Jorge Santa Cruz

Hoy iniciamos una columna semanal, titulada Los amos del poder, que desmenuzará la ideología y procedimientos de quienes gobiernan desde las sombras

Los amos del poder nunca figuran. No lo necesitan. Imponen ideas, sueltan instintos, desatan pasiones y gobiernan por medio de testaferros.

Ofrecen libertad a sabiendas de que sus diversos sistemas son verdaderas prisiones; prisiones disfrazadas de liberalismo, democracia, socialismo, comunismo...

Para ellos, la libertad política es eso: una simple idea. Una idea nada más. Dicen que todo ser humano pretende sacar provecho de ella; por lo tanto, nadie la merece.

Las sombras les vienen bien. Les permiten decidir a quién encumbrar y a quién darle muerte política o física. Hacen soñar a las masas con que son ellas, con sus votos, las que deciden los cambios de gobierno; nunca, por supuesto, les dicen que los procesos electorales son controlados desde lo más alto de la pirámide. (A ellos les encantan las pirámides y el esoterismo).

Eso explica que partidos que un día se creyeron todopoderosos de pronto se vean reducidos a nada. Cuando ya no les sirven, los tiran cual si fueran frutas exprimidas.

Los amos del poder se sienten predestinados a dominar. Los demás —los que son ajenos a ellos— deben obedecerles por necesidad, por «designio divino». Y cuando el sistema «democrático» deja de funcionarles, propician la revolución. De hecho, la «democracia» es la antesala de la revolución.

So pretexto de hacer justicia a la mayoría (la cual siempre diluye responsabilidades) provocan los cataclismos sociales. Derrumban las economías, recogen los despojos y se enriquecen con la especulación.

Prometen justicia, pero no la justicia, sino su justicia. Entre la justicia y su justicia hay un abismo de diferencia. Quizá debiéramos decir que el infierno es la diferencia. El precepto de dar a cada quien lo que le corresponde es cosa de la «vieja moral». Los amos del poder tienen a la justicia como la imposición de la fuerza, de su fuerza.

Imponen, en suma, la práctica de una política corrompida, contraria a la trascendencia. Es la política que sume a las sociedades en el relativismo, en la mentira (pomposamente llamada «posverdad»), en los vicios, en la depravación, en los crímenes, en los escándalos prefabricados, en las aberraciones.

Inventaron multitud de falsos derechos y, con base en ellos, están a punto —según creen— de destruir las bases de la cultura occidental. Con enorme paciencia han construido la sociedad de los excesos.

Así, equiparan al Bien con el mal y a la Verdad con la mentira. La política deja de buscar el bien ser y se dedica a fomentar el más absurdo hedonismo. Esta concepción antihumana del placer empuja a millones de seres al alcoholismo y la drogadicción. También a la sexualidad desordenada (obediente sólo a los impulsos instintivos) con sus trágicas secuelas de pornografía, trata de personas, anticoncepción, aborto y homosexualismo.

Todo lo tienen calculado, pues son profundos conocedores de la psicología humana. Saben que desequilibrando mentes y cuerpos crean confusión en los espíritus y pueden sojuzgar a pueblos enteros.

Sin exponerse a la luz (porque dicen que la vida se genera en la oscuridad) ponen y quitan a políticos mentirosos, deshonestos, sagaces e hipócritas. Los dejan en tanto les ayudan a acelerar el triunfo de la revolución mundial. Una vez cumplido su ciclo, les dan muerte política. («Entran en sueños»).

Enseñoreados de los países, dueños del poder, provocan crisis cíclicas. Provocan la acción y controlan la reacción. Inventan «líderes» y «partidos políticos». Manipulan los sentimientos de las masas (así les llaman) y provocan en ellas toda clase de sentimientos y emociones. Los poderosos de antes son defenestrados y surgen nuevos «iluminados», incluso con atractivo personal, con guapura, con «clase»

Apropiados de esta dialéctica, los amos del poder tienen otros recursos para someter a los pueblos:

·      El dinero

·      La ciencia

·      La tecnología

·      El temor

A la antigua aristocracia la sustituyeron gracias al poder que les daba el oro. Hoy, mandan con billetes y mañana lo harán con monedas virtuales. Preparan la desaparición del dinero, de tal suerte que cualquier movimiento económico y financiero de cada persona «timbrará» en los complejos sistemas cibernéticos que ellos han fabricado y que controlan.

La tecnología está lista —es más, ya lo hace de manera experimental— para rastrear cada movimiento físico de las personas, so pretexto de alertarlas de la cercanía de presuntos portadores de enfermedades graves, como el Cóvid-19.

