Keith Preston

Uno de los pensadores y escritores más interesantes, mordaces y posiblemente amenazantes es aquel que no solo desafía las categorizaciones convencionales del pensamiento, sino que, además, ofrece una crítica profundamente penetrante de aquellas ilusiones elevadas por muchos a la santidad. Ernst Jünger (1895-1998), cuya prominencia literaria apareció en la Alemania de la República de Weimer a través de sus experiencias en el frente durante la Primera Guerra mundial, es justamente ese tipo de escritor. Tanto la naturaleza controvertida de sus escritos como su vigencia hasta la actualidad se demuestran hasta la fecha ya que Jünger sigue siendo uno de las figuras más importantes, y también odiadas, del panorama literario y cultura de la Alemania del siglo XX. Tan reciente como en 1993, cuando Jünger contaba con alrededor de 98 años de edad, se suscitó una polémica en el “New York Review of Books” entre un admirador de su obra y un detractor (1). Para su cumpleaños número 100 en 1995, Jünger se convirte en el protagonista de un musical cómico y mordaz producido en Berlín. Y a pesar de todo ello, Jünger recibe la mayoría de prestigiosos premios literarios de Alemania, como el Premio Goethe o el Premio Memorial Schiller. Jünger, convertido al catolicismo a la edad de 101, es encomendado por el papa Juan Pablo II y, además, huésped de honor del presidente francés Francois Mitterand y del canciller alemán Helmut Kohl durante la ceremonia de reconciliación franco-alemana en Verún en 1984. Jünger fue exitoso durante cada etapa de su extraordinaria vida, pero es su trabajo durante el periodo Weimer el que no sólo le asegura su presencia en la historia cultural y política de Alemania, sino que, además, es la guía a través de la cual la mayor parte de su trabajo posterior sería evaluado, así como su reputación, la cual todavía se debate hasta el día de hoy (2).

Ernst Jünger nace el 29 de marzo de 1895 en Heidelberg, pero crece en Hannover. Su padre, de nombre Ernst también, era químico académico de profesión cuya fortuna lograría a través del negocio de producción farmacéutica, tan exitoso que se jubilaría al contar con alrededor de 40 años. Aunque nominalmente de confesión protestante evangélica (luterana), el padre de Jünger no tenía creencia alguna, así como tampoco su madre, Karoline, mujer de clase media educada interesada en la rica tradición literaria alemana y en la emancipación de la mujer. Los padres de Jünger son liberales, pero no radicales, muy al estilo de la naciente clase media burguesa de Alemania en el periodo de la pre-guerra. En este afluente y seguro círculo se cría Ernst Jünger, tanto que, en trabajos posteriores, el autor demostraría una especie de rebelión contra el confort y la seguridad que experimenta durante su infancia y juventud. De niño es un ávido lector de aventureros y soldados, pero que sin embargo no se ajusta bien al disciplinado y rígido sistema prusiano de educación. Sus profesores se quejan constantemente de su falta de concentración. En su adolescencia, Jünger ingresa en los “Wandervogel”, el equivalente alemán de los Boy Scouts (3).

Es durante su estancia en un internado cerca de la residencia de sus padres, en 1913, a la edad de diecisiete años, que Jünger descubre ser propenso a la vida de “aventuras”. A sólo seis meses de terminar la escuela, Jünger abandona sus estudios sin informar a su familia de sus propósitos. Con el dinero destinado a pagar su educación, Jünger adquiere un arma de fuego y un pasaje a Verún, donde se enlista en la Legión Extranjera Francesa, unidad de élite de las fuerzas armadas de Francia que aceptaba cualquier nacionalidad y tenía reputación de atraer a fugitivos, criminales y mercenarios de carrera. Jünger no tiene intención de quedarse en la legión, únicamente busca llegar a África, a donde eventualmente lo envían. Allí deserta sin éxito, pues es capturado poco después y sentenciado a prisión. Su padre consigue un buen abogado para liberar al rebelde Jünger. Así, el escritor tiene que volver a sus estudios y graduarse tardíamente, lo que no impide que poco tiempo después Jünger se enliste otra vez (4).

