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Mauricio Rojas

Es muy poco probable que Marine La Pen sea la próxima presidenta de Francia, pero pocos dudan de que será la candidata más votada en la primera vuelta del 23 de abril y que el 7 de mayo, en la segunda vuelta, obtendrá más del 35% de los sufragios, es decir, el apoyo de unos 12 a 15 millones de franceses. Sin embargo, si sólo dependiese de los obreros la candidata del Frente Nacional (FN) no tendría rival. Ya en las elecciones regionales de diciembre de 2015 el FN obtuvo más votos obreros que todos los demás partidos juntos y las encuestas le dan a Marine Le Pen del 54% al 63% del voto obrero en la segunda vuelta.

“¿Cómo se explica que aquella clase que históricamente fue el baluarte de la izquierda se haya pasado en masa a la ‘extrema derecha’?”

¿Cómo se explica que aquella clase que históricamente fue el baluarte de la izquierda se haya pasado en masa a la ‘extrema derecha’? Responder a esta pregunta requiere considerar diversos aspectos, no menos pensando que se trata de un fenómeno que se extiende por casi todo el occidente desarrollado y en gran medida explica tanto el Brexit como la victoria de Donald Trump.

Un importante proceso de desindustrialización y una marcada tendencia al estancamiento de los salarios han sido motores fundamentales del desencanto obrero con el establishment gobernante. Ese es el sustrato económico de un electorado en el que predomina el temor a la globalización, la repulsa a la inmigración y el rechazo al libre comercio así como la defensa de los derechos adquiridos y los valores tradicionales. En el caso europeo, a ello se le suma la defensa de la soberanía nacional en oposición al proceso de integración europea.

Estos factores constituyen lo que podríamos llamar el lado de la demanda, que es la base sobre la que se articula la oferta política. Esta oferta acostumbraba a seguir un libreto claro y simple, en el que la vieja izquierda, comunista o socialdemócrata, lograba canalizar mayoritariamente las aspiraciones de los sectores obreros y populares en general. Pero esto ya no es así, lo que ha conducido el colapso de los grandes partidos comunistas europeos y el pronunciado declive de la socialdemocracia. Su lugar histórico ha sido ocupado por una nueva izquierda, cuyo mejor representante es el Frente Nacional francés de Marine Le Pen.

Como se sabe, el FN nació en 1972 y fue dirigido por el padre de Marine, Jean-Marie Le Pen, hasta enero de 2011. Sus orígenes hay que buscarlos en la organización fascista Orden Nuevo y su desarrollo está marcado por su nacionalismo radical, su oposición militante al liberalismo, al marxismo y a la inmigración musulmana, así como por el extremismo xenófobo, homofóbico y antisemita de su líder. Esta plataforma le permitió ganar, desde los años 80, un electorado que oscilaba en torno al diez por ciento y en el que ya se notaba una significativa presencia obrera y popular, pero sin posibilidad real alguna de influir en la marcha de la política francesa.

Este es el partido que Marine Le Pen transformó, en pocos años, en el más importante de Francia, alcanzando el 24,9% de los sufragios en las elecciones europeas de 2014 y el 27,7% en las regionales de 2015. Su estrategia para lograrlo ha tenido dos vertientes: por una parte, limpiar al FN de su estigma extremista a fin de atraer a un electorado más amplio; por otra, profundizar su capacidad de captar el voto obrero y popular izquierdizando sus propuestas.

La ‘normalización’ del Frente, llamada proceso de ‘dédiabolisation’ (desdemonización), ha consistido en limar las aristas propias del extremismo de Jean-Marie Le Pen, al punto de provocar la expulsión de éste del Frente en 2015 por bagatelizar el Holocausto. Por su parte, la izquierdización quedó plasmada en el programa presidencial de Marine La Pen de 2012: proteccionismo, intervencionismo estatal, reindustrialización dirigida por el ‘Estado-estratega’, ampliación de los beneficios del Estado de bienestar, fuertes aumentos salariales y de las pensiones, incremento de los impuestos a las rentas más altas y a la fortuna, reducción drástica de la inmigración y prioridad para los ciudadanos franceses en materias de empleo y bienestar social (la así llamada ‘preferencia nacional’). Todo ello envuelto en una estridente retórica anti globalización, anti Unión Europea y anti musulmana, donde la lucha contra el ‘hiperliberalismo’, la ‘mundialización salvaje’ y la islamización de Francia eran sus ejes.

Esas han sido las bases de los grandes éxitos electorales del FN durante estos últimos años y el fundamento de la actual campaña presidencial. El discurso de Marine Le Pen lanzando su candidatura el 5 de febrero recién pasado parecía un eco de ese izquierdismo antiglobalista que predican Podemos en España o el Frente Amplio en Chile: ‘Nuestros dirigentes han elegido la globalización sin reglas que debía traernos la felicidad, pero que ha demostrado ser horrible. Impulsada por la búsqueda de súperganancias (…) la globalización económica mata por asfixia, de manera lenta, progresiva pero segura (…) las culturas de los pueblos (…) están destinadas a ser borradas para facilitar la comercialización de los productos masivos y facilitar las hiperganacias a costa de destruir la sustentabilidad ecológica del planeta o de explotar el trabajo infantil en el tercer mundo.’

Esta es la nueva izquierda, obrera y nacionalista, que hace temblar a Europa y que está llevando a la tumba a la vieja izquierda. Ya no es la Internacional la que resuena entre los proletarios europeos, sino sus respectivos himnos patrios.

Fuente: fppchile.org

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