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Joan Tapia

El independentismo está en crisis y da muestras de desbandada, pero las encuestas indican que todo está muy abierto y que incluso podrían conservar la mayoría absoluta. Sorprendente.

La desbandada es clara. En 2015, los independentistas de CDC y ERC se presentaron en una lista, Junts pel Sí, que sacó 62 diputados. Hubo también otra lista más marginal, la de los antisistema de la CUP, que al final tuvo 10 escaños. Y solo gracias a la CUP —a la que solo unía la fe independentista—, el separatismo tuvo la mayoría absoluta de 68 diputados.

Ahora las cosas son muy distintas. En primer lugar, porque no hay ni rastro del entusiasmo de 2015. La independencia ha sido un fracaso, ya que no duró ni 24 horas, no hubo ni un mísero reconocimiento internacional y Europa —a la que tantas velas por ignorancia se habían puesto— se ha mostrado totalmente opuesta, hasta el punto de que Jean-Claude Juncker, el siempre expansivo presidente de la Comisión Europea que puso sus manos en el cuello de Guindos, habla del “veneno del nacionalismo”. Los dos únicos bancos catalanes —CaixaBank y el Sabadell— y más de 2.000 empresas han trasladado sus sedes sociales —y a veces fiscales— fuera de Cataluña. Y, para colmo, medio Gobierno está en la cárcel y el otro medio en el exilio. Es irrelevante si los dirigentes independentistas engañaron a la población, se engañaron ellos mismos, o perdieron la cabeza, lo inapelable es el fracaso.

En segundo lugar, ahora no habrá dos listas sino tres. La de ERC, a la que las encuestas dan como ganadora, la de la CUP, y la de la antigua CDC, el partido mayoritario durante muchos años, que ya no presenta a su líder, Artur Mas, que cambió su nombre por el de PDeCAT pero que no se presenta con sus siglas sino que ampara la candidatura Junts per Catalunya, liderada y mangoneada por el 'president' Puigdemont desde Bruselas, y en la que no hay dirigentes del partido —excepto los 'consellers' cesados—, y cuyo maquinista en Barcelona es Elsa Artadi, una economista con fama de competente, nula experiencia política y que, tras estar en el círculo de Mas Collell en Economía, escribía discursos para Puigdemont desde la Generalitat. Parece que Artur Mas —que mueve hilos en la sombra— ha preferido sacrificar la lista de partido, con la que iba a tener pobres resultados, y apostar por una lista nacionalista radical —el primero por Tarragona es un militante de ERC que vio frustrado su intento de abrir la lista de su partido por esa provincia—, cuyo reclamo electoral es el sentimiento de fidelidad al presidente Puigdemont. Objetivo: evitar que ERC se convierta en la fuerza principal del secesionismo.

Y en la propia ERC hay confusión porque Junqueras ha lanzado el mensaje —desde la cárcel— de que si él no puede ser elegido, la candidata de ERC será Marta Rovira. El tándem Junqueras-Rovira ha funcionado muy bien las dos últimas legislaturas y ha hecho de ERC —una formación asamblearia y fraccionada— un partido disciplinado. Pero en los últimos días de octubre surgieron claras diferencias entre Junqueras y Marta Rovira, que exigía con más intransigencia la independencia y que incluso lloró —y maniobró— cuando Puigdemont retrasó la declaración de independencia o dudó sobre su conveniencia.

La tercera razón es que el fracaso, más la división de candidaturas, más el desconcierto programático, hacen aparecer al conjunto del independentismo como dividido y menos atractivo. ¿Se enfrentarán en la campaña Puigdemont y Junqueras o Marta Rovira? Una incógnita. De momento, ya parece claro que la CUP no suscribirá ningún programa común. Dicen que si el independentismo no sigue adelante con la proclamada república, lo denunciarán y se opondrán en el Parlamento. Pero ¿cómo pueden las otras dos listas, cuyos dirigentes han manifestado —aunque solo sea para salir de la cárcel— acatar el 155, proseguir con la república? Además, suponiendo que tuvieran mayoría y quisieran seguir por la vía unilateral, saben que es imposible.

Pero ERC y Junts per Catalunya tampoco tienen fácil elaborar puntos comunes de programa. Hay, al parecer, la voluntad de abandonar el unilateralismo en aras de una negociación bilateral con el Estado y, según algunos, con Europa. Pero una negociación bilateral sobre la independencia con el Gobierno de España y con Europa está claro que —hoy por hoy— no lleva a ninguna parte.

