Álvaro Van den Brule

El arduo e infame capítulo sobre la práctica de la esclavitud, no dejó a nuestro país al margen de ese deleznable formato de comercio. Colonización y esclavitud fueron de la mano durante siglos, y muchas de las fortunas de este país se han nutrido y forjado de este vil negocio.

Pedro Blanco, fue probablemente el mayor negrero de la historia de España y acabó demenciado en sus días postreros en un manicomio donde su hija lo internó. Relató sin pudor ni ambages su reinado de horror sobre los desgraciados que cayeron en sus manos, los que el mismo tiraba por la borda por enfermar, los que apalizaba, las vejaciones a las que sometía a las mujeres entre las cuadernas de sus bergantines, y las inenarrables humillaciones cometidas sobre aquellas gentes que nunca llegaron a intuir que el infierno existía.

Su álter ego, un cándido médico idealista gestado en los años de la ilustración, el doctor Castells, era un hombre que mantenía la calma cuando todos perdían la cabeza- cabe la posibilidad de que no hubiera captado la gravedad del problema ni la entidad de la bestia con la que trataba-, pero estaba dispuesto a destripar el enigma de aquel criminal huido de los más elementales conceptos de humanidad. Listo para profundizar en los abismos del alma del negrero, tomaba nota de las “hazañas” de este amoral y demoníaco personaje que en el paroxismo de su engreimiento le llegó a relatar cómo tiró al océano a un niño porque solo hacía que llorar y le perturbaba su plácido sueño criminal.

El honesto galeno creía estar ante un ser lúcido, y un vivo representante del mal que de loco no tenía nada, pero habida cuenta del grado de inhumanidad del siniestro personaje, no había otro lugar donde albergarlo pues el respetable entendía que aquel monstruo en aquella época en que la decadencia y su metralla de patologías solapadas hacía mella en el cuerpo de aquel desgraciado, no tenía cabida ni siquiera en la cárcel, que es donde está lo más granado del mal de todo a 100, porque el otro, el de traje y corbata tiene carta blanca y está exento de estas trivialidades. En aquel oscuro pozo donde la enajenación se manifestaba de múltiples maneras, abandonado por sus amigos y familia, en aquel aislado cottolengo a las afueras de Barcelona, una de las más siniestras almas que hayan hollado este planeta, en sus días postreros, pedía una pistola para dejar sus sesos desparramados como testimonio de expiación por sus pecados. La iluminación le llegó un poco tarde.

Este malvado personaje tenía muchos registros que hacían atractivo cualquier historial de un médico curioso por saber de los entresijos del ser humano. Era una mina el supuesto “demente” que en puridad no era otra cosa que un trepa en un lucrativo negocio donde la compasión o la misericordia brillaban por su ausencia. Sin embargo, en su presunta demencia, le confesó al doctor Castells que tenía miedo de que, en el otro mundo, los afligidos cadáveres que como rastro de su miserable condición había dejado tras su terrorífico historial quisieran vengarse de él. Es obvio que debió de recibir sus buenas raciones de Voodoo aunque no se sabe si fueron efectivas. Para este sujeto sin alma, su única preocupación era la muerte de su perro, todos los demás, eran “negros”. Era evidente que su obituario sería una de las grandes y escasas noticias satisfactorias y de regocijo para las gentes sensibles y para sus víctimas, vivas o enterradas; salvo en el cementerio, lugar en el que tendría muy buena acogida.

En su atormentada mente senil, este psicópata de manual sin remordimientos por las atrocidades cometidas confiesa al galeno que todo quisque lo hacía y que él no iba a ser menos ante una oportunidad de negocio tan lucrativa. La amoralidad, la inmoralidad y la moralidad tienen fronteras difusas, lo cual, nos acerca a la teoría de la filósofa judía Hannah Arendt en torno a la banalidad del mal, libro basado en el juicio en Jerusalén al gerifalte de las SS, Adolf Eichman por crímenes de guerra.

