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Jorge Trías Sagnier

En la parte posterior del altar mayor del colosal monumento funerario de Cuelgamuros se encuentra la tumba del fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia. Su viaje desde la cárcel de Alicante, en cuyo patio fue fusilado un veinte de noviembre hace 84 años, hasta esa, su penúltima morada, fue largo.

Enterrado primero en una fosa común en el Sacramental de la Florida Alta de Alicante, fue exhumado en 1938 por presiones del Gobierno inglés –la hija de Herbert Asquit, primer ministro liberal de Inglaterra entre 1908 y 1916, Elisabeth, estaba perdidamente enamorada de José Antonio– y enterrado en el nicho 515 del cementerio de Nuestra Señora de los Remedios

de esa ciudad costera. Terminada la Guerra Civil, en 1939, fue nuevamente exhumado y llevado a hombros por falangistas desde Alicante a El Escorial donde permaneció durante veinte años bajo el Altar Mayor de la Basílica escurialense. Por último, el 31 de marzo de 1959 se volvió a exhumar su cuerpo y fue trasladado a la Basílica del Valle de los Caídos donde, por ahora, reposa.

¿Y quién era realmente José Antonio? ¿Fue un hombre que se metió en política para defender la memoria de su padre, el jefe del Directorio militar que gobernó España de 1923 a 1925? ¿O, más bien el fundador de la Falange, esa especie de fascismo español «sui géneris»? ¿Era Primo de Rivera un señorito andaluz como le tildaban sus detractores? ¿o un abogado brillante, un intelectual discípulo de Ortega y admirador de Unamuno? Quizás fuera todas esas cosas y, sobre todo, lo que acabó siendo fue una víctima más de la Guerra Civil que truncó su vida a los 33 años después de ser juzgado por un tribunal popular. Fue ejecutado por un piquete compuesto por individuos de la CNT y la FAI antes de que se comunicase al «enterado» del presidente del gobierno de la República, Francisco Largo Caballero, y antes de que llegara a la prisión el pelotón de guardias de asalto que era quien debía fusilarlo con arreglo a la legalidad republicana.

 

Manuscrito en el que José Antonio proponía un Gobierno de todas las tendencias presidido por el republicano Martínez Barrio, y en el que figuraban nombres tan variopintos como los de Miguel Maura, Indalecio Prieto, Gregorio Marañón y Ortega y Gasset

De entre las diversas obras que hay publicadas sobre el fundador de la Falange es, quizás, la de Joan María Thomàs, profesor titular de Historia Contemporánea de la Universidad Rovira i Virgili, la que con mayor esmero ha investigado la poliédrica figura de José Antonio y el ideario de la Falange. Thomàs analiza hasta microscópicos detalles el juicio y los últimos momentos de Primo de Rivera, llegando a la conclusión que murió como un héroe. «La vida de José Antonio había acabado de una forma sórdida pero también heroica», escribe el historiador. No en vano dejó plasmado en su testamento, la noche antes a ser ejecutado estas frases que conmueven –todavía hoy– a muchos españoles: «Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas calidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia. Creo que nada más me importa decir en cuanto a mi vida pública. En cuanto a mi próxima muerte, la espero sin jactancia, porque nunca es alegre morir a mi edad, pero sin protesta. Acéptela Dios Nuestro Señor en lo que tenga de sacrificio para compensar en parte lo que ha habido de egoísta y vano en mucho de mi vida. Perdono con toda mi alma a cuantos me hayan podido dañar u ofender, sin ninguna excepción, y ruego que me perdonen todos aquellos a quienes deba la reparación de algún agravio grande o chico».

Cuando murió mi padre, uno de los fundadores de la Falange de Cataluña antes de la Guerra Civil, el 14 de septiembre de 1969, me hice cargo de todos sus archivos y papeles políticos. En la parte trasera de uno de esos archivos –un Fichet metálico siempre cerrado a cal y canto– al cabo de unos meses descubrí que uno de sus cajones archivadores no encajaba bien. En su parte trasera, escondidos, había unos cuantos libros masónicos, un mandil y varios documentos que habían pertenecido al hermano de su madre, su querido tío Josep María Bertrán de Quintana, el juez que abrió las fosas comunes de los crímenes perpetrados por elementos de la FAI durante los primeros meses de la Guerra Civil. Bertrán de Quintana había sido secretario político de Companys, abogado de Layret y el juez que ordenó investigar los asesinatos y perseguir a los culpables.

Y en otro de los cajones, había una valiosísima colección de documentos que ha servido para reconstruir, entre otras cosas, la historia de la Falange de Cataluña. Y lo mas sorprendente del hallazgo: una copia fotográfica, entonces desconocida por la mayoría de historiadores, en la que José Antonio Primo de Rivera, desde la cárcel de Alicante proponía vías de solución al sangriento conflicto civil que acababa de estallar; y, lo que más me llamó la atención, el original de las actas de las reuniones de la Junta de Mando Provisional de Falange Española de las J.O.N.S. (Juntas Ofensivas Nacional-Sindicalistas) que se celebraron entre el 5 de diciembre de 1936 y el 30 de marzo de 1937. Desde entonces, todos esos documentos han estado al servicio de cuantos historiadores han querido consultarlos, como ha sido el caso de Thomàs. Ahora reposan en el Archivo Tarradellas del Monasterio de Poblet.

