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César Cervera

Por muy alto o fuerte que se lancen no hay palabras capaces de resonar ochenta y cuatro años en todo un país, salvo las que Miguel de Unamuno pronunció el 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de Salamanca.

Manuel Menchón estrena en la Seminci este domingo una película documental, «Palabras para un fin del mundo» (Partida, Imagine! Factory Films), que revela hechos inéditos sobre las extrañas circunstancias en las que murió Unamuno y donde el director malagueño ha logrado reconstruir palabra a palabra el discurso que el filósofo cruzó con Millán Astray, quien contestó con una nada velada amenaza: «Ciertos profesores, los que pretendan enseñar teorías averiadas, morirán».

El documental de Manuel Menchón no es una película que recurra a una investigación, sino, al contrario, una investigación inédita que se vale de los recursos audiovisuales para dar a conocer sus conclusiones a un público masivo. En desarrollo antes de «Mientras dure la guerra», de Amenábar, Menchón lleva años trabajando entre archivos polvorientos con ayuda de los historiadores franceses Colette y Jean-Claude Rabaté para revivir con precisión, aunque con un obvio sesgo ideológico, los últimos cinco años de existencia de Miguel de Unamuno. O, lo que es lo mismo, los últimos soplidos de la Segunda República y el nacimiento de un nuevo régimen.

«Palabras para el fin del mundo»

«Palabras para un fin del mundo» aborda el optimismo, luego transformado en desencanto y finalmente en desesperación, con el que el filósofo vasco digirió la proclamación de la Segunda República. Los choques con Azaña, las amistades socialistas, la fallida nominación al Premio Nobel de Literatura (parece que saboteada por el Tercer Reich) o las críticas al radicalismo de los «hunos y los hotros» sirven para contextualizar la compleja posición en la que quedó Unamuno una vez cayó la Guerra Civil sobre Castilla. «En casi todos se enciende el odio, en casi nadie la compasión», anotó en esos días el rector de la Universidad de Salamanca.

La investigación muestra como el bando nacional trató de convertir al republicano en uno de sus símbolos intelectuales. Unamuno se dejó agasajar al principio, aceptando su readmisión como rector de la Universidad de Salamanca, aunque no tardó en darse cuenta de las contrapartidas propagandísticas de todos aquellos favores. Hasta ahora se ha usado la donación de 5.000 pesetas que realizó a la causa nacional como un ejemplo de su adhesión sincera, pero la investigación apunta con documentos la posibilidad de que esa cifra la pagara un empresario local. Las estrecheces económicas que vivía entonces el escritor vasco, a cargo de cinco familiares, hacen imposible que realizara de forma voluntaria una donación tan elevada.

Miguel de Unamuno fue víctima, según narra la película documental que se estrenará el 13 de noviembre en salas, de un intenso marcaje por parte de los órganos de propaganda, que se encargaron de censurar y supervisar todas las entrevistas que concedió a medios internacionales y no dejaron pasar la ocasión de presentar al intelectual como alguien afín a su bando. Él no pudo o no quiso conservar del todo su legendaria independencia en medio de una guerra con una retaguardia casi tan sangrienta como el frente.

En el verano de 1936, Emilio Mola, el director del golpe, presionó a Unamuno para que se disculpara por llamar dieciséis años antes «ganso histérico» al militar Martínez Anido, conocido por su papel en la dura represión del pistolerismo anarquista en Barcelona a comienzos de la década de 1920. A pesar de que Martínez Anido había amenazado con cortarle la cabeza, el autor de «Niebla» accedió a disculparse de forma pública. No era el único militar con el que el vasco tenía cuentas pendientes.

«La anti-España es tan España como la otra»

La enemistad con Millán Astray no fue algo puntual, sino que venía de tiempos pasados en los que Unamuno criticó la «peliculera» estética de la Legión, su extrema violencia y los aires excéntricos de su «despechugado» fundador. Eso sin olvidar que Unamuno había elogiado la actitud «patriótica» del líder independentista filipino, José Rizal, al que el fundador de la Legión tenía por su enemigo más enconado. Fue la referencia al héroe filipino, y no a la discapacidad del legionario, lo que precipitó el choque dialéctico entre Millán Astray y Unamuno durante el acto de apertura del curso universitario en Salamanca, al que también asistió Carmen Polo y la plana mayor de la ciudad.