Pero las invectivas a un solo sujeto que sirva de diana eximente de aquella enorme maraña comercial que abarcaba docenas de intermediarios e intereses cruzados, no se puede focalizar en un solo personaje , pues este, era solo la cresta del iceberg. Por todo ello, no se puede evitar un análisis en profundidad. España legislaba de una forma muy cosmética pero poco efectiva en su Reglamento de Esclavos promovido por Don Jerónimo Valdés, a la sazón Capitán General de Cuba, allá por el año 1842, una serie de consejos sobre cómo tratar al personal esclavizado, pero a la postre, todo quedaba en agua de borrajas. La cuestión, o el trasunto de la misma, está en una clave muy sencilla.

De un sistema económico fundamentado en la esclavitud, se pasó luego a una acumulación de capital y mercancías, y más tarde, a un orden que con el tiempo sería un clásico del disimulo de dicha esclavitud. El sistema capitalista, con los nuevos lacayos, el proletariado, una mano de obra mal pagada y en apariencia libre de decidir su futuro sustento y autogestión, o sea, más o menos en vez de tener un amo con Dachas y Haigas (el estado y su casta comunista), los amos eran varios, pero todos atados por un mismo cordón como la butifarra o el chorizo de Cantimpalos, tan español él.

Aquello, comenzaba a tener un aspecto evolucionario más que revolucionario (el capitalismo fue igual de cruel que el comunismo pero más elegante en las formas) ; esto obviamente era más rentable para no socavar el orden establecido. Ahora bien, la desaparición del esclavismo y el advenimiento de las dos Revoluciones industriales – y agrícolas – en Inglaterra, eran preferibles para esos capitales a la hora de reciclarse en una cara más amable si había que elegir mantener y alimentar a las ingentes comunidades de esclavos. La rentabilidad por encima de todo.

Alabar los contratos basura, la precariedad laboral, el exilio de cientos de miles de muchachos a los que se les dijo que estudiaran para ser algo y bla, bla, bla…es perpetuar aquel sistema de barbarie que era la esclavitud. Ahora, con este nuevo orden mundial, ni siquiera se puede tener prole porque no hay seguridad en el futuro. El nuevo esclavismo está disfrazado de tantos eufemismos que para entenderlo habría que hacer un cursillo de capacitación o apelar a lo de siempre; una ingesta de biodraminas en cinta transportadora.

Hay algo de épica y aventura en la vida de este execrable elemento, pero visto con distancia y con un ángulo crítico, era un personaje que de ser anglosajón o norteamericano habría caído en las fauces de Hollywood o ahora, en tiempos de corrección política, en el talego. Las atrocidades descritas explícitamente y sin tapujos, ponen los pelos de punta, pero debemos de tomar conciencia de que en esta historia llamada vida, no solo hay empujones como los que dan los tiernos infantes en los parvularios en la realidad cotidiana; porque nunca sabremos quién duerme dentro de nosotros.

La doctora Dolores García Camús, en una brillante tesis doctoral, aporta claves que descuartizan la inocencia de cualquiera que tenga ínfulas de mantenerse erguido con dignidad ante lo que vivimos. La vergüenza es como una mancha de aceite hirviendo que sin misericordia quiere abrasarlo todo, hasta la indiferencia incluida. La tesis en cuestión se titula, (Fernando Poo, una Aventura Colonial Española en el África Occidental).

En la zona de la Guinea española, hacia 1820 se había establecido el más famoso traficante de esclavos del oeste de África, el malagueño, llamado Pedro Blanco y Fernández de Trava. Era un sujeto de cintura fina a la hora de esquivar los controles británicos que habían pasado de ser los “number one” del tráfico de esclavos a ser los paladines de su defensa. Sus velocísimas naves de proa de cuchilla en el caso de ser detectadas, huían a gran velocidad de las fragatas inglesas. Ingenio no le faltaba al truhán. Su ecuación era, menos esclavos a transportar, pedido bajo demanda, rapidez en la entrega y vuelta a trabajar. Hay dudas sobre si le pasó a Jeff Bezos la exitosa fórmula de su gigantesca corporación.

En Pedro Blanco se aúnan la epopeya y el crimen organizado, la aventura propia de una vida de una intensidad fuera de toda duda junto con la desgracia de probablemente más de 60.000 desgraciados encadenados en dirección hacia el vacío de cualquier tipo de derechos o esperanzas. Este hombre o hez humana, fue un visionario al estilo de otro gran criminal – algo más tardío pero de igual pelaje-, el rey Leopoldo II de Bélgica y su genocidio en el Congo.