Soldado y cronista

Ernst Jünger ingresa inmediatamente al servicio militar cuando se entera que Alemania está en guerra en el invierno de 1914. Después de dos meses de entrenamiento, Jünger es asignado a una unidad de reserva estacionada en la Champaña. Tiene miedo de que la guerra termine sin que él pueda experimentarla, actitud bastante común entre los reclutas y conscriptos que combaten en la guerra por sus respectivas patrias. Pero, ¿por qué tantos jóvenes desearían encontrar a la muerte con tanto entusiasmo? Quizás no entienden los horrores que les esperan, pero en el caso de Jünger, su revuelta contra las seguridades y el lujo de su hogar ya se han demostrado en su aventura con la Legión Extranjera Francesa. Jünger es seleccionado para ser oficial pues posee la educación necesaria, algo que otros soldados de orígenes más proletarios o humildes no tienen, y así por primera vez toma parte en los entrenamientos militares. Desde el inicio, Jünger lleva consigo cuadernillos de bolsillo donde escribe sus observaciones en las trincheras. Sus escritos del frente exhiben un especial tono de desapego, como si él fuera solamente un observador al tiempo que contempla el combate. A mediados de 1915, Jünger experimenta su primera herida de guerra causada por una bala en el muslo que solo necesitaría dos semanas de recuperación, tras lo cual el futuro escritor es ascendido a teniente (5).

Con 21 años, Jünger ya es el jefe de un grupo de reconocimiento en el Somme cuyo propósito consiste en localizar minas británicas durante la noche. Desde entonces, Jünger es reconocido por ser un soldado valiente que desconoce las preocupaciones comunes de la mayoría de los combatientes. La introducción de equipo de acero como tanques del lado británico o cascos en el lado alemán causan una gran impresión en Jünger. Herido tres veces en el Somme, obtiene la Cruz de Hierro de Primera Clase, tras lo cual vuelve a los frentes de batalla. Combatiente temerario, Jünger consigue contener una columna británica mucho más numerosa con solamente veinte hombres. Transferido a luchar contra los franceses en los Países Bajos, pierde diez de sus catorce hombres y recibe una herida en la mano izquierda producto de los morteros franceses. Después de ser criticado por sus superiores por la cantidad de hombres perdidos, Jünger empieza a sentir desprecio hacia la jerarquía militar, pues a ésta achaca el haber conseguido su promoción militar a pesar de su aparente inexperiencia militar personal. A finales de 1917, tras experimentar casi tres años de combates, Jünger sufre una quinta herida durante un ataque sorpresa de los británicos. El roce de una bala en la cabeza le deja dos agujeros en el casco, pero su desempeño durante el combate le hace obtener la Cruz de Caballero de los Hohenzollern. En marzo de 1918 Jünger participa en otra reñida batalla contra los británicos, perdiendo en el proceso a 87 de sus 150 hombres (6).

Nada impresiona más a Jünger que el coraje personal y la resistencia de sus soldados, a tal punto que alguna vez “se arrodilla emocionado” al ver a un joven recluta que días antes no había podido llevar una sola caja de municiones por sí solo, hacerlo con dos cajas de misiles después de sobrevivir un bombardeo británico. Un tema recurrente en los escritos de Jünger sobre sus experiencias de guerra es la manera en como ésta saca el lado más salvaje de los impulsos humanos, esencialmente aquella licencia total que obtienen para comportarse de formas que en tiempos de paz se considerarían criminales. Jünger describe por ejemplo los incendios provocados en aldeas como parte de la retirada o de cambio de posición. Sin embargo, también nuestro autor es capaz de demostrar actitudes misericordiosas durante sus esfuerzos de batalla, como perdonar a un soldado británico acorralado cuando este le enseña una fotografía de su familia. Una vez más es herido en batalla en agosto de 1918. Con un disparo directo en el pecho, el cual le atraviesa el pulmón, es una herida muy delicada y, sin embargo, Jünger consigue matar al oficial responsable. Dos soldados le retiran en una camilla, uno de los cuales cae muerto de un disparo. Otro camarada intenta ocupar su puesto para morir también y Jünger cae al suelo. Finalmente, un médico le recupera y le saca del campo de batalla. Este último episodio termina con sus experiencias bélicas durante la Gran Guerra (7).

En la tormenta de acero

Las memorias de Jünger sobre la guerra le sirvieron bastante bien, pues se volverían la base de su primer y más famoso libro, Tormenta de acero, publicado en 1920. El propio Jünger bautiza así el libro, inspirándose en una vieja saga islandesa. La publicación del libro surge por sugerencia de su propio padre, quien le ayuda en dicha empresa, puesto que Jünger no encuentra interés en la Alemania pacifista anti-bélica de posguerra. Tormenta de Acero difiere considerablemente de otras obras de autores bélicos de la Gran Guerra como Sin Novedad en el Frente de Erich Maria Remarque o Tres soldados de John Dos Passos. El libro de Jünger se distancia del desengaño de la guerra que experimentan sus protagonistas, un sentimiento muy recurrente en dicha temática, y en cambio pinta al combate como una especie de aventura en la cual el soldado se enfrenta a los desafíos más altos, a una batalla a muerte con su enemigo. Aunque Jünger se consideraba un patriota y bajo la influencia de Maurice Barres (8) evolucionaría hacia un nacionalismo alemán, su descripción del combate militar de manera idílica donde la voluntad humana se pone a prueba de manera suprema se alza sobre los sentimientos nacionalistas ordinarios. El ideal guerrero de Jünger no se reducía a la lucha patriótica surgida de la lealtad a la patria ni al estereotipo de soldado decidido a cuyo sentido de honor y obediencia lo obligan a seguir las ordenes de sus superiores en largas marchas hacia la muerte, ni es tampoco el prototipo de guerrero de Jünger un idealista que lucha por alguna causa superior como los ideales políticos o la devoción religiosa. Es la guerra como tal el ideal de Jünger, influenciado por aquel lema de Nietzsche “una guerra verdadera justifica cualquier causa”. Aquella y no otra nos da la descripción clarísima de la vida (y muerte) del soldado combatiente de Jünger (9).

