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Ernest Milá

Hay que leer las páginas económicas y, sobre todo, los informes especializados que no llegan a la prensa, para advertir que en estos momentos se están produciendo cambios en la tendencia económica que afectarán a nuestro futuro. Y son cambios en cadena. Ya resulta difícil entender cómo, al producirse la primera gran crisis de la globalización, en 2007-2008 (negada hasta la saciedad por un tontorrón llegado de carambola a la presidencia del gobierno en España) los gobiernos de todo el mundo no adoptaron medidas al comprobarse que el mundo era demasiado grande y, sobre todo, demasiado desigual para que existiera -en ese momento- una economía mundial globalizada. Pues bien, ahora nos aproximamos a la segunda gran crisis de la globalización. Si los gobiernos que comían de la mano de los “señores del dinero” que eran los que dictaban las reglas del juego (y las siguen dictando), en esta segunda, algo está cambiando también en el terreno político.

En efecto, lo que está ocurriendo en estos momentos en Francia -la revuelta de los “chalecos amarillos” frente a la que la “revolución de mayo” del 68 fue un juego de niños y la “intifada urbana” de 2005 no pasó de ser una travesura de las “bandas étnicas”- indica que las clases medias ya no pueden más: en un tiempo récord, el “presidente” Macron se encuentra en las horas más bajas que haya sufrido un mandatario francés después de la derrota ante Alemania en junio de 1945… ¿Qué ocurre? Ocurre algo tan simple como que el electorado va por un lado y el poder económico intenta ir por otro: Macron no es más que el delegado del poder político que, amparado por la Brunete-mediática se encaramó en la presidencia engañando al electorado y contándole que podía solucionar sus problemas. Luego, una vez en el poder, ha decepcionado a todos sus electores. Sí, esto es algo normal en política, pero, a fuerza de hacerse una y otra vez, el electorado ha ido cambiando, gustos, preferencias y actitudes.

Si miramos en el mapa de Europa se cumple lo que auguramos cuando se inició la crisis económica de 2007-2008: ésta sería, inicialmente, sólo económica, pero al generar un volumen de paro insoportable y, consiguientemente, de malestar social, mutaría en poco tiempo en crisis social y, de persistir, terminaría siendo una crisis política. Entonces -y pueden leerse todos los artículos que escribimos en aquellos momentos- nos fijábamos solamente en España, pero ahora podemos constatar que se ha tratado de un efecto mucho más amplio que abarca a toda Europa e incluso al continente americano: ahí están Bolsonaro y Trump en sus cargos evidenciando que la crisis social ha llevado directamente a un cambio de orientación político.

Porque una cosa era que estallara la “burbuja inmobiliaria” (primera fase de la crisis) y que, en la fase actual, el grueso de las viviendas ya no sea comprada por ciudadanos de a pie, sino por grupos económicos que las destinan al turismo o bien se trata de clientes de “alto standing”. El fenómeno de las microcasas en los EEUU o de los pisos compartidos en España (1.000 euros por cuchitriles en los que se albergan tres treintañeros, algo habitual en Barcelona), la incapacidad para formar familias (que no se resuelve publicitando los “nuevos modelos familiares” o con inmigración masiva), los bajísimos niveles de ahorro, la pérdida constante de capacidad adquisitiva y el hecho de que los ciudadanos que tienen una nómina se vean presionados por impuestos cada vez más asfixiantes destinados a pagar a Estado que no quiere enterarse de que la olla a presión social está a punto de estallar, por no hablar de una España inviable con 17 autonomías, todo esto son algunos de los elementos que ya conocemos y que están presentes en nuestra sociedad generando un malestar social creciente. Y lo peor está por venir: cuando la robótica reduzca sistemáticamente los puestos de trabajo, cuando los repositores de los supers se vean sustituidos por robots, las cajeras por chips que calculen automáticamente el costo de la compra con solo pasar cerca del lector, cuando los oficios de la construcción sean sustituidos por prefabricados, cuando los servicios de correos, mensajería y logística, sean realizados por drones y los taxis por coches dirigidos por GPS, cuando los trabajos agrícolas terminen de ser sustituidos completamente por máquinas y, finalmente, cuando la inteligencia artificial pueda reducir el número de técnicos, incluso de abogados, no bastará solamente con autorizar el consumo de cannabis para tener a la población tranquila y somnolienta.

