Israel Viana

Ramón María del Valle-Inclán llevaba solo cinco meses viviendo en Roma como director de la Academia Española de Bellas Artes cuando, cuando sorprendió con varias reflexiones a favor del fascismo en una polémica entrevista publicada en el diario «Luz», el 9 de agosto de 1933. En ella, el famoso escritor gallego decía que Mussolini estaba haciendo «una gran obra» en Italia y que «si existieran unos Estados Unidos de Europa, la capital no podría ser otra que la Roma fascista». Pero lo que más no debía gustar al Gobierno de la época y sus seguidores es que también dedicó una serie de críticas contra la Segunda República, a la que tachó de «dictadura»: «España sufre ahora la dictadura socialista. Los egoísmos de esta clase esclavizan a las otras», aseguraba.

No hay que olvidar que el autor «Divinas palabras» se había presentado en las listas del Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux en las elecciones de 1931. Por eso, hasta el mismo Federico García Lorca se extrañó y cargó contra él en 1933, en la que no dudó en tacharle de fascista en otra entrevista: «Valle-Inclán se nos ha vuelto fascista en Italia y esto es para indignar a cualquiera. Algo así como para arrastrarlo de las barbas».

Aquel giro de Valle-Inclán contra los republicanos podía calificarse de asombroso si tenemos en cuenta que, a sus 66 años, llevaba un tiempo radicalizando sus posturas hacía la izquierda. De hecho, tiempo atrás se había entusiasmado con la Revolución rusa y aproximado al marxismo, hasta el punto de pedir para España «una dictadura como la de Lenin» cuando Primo de Rivera llegó al poder. A finales de la década anterior, incluso había participado activamente en la huelga estudiantil de 1929, lo que le valió multas, semanas de encierro en la cárcel Modelo de Barcelona y la censura de algunas de sus obras de teatro.

Once años de fascismo

No todo el mundo entendía en España que el escritor hubiera virado de tal manera contra la República y hubiera vuelto su mirada hacia Italia. Este mismo periódico insistía en esa misma sorpresa en 1933, en un artículo titulado «La personalidad internacional de Mussolini»: «Inteligencias tan superiores y hasta izquierdistas como la de nuestro eximio escritor han regresado de Roma muy impresionados, haciendo partícipe al público español de la grandeza de la obra realizada por el fascismo en escritos que rezuman sinceridad».

En el momento en el que Valle-Inclán elogió la figura de Mussolini, hacía ya una década que el fascismo había asaltado el poder en Italia con la famosa Marcha sobre Roma, dejando varios muertos, heridos y edificios públicos destruidos por el camino. En aquellos días de 1922, España se preguntaba quiénes eran aquellos fascistas y qué quería su líder. Ramiro de Maeztu lo definió en «El Sol» como «un movimiento político inclasificable dentro de los casilleros del siglo XX», mientras el escritor Manuel Bueno se preguntaba en «El Imparcial»: «¿Cómo una fuerza que era considerada hasta ayer un elemento de desorden ha podido conquistar el poder en Italia?». Se refería a que, en las elecciones de 1919, dos años antes de la violenta marcha, el partido fascista había obtenido solo 5.000 votos de los 270.000 de Milán, la ciudad por la que se presentó, y ni un escaño en el Parlamento.

Aquel Mussolini encumbrado por Valle-Inclán el 9 de agosto de 1933 en la «Luz», tres años antes de que estallara la Guerra Civil española, había puesto ya la primera piedra para que surgieran en Europa otras muchas dictaduras (Bulgaria, Turquía, Portugal, Alemania) y marcado el camino para que los nazis desarrollaran su posterior política de exterminio en la Segunda Guerra Mundial. «Los camisas marrones probablemente no hubieran existido sin los camisas negras. La marcha de 1922 sobre Roma fue uno de los hitos de la historia y nos llenó de ánimo. Si a Mussolini le hubiese vencido en velocidad el fascismo, no sé si nosotros hubiésemos podido resistir. El nacionalsocialismo era en esta época una planta muy débil», reconoció el «Führer» estando ya al frente del Gobierno.

«¿Según usted, por lo tanto, el pueblo italiano se siente satisfecho?», le preguntaba el periódico republicano que había sido impulsado por José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala. La respuesta estaba bien clara: «Indudablemente, sí. Esto depende de que las dictaduras en Italia han sido siempre personales, de un hombre solo, no de una colectividad, y esas estas dictaduras pueden ser beneficiosas. En cambio, las dictaduras de una clase sobre las demás ya no lo son, porque nada consiguen los egoísmos de la clase dictatorial, como es el caso de España. Los españoles han sufrido por parte de los cuatro brazos tradicionales: el brazo noble, el brazo militar, el brazo eclesiástico y el brazo popular».

