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Walter Ego

Era inevitable que un evento como la Revolución de Octubre —que todos sabemos ocurrió en noviembre— dejara su huella en la literatura realista rusa; era inevitable también que la utopía social bolchevique estimulara la fabulación científica como género literario, en el país de rostro nuevo nacido de aquella convulsión social.

La ciencia ficción soviética fue, sin embargo, la hija díscola del realismo socialista. No se le echó de la casa, pero muy poco se hablaba de ella a pesar de su notable florecimiento, quizás porque los retos del presente convertían en desvaríos impertinentes la invención de universos paralelos y mundos remotos.

«El comunismo es el poder más la electrificación de todo el país», dijo Lenin; y si el realismo literario soviético fue espejo de las disciplinas y rigores del poder, la ciencia ficción fue espejo de las osadías que supusieron quimeras como desplegar las bondades de la electricidad en una geografía de 22.402.200 kilómetros cuadrados de extensión, la sexta parte de la superficie terrestre de esta esfera errante en que vivimos.

La cita es a la vez pertinente y curiosa: en 1920, el escritor inglés H. G. Wells, uno de los más notables autores de ciencia ficción de la época —’La máquina del tiempo’ (1895), ‘El hombre invisible’ (1897), ‘La guerra de los mundos’ (1898), entre otras muchas novelas— visitó la Unión Soviética y se reunió con Lenin, cuyo plan de electrificación catalogó de «utópico» en un extenso artículo que escribiría poco después, ‘Rusia en las sombras’. De ese texto, publicado por la editorial londinense Hodder & Stoughton ese mismo año, nace el calificativo de ‘el soñador del Kremlin’, que acompañaría para siempre al líder bolchevique

Tan soñador como Lenin resultó Iván Antónovich Yefrémov (1908-1972), un paleontólogo de profesión y escritor por vocación, quien en 1957 escribió ‘La nebulosa de Andrómeda’, novela de ciencia ficción ambientada en un futuro distante y desarrollado en el que sus habitantes han resuelto todas las paradojas matemáticas, conocen al derecho y al revés los enigmas biológicos de la vida, y les resultan ajenas las preocupaciones mundanas que desasosiegan al ser humano de hoy. Lo que no le perdonaron los comisarios culturales de su época a Yefrémov —trasliterado Efrémov en las traducciones al español de sus libros— fue que en ese mundo perfecto hayan caído en el olvido los nombres de figuras notables de la historia de la Humanidad, incluidos Marx y Lenin. Hasta entonces sobre la ciencia ficción soviética se cernía el espíritu del estalinismo y las utopías futuristas apenas sí tenían lugar o, en cualquier caso, sus tramas se desarrollaban en futuros muy cercanos.

El más notable representante de esa época contenida fue Aleksandr Románovich Beliáyev (1884-1942, el llamado ‘Julio Verne ruso’ por la calidad y el volumen de sus obras, la cuales, como las del francés, se desarrollan básicamente en el presente de su escritura.

Como buen escritor de ciencia ficción, a Beliáyev le gustaba imaginar inventos, fabular con posibilidades como la telepatía y la levitación, aderezado todo ello con una extrema minuciosidad científica que no pretería, sin embargo, la calidad de la trama. Relatos como ‘Mister Risus’, una panfletaria y simpática denuncia del poder de manipulación del arte en la sociedad capitalista a través de la historia de un hombre —Mr. Spalding— que descubre los secretos mecanismos del humor, o ‘La guerra en el éter’, en el que la Unión Soviética ataca y vence a Estados Unidos con el poder de sus cohetes y de la aviación… en el sueño del protagonista, explican el éxito de Beliáyev en la inflexible época de Iósif Stalin.

Una leyenda refiere que la preocupación de los militares estadounidenses por el eventual carácter profético del libro los llevó a buscar un ejemplar del mismo sin importar el precio que tuvieran que pagar, lo que hizo cobrar celebridad a esta obra menor de Beliáyev, autor también de ‘La cabeza del profesor Dowell’ (1925), ‘Ictiandro’ (1928) y ‘Ariel’ (1941), obras en las que alientan temas todavía contemporáneos como los desatinos de las pseudociencias, la manipulación biológica del ser humano y el compromiso social del investigador científico, por lo que aún hoy, más allá de la seducción narrativa, se leen con el deleite que procura reconocerse en el espejo.

Si el futuro vaticinado por Yefrémov en los albores de la conquista humana del espacio parece todavía una utopía distante, una conjetura de Beliáyev está a punto de demostrar su viabilidad. El trasplante de cabeza, que —hasta donde se sabe— el doctor italiano Sergio Canavero planea llevar a cabo a finales de este año con ayuda del Gobierno chino, parece una validación de lo descrito por Beliáyev en ‘La cabeza del profesor Dowell’, donde la testa sin cuerpo de un científico asesinado supervisa por obligación los desvaríos experimentales del avaricioso discípulo que lo asesinó.

Las connotaciones bioéticas de la operación, los límites religiosos que rebasa, los entretelones suprahumanos de la misma remiten por derivación a ‘Qué difícil es ser Dios’ (1964), la famosa novela de los hermanos Arkadi y Borís Strugatski, cuya trama nada tiene que ver con la historia de Beliáyev, pero sí con la esencia humanista y la descripción de los sinsentidos del poder. El protagonista de ‘Qué difícil es ser Dios’, un historiador ruso que no puede alterar la realidad medieval del planeta al que viajó, es un alegato en clave figurada contra la bota totalitarista que aplasta a la creación; como ‘Picnic extraterrestre’ (1972) —llevada al cine por Andréi Tarkovski bajo el título ‘Stalker’—, revela los más recónditos suburbios del alma humana —de la sensibilidad a la sordidez, de la pureza a la indignidad— en clave de ficción científica.

Beliáyev, que no eludió su actualidad; Yefrémov, que se proyectó al futuro; y los hermanos Strugatski, que cuestionaron transversalmente su momento desde otras realidades temporales, evidencian tres instantes modélicos de la ciencia ficción del país parido por la Revolución de Octubre: la que recreó la realidad tal como es, la que propuso cómo debiera ser, y la que cuestionó desde la alteridad —no la oposición— las inconsistencias de su presente, ese que terminó por derrumbarse por el peso de sus propias contradicciones ante los ojos atónitos de medio mundo, un desenlace que ni el más imaginativo autor de ciencia ficción del planeta hubiese vaticinado jamás.

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