Pero hay algo más: el precio de la gasolina no puede dejar de crecer y, si bien es cierto, que en breve buena parte del parque móvil será híbrido, no es menos cierto que aviones y barcos de mercancías jamás podrán prescindir del combustible fósil… que se va acabando y que, consiguientemente, iniciará un ascenso continuo. De hecho, ya está ascendiendo. Y esto hace que lo que hasta ahora resultaba rentable (fabricar palillos en China y traerlos a Europa en barco), a partir de ahora ya no resulte tan rentable (y sí lo sea, por ejemplo, comprarlos en Polonia). Por increíble que pueda parecer, las cifras del comercio mundial están variando: ¿qué está pasando? Muy simple: la globalización retrocede, la regionalización aumenta. Era evidente que esto podría ocurrir y, de hecho, los economistas de la “revolución conservadora” alemana de los años 30, ya habían previsto ese fenómeno: allí en donde los economistas modernos creen haber inventado la pólvora con la noción de “regionalización”, los economistas alemanes que luego se pusieron al servicio del Tercer Reich le llamaban “economía de grandes espacios”: Europa era uno de ellos. Pero la Europa que se construyó después de la guerra ha terminado siendo una pieza más de la globalización.

Copio y pego de La Vanguardia de hoy: “los intercambios globales han dado en los últimos años un paso atrás, para dejar mayor espacio a las importaciones y exportaciones que tienen lugar en un área regional delimitada”... Es la economía de los “grandes espacios”. El flujo del comercio mundial ha bajado en los dos últimos años a la mitad. Los bienes que se venden al exterior están en todo el mundo en declive. Esto ha hecho que el PIB mundial que, en 2007 estaba en el 28% haya descendido hoy al 22,5%. Incluso la deslocalización está en declive: en la actualidad, sólo el 18% de los intercambios obedece a esta lógica de producción barata y esta externalización sólo afecta al 3% de la fuerza laboral global. En otras palabras, casi ocho de cada diez unidades de consumo que se importan y exportan hoy en día y no sigue el recorrido países de bajo coste-economías avanzadas.

¿A qué se debe este fenómeno? La explicación que da la consultora McKinsey es muy fácil de entender: los países emergentes consumen ahora cada vez más lo que fabrican. Para el 2030, su población representará la mitad de la demanda mundial. Las mercancías no tienen hoy tanta necesidad de desplazarse: se quedan dentro. Es el caso de China. Hoy los chinos tienen cada vez más poder adquisitivo. En el 2007 China vendía al exterior el 17% de lo que producía. Diez años después, sólo el 9% (en Alemania el porcentaje es del 34%). Pensemos en los móviles: hoy los chinos pueden encontrar marcas locales sin tener la necesidad de comprar una extranjera.

Y luego está la logística: las rutas transoceánicas que hacían que fuera más barato un pantalón producido en Bangladesh y vendido a Europa que uno fabricado in situ en el Viejo Continente están cambiando su rumbo. La consultora ofrece cifras concretas: “Desde el 2013, el porcentaje del comercio intrarregional sobre los intercambios globales ha subido un 2,7% (a costa de las operaciones comerciales que tenían lugar entre regiones alejadas), llegando casi a la mitad del total”. Por el contrario, se ha detectado un aumento del comercio en las áreas homogéneas, como la Europa de los 28 y en el seno de la región Asia Pacífico. Para Mc Kinsey “la regionalización es tangible en aquellas cadenas de valor innovadoras, donde ahora hay que integrar los proveedores más próximos”. Dicho de otra manera: la deslocalización es algo que ya empieza a pertenecer al pasado. La robotización de los procesos, por otra parte, tiende a igualar los costes de lo producido en Europa con lo que se produce en otras regiones del mundo. Para la consultora citada, la automatización reducirá el comercio global de bienes un 10% en el año 2030.