Lo que aquel Día de la Raza de 1936 se dijo en el Paraninfo se ha movido durante ochenta años entre la realidad y la leyenda. La versión tradicional, recogida en el libro «La Guerra Civil Española» del hispanista Hugh Thomas, popularizó el relato literario que hizo en su día Luis Gabriel Portillo, político de Izquierda Republicana y amigo de Unamuno, sin estar presente en el Paraninfo. Su verosimilitud siempre ha sido cuestionada, pero no se había encontrado una versión alternativa que estuviera lo suficientemente documentada hasta hoy. El director de «Palabras para un fin del mundo» ha recurrido para ello al testimonio del catedrático Ignacio Serrano, que tomó acta de todas las intervenciones y cuyas anotaciones sirven en la cinta para reconstruir, con la voz del actor José Sacristán, aquella colisión entre dos formas opuestas de ver el mundo.

El resultado discrepa bastante de la versión «oficial». Tras afear a los anteriores ponentes los insultos contra los catalanes, Unamuno afirmó al tomar la palabra que «en este torbellino de locura colectiva falta imponer una paz verdadera de convencimiento, pues no se oyen, sino voces de odio y ninguna de compasión. Ni siquiera por parte de las mujeres. Lo mismo que las rojas hacen alarde de todos los crímenes y maldades, hay también unas que se regodean entre nosotros con el espectáculo de los fusilamientos. Vencer no es convencer; conquistar no es convertir. Y eso que algunos llaman sin ningún fundamento la anti-España es tan España como la otra. Y el mayor peligro es que la ramplonería iguale a los dos bandos. Para mí es tan español como nosotros el filipino Rizal, que se despidió del mundo en español».

«¡Ah! Sí, sé lo que me digo», contestó el escritor ante los gritos hostiles del público. Su intervención aparece en el acta salteada de insultos cuestionando la cordura del rector por parte de los asintentes, quienes jalean después las palabras que pronuncia Millán Astray. Según Ignacio Serrano, cuyas notas han permanecido ocultas en posesión de sus descendientes hasta que Colette y Jean-Claude Rabaté las incluyeron en una de sus obras, el fundador de la Legión pidió la palabra para lanzar varias amenazas: «Los catalanistas morirán y ciertos profesores, los que pretendan enseñar teorías averiadas, morirán también. ¡Muera la intelectualidad traidora! ¡Viva la muerte! ¡Viva Franco! ¡Viva España!».

No en vano, el legionario se preocupó al final del acto por lo que le pudiera pasar ese día a Unamuno, al que se dirigió con estas palabras en tono imperativo: «Señor rector: el brazo, a la mujer del jefe del Estado». Así salió del lugar el escritor del brazo de Carmen Polo. Una algarabía de personas se agitaba en torno al coche oficial recordando los vivas de Millán Astray.

Bartolomé Aragón no era discípulo ni amigo

Incluso con las nuevas revelaciones es difícil reconstruir los últimos meses de vida de Unamuno y el nivel de reclusión al que fue sometido tras el incidente. Lo único claro es que fue destituido como rector, expulsado esa tarde del casino y que algunos de sus amigos llegaron a temer que acabara como el poeta García Lorca, asesinado ese verano. «Escribo esta carta desde mi casa, donde estoy desde hace días encarcelado disfrazadamente. Me retienen en rehén, no sé de qué ni para qué. Pero si me han de asesinar, como a otros, será aquí, en mi casa», afirmó a principios de diciembre. En otra carta, anotó: «A mí no me han asesinado todavía estas bestias al servicio del monstruo».

Millan Astray, por su parte, tampoco olvidó el choque e insistió en las siguientes semanas sobre el peligro de las «flechas ponzoñosas» de «la intelectualidad traidora».

