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Por José Antonio Crespo-Francés*

En este momento en el que desde las más altas instancias se ha permitido la prostitución y fragmentación de nuestra historia común conviene recordar un lunes de hace 800 años.

Este pasado verano de 2012, caminé desde Venta de Cárdenas hasta Santa Elena  para rendir

mi sencillo homenaje de respeto hacia unos españoles olvidados, de las cuatro esquinas de nuestra piel de toro, en el 800º aniversario de la Batalla de Las Navas de Tolosa, ocurrida el 16 de julio de 1212 en la jienense  Santa Elena.

Lo hice en solitario corriendo en un silencioso y jadeante trote militar, viendo aquellos riscos, traté de imaginar los sufrimientos, el agotamiento, el pesar bajo aquellas pesadas armaduras en aquel tórrido verano y dediqué mi esfuerzo a un soldado olvidado en nombre de todos ellos, al sexagenario  gerundense Dalmau de Creixell héroe de Las Navas.

Toda la historia comenzó mucho antes. Cuando el califato de Córdoba se descompuso en un mosaico de pequeñas taifas, los reinos cristianos aprovecharon para ampliar sus fronteras hasta el Tajo y tomar Toledo. Las taifas tuvieron que comprar la paz y la protección de los monarcas cristianos pagando tributos.

La cruzada, proclamada por Inocencio III, fue organizada por Alfonso VIII de Castilla, y el arzobispo de Toledo Rodrigo Ximénez de Rada, contra los almohades que dominaban Al-Ándalus desde mediados del siglo XII, tras la derrota sufrida en Alarcos (1195), y que había colocado la frontera en los Montes de Toledo, amenazando Toledo y el valle del Tajo.

Ante la ofensiva almohade, Alfonso VIII, fragua alianzas con los reinos peninsulares, con la mediación del Papa, y tras las treguas decide preparar un gran encuentro con Muhammad An-Nasir, Miramamolín.

El ejército cristiano lo formaban:

  • Los castellanos, con Alfonso VIII alma y coordinador de la fuerza, con milicias de concejos como Ávila, Segovia, Medina del Campo, Madrid, Soria, Palencia, Almazán, Medinaceli, Béjar y San Esteban de Gormaz. Eran el grueso de las tropas, centro del despliegue,  rondando los 50.000 hombres. Su abanderado, en vanguardia, era Diego López de Haro, quinto señor de Vizcaya, designado real para el reparto del botín tras la batalla, del que las crónicas afirman no guardó nada para sí. Los castellanos de segunda línea, al mando de Núñez de Lara, y las Órdenes Militares formaban el centro.
  • Tropas de Sancho VII de Navarra, a la derecha del despliegue. Pedro II de Aragón con catalanes y aragoneses a la izquierda. Sumaban unos 20.000 hombres, en su mayoría aragoneses almogávares.
  • Despliegue completado por fuerzas de Portugal, sin su rey, Galicia, Álava y Guipúzcoa.
  • Cruzados ultramontanos, en su mayoría franceses, que llegaron a los 30.000, si bien muchos de ellos no llegaron a participar en la batalla. Entre ellos iban los obispos de Narbona, Burdeos y Nantes.
  • No participó el leonés Alfonso IX; enfrentado con el castellano pero consintió que acudieran a la batalla caballeros leoneses, gallegos y asturianos, como José Bernaldo de Quirós, Manuel de Valdés, Fernando Lamuño, y Francisco de la Buelga.

Los cristianos alcanzaban un tamaño respetable, pero las tropas convocadas por Miramamolín se cifraban en algo más de 120.000:

  • En primera línea se situaba la infantería ligera marroquí del Alto Atlas.
  • Tras ésta los infantes voluntarios de Al-Ándalus, mejor armados y encargados de frenar al enemigo. Ese día reinaban los recelos debido a la ejecución de Ibn Cadis, el jefe de la fortaleza de Salvatierra, al que los cristianos dejaron marchar a cambio de rendir la plaza, y que fue degollado por orden del sultán. ESTO TENDRÍA CONSECUENCIAS DECISIVAS EN LA MORAL DE LAS TROPAS ANDALUSÍES DURANTE LA BATALLA.
  • El ejército almohade detrás de los andalusíes, con la caballería africana, cubría los flancos. Entre sus filas no faltaban tampoco los guerreros de todos los rincones del Islam.
  • Tras la caballería almohade, armada de lanza y espada, estaban los arqueros turcos a caballo.
  • Al final, formando una apretada línea en torno a la tienda del sultán, se encontraba la llamada Guardia Negra, los IMESEBELEN senegaleses. Grandes cadenas y estacas los mantenían anclados al suelo, para luchar o morir. Desde su tienda, el sultán arengaba completamente de verde con el Corán en una mano y cimitarra en la otra. Los líderes religiosos exhortaban en ambos bandos a una lucha sin tregua.

Los cristianos se concentraron en Toledo al inicio del verano, donde los ultramontanos atacaron a los habitantes de la judería. Tras la toma de Malagón, se produjo el abandono de casi todos ellos por el calor y las incomodidades, en desacuerdo con la política dictada por Alfonso, al ordenar trato humanitario para los vencidos y no llegar al pillaje, asesinato y malos tratos de Malagón.

De los 30.000 ultramontanos, quedaron 150 caballeros del Languedoc, con el obispo de Narbona. La fuerza restante, 70.000, hombres seguía siendo uno de las más grandes vistas en aquellas tierras. Tras la conquista de Calatrava, se añadieron 200 caballeros navarros dirigidos por Sancho VII.