Los dos pilares mundiales de la globalización, China y EEUU, tienden en estos momentos a estar enzarzados en una guerra comercial con aumento respectivo de las barreras arancelarias lo que hace que el comercio multilateral global sea cada vez más caro. La oleada de proteccionismo hará que el PIB chino descienda un 1,5% y el norteamericano un 1% en los próximos dos años. Parece poco, pero, considerado en bruto supone una cantidad significativa.

El esquema es el siguiente: la globalización generó crisis económicas, estas, a su vez, generaron, crisis sociales y, finalmente, de ellas se ha recompuesto el panorama político en cada nación… asumiéndose políticas (populistas) que generan, finalmente, la crisis de la globalización. Este es el planteamiento central que lo explica todo.

Ahora hará falta realizar consideraciones sobre las consecuencias político-económicas de todo este proceso y extraer algunas consecuencias.

(II)

Si las cifras macroeconómicas indican que la globalización está en retirada y si el sentido común nos dice que es un sistema perverso que jamás debió ver la luz, hay que reconocer, también, paralelamente, que existen muchas fuerzas que todavía lo apoyan y que creen en sus virtudes. El que la globalización emprenda la retirada no quiere decir que haya sido vencida, ni remotamente. E, incluso, en la actualidad, el problema estriba en intuir las consecuencias que puede tener este cambio de rumbo para las naciones europeas.

Lo cierto es que hoy, solamente China apuesta decididamente por la globalización amparada en el hecho de que se trata de un mercado enorme y atractivo para las importaciones y que solamente ofrece garantías a los países que tienen abiertas sus puertas a los productos chinos. A partir de los 90 se produjeron deslocalizaciones masivas, fueron los años del petróleo barato y la época dorada del comercio mundial. Los optimistas defendían el sistema mundial globalizado diciendo que cada país se especializaría en la producción de algunos bienes y pintaban un armonioso cuadro de importaciones y exportaciones en todas direcciones y en todo el planeta. El resultado fue: 1) que las plantas de producción industrial se desplazaron progresivamente a China, 2) que China se confirmó en la “factoría mundial”, 3) que la economía de los países occidentales se desplazó del sector industrial al sector servicios y 4) que se produjeron nuevas deslocalizaciones de China a Vietnam, con mano de obra más barata aún. Pero no hay que olvidar el fenómeno más perverso y que precedió a todo esto: desde el final de la Guerra Fría ya se observó una “financiarización” de la economía: los inversores no buscaban generar riqueza con su capital, sino especular en unos mercados económicos, progresivamente más volátiles. Los neoliberales abrieron las puertas a la libre circulación de capitales, que precedió a la libre circulación de mercancías. Y este es el problema: que aunque el tránsito de mercaderías propio de la globalización tienda a disminuir, la economía financiera sigue viva y activa. Y este es el gran peligro del siglo XXI.

El riesgo de una economía basada en la especulación es que imposible de estabilizar: tan pronto el capital mundial inversor se concentra en un país que en ese momento ofrece las mejores posibilidades para obtener beneficios, como unos meses después, ese mismo capital migra a otros horizontes en los que los beneficios son mayores. Tenemos así un capital en permanente fuga a la búsqueda del máximo rendimiento y que ni siquiera es controlado por brokers o por grandes inversores, sino por sistemas de software. Y los programadores no han considerado más criterio que la optimización de los beneficios. Hasta ahora, ningún país ha habilitado defensas contra el capital especulativo. Hacerlo, podría suponer el que bolsas inmensas de capital financiero se retiraran de las bolsas del país que osara modificar las reglas del juego y precipitarlo en la falta de fondos incluso para sobrevivir como Estado. No hay que olvidar que uno de los productos financieros seguros es la deuda pública (que en España ha llegado a los dos billones y que en EEUU está por los ¡¡30 billones de dólares!!).

