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Juan Eslava Galán

La reciente reedición de las memorias de Miguel Gila, Y entonces nací yo: Memorias para desmemoriados (1995) y Memorias de un exilio (1998) nos sugiere cierta reflexión sobre los mitos generados por la Guerra Civil.

Miguel Gila, indiscutido príncipe de los humoristas españoles, cuenta en estas crónicas que se afilió a las Juventudes Socialistas Unificadas y se alistó en el Quinto Regimiento «para combatir al fascismo con un fusil en las manos». Combatió, según su testimonio personal, en los frentes de Sigüenza, Somosierra, Ciudad Universitaria, Guadalajara, el Ebro y Valsequillo, la última batalla. No se perdió ninguna. Caso similar de ubicuidad guerrera solo se ha visto en las novelas del olvidado Sven Hassel.

Siempre según su testimonio, Gila cayó prisionero en El Viso de los Pedroches, Córdoba, y sobrevivió a la terrible experiencia de ser fusilado: «Nos fusilaron mal. El piquete de ejecución lo componían un grupo de moros con el estómago lleno de vino, la boca llena de gritos de júbilo y carcajadas, las manos apretando el cuello de las gallinas robadas con el Ábrete Sésamo de los vencedores de batallas (…) Sobre la tierra empapada por la lluvia, quedaron nuestros cuerpos agotados de luchar día a día».

Con la prisa por cenar, los del piquete olvidaron rematar a los moribundos con el preceptivo tiro de gracia, una negligencia gracias a la cual Gila pudo fingirse muerto y salvar la vida. Poco después cayó nuevamente prisionero y padeció meses de trabajos forzados en el campo de concentración de Valsequillo donde los prisioneros morían de hambre y de agotamiento.

El dramático relato del humorista contrasta vivamente con la realidad estudiada por algunos biógrafos que se han resistido a la seducción del mito. Al parecer, Gila no fue fusilado, ni estuvo preso, ni fue represaliado. Antes bien, al término de la guerra no tuvo dificultad para publicar sus primeros trabajos en la prensa del Movimiento (diario El imperio, de Zamora), y hasta colaboró con la Organización Sindical franquista antes de publicar sus primeros «monos» en el semanario falangista Flechas y Pelayos. Con esos precedentes cuesta trabajo creer que se viera forzado a actuar para la familia de Franco (a doña Carmen le encantaba su humor) en aquellas veladas del Palacio de la Granja, conmemorativas del 18 de julio, a las que concurrían encantados tantos artistas que después han negado a Franco tres o más veces.

Peor pinta tiene lo de su exilio en Argentina, ya en 1968. No fue, como asegura, porque «no soportaba más el ambiente de la dictadura y por huir de la censura» sino más bien «por vivir tranquilo con mi mujer», entiéndase que los tribunales amenazaban con intervenirle los ya cuantiosos ingresos si no satisfacía la pensión debida a su esposa legítima y madre de su primer hijo, a la que había abandonado en Zamora («divorcio no habrá en España, pero existe el ahí te quedas»). En el ínterin había frecuentado a una segunda pareja a la que también abandonó, con un hijo reconocido y una hija por reconocer, antes de recalar en la tercera y definitiva esposa con la que contrajo matrimonio en el exilio.

Cuenta Gila en sus dudosas memorias que en la cárcel de Torrijos coincidió con el poeta Miguel Hernández. Caso muy distinto de intelectual comprometido con la República es el de este poeta del pueblo que no ha merecido el reconocimiento que se le tributa a su coetáneo García Lorca.

Hernández era asiduo visitante de las trincheras donde compartía rancho y piojos con los soldados, una actitud muy distinta de la de otros intelectuales «señoritos imitadores de guerrilleros que paseaban sus fusiles y sus pistolas de juguete por Madrid vestidos con monos azules muy planchados» en palabras de Juan Ramón Jiménez. En febrero de 1939, de regreso del frente, llega a la sede madrileña de la Alianza de Intelectuales Antifascistas y encuentra en su apogeo una fiesta de disfraces (vistosos uniformes y ropajes antiguos rescatados de las buhardillas del palacio de los marqueses de Heredia-Spínola). «¿Y esto?», pregunta. «Celebramos una fiesta en honor de la mujer antifascista», le dice jovial Rafael Alberti. Repugnado por tanta frivolidad mientras la República agoniza, Hernández comenta: «Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta». «Atrévete a repetirlo», le espeta Alberti, esposo y colega de la ofendida María Teresa León, la reina de la fiesta.

Hernández se dirige a la pizarra escolar que preside la estancia y escribe, con trazo grueso, las palabras pronunciadas. La afrentada María Teresa le propina tal bofetada que lo tira al suelo.

Ese día se interpusieron amigos comunes y la sangre no llegó al río. Mes y medio después, Alberti y María Teresa escaparon de Madrid sin reconciliarse con el cada vez más aislado Hernández. A la hora del sálvese el que pueda, con la desbandada de políticos e intelectuales, nadie se acordó de ofrecer a Miguel una plaza en los vehículos que abandonaban la ciudad. Quedó atrás para afrontar el pelotón o la cárcel. Los Alberti, Pasionaria, Negrín, Modesto, Líster, y hasta dos docenas más de relevantes líderes republicanos abandonaron España en dos aviones de transporte que despegaron con destino a Orán precisamente de Monóvar, tan cerca del pueblo natal del poeta.

Según las memorias de Alberti (casi tan embusteras y maquilladas como las de Gila) que refrendan testimonios posteriores, en aquella hora decisiva, los Alberti volvieron a encontrarse con Miguel Hernández y le ofrecieron una ayuda que el oriolano dignamente rechazó: «Yo me vuelvo a mi pueblo».

Miguel Hernández se mantuvo fiel al compromiso político que el propio Alberti le había inculcado. Cuando esposa, amigos y admiradores influyentes (Ridruejo, Cossío) lo animaban a declarase afecto al Movimiento, lo que inmediatamente merecería «un acto de generosidad del Caudillo» y su traslado a un hospital antituberculoso, el poeta del pueblo se mantuvo obstinadamente fiel a sus principios y escogió morir en la cárcel.

Muerto Franco, Alberti regresó con su melena plateada, para encarnar la conciliación nacional que hoy rechazan los revisionistas.

Fuente: ABC

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