Este aspecto de la perspectiva de Jünger aparece claramente en el final que le da a la primera edición de Tormenta de Acero. La segunda edición publicada en 1926 ya contiene como epílogo aquel lema nacionalista “Alemania vive y no será derrotada” ejemplificando ese sentimiento que ya no aparece en la tercera edición de 1934 en los albores del nacionalsocialismo. En esta última edición, Jünger ya no exclama sus sentimientos patrióticos, solamente describe cómo termina en el hospital tras ser herido por primera vez y de cómo se entera que ha recibido otra distinción por su valor durante la batalla, pero sin mención alguna de la posterior derrota alemana. Dejando de lado el nacionalismo como tal del libro, Tormenta de Acero habla de Jünger, no de Alemania. Su descripción de la guerra demuestra simultáneamente un nivel extraordinario de desapego de alguien que ha visto de cerca a la muerte por cuatro años y de un testimonio altamente personalizado de la guerra donde la batalla ocupa un lugar de primer orden como instrumento de reafirmar la “voluntad de poderío” personal y donde los ideales típicos patrióticos ocupan un segundo lugar.

De hecho, Jünger llega a decir que existen ganadores y perdedores en ambos lados de la guerra. Los verdaderos ganadores no son aquellos que lucharon en un ejército en particular o por un país específico, sino que superaron el desafío de la guerra y consiguieron lo que nuestro autor nombra como un estado de iluminación. Jünger cree que la guerra ha revelado ciertas verdades fundamentales sobre la condición humana, empezando por la ilusoria paz del orden burgués, del progreso o de la prosperidad, los cuales yacían demolidos completamente. Esta perspectiva no era en modo alguno ajena a la época, pero es una revelación que Jünger presenta cuando otros encuentran a la guerra como algo demasiado devastador. Bertrand Russel, exponente clave del iluminismo liberal y que viviera casi tanto como Jünger y que observó los mismos eventos desde una perspectiva radicalmente opuesta, diría alguna vez que ningún nacido antes de 1914 llegó a saber lo que era la felicidad (10). Otra observación innovadora de Jünger tiene que ver con la tecnología y su rol en transformar la naturaleza de la guerra no solo a nivel mecánico, sino existencial. Antiguamente, el hombre controlaba a las armas a lo largo de la guerra. En cambio, ahora, la maquinaria de guerra, existente gracias a la tecnología moderna y a la civilización industrial, controla en esencia al hombre. Las maquinas hacen la guerra, el hombre solo se limita a resistir aquella dominación externa. Finalmente, la supremacía de la fuerza y de la naturaleza ruda de la existencia humana se demuestra una vez más. Nietzsche tenía razón: la naturaleza trágica darwiniana de la condición humana se revela otra vez como una ley irrevocable.

Tormenta de Acero es solamente uno de varios trabajos importantes que Jünger basa en sus experiencias como oficial de la guerra y que serían publicados en los años 20. El bosquecillo 125 (N.d.T.: No hemos encontrado en la red una traducción fidedigna de Das Wäldchen, título original del autor, por lo que hemos optado por su traducción literal) describe la batalla de dos grupos de combatientes y donde Jünger sigue la temática de exploración filosófica de su primer trabajo. El tipo de tecnología surgido de la Gran Guerra se caracteriza por reducir a los hombres a una especie de entes autómatas dirigidos por aviones, tanques y ametralladoras, y nuevamente el nacionalismo patriotero se reduce a un mero factor estimulante del espíritu combativo del soldado. Otro de los trabajos de Jünger de aquella época, La guerra como experiencia interior, explora la psicología detrás de los conflictos bélicos, y donde Jünger sugiere que la civilización como tal no es más que una máscara de la naturaleza “primordial” de la humanidad que aparece en la batalla. La guerra tiene el efecto de elevar a la humanidad a un nivel superior, donde el guerrero se transforma en una especie de animal divino con sus cualidades super-humanas, pero sediento de sangre. La perpetua amenaza de la muerte es una droga y sólo se vive realmente cuando se está al borde de la muerte. Jünger describe la guerra como la lucha de la causa que supera a los ideales y perspectivas políticas o culturales de los combatientes. Aquel motor superador se llama coraje y el combatiente está atado por el honor a respectar el coraje de incluso su peor enemigo. En los lineamientos de Nietzsche, Jünger afirma que la guerra produce una “nueva raza” que ha reemplazado a las piedades antiguas, aquellas que vienen de la religión, y donde se reconoce la supremacía de la “voluntad de poder” (11).