 

Página del diario «Luz» de la entrevista a Valle-Inclán - ABC

Entrevista completa a Valle-Inclán en el diario «Luz», publicada el 9 de agosto de 1933:

Al llegar de Roma por unos días el gran Ramón María del Valle-Inclán, que ocupa en la Ciudad Eterna el cargo de director de la Academia Española de Bellas Artes, hemos querido conocer sus impresiones de Italia. No nos ha sorprendido su posición actual: siempre ha sido un entusiasta de la historia latina y sus impresiones actuales son la reacción a su recio temperamento. Empezamos preguntando a Don Ramón:

—¿Qué impresión trae de Italia?

—Magnífica. La obra de Mussolini tiende principalmente a inculcar un ideal en su pueblo, un concepto de sacrificio. En esta hora tan llena de egoísmos, en Roma no existen, y por eso el pueblo italiano es el más dispuesto a sacrificarse por un ideal histórico, que es el único que pueden tener los pueblos.

—¿Y él pueblo italiano acepta de buen grado esos sacrificios?

—Desde luego. La primera impresión que se recibe en Italia es la de un pueblo satisfecho. Esto no quiere decir que no haya descontentos, pero no se advierten. Se ve, desde luego, a un pueblo en el cual la obra máxima que se aprecia es la de renovación de la fe en su destino histórico. El italiano de hoy es el más parecido al italiano del Imperio. Su mayor ambición es volver a ser en Europa lo que fue el Imperio romano. Tienen fe en su destino.

—¿No podía ser esto solo apariencia, una consecuencia de tener al pueblo con cuarenta grados de fiebre, como dijo Mussolini?

—No. Italia vive horas de sacrificio y de exaltación, y por eso tiene el pueblo italiano gran fervor religioso en el aspecto histórico, naturalmente. Mussolini ha resucitado la tradición de las fiestas y conmemoraciones. Roma es una sede de conmemoraciones. Toda la política italiana es hoy un jubileo. Constantemente se celebran en la capital aniversarios de su historia para resucitar todo su gran pasado histórico.

—¿Tienen más importancia estas fiestas que las que celebra el Vaticano?

—¿Quién lo duda? Es un lugar común hablar de la magnificencia de las procesiones del Vaticano. No hay nada tan anacrónico y falso, tan sin sentido estético como las procesiones del Vaticano. Una procesión en el Vaticano es una serie de frailes alemanes zancudos y feos, detrás una fila de sacerdotes de no sé qué secta, a continuación unas congregaciones de franceses con trajes azules del peor gusto y peregrinos de todas partes del mundo con trajes burgueses y arrugados por el viaje. En cambio, los desfiles de Mussolini, los gritos del pueblo entusiasmado, las bélicas banderas, los cañones... eso sí que tiene una belleza impresionante.

—Según usted, por lo tanto, el pueblo italiano se siente satisfecho.

—Indudablemente, sí. Esto depende de que las dictaduras en Italia han sido siempre personales, de un hombre solo, no de una colectividad, y esas estas dictaduras pueden ser beneficiosas. En cambio, las dictaduras de una clase sobre las demás ya no lo son, porque nada consiguen los egoísmos de la clase dictatorial, como es el caso de España. Los españoles han sufrido por parte de los cuatro brazos tradicionales: el brazo noble, el brazo militar, el brazo eclesiástico y el brazo popular.

—¿Quiere usted explicarme esa teoría?

—No, no es teoría, es una realidad. Primero sufrió España la dictadura de la nobleza, con todos esos privilegios de los nobles. Y no los sufría solo el pueblo, también los monarcas, hasta que los Reyes Católicos apartaron a los nobles y a los dictadores los convirtieran en cortesanos.

—¿Y después?

—Inmediatamente viene la dictadura de otro brazo social: el de la Iglesia con la Inquisición. Es la dictadura de la Iglesia sobre los demás brazos sociales. Es decir, la dictadura de una colectividad sobre las demás. Y la teocracia funda la unidad nacional en la unidad católica.

—Y a la Iglesia le sucede el Ejército.

—Exacto. En el siglo XIX España sufre la dictadura militar. La Unión Liberal la representa O'Donell; los moderados, Narváez; Espartero, a los progresistas; la Revolución de septiembre es Prim; la Restauración, Martínez Campos, y la última dictadura se ha llamado general Primo de Rivera. Además, España sufre el egoísmo del Ejército, que violenta y esquilma a las otras tres clases.

—Y ahora, según esta relación, sufrimos la dictadura socialista.

—Evidentemente. Siguiendo esta relación, España sufre ahora la dictadura socialista y los egoísmos de esta clase esclavizan a las otras [Valle-Inclán hace una pausa larga]. El caso es que aquí no hay socialismo, es el egoísmo de una clase que está en fuga el que esclaviza a las otras tres.

—Ha dicho usted que el cuarto brazo es una clase en fuga.

—Claro que es una clase en fuga, porque carece del sentido y el afán de la permanencia. Un noble no aspira a dejar de serlo, un capellán aspira a obispo. Este a cardenal y, después, a Papa. El soldado sueña en llegar a general y el obrero aspira a ser patrono. Es decir, que mientras los otros tres brazos no quieren dejar su cJase, la popular sí. Por eso es una clase llena de resentimientos y tiene una categoría menor.

—¿Pero qué solución ve usted, entonces? Porque pensar en el gobierno de alguno de los otros tres brazos es un sueño—un mal sueño—que no tendrá realidad.