Esta pandemia ha permitido a los amos del poder experimentar su nueva reingeniería social. Metida la gente en sus casas, vigilada por la tecnología, es verdaderamente difícil que se dé cuenta de la tiranía global a la que está sometida y más aún, que articule alguna defensa.

Los comunistas utilizaron el terror como método de control. Los ejemplos son abundantes: Lenin, Trotsky, Stalin, Mao… Hoy, el terror se llama Covid-19. Y que conste que no negamos la existencia de este virus. Simplemente decimos que es utilizado como mecanismo de sometimiento.

Los amos del poder saben y hacen muchas cosas que la mayoría de los seres humanos ignora.

(2)

Los amos del poder tienen como principio fundamental el uso de la fuerza, de la astucia y de la hipocresía. Tienen muy claro aquello que escribió el diplomático y tratadista político florentino, Nicolás Maquiavelo, en 1513:

Digamos primero que hay dos maneras de combatir: una, con las leyes; otra, con la fuerza. La primera es distintiva del hombre, la segunda, de la bestia. Pero, como a menudo la primera no basta, es forzoso recurrir a la segunda. Un príncipe debe saber comportarse como bestia y como hombre.1

Para no dejar dudas, Maquiavelo agregó:

De manera que, ya que se ve obligado a comportarse como bestia, conviene que el príncipe se transforme en zorro y en león, porque el león no sabe protegerse de las trampas ni el zorro protegerse de los lobos. Hay, pues, que ser zorro para conocer las trampas y león para espantar a los lobos. Los que sólo se sirven de las cualidades del león, demuestran poca experiencia.2

Con base en el planteamiento anterior, un príncipe —es decir, un gobernante— puede y debe ser hipócrita:

Por lo tanto, un príncipe prudente no debe observar la fe jurada cuando semejante observancia vaya en contra de sus intereses y cuando hayan desaparecido las razones que le hicieron prometer. Si los hombres fuesen todos buenos, este precepto no sería bueno; pero como son perversos, y no la observarían contigo, tampoco tú debes observarla con ellos.3

Los amos actuales del poder, los que se consideran los príncipes predestinados, tienen, pues, esas tres divisas maquiavélicas: fuerza, astucia e hipocresía.

Cuando surgen gobernantes que se les insubordinan, los quitan por medio de mentiras, intrigas o revoluciones. Y cuando surgen naciones con legítimos ideales de independencia, soberanía y unidad, las debilitan utilizando la corrupción, la mentira y la traición. Les inoculan el liberalismo democrático y las convierten en estados fallidos o en dictaduras sanguinarias. (Los rusos, los cubanos, los chinos y los venezolanos lo han vivido y lo viven en carne propia).

Al grito de «libertad, igualdad y fraternidad» han implantado decenas de gobiernos ineficientes y/o cómplices que duran lo que los amos del poder quieren. Se priva así a las naciones de su verdadera libertad.

El saqueo constante de las riquezas de las naciones —amparado por una «democracia» que provoca un continuo cambio de gobiernos ineficientes y corruptos— deja a dichas naciones a merced de los amos del poder.

Son éstos los que les prestan, les venden armas o se las restringen y les venden tecnologías o se las niegan; los que se apropian de sus aparatos productivos mediante privatizaciones o por medio de los fondos buitre, y los que les imponen políticas de control natal y homosexualismo.

Los talentos genuinos de cada patria se desgastan y desdibujan en la medida en que son puestos al mismo nivel de los impreparados y apáticos. La «igualdad» sancionada por la masonería neutraliza de esta manera a la intelectualidad nacionalista y patriota de cada país.

Utilizando la fuerza cuando les es necesario, así como la astucia y la hipocresía, los amos del poder han avanzado de manera acelerada en el sometimiento de continentes enteros. En unos países impulsan el empobrecimiento de las personas mediante la dictadura neoliberal; en otros, por medio de la dictadura comunista. Así es como aplican la «fraternidad» masónica. En todos, vale decirlo, impulsan un relativismo religioso que pretende «hermanar» a la humanidad.

Nación que se resiste, que persevera en la conservación de sus valores patrios, es arrasada más temprano que tarde. La fuerza del león acabará con ella. Para los amos del poder el león es sinónimo de guerra.

Bibliografía

1.     Nicolás Maquiavelo. El príncipe. (México: Porrúa, 1969), 30.

2.     Íbid.

3.     Íbid.

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