Pero si los reductos del capital financiero (grupos bancarios, consorcios financieros, fondos de inversión, fondos de capital-riesgo) apuestan todavía por la globalización y parecen intocables, hay otras fuerzas que también apuntan en dirección contraria a la economía real. Distinguirnos entre “globalización” y “mundialismo”. El primero es un concepto exclusivamente económico, el segundo, por el contrario, afecta a la cultura, a los valores y a las orientaciones de la sociedad. No son lo mismo, ni tampoco están promovidos por los mismos centros de poder: su coincidencia es meramente táctica, van en la misma dirección, pero no por los mismos carriles. El mundialismo está facilitado por distintas organizaciones internacionales nacidas en 1945: fundamentalmente la UNESCO, laboratorio ideológico del “nuevo orden mundial”. La UNESCO promueve valores “universalistas”, lo que implica homogeneizar las culturas regionales en beneficio de un “mestizaje” cultural, étnico y religioso. Con frecuencia se suele confundir el carácter de la UNESCO: su tarea como defensora del patrimonio cultural e inmaterial de la humanidad es su tarea oficial, pero oficiosamente, la secta que controla el organismo tiende a extender un mensaje ideológico construido a partir del puro sincretismo y de la idea de que la humanidad ha entrado en una nueva fase de “unificación mundial” y que todas las actividades, cultura, raza, lengua, religión, sexo, deben servir a este propósito mediante la palabra más habitual utilizada en sus foros: “multiculturalidad” que ha sustituido a aquella otra que tiene connotaciones más negativas: “mestizaje”.

Así pues, la realidad obliga a constatar que:

1) Las poblaciones están reaccionando contra la globalización y el mundialismo en Europa y en el continente americano. Así pues, se está produciendo un cambio de rumbo político que es visible por la aparición de opciones populistas en Europa y por la victoria electoral de Donald Trump y de Jair Bolsonaro en EEUU y Brasil.

2) El comercio mundial remite, pero no así la economía financiera y, hasta ahora, ningún gobierno está en condiciones de poner el cascabel al gato: ¿cómo desmontar la economía financiera? ¿Cómo actuar contra las grandes acumulaciones de capital sin generar una desplome de las inversiones? ¿Cómo romper la santa alianza entre el capital financiero y los medios de comunicación que posibilita la realización de campañas en contra de gobiernos y formaciones políticas contrarias a la globalización? En una palabra: ¿cómo desactivar la economía financiera mundial?

3) Los factores geopolíticos cuentan en la ecuación: si bien Rusia comparte la idea de que la globalización es inviable y en esto existe un acuerdo tácito con las posiciones de Trump o de Bolsonaro, incluso con las de parte de los “populismos” europeos, no es menos cierto que, mantiene su alianza con China, principal beneficiario de la globalización y lo hace por razones geopolíticas. 

4) La reducción del comercio mundial globalización no puede hacer olvidar el hecho de que treinta años de deslocalizaciones han generado desertización industrial en Europa y en América del Norte (EEUU ha perdido desde 2008, 5 millones de puestos de trabajo en el sector industrial).

5) Europa, cuya clase política que emergió en 1945 está desgastada y avejentada, huérfana de nuevas ideas, cree que el futuro sigue siendo de la globalización y que ésta tiende al mejor de los mundos. De ahí que se vea incapaz de reformar la UE y de convertirla en algo muy diferente a lo que es hoy: la pieza europea de la globalización. Esta inadecuación creciente es lo que explica que, por todas partes, aparezcan “populismos”, más o menos conscientes de la necesidad de rectificar el rumbo. Pero el problema para los “populismos” una vez lleguen al poder es que les va a resultar difícil recuperar la industria perdida en los años dorados de la deslocalización, especialmente en sectores estratégicos.