El Conservador Revolucionario

Los escritos de Jünger sobre la guerra le dieron al autor una especie de categoría de celebridad durante el periodo de Weimar. La guerra como experiencia interior sostiene la prerrogativa profética que los hombres jóvenes que han experimentado la mayor de las guerras jamás vistas hasta aquella época jamás podrían reinsertarse en la vieja sociedad burguesa de la que vienen. Para aquellos combatientes la guerra había sido una experiencia espiritual, donde tras haber soportado condiciones indescriptibles y vivir la humillante derrota de Alemania, los predisponía como veteranos a oponerse a la republica liberal, racionalista y antimilitarista que surgiría en 1918 al terminar la guerra. Jünger de hecho se encuentra en la residencia de sus padres cuando tuvo lugar el golpe de Estado orquestado por los soviets de obreros y soldados que acabaría siendo suprimido por los llamados “Freikorps”. Sus experiencias con drogas psicoadictivas como la cocaína o el opio empiezan en esta época y durarían a lo largo de su vida. Tras recuperarse, Jünger regresa al servicio militar en el ya reducido ejército alemán. Aquellos trabajos iniciales de nuestro autor se publican en esta época, durante la cual también publica artículos más técnicos y especializados sobre tecnología militar y combate en diarios castrenses. Curiosamente Jünger atribuye la derrota de Alemania al pésimo liderazgo, tanto civil como militar, y rechaza la leyenda de la puñalada por la espalda, tan promovida por los veteranos.

Deja el ejército en 1923 y sigue escribiendo, primero con la historia de un soldado en su novela Tormenta y comienza a estudiar la filosofía de Oswald Spengler. Su primer trabajo como filosofo nacionalista aparece en el periódico nazi El Observador Popular, en septiembre de 1923.

En su crítica a la fallida revolución marxista de 1918, Jünger afirma que el golpe de Estado falla por la falta de ideas nuevas, ya que se transforma en una simple recapitulación de la perspectiva igualitaria de la revolución francesa. La izquierda revolucionaria apela solamente a las necesidades materiales del pueblo alemán. Para Jünger, una verdadera revolución debería ir más allá y apelar al espíritu o instinto “populares”. Los años posteriores hacen que Jünger estudie ciencias naturales en la Universidad de Leipzig y en 1925, con 30 años, se casa con la joven Gretha Von Jeinsen, de 19 años. En esta época también ejerce a tiempo completo el oficio de escritor político. Hostil a la democracia de Weimar y a la sociedad burguesa de aquella época, el ideal emergente de Jünger se basa en la casta guerrera elitista que yace sobre las tímidas políticas seculares y la obsesión materialista de las clases medias. Jünger toma contacto con los Stahlhelm¸ grupo veterano de derecha para el cual escribe en su periódico Die Standardite. Se asocia con los miembros más jóvenes y militantes de la organización que favorecen una revolución nacionalista comprometida y rechazan el sistema parlamentario. La columna semanal de Jünger en Die Stardardite disemina su ideología nacionalista a lectores menos educados, y sus posturas llegan en este punto a ser una mezcla de Spengler, del darwinismo social, la filosofía tradicionalista de la derecha francesa de Maurice Barrés, así como la oposición al internacionalismo de la izquierda que ya habían sido desacreditados en los eventos de 1914, y a favor del irracionalismo y del antiparlamentarismo. Jünger toma una postura favorable de la clase trabajadora y alaba los esfuerzos nazis de ganarse las simpatías proletarias a la vez que afirma la necesidad de una visión nacionalista que no estuviera supeditada a una forma específica de gobierno. Para Jünger, una monarquía liberal es incluso inferior a una república nacionalista (12).

