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Pasquale Antonio Riccio

Parece que después de años de austeridad, de progresismo liberal principalmente inspirado por el evangelio radical chic y de apatía de los electores hacia sus representantes, algo está cambiando en la idea del futuro, y sobre todo del presente, que los pueblos europeos (y otros) intentan construir. Nunca como ahora podría pasar cualquier cosa porque la excesiva polarización y la división en las posiciones tomadas en numerosos contextos y, especialmente, con la visión negativa del establishment a la cabeza, vuelve el panorama de veras incierto.

Por consiguiente, sería apropiado que aquellos que han sido llamados o se presentan como candidatos para desempeñar el papel de representantes de su pueblo y de su tierra, comenzaran a pensar y a organizar una visión y una propuesta política capaz de representar un adhesivo para una gran parte de la comunidad.

Unir a la comunidad: he aquí el objetivo, este es el reto más impopular, pero esencial, en los tiempos actuales.

Para hacer eso no bastan los ábacos útiles a fin de cuadrar las cuentas y agregar a los llamados cabecillas para recoger tantos votos como sea posible.

A fin de unir a una comunidad es necesario que se perfile o se haga referencia a un horizonte de sentido en el que inspirarse o bien a valores de referencia claro y objetivos precisos.

Por mucho, demasiado tiempo, se persiguió el consenso electoral de cualquiera y el asentimiento mediático del público sin vigilar cuánto pudiera ser de contraproducente esto en el largo plazo.

Las comunidades se unen proponiendo y sobre todo actuando una acción política encaminada no a la consecución neblinosa de fines morales, sino más bien la consecución de objetivos concretos en términos de participación ciudadana, de “calidad” de los servicios, de promoción de mecanismos para recompensar el mérito, las formas efectivas de protección de los intereses de la comunidad de pertenencia, etc... todo sobre la base de una estrategia participativa, sin duda, pero sobre todo clara y evidente.

Demasiado mal hicieron a la política, sobre todo a la italiana, las toxinas del moralismo de lo “políticamente correcto", cuyo único efecto ha sido el de convertir, en el mejor de los casos, el intercambio de ideas de un enfrentamiento entre hinchadas. A menudo se trasciende a una total deslegitimación humana del oponente político considerado un enemigo a ser eliminado.

Sería hora de trata de tratar de construir una nueva perspectiva política capaz de repensar la comunidad en su conjunto: tal vez ha llegado la hora de poner fin a las divisiones entre güelfos y gibelinos en cada tema individual, dejar de ver el mal en todas partes dando rienda suelta a los peores instintos en el nombre de un concepto de justicia y de pureza moral con demasiada frecuencia apreciado y sostenido, pero nunca perseguido.

Todo esto sería posible sin hipocresías si sólo se ofrecieran a las propias comunidades ejemplos de un compromiso inspirado en la claridad de los principios y la concreción de las acciones. El mundo de la apariencia es aquel en la que la palabra (el compromiso), si bien pulida y bien comunicada, sigue siendo letra muerta y no se convierte en acción. A la larga esto lleva a la exasperación porque la apariencia no es la realidad y el humo ciega. Sin embargo, también es importante recordar que los gobernantes, en una democracia, no se auto-eligen, sino que son elegidos por los ciudadanos y es por eso que ellos mismos deberían trabajar dentro de la comunidad para consolidar la propia unión meta-política encaminando y promoviendo procesos de renovación cultural capaces de promover la formación de clases dirigentes (que no sólo son políticas) preparadas para afrontar el reto del cambio sin dejarse vencer por lo solos intereses particulares, sean de una pequeña parte de la sociedad o incluso individuales.

Es un reto formidable, pero es necesario. Si no decidimos afrontarlo perderemos todo lo construido con esfuerzo y sacrificio durante miles de años de historia, pero sobre estaremos destinados a ser arrollados por la técnica, por la dictadura del deseo y la primacía del mercado, terminando de rebajar totalmente a la humanidad.

Volver a la primacía de la política capaz de guiar los procesos históricos y humanos y por lo tanto la vuelta a la formación y el compromiso inspirado por las grandes visiones es algo que va mucho más allá del desafío de un referéndum o de algunas propuestas legislativas, por muy importantes que sean, porque concierne al futuro de la comunidad en su conjunto y especialmente a su defensa.

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