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Juan Manuel de Prada

Tiembla el pulso al escribirlo, pero aquel mundo de pesadilla que se recrea en 1984 ya está entre nosotros, con tan sólo treinta años de retraso: “El Partido –escribe Orwell– os decía que negaseis la evidencia de vuestros ojos y oídos. Ésta era su orden esencial. El corazón de Winston se encogió al pensar en el enorme poder que tenía enfrente. Y, sin embargo, era él, Winston, quien tenía razón. Había que defender lo evidente. (…) La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados”. Ese totalitarismo fiscalizador, que en la novela de Orwell se encarnaba en el Partido, en nuestra época se encarna en la ideología de género denunciada por el Papa Francisco en su exhortación AmorisLaetitia, que impulsa “proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer”. Una ideología que pretende –volvemos a citar a Francisco– “imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños”, negando las realidades biológicas más evidentes. Cuando una evidencia biológica y una ideología se contradicen, lo más sensato sería aceptar la evidencia biológica; pues, como decía Chesterton, el hombre debe dudar de sí mismo, antes que de la verdad de las cosas. Pero ya sabemos que en nuestra época sucede exactamente lo contrario.

No siempre, sin embargo. Cuando una chica escuálida, negando una evidencia biológica, afirma que está gorda y se somete a una dieta estragadora, dictaminamos que padece un trastorno mental. No ocurre, misteriosamente, lo mismo cuando un señor con toda la barba, negando una evidencia biológica, afirma que es una señora y se somete a tratamiento hormonal o a mutilaciones en el quirófano. Entonces la ideología reinante nos exige dictaminar que ha asumido su “identidad de género”. En ambos casos nos hallamos ante una percepción subjetiva que niega una evidencia biológica; pero los dictámenes de nuestra época para cada uno de los casos son completamente distintos. ¿No será que, como denunciase Chesterton, vivimos en una época empeñada en considerar las pasiones sexuales más peregrinas como las cosas más inocentes, para que las cosas más inocentes se tiñan de las pasiones sexuales más peregrinas? Enseguida hallamos la respuesta cuando descubrimos que la ideología reinante no se conforma con imponer una percepción subjetiva sobre una evidencia biológica, sino que pretende convertir esa percepción subjetiva en dogma social, moldeando la opinión pública hasta lograr lo que Marcuse denominó “la dimensión única de pensamiento, de tal modo que toda contradicción parezca irracional y toda oposición imposible”. Y pretende, sobre todo, que nuestros hijos –las cosas más inocentes– sean aleccionados de forma obligatoria en esa dimensión única del pensamiento desde la escuela, con leyes como la que ha promovido la alguacialesa Cristina Cifuentes.

“El sentido común se ha convertido en la mayor de las herejías”, afirmaba Orwell, describiendo el mundo totalitario de 1984. Ha llegado el momento en el que, como ocurría en aquella novela, se nos quiere obligar a aceptar que dos y dos son cinco. Ha llegado el momento de defender lo evidente, frente al rebaño que aplaude al rey desnudo. Se nos encoge el corazón, como al personaje de Orwell, al pensar en la magnitud del poder que tenemos enfrente; pero es un poder que quiere corromper a nuestros hijos. Ha llegado la hora de alzar la voz o callar para siempre.

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