Un ensayo escrito para Die Standardite de nombre “La máquina” relata la opinión de Jünger sobre el carácter principal de la lucha el cual no debe dividirse entre clases sociales o partidos políticos sino entre el hombre y la máquina. Dado que nuestro autor no es anti-tecnológico en un sentido ludita, sino que atribuye al aparato tecnológico de la modernidad un estatus superior a la humanidad el cual debe ser revertido. Preocupado por la eficiencia mecanizada de la vida moderna y su efecto corrosivo del espíritu humano, Jünger estima anticuada la glorificación del campesinado que hacían los nazis. Siempre con espíritu realista, considera que el mundo rural está en un estado de declive irreversible y que, como respuesta, debe existir un “nacionalismo metropolitano” centrado en las clases obreras urbanas. El nacionalismo es el antídoto contra el anti-particularismo materialista del marxismo, el cual, según Jünger, es un reflejo de los liberales al tratar estos de reducir al individuo a un componente de la sociedad de masas mecanizada. La retórica humanitaria de la izquierda queda descartada como pura hipocresía de aquellos sedientos de poder con aparente benevolencia. Jünger entonces pone sus esperanzas en una revolución de aquellos veteranos jóvenes venidos de la clase obrera urbana.

En 1926, nuestro autor es editor de la revista Arminius, publicación en la cual aparecen también escritos de personajes de la plana mayor del nacionalsocialismo como Alfred Rosenberg y Joseph Goeebels. 1927 es el año en el cual escribe su último artículo para dicha revista, llamando a dar una nueva definición de los “obreros”, la cual debe despojarse de la ideología marxista y más bien asumir el concepto de la contrapartida civil del soldado que lucha por un ideal nacionalista. Jünger y Hitler intercambian copias de sus escritos y su esperado encuentro se cancela debido a cambios en el itinerario del Führer. Jünger respeta las habilidades retóricas de Hitler, pero desconfía de su capacidad como líder. También encuentra en el veterano las fallas de la idelogía nazi, llamándola “egoísta” y calificando a los muchos jefes del partido nacionalsocialista como mediocres. Le desagrada la vulgaridad, el oportunismo grosero y los aspectos hiperteatralizados de los mítines nazis. Siempre elitista, Jünger considera degradante la alcahuetería nazi. Cada vez más escéptico con el nazismo, Jünger empieza a escribir para un selecto círculo de lectores más allá de la militancia nacionalista de derecha. Sus trabajos aparecen en el periódico liberal judío Das Tagebuch de Leopold Schwarzchild y en el semanario “nacionalbolchevique” Wiederstand de Ernst Niekisch.

Jünger comienza a rodearse de una élite de intelectuales excéntricos y bohemios con quienes se reúne las tardes de cada viernes, y en el cual se incluyen los personajes más interesantes del periodo de Weimar, entre los cuales destacan el veterano de los Freikorps Ernst von Salomon, Otto Strasser, el cual junto a su hermano Gregor lideraban una de las facciones izquierdistas contrarias a Hitler en el movimiento Nazi, el nazbol Niekisch, el anarquista judío Erich Muhsam que había figurado prominentemente en las fases iniciales de la fallida revolución marxista de 1918, el escritor estadounidense Thomas Wolfe y el expresionista Arnolt Bronnen. Varios en este grupo apoyaban una especie de socialismo revolucionario basado en el nacionalismo y no en las clases sociales a la vez que descalificaban los intentos nazis de apelar a la clase media. Joseph Goebbels también asiste a las reuniones del círculo en un intento de acercar al grupo a la causa nacionalsocialista, específicamente a Jünger por la admiración que sentía hacia sus experiencias de guerra. Estos esfuerzos del maestro propagandístico nazi serán infructuosos ya que Jünger considera a Goebbels un ideólogo superficial sin mayor profundidad, aun en las conversaciones privadas (13).

El rompimiento final entre Ernst Jünger y el NSDAP tiene lugar en septiembre de 1929 cuando nuestro autor publica un artículo en el Tagebuch ridiculizando y atacando a los nazis, llamándolos vendidos por haberse vuelto un movimiento parlamentario. También descarta el racismo y el antisemitismo nazis por ser ridículos ya que, según Jünger, para los nazis un nacionalista sería alguien que “desayuna tres judíos”. Condena a los nazis por apelar a la clase media liberal y a los reaccionarios conservadores tradicionales “con larga palabrería contra el declive de la moral, contra el aborto, las huelgas, los toques de queda y la reducción de la policía y del ejército”. Goebbels responde con un ataque contra Jünger, acusándolo de ambiciones personales literarias y de buscar protagonismo “kosher” embistiendo al movimiento nacionalsocialista, para finalmente declarar que ellos, los nacionalsocialistas “no debaten con renegados que nos insultan utilizando la traicionera prensa judía” (14).