—La dictadura de un individuo puede ser necesaria, pero no de una clase. Es triste llegar a esta conclusión, pero es la realidad, desgraciadamente.

—Pero, ¿esa es una solución?

—El final de todo será fundir todas las clases en un. Eso es el comunismo. Pero para ello habría que suprimir la herencia y habría también que nacionalizar los bancos, la tierra, la industria y las minas. Lo tremendo es no haber seguido este camino haciendo desaparecer la clase proletaria por la supresión de todas las demás, igualando a todas. Para ello hay que poner a trabajar a todos, y esto no se consigue diciendo en la Constitución que España es una república de trabajadores de todas las clases, sino suprimiendo varias cosas. En primer lugar, la herencia, porque yo no he visto trabajar a ningún rico heredero. Trabaja el que lo necesita. Por eso Jehová dijo a Adán: «Ganarás el pan con el sudor de tu frente» hasta que le privó del magnífico latifundio del Paraíso.

—¿Se puede hacer en España lo que en Italia?

—Creo que no. Falta una tradición.

—¿Cuál es la diferencia más sustantiva que ve entre el Gobierno de Mussolini y el español?

—La falta de concepto en España. Mussolini, como Aníbal, César y Napoleón, tiene siempre un concepto y un fin categórico y determinado. Por eso me pone cerca de Mussolini una triste experiencia histórica. Pero aun prefiero la dictadura de una clase a una casa tan huera y ramplona como el régimen parlamentario.

—Pero, según usted, ¿la dictadura que sufre España es socialista o es de clase?

—Es la dictadura de la UGT (Unión General de Trabajadores) contra los sindicalistas y los comunistas dentro de una clase y contra las otras tres clases restantes.

—¿Defiende entonces la dictadura de un hombre?

—Si fuera posible en España, sí, porque cuando la dictadura es de un hombre no hay egoísmo de clase. Sea Napoleón, Mussolini o el gran monarca. estos atienden sin privilegios los intereses de uno y otro sector, y pueden hacer una gran obra, que es lo que está haciendo Mussolini. En el fondo, Mussolini es un socialista, pero un socialista que practica un socialismo para el beneficio de un país y no para una clase. Cosa muy distinta de lo que se está haciendo aquí. Aquí se hunde al país para favorecer a una clase, mientras que allí todos sufren igual para favorecer y afianzar al país. Aquí se trata de crear privilegios al obrero. Las políticas que se están haciendo en Italia y España son muy distintas.

—¿Qué diferencia encuentras entre la obra de Mussolini y la de Hitler?

—Acaso como un sueño, como una idea platónica, ha despertado en las almas poéticas de todos los italianos, ese pueblo lleno de gestos heroicos, el sentido de universalidad. Pero para sentirlo ha tenido que hacer lo contrario que el alemán. Mientras que el alemán purga a su pueblo de todos los elementos que no son puramente germánicos, Mussolini entiende, como Caracalla, que toda la totalidad de la Europa culta son ciudadanos italianos.

—¿Cómo explica este sentido de universalidad?

—Este sentido de universalidad queda explicado diciendo que Mussolini ha colocado en la Vía Imperio cuatro estatuas: Julio César, Octavio, Trajano y Nerva, dos emperadores romanos y dos del Imperio, pero que no han nacido bajo el suelo de Roma [tras un otra larga pausa]. En toda la política de Mussolini el sentido de universalidad. Si pudiera llegar a haber unos Estados europeos o cuando menos unos Estados Unidos de Europa, no podría haber otra capital que Roma. Por su historia, por la situación geográfica y porque tiene un hombre que la comprende y un pueblo lleno de entusiasmo que está creando esta situación de universalidad. El que llega como yo a Roma para ver la ciudad con ojos desinteresados siente una enorme impresión. En el camino de Nápoles a Roma está Ostia Antica. Aníbal en Capua traza una larga línea terrestre y parece que los destinos de Europa van a estar en África. Pero el romano entretiene al cartaginés. Y mientras Aníbal se queda en Capua, Escipión parte con sus trirremes y conquista Cartago. Surge el gran concepto militar de la lucha de las dos dos líneas: la marítima y la terrestre. Triunfa la marítima. Y el triunfo de la nave es el triunfo de Italia. Por eso el Italiano puede encontrar un destino al hombre: navegar es necesario, no es necesario vivir. Esto lo ha glosado ya D'Annunzio. Mientras que el cristianismo ha creído y soñado que la misión del hombre no es otra que prepararse para la eternidad, el italiano no tenía ese concepto. Para él lo único era navegar. Había nacido para descubrir tierras, para ver nuevos soles. Esta tradición de universalidad es la que afirma Balbo con su vuelo. Y a esa tradición se debe que Mussolini haya ordenado que se efectúen excavaciones en Ostia Antica, no por el valor arqueológico que puedan tener, sino porque de allí salió la gran idea romana para dominar el concepto militar romano. Las excavaciones de Ostia Antica tienen ese significado.

Fuente: ABC

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