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Israel Viana

Hace poco os contábamos en ABC las sucesivas tentativas para acabar con la Guerra Civil casi desde el mismo momento en que se produjo la sublevación en el madrileño cuartel de la Montaña. Propuestas de paz sobre las que no se ha escrito mucho a lo largo de estas últimas ocho décadas, puestas en la mesa por algunas potencias extranjeras, primero, y por parte de ambos bandos, después. Pero, ¿qué ocurrió para que no se materializaran y evitaran la muerte de centenares de miles de españoles?

La primera oportunidad la propuso el ministro uruguayo de Asuntos Exteriores en agosto de 1936, quien solicitó las opiniones de los Gobiernos americanos para una mediación conjunta con la idea de lograr el fin de las hostilidades. En el caso de llegar estos a un acuerdo, se lo comunicarían al «Gobierno legal republicano» y, después, a los franquistas para que comenzaran las conversaciones, según cuenta el director de la Unidad de Investigación sobre Seguridad y Cooperación (Unisci), Antonio Marquina, en su artículo «Planes internacionales de mediación durante la Guerra Civil» (2006). Fue el primer fiasco, puesto que Argentina, Brasil, México, Panamá y Estados Unidos consideraron el momento inoportuno.

Otra iniciativa surgida por parte del Gobierno francés, en diciembre de 1936, le proponía al británico un acercamiento a la URSS, Alemania, Italia y Portugal para tratar mediar entre los dos bandos «en cuanto se presentara un momento favorable». El pretexto era que la guerra no iba bien para Franco en aquellos primeros compases y Hitler y Mussolini aceptarían con facilidad el fin del conflicto, pero fracasó de nuevo, aunque «produjera una atmósfera de tranquilidad para una futura intervención». Y en abril de 1937, Wiston Churchill puso sobre el tablero otro plan de mediación que incidía en la formación de un Gobierno de moderados en España.

Purga de anarquistas

El entonces parlamentario británico y futuro primer ministro era consciente de que ninguno de los bandos consideraría la propuesta como buena, pero pensaba que quizás la postura de las potencias extranjeras no sería tan divergente. Gran Bretaña, incluso, llegó a dar su visto bueno a la Unión Soviética para que se llevase a cabo una purga de los anarquistas, pues creía que eran el principal obstáculo para esta mediación y para que se llevara a cabo cualquier acción humanitaria posterior.

Durante años se ha dado por hecho que el dictador quiso alargar la guerra, pero nunca se ha explicado realmente por qué no pudo terminarla antes. Algunos historiadores han llegado a negar esta máxima, como, por ejemplo, los historiadores Jorge M. Reverte y su hijo Mario Martínez Zauner en «De Madrid al Ebro. Las grandes batallas de la guerra civil española» (Galaxia Gutenberg, 2016). «arios historiadores sostienen la tesis de que Franco quería alargar la guerra con el fin de reprimir y exterminar al enemigo, pero al estudiar el desarrollo del conflicto intentan tomar Madrid directamente tres veces y, al no conseguirlo, hacen otros dos intentos, Jarama y Guadalajara, y, ante el fracaso, Franco decide plantear la guerra de otra manera. Que alargara la guerra para reprimir no tiene sentido, primero porque tenía prisa por acabar la guerra debido a la situación internacional y en segundo lugar porque reprimir iba a reprimir igual al acabar la guerra, y eso es lo que hizo», comentaban hace cuatro años en una entrevista para «La Opinión de Málaga».

Alemania e Italia, por su parte, saboteaban ya cualquier intento de Gran Bretaña de mediar en favor de la paz. Y la URSS también parecía interesada a estas alturas en alargar el conflicto, como quedó patente en los continuos obstáculos que puso al Comité de No Intervención y con la propuesta que hizo a mediados de 1938 de suministrar más material de guerra para acabar con los soldados italianos sin gasto para Francia, mientras que Italia perdía dinero y hombres.

La ayuda de Stalin y Hitler

El volumen final de la ayuda soviética a lo largo de la Guerra Civil fue de 648 aviones, 347 tanques, 60 vehículos blindados, 1.186 piezas de artillería, 340 morteros, 20.486 ametralladoras, 497.813 fusiles, 3,5 millones de proyectiles, 862 millones de cartuchos, 110.000 bombas de aviación y cuatro torpederas, según las cifras dadas por el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco, Ricardo Miralles, en su artículo sobre la «Operación X» de la revista «La Aventura de la Historia». Y a esto hay que añadir otros 66 «igreks» –barcos de transporte que tuvieron que vadear el cerco impuesto por la marina de Franco en el Mediterráneo y entrar en España por la costa atlántica de Francia– para transportar las armas.