Jünger y el problema judío

Jünger siempre tuvo opiniones encontradas sobre los judíos alemanes. Consideraba al antisemitismo hitleriano como crudo y reaccionario, y, sin embargo, su propia visión de nacionalismo requería un nivel de homogeneidad que difícilmente iba con el estatus subnacional de la judería alemana. Jünger dice que los judíos deben asimilarse a Alemania y jurar su lealtad de una vez por todas. Expresa su admiración por el judaísmo ortodoxo e indiferencia hacia el sionismo y mantiene amistad personal con judíos hasta el punto de escribir en un medio de comunicación de uno de ellos. En esta época, el editor judío Schwarzchild publica un artículo donde examina la visión de Jünger sobre los judíos alemanes, donde reafirma que Jünger no tiene nada que ver con sus rivales nazis, pues su nacionalismo se basa en un ethos aristocrático guerrero mientras que Hitler pertenece al inframundo del crimen. Los nazis son “escoria callejera”. Sin embargo, Schwarzchild también destaca la versión nacionalista de Jünger como un simple rechazo de la sociedad burguesa que carece de una perspectiva política real y económica (15).

El trabajador

El trabajador: maestría y forma, junto a Tormenta de Acero, es el trabajo más influyente de Jünger en la época de Wiemar. Jünger se aleja de este trabajo publicado en 1932, el cual no será reimpreso sino hasta los años 50 a petición de Martin Heidegger. En El Trabajador, Jünger perfila su visión de un futuro Estado tecnocrático de obreros y soldados bajo el mando de una élite guerrera. Los primeros no son simples componentes de una maquinaria industrial comunista o capitalista sino una especie de soldados-ciudadanos y guerreros económicos. Mientras el soldado glorifica sus logros en batalla, el obrero glorifica sus logros a través del trabajo. Jünger predice que los continuos avances tecnológicos desplazarán a la dicotomía del obrero/capitalismo, mientras incorpora la filosofía política de Carl Schmitt a su visión de mundo. Este último ve las relaciones internacionales como una batalla “hobbesiana” entre poderes rivales, y Jünger cree que cada Estado adoptará eventualmente un sistema no tan diferente al que describe en El Trabajador, donde se mantendrá el orden tecnocrático entre obreros y soldados como representantes de cada nación. Las relaciones internacionales tendrán entonces un papel crucial cuando se ponga a prueba el poder de las diferentes naciones.

Jünger posee una cierta presciencia donde la tendencia general de la política se dirige hacia el tipo de Estado tecnocrático descrito por nuestro autor. Los varios ejemplos de nacionalsocialismo alemán, fascismo italiano o comunismo soviético, así como el Estado de bienestar de Europa occidental y de los Estados Unidos del New Deal son reflejo de ello. Y con la Segunda Guerra Mundial por estallar, la predicción de Jünger de una lucha global “hobbesiana” entre los colectivos nacionales que ya poseen la sofisticación tecnológica necesaria, es por mucho profética. Jünger ataca una vez más a la burguesía como anacrónica y a sus valores de lujo material y seguridad como poco adecuados para el violento mundo del futuro (16).

La época nacionalsocialista

En el momento en que Hitler toma el poder en 1933, los escritos bélicos de Jünger ya son leídos en escuelas y universidades como ejemplo de literatura de guerra y nuestro autor tiene considerable éxito en el contexto de la cultura alemana. Citas de sus trabajos aparecen frecuentemente en publicaciones castrenses a la par que los nazis tratan de captar su fama nombrándolo parte de la nazificada Academia Alemana de Poesía, pero Jünger no coopera y rechaza el nombramiento. Cuando el periódico del partido publica algunos de sus trabajos en 1934, Jünger escribe para quejarse. El gobierno nazi entonces empieza a sospechar de Jünger, a pesar de haber intentado copar la fama y reputación del autor. Sus vínculos pasados con el nacionalbolchevique Ersnt Niekisch, el anarquista judío Eirch Muhsam y el nazi anti-hitleriano Otto Strasser, todos ellos eventualmente asesinados o exiliados durante el Tercer Reich, lleva a los nazis a considerar a Jünger como un elemento potencial subversivo. En varias ocasiones la Gestapo visita a Jünger buscando a sus viejos amigos. Pero Jünger está en una posición económica buena y puede viajar a Noruega, Brasil, Grecia o Marruecos para publicar sus trabajos (17).