En lo referido al fallecimiento de Unamuno, el 31 de diciembre del primer año de la guerra, es donde el documental aporta la investigación más impactante. Si durante ochenta cuatro años la versión «oficial» ha repetido una y otra vez que su muerte se produjo en su domicilio cuando estaba reunido amigablemente con Bartolomé Aragón, discípulo suyo, «Palabras para un fin del mundo» revela que este joven falangista no tenía ninguna amistad anterior ni vínculo estudiantil con el escritor. Su visita al domicilio salmantino, cuando allí solo se encontraba Unamuno y su criada, fue algo inesperado. Bartolomé Aragón no había recibido clases de Unamuno y sus únicas credenciales eran su honda trayectoria primero en el Carlismo y luego en Falange española.

Tras combatir en la cuenca minera de Ríotinto, enrolado en un tercio de requetés llamado «Virgen del Rocío», este catedrático de Legislación mercantil se reincorporó a su puesto de profesor en Salamanca entre noviembre de 1936 y enero de 1937. Durante esos meses en la retaguardia fue nombrado vocal de la comisión que se encargaba de la depuración de los maestros y de los profesores de instituto y universidad. No hay prueba alguna de que en esas fechas tuviera encuentros de forma habitual con Unamuno en su domicilio de la calle Bordadores.

Esta revelación no solo pone en cuarentena las supuestas últimas palabras de Unamuno –«¡Dios no puede volverle la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!»– que solo escuchó Aragón, sino que añade un océano de dudas sobre las extrañas circunstancias que rodearon el fallecimiento. La criada de Unamuno escuchó en dos ocasiones gritos en la habitación, y a la segunda ocasión que acudió a comprobar que todo marchara bien descubrió al escritor muerto y a Aragón a su lado repitiendo «yo no lo he matado».

Según la investigación de «Palabras para un fin del mundo», la hora de fallecimiento fue adelantada primero por el médico y luego en el acta de defunción para que se situara en un tiempo anterior a la visita de Aragón, al que no se le pidió que diera testimonio en ningún momento y ni siquiera asistió al funeral.

Bartolomé Aragón abandonó poco después Salamanca y, a través del prólogo de la obra «Cuando Miguel de Unamuno murió», de José María Ramos y Loscertales, dio a conocer los detalles amables y anecdóditocos de su último encuentro con el antiguo rector de Salamanca. Fechado el 16 de enero de 1937, solo unas semanas después de la repentina muerte, hubo quien sospechó que el libro fue concebido con tanta velocidad precisamente para salir al paso de los insistentes rumores sobre el envenenamiento de Unamuno que circulaban por la ciudad. Tras combatir de nuevo en el frente, Aragón sería nombrado jefe de Prensa y Propaganda, cargo que había ejercido Millán Astray, y una vez acabada la guerra dirigió una oficina en el Ministerio de Trabajo.

El acta de defunción registró que Unamuno había muerto «a consecuencia de hemorragia bulbar, causa fundamental de arteriosclerosis e hipertensión arterial». La autopsia, siempre obligatoria en casos de fallecimiento por congestión cerebral, no se llegó a realizar debido a las prisas que hubo por enterrarlo.

Cuenta en el documental el nieto del filósofo, Miguel de Unamuno Adarraga, que miembros de Falange literalmente se llevaron el cadáver al día siguiente por la mañana. «Sin previo aviso, se presentaron unos falangistas, agarraron el féretro y se lo llevaron sin más. Por supuesto, lo hicieron sin pedir ningún permiso, ni hacer ningún comentario, ni nada más. Luego ya en el cementerio se produjo toda esa manifestación fascista organizada y bastante dramatizada. Mi primo, que tenía siete años, se asustó y creo que decía a mi tía Felisa “¿lo van a tirar al río?”», explica uno de los nietos de Unamuno sobre una escena que describe como «un robo casi casi violento».

«Se apoderaron de él hasta el final. Eso es todo, que es mucho», concluye en la cinta producida por Pantalla Partida, Imagine! Factory Films y RTVE.

