inadecuadas y que no afronte bien los escenarios que cuidadosamente están preparando. Conocen al dedillo lo que pasa en el Consejo de Ministros, manejan información de primera mano y expresan una preocupación creciente sobre lo que se decide y lo que se puede decidir. Sobredimensionar la figura de Pablo Iglesias, acentuar la importancia de las ministras de UP, tiene como objetivo golpear a Pedro Sánchez. Si consiguieran romper el Gobierno, sería una señal inequívoca que la sensatez se impone y que tienen controlada la situación. Por ahora el verdadero poder de UP es el veto, es decir, impedir medidas anti sociales e intentar ir más allá con propuestas que refuercen nuestro debilitado Estado Social.

Se ha hablado mucho del escudo social; es decir, de fortalecer las redes que protegen a los asalariados, a las personas mayores y, en general, a los sectores más débiles. Lo que nunca somos capaces de ver del todo es el escudo social que protege a los que mandan y no se presentan a las elecciones, a los grandes poderes económicos. Siempre hay que partir de que en la sociedad capitalista, las clases económicamente dominantes tienen un poder estructural y que, por consiguiente, hay una desigualdad básica, sustancial. Habría que afinar más. ¿Cuáles son los elementos que configuran el escudo social de los poderosos?

En primer lugar, la Unión Europea. Da un poco de vergüenza hablar de estas cosas después de lo que pasó en el 2008 y de lo que está pasando ahora, los prejuicios ideológicos siguen siendo muy fuertes. Las clases dirigentes del sur de Europa apostaron claramente por el proyecto europeo definido en Maastricht porque tenían miedo a la democracia, al conflicto social, al pluralismo político. Engarzarse con la Europa del euro era un mecanismo decisivo para disciplinar a las economías, someterlas a un ajuste permanente y debilitar la capacidad contractual de las clases trabajadoras. Ningún gobierno (en Italia, Francia, España) hubiese durado mucho aplicando las políticas neoliberales y las férreas reglas de la estabilidad financiera si realmente hubiese soberanía política. La UE es, hoy por hoy, la garantía última de que los intereses de las clases económicamente dominantes prevalecerán. Por eso, a la hora de la verdad, no hay grandes diferencias entre los gobiernos del Sur singularmente considerados y las instituciones europeas; es un “juego” que siempre gana Alemania.

En segundo lugar, el fuerte control de los medios de comunicación por parte del capital financiero. Esto se acentuó mucho en la crisis anterior y ahora será todavía más relevante. Tampoco en esto hay que engañarse. La pluralidad tiene que ver con los distintos modos y formas de aplicar el neoliberalismo; se puede hablar de una derecha y de una izquierda neoliberal. El pensamiento único devino en política económica única. Al final se aceptarán las directrices que vengan de la UE y se dirá, una y mil veces, que no hay alternativa o que esta sería peor; es decir, salir del euro y poner en cuestión la UE. Es un chantaje discursivo que se empleó y que se empleará en el futuro.

En tercer lugar, las derechas y una parte significativa del Partido Socialista. El coronavirus ha puesto de manifiesto con mucha claridad la verdadera cara de las derechas y su unidad de acción. El material con el que trabajan es muy simple: criminalizar al gobierno de los muertos -y hasta del virus- para restarle legitimidad y obligarle a la convocatoria de elecciones lo antes posible. Vox ha dado de sí todo lo esperable, neoliberalismo, autoritarismo y una carencia  absoluta de proyecto de país. Conviene no perderse mucho en esto. PP, Vox y Ciudadanos representan con mucha fuerza los intereses de las clases económicamente dominantes. Antes hablé de la UE. Ahora se puede ver la otra cara: nuestra histórica burguesía patrimonialista no tiene ningún problema en enajenar la soberanía y la independencia nacionales siempre que puedan seguir controlando a la ciudadanía e imponer sus criterios económicos y políticos. Su nacionalismo es perfectamente compatible con su subordinación a intereses extranjeros y a proyectos que nos convierten en país económicamente dependiente y políticamente sometido.

En cuarto lugar, la dirección de la economía en sentido estricto. No hay ninguna duda del dominio que ejerce el capitalismo financiero sobre los grupos empresariales, los medios de comunicación y sobre el gobierno económico del país. Es la “mano visible” de una hegemonía basada en específicas y tradicionales relaciones con el poder político de una plutocracia dependiente del gasto público y con infinitas capacidades para generar corrupción en todo el sistema. Los poderes fácticos, hay que insistir, optaron hace décadas por ser la periferia de una Europa alemana. Este es su verdadero proyecto político. Las políticas neoliberales significan para España aceptar la división del trabajo imperante en la UE, renunciar a una industria propia y diversificada, a la soberanía alimentaria, a un sector energético potente y crecientemente autónomo, al pleno empleo y a un trabajo digno. En fin, ir debilitando progresivamente a un Estado Social que nunca alcanzó el nivel requerido.

Pensar estratégicamente significa prepararse activamente para el enfrentamiento que está por venir, analizar con precisión la correlación de fuerzas imperante y organizar un bloque alternativo. Lo que pase en el futuro va a depender en gran parte del Gobierno, de su coherencia política, de su coraje; de su capacidad para definir un proyecto de reconstrucción económica, social y política al servicio de las mayorías sociales, de subordinar el mercado capitalista a las necesidades básicas de las personas. La señal de que se va en serio es sencilla: buscar el apoyo del pueblo y propiciar su movilización, saliendo del Palacio y pasando a la ofensiva político-cultural.

Hay que anticiparse y evitar el escenario que se está preparando para los próximos meses, a saber, situarnos ante la disyuntiva de ser rescatados o abandonar la Unión Europea, en medio de una gravísima crisis económica, con un desempleo brutal y con problemas fiscales de gran calada. Es el momento para enfrentarse a las políticas neoliberales de las instituciones de la UE, poniendo en cuestión las reglas de los Tratados y exigiendo monetizar y mutualizar la deuda.

La Comisión está ante su estrategia favorita: ganar tiempo para que lo más duro de la pandemia haya pasado y volver a las inexorables leyes del ordo liberalismo alemán. Es ahora o mañana será demasiado tarde. La Europa alemana del euro no es viable sin Italia y España. Esto debe ser situado con claridad en la negociación. Al final, seguramente, habrá que elegir entre defender los intereses nacionales y populares o aceptar las políticas de austericidas. La clave, como siempre, tomar la iniciativa, marcar el territorio y saber a dónde se quiere ir. Las batallas que no se dan se pierden siempre.