6) Nunca hay que perder de vista que la China Popular actual representa una contradicción insuperable entre en un sistema de producción capitalista y el régimen de estructura comunista. A medida que la población china vaya ganando nivel de vida y se vaya formando una burguesía lo suficientemente densa como para generar cambios políticos, aumentará la inestabilidad interna: pero el conflicto es insuperable y conduce directamente al conflicto civil. Hará falta ver si el gobierno chino no opta por la táctica habitual en EEUU: “ante conflictos interiores, mejor optar por aventuras bélicas en el exterior”.

En conclusión: la situación, a diferencia de hace cinco años cuando parecía que el “nuevo orden mundial” estaba solidificado, es extraordinariamente fluida. Y mucho más en España.

(III)

La tercera etapa de nuestro rápido estudio tiene como objetivo repasar el lugar de España en el mundo post-globalizado. Si realizamos un rápido recorrido de lo ya visto podemos resumir afirmando que la globalización económica, en estos momentos está siendo sustituida por la “regionalización” (esto es, por lo que, desde los años 30, los economistas alemanes llamaron “economía de grandes espacios”). Sin embargo, la globalización conserva todavía la iniciativa en el terreno de la economía financiera y está a la ofensiva en el terreno cultural a través de su punta de lanza, la UNESCO. Sin embargo, en este terreno, el radicalismo y la irrealidad de sus propuestas, han contribuido, junto con el rechazo a la idea de inmigración masiva, multiculturalidad y mestizaje, una reacción por parte del electorado que, de momento, el stablishment no ha logrado recuperar. Así las cosas, queda examinar el papel de España y la situación de nuestro país en un mundo post-globalizado.

En el terreno en el que España está ubicado geopolíticamente, la Unión Europea, se produjo una mutación en los años 90: tras el Tratado de Maastrich, las instituciones centrales europeas ganaron peso y fueron conquistadas por políticos neoliberales que la transformaron en la “pieza europea de la globalización”. Eso implicó un creciente rechazo por parte del electorado  que se concretó en la negativa holandesa y francesa aceptar la “constitución” propuesta por la Comisión Europea. Luego vino la crisis económica de 2007, los problemas de la deuda en los países del Sur de Europa y, diez años después, el panorama político de la UE ha cambiado radicalmente (los partidos clásicos de centro-derecha y de centro-izquierda están en recesión y se asiste al nacimiento de fuerzas políticas nuevas que pueden obtener hasta el 25% de los escaños en el Parlamento de Estrasburgo esta primavera), mientras que el proceso de “construcción” europea ha quedado embarrancado.

Algo parecido ha ocurrido con la OTAN que los gobiernos norteamericanos han querido seguir manteniendo como piezas militares de su política militar contra, a pesar de que la URSS desapareciera. Los gobiernos europeos han ido ahorrando inversión en defensa, considerando que, subsidiariamente, el Pentágono llega allí donde no llegan nuestros gobiernos. El resultado ha sido doble: Europa sin defensa y Europa sin política exterior independiente de los EEUU en relación a Rusia. Esto lleva al absurdo de que reactores españoles vayan al Báltico a “vigilar” las inexistentes incursiones de cazas soviéticos o que la infantería española, legión y paracas, vayan a los países más lejanos como “tropa auxiliar” de las aventuras coloniales de EEUU.

Todo esto, unido a la debilidad y a la falta de carácter y estatura de los distintos gobiernos españoles, a ocupar un lugar periférico en la UE: España hoy, a pesar de ser, con Polonia, los dos países de tamaño medio de la UE que podrían bloquear cualquier iniciativa que fuera contra sus intereses, nuestros gobiernos nos han transformado en el “convidado de piedra” de la UE. Esto ha hecho que algunos nos planteáramos sinceramente si el lugar España en la geopolítica del futuro estuviera vinculada a la UE o a Iberoamérica. Es más, algunos hemos establecido la prioridad en política exterior: confluir con Portugal, condición sine qua non, para jugar un peso decisivo en cualquiera de las dos opciones.