Fuente: ABC

Bartolomé Aragón, el eterno y "altamente improbable" sospechoso en la muerte de Unamuno

Luis Martínez

"Sobre un pasado en el que no queda ningún testigo, todo es admisible y siempre habrá contradicciones y zonas oscuras", comenta Antonio Heredia Soriano al que no le resultan nuevas las recurrentes dudas, sospechas o sólo malversaciones alrededor del fallecimiento de Unamuno el 31 de diciembre de 1936, pocos meses más tarde de su "vencer no es convencer" del Paraninfo. "No hay que perder de vista que poco después de anunciada la muerte, la prensa republicana corrió a publicar que había sido envenenado y es cierto que el régimen utilizó el funeral y todo lo que le rodeó con fines propagandísticos. La manipulación existió desde el principio, pero de ahí a pensar que lo mataron... Lo cierto es que con los datos en la mano, que al final es lo único que vale, es como poco y sin ánimo de ofender altamente improbable, cuando no una consecuencia más de la cultura audiovisual tan dada a los relatos alternativos o confusos", manifiesta desde Salamanca este catedrático emérito de Filosofía que, entre sus múltiples trabajos académicos, figura uno de los pocos estudios sobre Bartolomé Aragón, el último interlocutor "de este mundo", como afirmaba la prensa de la época, del pensador vasco y que recogió lo que ha pasado a la historia como sus últimas palabras: "Dios no puede volverle la espalda a España. España se salvará porque tiene que salvarse".

La polémica corre a cuenta de 'Palabras para un fin del mundo', el documental de Manuel Menchón que se estrenará en la Seminci de Valladolid este fin de semana y que ya ha saltado a los medios dentro de lo que se podría calificar como una meticulosa y chuscamente orquestada campaña para levantar polvo. Ya en la presentación publicitaria de la cinta se destaca la frase manuscrita de Unamuno que quiere ser piedra de toque: "Le escribo esta carta desde mi casa, donde estoy desde hace días encarcelado disfrazadamente. Me retienen en rehén, no sé de qué ni para qué. Pero si me han de asesinar, como a otros, será aquí, en mi casa". Y la propia difusión de la película ha venido precedida de un embargo de la difusión de contenido, bajo pena de multa de 60.000 euros, a la mayor parte de la prensa después de que un medio seleccionado luciera la que quiere ser una exclusiva "llamada a revolucionar la historiografía", en palabras algo pomposas de un miembro del equipo. Dentro de la campaña publicitaria se incluye a la vicepresidenta del Gobierno Carmen Calvo a la que se destaca como inminente y seleccionada espectadora. Disfrutará de un pase especial, se dice.

Según lo declarado por Menchón a 'El país', Bartolomé Aragón, el último hombre que habló con Unamuno, era no sólo completamente ajeno a la familia o al círculo más íntimo del filósofo sino que su ideología (era falangista convencido) y hasta su biografía le colocaba en el siempre conjunto amplio de los absolutos desconocidos. Es decir, Unamuno intercambió sus últimas palabras con un extraño. "En ninguna de las 25.000 cartas que escribió, Unamuno habla de él. Aragón pertenecía al aparato de propaganda del Régimen, que tenía un centro de actividades en Salamanca, y había participado en la quema de libros. Todos los documentos sobre su muerte son irregulares, desde la hora, a la causa, hemorragia bulbar, imposible de determinar sin una autopsia", declara el director de la película al periódico. "No sabemos qué pasó exactamente ese día, pero todo apunta a otra cosa", añade.

Lo cierto es que es más "la película" que "todo" lo que apunta a otra cosa. La voz infranqueable de José Sacristán, que oficia de narrador algo más que sólo omnisciente, desentraña las paradojas de una investigación que nunca sucedió como si de la última temporada de 'El cuarto milenio' se tratara. Un gráfico corre por la pantalla en el que ni las horas ni las intenciones ni los gritos ni el olor a quemado de unas zapatillas que cayeron al brasero encajan. Nunca se menciona la palabra "asesinato" ni "crimen". La estrategia utilizada es más la de Gila: "Alguien ha matado a alguien". Hasta llegar aquí, justo es reconocerlo, la película funciona con dureza y sin melodrama por el episodio quizá más duro y trágico de la historia reciente. Digamos que el empeño por impresionar con "documentos nunca conocidos" o "manuscritos inéditos" emborrona la labor de una producción que no merecía tanto violín destemplado y fuera de plano. Resulta hasta patético comprobar que uno de esos "testimonios por primera vez contemplados" y extraídos de un cofre como si se tratara de las Tablas de la Ley en realidad son las cuartillas firmadas por Igancio Serrano publicadas el año pasado por los historiadores franceses Colette y Jean-Claude Rabaté y en las que el autor transcribía las palabras que como un látigo Unamuno hizo restallar frente a Millán-Astray. Son "inéditas", pero publicadas. Otra rareza más.