Los cristianos se encaminaron hacia el raso, donde estaba el campamento musulmán, para librar batalla campal. Sin embargo, Miramamolín decidió cortar el acceso al valle, situando hombres en puntos clave, por lo que los cristianos quedaron rodeados por montañas limitando su maniobrabilidad. El escenario cambia radicalmente, los cristianos no podrían disfrutar de campo abierto, viéndose obligado a retirarse o luchar en desventaja.

A pesar de todo, superaron la adversidad: harían la aproximación por el oeste, por el Puerto del Rey, que les permitió cruzar la sierra y ya en terreno llano, marchar contra el rival. Las crónicas hablan de un pastor que les mostró esta senda.

La fuerza cristiana llega el viernes 13 a Las Navas. El 14 Alfonso VIII arenga a las tropas en vísperas de la batalla comenzando con la frase “amigos todos somos españoles…”,

Lejos de la realidad que se nos trata de vender hoy, no vemos una Cataluña, Navarra, o Vascongadas aisladas y ajenas a lo que pasaba en el resto de España. Tanto o más hace que los españoles empezamos a tener en un pasado común.

Se produjeron pequeñas escaramuzas el sábado y domingo. el lunes 16 cansados de esperar y temiendo las deserciones, atacan los almohades, que habían estado evitando el choque frontal para debilitar la unión de los cristianos y desgastarles por agotamiento de los suministros.

Tras una carga de la primera línea de las tropas cristianas, capitaneadas por López de Haro, los almohades, que doblaban ampliamente en número, realizan la misma táctica que les había dado tanta gloria. Los voluntarios y arqueros ligeros de la vanguardia simulan una retirada frente a la carga, para contraatacar luego con el grueso de sus fuerzas de élite en el centro. A su vez, los flancos de caballería ligera almohade, equipada con arco, tratan de envolver a los atacantes realizando una excelente labor de desgaste. Al verse rodeados por el enorme ejército almohade, acude la segunda línea cristiana, pero no es suficiente. La tropa de López de Haro comienza a retirarse, con bajas muy elevadas; no así el propio capitán, que junto a su hijo, se mantiene junto a Núñez de Lara y las Órdenes Militares.


En este momento de flaqueza del cetro castellano se inicia una carga crítica con la última línea del ejército.

Esta acción infunde ánimo decisivo para el resultado de la contienda. Los flancos de la milicia cargan contra los flancos del ejército almohade y los reyes marchan en una carga imparable.

Aragón y Navarra cubrieron las alas, evitando el apuro y siendo clave de la victoria los 3.000 jinetes de la caballería aragonesa dirigidos por Pedro II, capitaneando a Pallars, Cardonas, Rocabertís, Moncadas y un largo etcétera, mandados por el ampurdanés Dalmau de Creixell quien perdió la vida abriendo la brecha por la que entró el rey de Navarra hasta el puesto de mando del califa.

El hacinamiento de defensores y atacantes en este punto y la conciencia de estar dilucidando la suerte de la batalla, espolearía el valor de unos y otros. Los arqueros musulmanes, enemigo para los jinetes, no podían actuar atrapados en medio del tumulto. La carnicería en aquella colina fue tal que después de la batalla, los caballos no podían circular por los cadáveres amontonados.

El ejército de Al-Nasir se desintegró y en la terrible confusión cada cual buscó su salvación en la huida, incluido el califa, proporcionando un ingente botín, del que se conserva el pendón de Las Navas en el Monasterio de Las Huelgas.

En memoria de esta gesta Roma instituyó la fiesta de la Santa Cruz y los triunfadores de los almohades enviaron al Pontífice la tienda de Miramamolín.

Los trofeos de la Batalla, que pueden ser visitados, se encuentran en la iglesia de San Miguel Arcángel de Vilches, allí está la Cruz de Arzobispo D. Rodrigo, una bandera, una lanza de los soldados que custodiaban a Miramamolín y la casulla con la que el arzobispo ofició misa el día de la batalla.

La victoria habría sido mucho más efectiva y definitiva si no se hubiera desencadenado en aquellos mismos años una hambruna, que duraría hasta 1225.

Así se puso fin a la hegemonía musulmana entrando en declive definitivo, conquistándose casi todos los territorios del sur bajo poder musulmán.

En La Carolina al lado de la carretera de Bailén sobre una roca en el lugar donde la tradición sitúa el puesto de mando de Creixell se lee: Dalmau de Creixell, caudillo catalán en la batalla de las Navas, muerto heroicamente al frente de sus jinetes luchando contra la morisma. Loor eterno a los héroes, 16 de julio de 1212. Dudo que libro de texto, reportaje o película española recoja el esfuerzo de estos hombres.

Tras esta batalla que manifiesta la hermandad entre españoles, se percibe con gran fuerza el sentimiento de unidad gracias a la acción diplomática de los legados pontificios que en aquel momento eran el elemento diplomático internacional de mayor relevancia por el que los habitantes de la península ibérica eran llamados españoles, spanie, y se les incitaba a no ir a las Cruzadas sino hacer la Cruzada en propio territorio para recuperar la España Perdida.

El Fuero Antiguo de Navarra explica a Teobaldo de Champaña cual debe ser su conducta como uno de “los Reyes de España” y luego el aragonés Jaime I el Conquistador, uno de los más idealistas y abnegados reyes españoles ayuda a Castilla “per salvar Espanya”, estrechándose los vínculos familiares de tal manera que los reyes peninsulares o eran hermanos, primos o cuñados, y todos se llamaban españoles entre sí, esta es la verdad que hoy trata de ocultar la patraña nacionalista consentida por las más altas instituciones del Reino de España sembrando el odio a España en un falso victimismo hacia los españoles que desde generaciones sólo hemos sentido amor por las cuatro esquinas de la piel de toro.

* Coronel del Ejército de Tierra en la Reserva

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