La novela más importante de Jünger de la época nazi, Sobre los acantilados de mármol, es un ataque alegórico al régimen hitleriano. Escrito en 1939, el mismo año en que Jünger se alista de nuevo en el ejército alemán, describe a un misterioso villano que amenaza la comunidad, un siniestro señor de la guerra llamado “el guardabosque”. Dicho personaje no aparece explícitamente en la novela, pero mantiene su presencia en la misma (muy al estilo del “Gran Hermano” en 1984 de George Orwell) mientras que otro personaje en la novela, “Braquemart”, posee características físicas muy similares a Goebbels. Se venden alrededor de catorce mil copias del libro en las primeras dos semanas mientras críticos suizos reconocen inmediatamente las referencias alegóricas al Estado nazi en la novela. El órgano del partido nacionalsocialista El Observador Popular, advierte que Jünger coquetea con una bala en la frente a la par que Goebbels pide a Hitler que prohíba el libro, pero el Fûhrer se niega pues no desea hacer daño al veterano escritor (18).

Jünger es enviado a Francia durante la mayor parte de la Segunda Guerra Mundial y mantiene, como es normal en él, un recuento de sus experiencias. Nuevamente teme no ver la batalla antes del término de la guerra, y si bien de hecho no la tiene, vuelve a ser condecorado con la Cruz de Hierro por recuperar el cuerpo de un soldado durante un furioso combate. Jünger publica algunas de sus experiencias en esta época, pero el gobierno alemán sospecha y lo considera simpatizante de la Francia ocupada. Los deberes de Jünger consisten en censurar el correo civil proveniente de Alemania con destino a Francia, pero el veterano opta por no ejercerla duramente y se deshace de documentos incriminadores en vez de reportarlos para su investigación. Seguramente con este acto, Jünger salva vidas. Se encuentra también con la élite cultural y literaria francesa, entre la de Louis Ferdinand Celine, furibundo actor antisemita y partidario de Vichy que considera las medidas de Hitler contra los judíos como muy suaves. Los rumores de genocidio aparecen también en esta época y Jünger escribe en su diario que el espíritu mecanicista que ya había descrito en el pasado había generado un tipo de depravación aún peor. El ver a tres muchachas judías llevando la estrella de David amarilla le provoca vergüenza de verse como parte del ejército alemán. En julio de 1942 Jünger observa el arresto en masa de judíos franceses al inicio de la implementación de la “solución final” y describe:

“Separaron a los padres de sus hijos, así se escuchaba un tumulto en las calles, y no podré jamás olvidar que estaba rodeado de aquellos desafurtunados, cuyo sufrimiento me llegaba a las profundidades de mi alma, ¿qué clase de persona, de oficial soy? El uniforme me obliga a protegerme a donde vaya, y tenía la impresión de que debía ser, como Don Quijote, y proteger a millones” (19).

Sus memorias del 16 de octubre de 1943 sugieren que un oficial desconocido había informado a Jünger del uso de gas venenoso y de crematorios para asesinar a los judíos en masa. Los rumores de un eventual complot contra Hitler circulaban entre los oficiales amigos de Jünger, y su propio hijo, Ernst, es arrestado después de que un informante lo acusa de ser crítico de Hitler, luego pasa en la cárcel tres meses y luego es enviado a un batallón penal donde muere en acción en Italia. El 20 de julio de 1944 tiene lugar el fallido intento de asesinato contra Hitler, acción sobre la cual hasta el día de hoy se discute el rol de Jünger en la misma. Entre los arrestados por el complot contra el Führer están varios conocidos y militares allegados a Jünger, quien es expulsado del ejercito poco después (20).

Después de la Segunda Guerra Mundial, Jünger es considerado sospechoso por las autoridades aliadas de ocupación debido a su pasado nacionalista y militarista. Rechaza cooperar con los programas de denazificación de los aliados y se le impide publicar por cuatro años. Jünger vivirá hasta el final del siglo, no sin antes producir varias obras más. Traba amistad con Albert Hoffman, inventor del LSD (que también Jünger probaría), y en 1977 publica Eumeswil, donde se inicia en una nueva visión del mundo a su alrededor hacia una nueva y más clara articulación conceptual sobre el “anarca”. Dicha idea, muy influenciada por el filósofo del siglo XIX Max Stirner, defiende la solidaridad individual de aquellos que permanecen leales hacia sí mismos a pesar de cualquier circunstancia que les pueda rodear. Algunas citas de su trabajo ilustran la filosofía y visión del ahora envejecido Jünger:

“Para el anarca, el estar libre de ser gobernado por algo o alguien, no quiere decir que rechace servir de forma alguna. En general, sirve igual que el resto, y en ocasiones, mejor, si se siente bien en su entorno. Solo rechaza dar su juramento, su sacrificio, su devoción última… Sirvo en la Casbah, mientras muero por el cóndor. Sería un accidente, quizás un gesto amable, pero nada más”.

“La manía igualitaria de los demagogos es más peligrosa que la brutalidad de los uniformados. El anarca rechaza ambos partidos, pues es una cuestión teórica. Cualquier persona que haya sido oprimida puede volverse a levantar si es que dicha opresión no la ha matado. Un hombre igualado está física y moralmente arruinado. Cualquiera que sea diferente no es igual, es una de las razones por las que los judíos siempre son atacados”.