Es hora de tener el valor de reconocer que los tiempos de Aljubarrota y de las rivalidades entre España y Portugal pertenecen al pasado. La organización de una “federación ibérica” en la que los antiguos reinos de Castilla, Aragón y Portugal participaran, liquidaría de un plumazo el absurdo problema autonómico, salvaría a Portugal de la situación en la que se encuentra hoy tras el Brexit al ver debilitada su tradicional alianza con el Reino Unido, y supondría una formidable plataforma de actuación tanto de cara a todo el continente americano como a Europa.

Sobre Europa: la irrupción del “populismo” en Europa es todavía confusa en esta materia. Para sus dirigentes más lúcidos, no se trata de regresar al viejo nacionalismo decimonónico, sino más bien de reconocer que la fórmula de organización en Estados-Nación ha quedado fuera de la corriente general de la historia y que se precisa algún tipo de cooperación entre países del mismo ámbito geográfico, étnico, cultural y económico. La idea que, en estos momentos, se está gestando en los cerebros más lúcidos del populismo europeo es: “Si a Europa, no a esta Europa”, o bien “Europa sí, pero no así”. Son muy pocos, cada vez menos, los que rechazan la idea de una aproximación de las políticas y de las economías europeas. Incluso en el ámbito del euro, el hecho de que su implantación haya causado perjuicios extraordinarios en las economías del sur de Europa, no es óbice para que la idea de una divisa única para todo el continente, no sea buena. El cambio de posición de Marine Le Pen en la materia a principios de 2019 confirma lo que decimos.

¿Qué puede hacer España ante la futura Europa? En primer lugar, recuperar lo que nunca debimos de haber perdido: el que las enormes extensiones agrícolas de España se vuelvan a convertir en el granero de Europa. Resulta increíble que nuestros gobiernos no hayan hecho nada para vetar los acuerdos agrícolas de la UE con Marruecos, Argelia, Sudáfrica o Israel y que tengamos que estar comiendo mercaderías procedentes de estos horizontes mientras nuestros campos de cultivo, cada vez más, se ven desiertos. España necesita una “segunda revolución agraria” que reordene el sector, especialmente todo lo relativo al cooperativismo. En segundo lugar, la UE precisa defenderse con aranceles proteccionistas de la ofensiva de manufacturas importadas. Es mucho más importante protegerse de la penetración china -porque, en cualquier momento, China se puede ver abocada a un conflicto interior o bien puede presionar a Europa con la amenaza de interrumpir importaciones e inversión- que exporta a China. En tercer lugar, Europa -y con ella España- precisa olvidarse de la economía liberal y neo-liberal y obligar al Estado a intervenir, por una parte, regulándola en beneficio de la empresa y del consumidor europeo y, por otra parte, generando iniciativas económicas a nivel europeo que permitan que los beneficios de las nuevas tecnologías se queden en Europa. Esto implica también, invertir preferencialmente en el sector tecnológico.

Para ello habrá que sacrificar otros sectores: la ayuda al tercer mundo en primer lugar, los subsidios a la inmigración que deberá retornar ordenadamente a sus países de origen y generar allí riqueza en lugar de absorber recursos en Europa y, finalmente, obligar a que sea la iniciativa privada la que financie a las ONGs existentes. Si todo el dinero que hoy se dilapida en estos sectores sin futuro, se invirtiera en renovación tecnológica podrían ponerse en marcha nuevos proyectos científicos y económicos capaces de hacer que, en apenas una década, Europa recuperase el retraso que lleva. España tiene mucho que ofrecer en este terreno, pues no en vano, disponemos de universidades capaces de formar profesionales competentes. Nuestro problema está en la enseñanza primaria que ha perdido su carácter educativo para convertirse en un simple almacén de niños díscolos. Una de las primeras exigencias que requiere nuestro país es una reforma radical de la enseñanza, con renovación completa del cuerpo profesoral, y con una orientación radicalmente diferente a la que ha tenido en los últimos 45 años. Está claro que sin una política de juventud que incluya prohibición de cualquier tipo de drogas y condenas ejemplares para quienes trafiquen con la salud pública, nada de todo esto puede ser eficiente.