En Fernando Poo tuvo su caladero de capturas más activo y un peculiar e ingenioso sistema de defensa adelantada contra los barcos ingleses, que ejercían el control anti esclavitud desde la abolición de este espeluznante negocio. Blanco jugaba con ventaja, no solamente por su extraordinaria inteligencia sino, además, porque su ingenio era ilimitado. Eso de que el enemigo no tiene virtudes, no deja de ser una frase hecha.

Sus conocimientos del mar y la navegación y su experiencia como piloto de embarcaciones negreras, no tenían parangón. Llegó a montar una cadena de sistemas heliográficos y telescopios que operaban en la zona de actuación exclusiva de este espécimen. Con esta cadena de instrumentos importados directamente de Alemania, él se aseguraba unas comunicaciones de una calidad incomparable. Sus compinches le avisaban de cualquier avistamiento de embarcaciones inglesas y todo el entramado de su organización se camuflaba al instante: barcos, chozas, armamento, esclavos capturados prestos para la “exportación”, etc., desaparecían por ensalmo. Además, existía el agravante de que los barcos ingleses no eran capaces – por la profundidad de la obra viva - de sus naves a internarse en los manglares del delta de Río Gallinas -que era donde este pedazo de carne tenía sus “oficinas”-, so pena de embarrancar y por ende, caer en imprevistas emboscadas.

Fomentó las luchas entre las tribus costeras y las del interior de la isla de Fernando Poo, dotándolos de armas cortas y fusilería. Los que estaban armados hacían un buen negocio y le nutrían constantemente de aquellos desgraciados que capturaban en razzias nocturnas a o, al alba. Sus factorías del horror y de la muerte abarcaban cerca de un millar de kilómetros de la costa occidental africana llegando incluso hasta Sierra Leona y desafiando a la todopoderosa flota inglesa mediante el soborno de los funcionarios locales.

El Mongo de Gallinas

Como la zona de Rio Gallinas tenía un atractivo especial para los negreros, las tribus que echaban el guante a otros negritos que pasaban por allá, extendieron su área de actuación penetrando profundamente en el interior de la selva para así poder cazar mejor a los incautos que no habían visto jamás armas de fuego ni colegas del mismo color con una agresividad tan dislocada. Ya era tarde para cuando se daban cuenta del porqué.

A aquel panal de rica miel, acudieron pocos años más tarde en santa procesión otros “emprendedores” españoles tales como Gómez Suarez y José Ramón Vicuña, convirtiéndose el área en zona franca, y los negreros haciendo de toreros con los ingleses que no podían desembarcar tropas pues no eran capaces de enfrentarse a aquella legión de desalmados armados hasta los dientes.

Los Fernández de Trava, con el tiempo se convertirían en honorables comerciantes con patrimonio en La Habana, Santiago, Londres, Liverpool, Cádiz, Madrid, Barcelona, Marsella, Santander y Bilbao. Vamos, una multinacional como Dios manda. Sus más de veinte bergantines y goletas de reducida manga y un gran y sólido velamen de lona reforzada, eran la envidia de las flotas militares de la época.

Pero la gravedad es una ley inexorable y todo lo que sube, cae. España firmó el Tratado antiesclavista hacia 1835. Los abolicionistas norteamericanos ahora reciclados en angelitos celestiales, tenían en Monrovia una delegación apoyada por una nutrida guarnición militar, y esa estructura tan bien engrasada les permitía presionar a Blanco amenazándole con pasar a mayores.

Finalmente ocurrió lo que tenía que ocurrir. Los ingleses cansados de tanto toreo y banderillas pasaron a la acción con cerca de 3.000 hombres entre embarcados e infantería. Las factorías de Río Gallinas comenzaron a arder como teas y al ver volatilizado su negocio, Blanco puso sus barbas a remojar. Se trasladó a Cuba, legalizó sus trampas y convirtió todo el entramado en un lucrativo negocio honorable legal e internacional acuñando el export- import con un cinismo a prueba de bombas a través del blanqueo de ingentes cantidades de dinero, calculándose en su momento como la novena fortuna de España. Ahí es nada…

España, una caja de sorpresas.

Fuente: El Confidencial

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