“El anarca es un observador natural, pues no reconoce gobierno alguno, pero tampoco cree en los sueños paradisiacos del anarquista”.

“La oposición es colaboración”.

“Es recurrente en el anarca ver como el hombre, si se lo deja solo, puede desafiar a una fuerza superior, sea el Estado, la sociedad o sus elementos, haciendo uso de las reglas de éstos sin sometérseles”.

“Los descontentos merodean a través de instituciones siempre sintiéndose insatisfechos, siempre decepcionados”.

“Conectados con su propia afición a celdas y techos, al exilio y a la prisión y al destierro, se enorgullecen de ello, y mientras la estructura finalmente se derrumba, ellos son los primeros en morir. ¿Qué será de aquellos que desconocen sobre lo inalterable del mundo? Nunca encuentran el camino hacia su profundidad real, la sola esencia de seguridad. Así se hacen a sí mismos”.

“El anarca no puede evitar las prisiones como casualidad de la existencia, sino que se encuentra a sí mismo en ellas”.

“La distinción entre el anarca y el anarquista, la relación entre autoridad y poder legislativo, es que el anarquista es su enemigo mortal, mientras que el anarca los desconoce. No busca escalar en ellas, o tumbarlas, o alterarlas –lo que les ocurra le es indiferente. Se resigna a los cambios que estos generan”.

“El anarca no es individualista tampoco, pues no desea aparecer como un Gran Hombre ni como un Espíritu libre. Sus propios límites le son suficientes ya que la libertad no le es una meta, sino su propiedad. No es enemigo o reformador, sino amigable, ya sea en las chabolas o en los palacios. La vida es demasiado corta y demasiado hermosa para sacrificarla por las ideas, aunque no siempre se pueda evitar. Sin embargo, el anarca rinde homenaje a los mártires”.

“Podemos esperar poco tanto de la sociedad como del Estado. La salvación yace en el individuo” (21).

Notas:

1. Ian Buruma, “The Anarch at Twilight”, New York Review of Books, Volume 40, No. 12, June 24, 1993. Hilary Barr, “An Exchange on Ernst Jünger”, New York Review of Books, Volume 40, No. 21, December 16, 1993.

2. Nevin, Thomas. Ernst Jünger and Germany: Into the Abyss, 1914-1945. Durham, N.C.: Duke University Press, 1996, pp. 1-7. Loose, Gerhard. Ernst Jünger. New York: Twayne Publishers, 1974, preface.

3. Nevin, pp. 9-26. Loose, p. 21

4. Loose, p. 22. Nevin, pp. 27-37.

5. Nevin. p. 49.

6. Ibid., p. 57

7. Ibid., p. 61

8. Maurice Barrès (22 de septiembre de 1862 – 4 de diciembre de 1923) escritor, periodista, agitador nacionalista antisemita, siempre estuvo inclinado hacia la ultra-izquierda desde su juventud, tras su salida del partido boulangista, desarrolla su teoría sobre el nacionalismo romántico y se cambia de signo político hacia la derecha tras el caso Dreyfus, apoyando junto a Charles Maurras a los detractores del oficial Judío Alfred Dreyfus. En 1906 es elegido para la Académie française y como diputado por el departamento del Sena.  Se mantuvo en las filas del partido conservador Entente Republicaine démocratique. Entusiasta de la Union sacrée de la Primera Guerra Mundial, Barrés permaneció como una de las influencias literarias y monárquicas de Francia, aunque él mismo nunca apoyara ningún proyecto político de tal signo. Fuente: http://en.wikipedia.org/wiki/Maurice_Barr%C3%A8s

9. Nevin, pp. 58, 71, 97.

10. Schilpp, P. A. “The Philosophy of Bertrand Russell”.  Reviewed Hermann Weyl, The American Mathematical Monthly, Vol. 53, No. 4 (Apr., 1946), pp. 208-214.

11. Nevin, pp. 122, 125, 134, 136, 140, 173.

12. Ibid., pp. 75-91.

13. Ibid., p. 107.

14. Ibid., p. 108.

15. Ibid., pp. 109-111.

16. Ibid., pp. 114-140.

17. Ibid., p. 145.

18. Ibid., p. 162.

19. Ibid., p. 189.

20. Ibid., p. 209.

21. Jünger, Ernst. Eumeswil. New York: Marion Publishers, 1980, 1993.

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Fuente: https://attackthesystem.com/2009/05/29/ernst-Jünger-the-resolute-life-of-an-anarch/

Traducción de C. D. Trueba

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