La península ibérica es una especie de gigantesco portaviones situado en el Atlántico: es la plataforma para llegar al continente americano y también la puerta del Mediterráneo. Esto último es lo que determina nuestro papel en Europa: contener al “sur”, contener al Islam que se ha mostrado incompatible e irreductible a cualquier otra forma de vida que no sea la que propone. Esto determina una actitud clara: no hay lugar para el islam en Europa y, por supuesto, desde 1492 no hay lugar para el Islam en España. La orilla norte del Mediterráneo debe protegerse de la incapacidad de la orilla sur para ordenar sus países.

Así pues, primera prioridad: federación ibérica. Segunda prioridad: renegociación del tratado con la UE sobre bases nuevas y en base a la primera prioridad, con el objetivo de abandonar la periferia europea en la que estamos ahora España y Portugal y pasar al “centro”, a ser uno de los ejes directores de una Unión Europea reformada y emancipada de las redes mundiales de la globalización.

Pero esto último no puede hacerse sin atender a lo que está ocurriendo en el continente americano. A efectos geopolíticos, el problema histórico de España ha sido desde el siglo XVI que está geográficamente en Europa, pero… en un extremo de Europa. Las necesidades geopolíticas y el papel de España no puede ser el mismo que el de Rumania (fronterizo con Rusia) o el de Alemania (centro de Europa). Además, la lengua que se habla en Iberoamérica es el castellano (incluso en Brasil va progresando) y el avance de los “latinos” en los EEUU es superior al de cualquier otra comunidad étnica: hoy en un 15% de los EEUU se habla castellano de manera preferencial y esto es solo el comienzo del vuelco demo-lingüístico que está teniendo lugar y que el presidente Trump ha identificado demasiado tarde. Por tanto, la habilidad de una conducción política en España consiste en hacer pasar los intereses de Europa en Iberoamérica a través de España y viceversa. Si bien la lejanía geográfica es un impedimento para poder hablar de algo más que cooperación económica, política y cultural, si parece claro que una federación ibérica debería de orientar su política de cooperación e inversiones hacia el continente americano. Por eso precisamente es necesaria una “federación ibérica” porque a través de Castilla debería ponerse el ojo en la presencia en la UE renovada, a través de Aragón en el Mediterráneo y a través de Portugal en la proyección oceánica sobre el continente americano.

¿Qué hace falta para aproximarse a este ideal? Voluntad política que solamente puede salir de una renovación de la clase política actual y de una verdadera “revolución” que liquide la herencia nefasta de los últimos cuarenta años de corrupción y de debilidad política. Hacía solamente cuatro años, nada de todo esto podía siquiera intuirse: pero los cambios políticos que se han producido tanto en Europa como en América, permiten pensar en nuevos objetivos y, sobre todo, sentenciar la recesión de la colaboración y la crisis del modelo humanista-universalista propuesto por los mundialistas de la UNESCO y por sus antenas en la izquierda española.

No existen grandes diferencias en la izquierda: el PSOE se ha declarado siempre partidario de la globalización y del mundialismo, a diferencia de Podemos que se sitúa contra la globalización pero se muestra a favor del mundialismo. Tales son los “enemigos principales” porque la lucha decisiva es tanto contra la globalización económica como contra el mundialismo cultural en la medida en que ambos restan identidad, soberanía y personalidad a los pueblos.

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