El volumen de dicha aportación fue muy grande, efectivamente, pero la de Alemania e Italia fue mayor, pues enviaron conjuntamente unos 1.500 aviones que participaron, entre otros, en los bombardeos de Guernica y el mercado de Alicante. Pero las armas de los rusos, a su vez, no llegaron solas. Junto a ellas vinieron, además de los mencionados pilotos y tanquistas, asesores militares, técnicos, especialistas en armamento, instructores, ingenieros aeronáuticos, mecánicos, radiooperadores y traductores, estos últimos para que se produjera una comunicación fiable entre rusos y españoles. Y todos ellos sumaron, aproximadamente, 2.200 hombres y mujeres.

Si de lo que se trataba era de mediar, ninguno de estos materiales debería haber llegado a España. Sin embargo, era evidente que, mientras ambos bandos negociaban esos supuestos planes de mediación para la paz, suministraban todo tipo de arsenal y munición con la intención de vencer al comunismo y fascismo, respectivamente, en España.

«Es ventajoso que el conflicto continúe»

En 1938 se produjeron nuevos intentos. Francia, por ejemplo, sugirió intentar negociar el cese del conflicto mediante el acuerdo de los dos bandos de celebrar unas nuevas elecciones generales. Gran Bretaña añadió otra posibilidad: una división de España de acuerdo con el statu quo, tratando de explorar y conseguir un Gobierno de línea media que gobernase con apoyo militar extranjero. También se planteó la posibilidad de conseguir un armisticio por un tiempo limitado en el sector de Madrid, con el objetivo de evacuar a la población civil de la capital. Pero mientras caían las bombas y aumentaban los muertos.

El ministro de Asuntos Exteriores británico ordenó entonces a sus embajadores que sondearan la opinión de los Gobiernos de Hitler, Mussolini y Stalin sobre su apoyo a esta iniciativa que buscaba un armisticio temporal para que pudiera prepararse una retirada de los voluntarios extranjeros. El Vaticano, por mediación del Papa Pío XI, incluso accedió a intervenir en la operación, pero las respuestas de todos estos líderes fueron negativas. Parecían empeñadas en apoyar el combate en España costase lo que costase: «En el caso de una guerra civil internacionalizada como la española, el problema es más difícil, pues hay que contar con los países que ayudan a los contendientes. Si no existe voluntad para el arreglo del conflicto, porque resulta más ventajoso que este continúe en base a otros intereses y a pesar de gastos y pérdidas, la mediación es totalmente inútil», explicaba en su artículo el director Unisci.

Lo mismo ocurrió tras el ataque victorioso republicano en Teruel. El ministro francés Leon Blum manifestó al embajador británico que el conflicto acabaría en tablas y que debían comenzar una mediación antes de la primavera para poner fin a la barbarie. Pero, una vez más, ni Alemania, ni Italia, ni Rusia podían participar, ya que contaban con demasiados compromisos adquiridos con ambos bandos y tenían mucho interés en que la guerra les fuera favorable por encima de los muertos. Esta influencia provocó también que republicanos y franquistas declinaran la idea tras las pertinentes consultas en Salamanca y Barcelona: aunque sabían que el pueblo estaba cansado de sufrir, ninguno de los Gobiernos tenía confiaba en el otro.

Falsos intentos de paz

En julio de 1938, el Gobierno británico volvió a estudiar la posibilidad de hacer un llamamiento a ambas partes, esta vez por razones humanitarias, cristianas y pacíficas, pero no llegó a ninguna conclusión, con los mismos obstáculos de siempre. Se conocen también otras vías de negociación desde la última fase de la batalla del Ebro en noviembre de 1938 y estuvieron sobre las mesas de Franco y el entonces presidente de la República, Juan Negrín. La de este último era apoyada por el Partido Comunista de España (PCE) y un sector de los socialistas. Era un documento de 13 puntos en los que dejaba abierta la posibilidad a una mediación internacional, pero todo era una treta. En el fondo no deseaban la paz final, sino que tenían otro objetivo oculto: ganar tiempo hasta que estallara la Segunda Guerra Mundial y contar con el poyo necesario para aplastar a los franquistas. Y es que Negrín, incluso cuando ya se daba por hecho que la guerra estaba perdida, estaba convencido de que tenía que ganar la guerra fuera como fuera. Sin embargo, contaba con la oposición que se había creado dentro de su propio bando –representada por la mayor parte de los mandos militares, incluidos los generales Rojo y Miaja– y que sus líderes habían abandonado ya España ante la inminente derrota.

A esas alturas la Guerra Civil era ya la crónica de una muerte anunciada: la del Ejército Popular de la República, muy perjudicado por su división política, por su crisis económica y por el aislamiento diplomático y militar al que fue sometido por un enemigo que le arrebató desde un principio la soberanía y el monopolio de la violencia.

Fuente: ABC

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