 

Acta de la Falange, en la que se rechaza tener relaciones con otras fuerzas

El documento fotográfico es sorprendente, y fue tal mi sorpresa al leerlo cuando lo encontré que incluso unos años después, el 27 de noviembre de 1974, escribí un artículo en el desaparecido «Diario de Barcelona» –«Una sola España»– en el que reproduje algún párrafo, aunque entonces, un año antes de la muerte de Franco, el asunto pasó desapercibido. José Antonio era ajeno por completo al curso de la Guerra Civil y que a Franco se le hubiese aupado a jefe de los ejércitos y jefe del estado sublevado. José Antonio desconocía hasta qué punto estuviese ya organizado un Estado paralelo al legítimo de la República. Propone, nada menos, que una amnistía general, la disolución y desarme de todas las milicias y un programa de gobierno, incluyendo la reforma agraria, en nueve puntos. En otro de los documentos fotográficos reconoce que no tiene datos «de quién lleva la mejor parte». Lo cierto es que José Antonio y Franco se tuvieron mutua antipatía y al recién nombrado «generalísimo» la presencia del fundador de la Falange le habría supuesto un serio contratiempo.

José Antonio fue fusilado a las 6.20 de la mañana del día 20 de noviembre de 1936. La noticia de su muerte llegó de forma fragmentaria y con incredulidad al bando nacional. Muchas personas abrigaban esperanzas de que siguiera con vida y se referían a él como «el ausente». Tanto es así que, mientras José Antonio propone soluciones de paz, la Junta de Mando Provisional actúa de modo totalmente distinto. Efectivamente, Primo de Rivera incluso se ofrece a trasladarse a Salamanca, dejando a dos hermanos suyos como rehenes en Alicante, para tratar de llegar a un acuerdo con los generales sublevados. El asunto es considerado y se entrevista con él en la cárcel de Alicante el subsecretario de Agricultura Leandro Martín Echevarría, sin ningún éxito. Ni Azaña ni Indalecio Prieto –éste y José Antonio llegaron a anudar un sincero afecto– querían el fusilamiento del fundador de la Falange. Mas mientras José Antonio negociaba, la aviación franquista bombardeaba Alicante. Prieto hizo una gestión discreta con el tribunal, con el fin de que la condena fuera moderada, pero fracasó en el intento: «El vecindario estaba soliviantadísimo por los bombardeos de la aviación italiana, y falangistas del montón, menos responsables que su jefe, habían sido fusilados como represalia». Azaña llegó incluso a escribir en sus «Apuntes» que sintió repugnancia por el fusilamiento del líder falangista.

José Antonio, como se ve en el documento fotográfico, había propuesto un gobierno de unidad nacional presidido por Diego Martínez Barrio, con los siguientes ministros: Sánchez Román en Estado, Álvarez (Melquíades) en Justicia; Guerra, el Presidente; Marina: Maura (Miguel); Gobernación: Portela; Agricultura: Ruiz Funes; Hacienda: Ventosa; Instrucción Pública: Ortega y Gasset; Obras Públicas: Prieto; Industria y Comercio: Viñuales; Comunicaciones: (sin nombre); Trabajo y Sanidad: Marañón. Ni un solo falangista, ni un general sublevado.

Deificado hasta el ridículo

Mientras tanto, y sobre todo después de la muerte de José Antonio, la Junta de Mando Provisional que presidía Manuel Hedilla, un hombre gris y bienintencionado, caminaba por otros derroteros. Trataron por todos los medios de oponerse al Decreto de Unificación de falangistas y carlistas que ya se barruntaba. Ambas formaciones políticas llegaron a reunirse en Lisboa para impedir lo que parecía inminente y unificarse para que Franco se encontrase ante un hecho consumado. El resultado fue la práctica desaparición de la Falange como tal y el nacimiento de un Movimiento Nacional que duró, con distintos trajes, hasta la muerte de Franco en 1975, hace hoy 45 años. Hedilla tuvo un triste final. Fue detenido, acusado de rebelión, encarcelado y juzgado por Franco. Condenado a muerte, la pena fue conmutada. Murió pacíficamente en el más completo ostracismo en 1970.

El José Antonio de los papeles de la cárcel de Alicante, del juicio y de su testamento, no es el de un fascista. El de sus discursos, artículos y jefatura de Falange, sí. De un fascismo sui géneris, desde luego, pues está muy teñido de catolicismo, o del fascismo mussoliniano prebélico que desembocó en la terrible conflagración mundial. Hoy, si se pregunta a jóvenes universitarios sobre su figura, apenas saben quién es este hombre que durante el franquismo fue deificado hasta el ridículo, una deificación que probablemente a él mismo habría sonrojado.

Fuente: ABC

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