Juan Manuel de Prada

Los constitucionalistas chorlitos andan indignadísimos porque el doctor Sánchez ha empezado a tramitar los indultos de los sediciosos catalanes y ha impedido asistir a los reyes a una entrega de despachos judiciales que se celebra en Barcelona, en su afán de embaucar a los indepes y conseguir que voten sus presupuestos, lo que le permitirá mantenerse en la poltrona. Pero el doctor Sánchez no hace sino actuar irreprochable y consecuentemente, según la delirante lógica constitucional.

Toda comunidad política sana se articula en torno a la noción de bien común y la conciencia de pertenencia que garantiza su integridad. Pero la penosa Constitución española, en su pretensión de alcanzar el «consenso», admitió en su seno a quienes aspiran a la destrucción de la comunidad política, bendiciendo sus partidos y asociaciones. Ninguna comunidad política que no esté fundada en el más cínico (y trágico) relativismo puede acoger a sus enemigos internos. En la antigua Roma se llamaba perduellis al enemigo interno de la patria, a diferencia del hostis, que era el enemigo externo (y, por supuesto, el perduellis era castigado con mucha mayor crudeza que el hostis). Pero nuestra Constitución considera legítima la actividad del perduellis, al que permite hacer proselitismo, formar partidos y defender sus tesis contrarias a la supervivencia de la comunidad política, con tal de mantenerlo en el «consenso» mediante diversos sobornos y mamandurrias. Y luego, absurdamente, pretende en cambio que tales tesis contrarias a la supervivencia de la comunidad política no puedan realizarse plenamente, metiendo en la cárcel al perduellis cuando trata de consumar la aspiración que previamente ha declarado legítima. Y, claro, una vez que el perduellis se ve en la cárcel se siente defraudado y rompe el «consenso». ¿Qué se puede hacer entonces, para tratar de contentarlo? ¡Pues empezar a tramitar su indulto, naturalmente! La concesión del indulto es el portillo trasero a la traición, la última vía de escape que le resta a una Constitución aberrante. Al ofrecer el indulto a los indepes encarcelados, el doctor Sánchez actúa como un paladín constitucionalista fetén, preocupado de restaurar el «consenso» que la Constitución antepone a la supervivencia de la comunidad política.

La concesión del indulto corresponde, en último término, al Rey, al que sin embargo los indepes no reconocen y desprecian. Pero el Rey, tal como lo configura la Constitución, es un dontancredo al servicio del gobierno de turno; ni siquiera un jarrón chino, sino más bien un florero portátil que se puede trasladar sin problemas de uno u otro sitio, evitando siempre que moleste. Y al doctor Sánchez le molestaba llevarlo a Barcelona, donde su presencia resulta incómoda a los indepes, así que lo deja aparcado en el desván de la Zarzuela, en lo que no infringe ni un ápice las atribuciones que la Constitución reconoce al Rey. En un pasaje especialmente clarividente de su «Discurso sobre la situación general de Europa», Donoso Cortés observa que, así como en la monarquía tradicional, el Rey es la imagen política de un Dios providente, que tiene una relación personal con sus criaturas y las asiste en la tribulación, en la monarquía constitucional el Rey se convierte en una imagen política del dios falso del deísmo: no se niega su existencia, pero se abstiene de intervenir en la vida de sus criaturas. Se le puede invocar vacua y retóricamente, pero vive confinado en su cielo remoto, sin posibilidad de actuar providencialmente en caso de que se le necesite.

El doctor Sánchez actúa, pues, con irreprochable lógica constitucional. Tomad y comed, constitucionalistas chorlitos, los frutos del fiambre que adoráis.

Fuente: XLSemanal

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