Heredia, y por volver al argumento principal, no es tan tajante como la película. Ni misterioso. Modestia y estudio obligan. El catedrático ya jubilado se entrevistó en dos ocasiones con el "desconocido" Bartolomé Aragón. La última de ellas el 28 de enero de 1997 dos años antes de su muerte. Por él sabemos que el joven profesor, eso era entonces, contaba con 27 años cuando visitó al ya ex rector de 72. "El primer libro que se ocupó de su figura fue publicado en 1963 y lo firmó la norteamericana Margaret Thomas Rudd", dice Heredia para acto seguido apuntar rápidamente lo que se sabe con certeza y algo de lo que se desconoce con la misma certidumbre. Se conoce que Aragón estuvo en Italia becado para estudiar economía y que volvió de allí convencido de Mussolini hasta más allá de lo razonable; que hizo oposiciones a la Escuela de Comercio de Salamanca, donde fue profesor; que su primer encuentro con Unamuno fue en una reunión (o sala) de profesores, donde ambos se enzarzaron a propósito de la distinta valoración que tenían del fascismo italiano; que en clima más distendido se vieron al menos una vez más, invitándolo Unamuno a pasear; que al estallido de la Guerra Civil marchó al frente como soldado; que a pesar de que éste no recibía visitas por entonces, Aragón logró concertar la cita gracias a su hijo Rafael; que le abrió la puerta Aurelia, la sirvienta, y lo llevó hasta donde estaba sentado; que por algún motivo Unamuno se alteró mucho... Luego está el episodio del olor a quemado de unas zapatillas por culpa del brasero.

La cinta no duda en sugerir que el paso por la guerra de Aragón fue propia, más que de un educado profesor, de un sanguinario carnicero. Se le localiza en el frente de Ríotinto, donde fue de voluntario y acto seguido se detallan los horrores de aquello con una meticulosidad que es cualquier cosa menos inocente. La invitación a unir puntos entre el falangista admirador de Mussolini y ciego de odio y el grito que salió de la habitación de Unamuno en un momento de la conversación de una hora es, ciertamente, impúdica. O, para qué irritarse, sólo sospechosa.

"Lo cierto", continúa Heredia, "es que es imposible reproducir segundo a segundo algo que ocurrió hace tanto, pero pongamos por caso que la versión oficial no es más que una forma de ocultar algo por fuerza raro. O muy raro. Encaja mal entonces que Aragón fuera a comprar, como fue, las medicinas que le encargó el médico tras el desfallecimiento de Unamuno. Y eso es sólo un ejemplo. Aragón no surgió de la nada. Se incorporó a la Escuela de Comercio en 1935 para enseñar Legislación Mercantil Comparada y, aunque estuvo en el frente como voluntario una vez iniciada la guerra, llevaba ya meses en Salamanca antes de la muerte de Unamuno. Es decir, no apareció de las sombras. Y además, ¿qué ganaba el régimen asesinándolo si ya estaba encarcelado en casa? El hecho de que la República corriera a difundir su envenenamiento da una pista... pero en sentido contrario". Por lo demás, y aunque el conocimiento personal no sea índice ni prueba de nada, el catedrático no duda en calificar de culto, educado y distinguido a un Aragón que se declaró siempre admirador y seguidor de Unamuno y que quizá ahora, sólo quizá, se le quiera pintar como un monstruo por intereses espurios o por las novedosas exigencias del márketing de una película. "Tampoco sé si tiene sentido pronunciarse o dictar sentencia sea la que sea. Los datos están ahí y con todas las contradicciones que se quiera, la del asesinato es, insisto, altamente improbable", comenta y concluye: "Es fácil sembrar dudas".

Fuente: El Mundo

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