Y los candidatos que se puedan expresar con libertad —hoy Puigdemont y Marta Rovira— parecen estar en un concurso de disparates. En catalán se dice que “no tocan de peus a terra”. Marta Rovira —tras votar las leyes de ruptura del 6 y 7 de septiembre y tras la declaración unilateral del 26 de octubre— dice ahora que el independentismo nunca ha sido unilateralista. Y luego añade que no obedecerán al Estado en asuntos sociales (¿cómo?). La guinda es asegurar —sin nombres ni referencias— que el Estado amenazó con muchos muertos como ya se percibió el 1 de octubre con las cargas policiales en el referéndum, y que por eso no se siguió adelante con la independencia. Si fuera así, todavía se entendería menos que Marta Rovira se movilizara —contra Puigdemont e incluso contra Junqueras— en la mañana del jueves 26 de octubre cuando Puigdemont se planteó convocar elecciones. Rovira se mueve en la confusión radical descerebrada y no se entiende que Junqueras —que parecía más astuto— la proponga de presidenta. A no ser que quiera enfrentarla a sus limitaciones.

Pero el desbarajuste intelectual no es menor en la lista Puigdemont, alentada por Mas y tolerada por Marta Pascal y David Bonvehí, la dirección 'moderada' del PDeCAT. Puigdemont está haciendo y diciendo cosas muy incoherentes desde Bruselas. Pero el súmmum despropósito ha sido afirmar que “la UE es un club de países decadentes y obsolescentes en el que mandan unos pocos, además muy ligados a intereses económicos cada vez más discutibles”. Es algo muy próximo a lo que dicen Marine Le Pen y la extrema derecha europea. Y la locura final es proponer —como Le Pen— un referéndum no ya para salir de España sino también de la UE.

“A lo mejor no hay mucha gente que quiera formar parte de la Europa del señor Tajani [el presidente italiano del Parlamento] o del señor Juncker, tan insensible al atropello de los derechos humanos, de los derechos democráticos de una parte del territorio solo porque una derecha posfranquista tenga interés en que sea así… No podemos dar por hecho que porque a los grandes intereses les convenga que pertenezcamos a la UE, la población lo vaya a aceptar sin ningún tipo de crítica… Quienes deben tomar esa decisión son los ciudadanos de Cataluña, como deberán tomarla libremente los otros ciudadanos de Europa. ¿Quieren ustedes o no pertenecer a esa Unión Europea? ¿Y en qué condiciones? Vamos a ver qué dice el pueblo de Cataluña".

Y que 24 horas después —al parecer por el desespero del PDeCAT desde Barcelona—, Puigdemont haya dado marcha atrás con dos tuits europeístas no arregla la cosa. ¿Puede presidir la Generalitat quien dice barbaridades que podrían hacer huir a muchas multinacionales con fábricas en Cataluña?

No puede extrañar que ante este panorama y según la última encuesta de 'El País', solo el 24% de los catalanes (contra el 71% que preferiría un pacto con España) desee que el 'procés' vaya adelante. Y el 75% desea que forme Gobierno una coalición que busque una solución negociada con el Gobierno de España. Lógico.

Pero luego viene la contradicción. Pese a lo anterior, el 40% prefiere un Gobierno de Junts per Catalunya, ERC y la CUP, frente al 35% que opta por la coalición de Cs, PSC y PP. ¿Cómo puede ser? Quizá porque hay mucha confusión y porque el independentismo tenga que mostrar más errores. Quizá porque haya todavía mucho sentimiento de protesta por la prisión de los 'exconsellers', muy censurada por la opinión catalana. Quizá porque no creen que los partidos constitucionalistas —solos— sean capaces de negociar y arrancar un pacto satisfactorio al Gobierno de España. Quizá por un poco de todo.

Y las encuestas electorales arrojan datos en la misma dirección. La peor para los independentistas —la de 'La Razón' del domingo— les da un 43,4% de los votos el 21-D, menos que el 44,9% del total de constitucionalistas (Cs, PSC y PP), pero todavía obtendrían más diputados (66, a dos de la mayoría absoluta, frente a soólo 59 de los constitucionalistas). La desproporción entre votos y escaños se debe a que en la ley electoral española —la que rige las elecciones catalanas— obtener un diputado por Girona o por Lleida requiere menos votos que por la provincia de Barcelona, que es, de largo, la más poblada.

Sí, las cosas son complicadas y las soluciones fáciles de tertulia madrileña son espejismos. El Gobierno Rajoy debe explicarse mucho más en Cataluña sobre el 155, y el 'desembarco' de Rajoy, Soraya y Guindos la pasada semana —aunque bien orientado— es solo un insuficiente primer paso. Y quizás haya que escuchar más a Miquel Iceta cuando afirma que no hay principio de solución de la crisis catalana si queremos resolverla imponiendo una mitad (la independentista o la constitucionalista) a la otra mitad. Que conviene explorar propuestas de tercera vía. La prueba es que si el independentismo pierde la mayoría absoluta —cosa posible pero no segura—, tampoco habría una mayoría constitucionalista alternativa.

Salvo un terremoto mayúsculo —que ninguna encuesta prevé—, no habrá mayoría absoluta constitucionalista. Y la decisión estará —pese a que parece que bajan— en la decena de diputados de los comunes (asociados a Podemos) y cuyo candidato es el pragmático (pero muy próximo a Ada Colau) Xavier Domènech.

Así están las cosas hoy. Pero faltan aún 22 días para el 21-D.

Fuente: El Confidencial

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