altPor José García Domínguez

Una semana antes de aquel 18 de julio de 1936 que habría de marcar para siempre la Historia del siglo XX español, la prensa de Barcelona recogía en sus páginas de sucesos las crónicas de un extraño crimen. En la puerta de La Criolla, famoso local de travestis del barrio chino de la Ciudad Condal, un habitual del establecimiento –al punto de ser conocido por el alias Pep de La Criolla– había sido asesinado por un grupo de individuos, al parecer mossos d’esquadra de paisano.

El del tal Pep, un personaje del lumpen barcelonés vinculado a los servicios de espionaje de laGeneralitat, no sería ni el primer ni el último cadáver en una de las tramas más sórdidas y menos conocidas de la Cataluña de la República y la Guerra Civil. Se trata de ésa que alimentaría una catarata de odios fratricidas, traiciones, muertes violentas y conspiraciones políticas sobre la que todavía hoy pesa un pacto de silencio sepulcral entre los testigos que aún permanecen vivos, además de un compromiso tácito de discreción por parte de los historiadores oficiosos del mundo catalanista. Silencio que acaba de romper un prestigioso catedrático de Historia de la Universidad Autónoma de Barcelona, Enric Ucelay da Cal. Así, el grueso de los datos recogidos en este artículo procede de un trabajo de investigación historiográfica que ese estudioso acaba de publicar bajo el título El “complot nacionalista” contra Companys, ensayo que, a su vez, ocupa un capítulo del tercer volumen de La Guerra Civil a Catalunya, obra colectiva promovida por Edicions 62.

Según compendia Ucelay en ese escrito, todo comenzó tres años antes de que sonara aquella ráfaga de disparos secos en la puerta de La Criolla. Fue en el transcurso de 1933, cuando un simple accidente de coche sin consecuencias graves devendría en el catalizador del oscuro drama. Quienes viajaban en aquel automóvil siniestrado camino de Manresa eran dos dirigentes de las JERC (Juventudes de Esquerra Republicana de Cataluña): Miquel Badía, más conocido entre sus seguidores como Capità Collons (Capitán Cojones), y Carles Duran. Este último, un protagonista secundario, únicamente significado por ser el  marido de una joven y bella rubia, también militante del partido, Carme Ballester i Llasart.

La rotura de un neumático en la carretera que une Barcelona con Manresa abrirá, pues, la primera escena de una obra que habrá de concluir con la muerte a tiros del Capità Collons a manos de un pistolero a sueldo y una conjura posterior de sus seguidores para asesinar al mismísimo presidente de la Generalitat, Lluís Companys.

De los testimonios que ha reunido el historiador se extrae que, tras aquel accidente, Badía fue trasladado al hospital de Manresa. Allí se encontraría con Carme Ballester, que, alarmada, habría acudido al centro en busca de su marido. Sin embargo, Carme no coincidiría con su esposo, ya que éste no habría considerado necesario recibir asistencia médica y optaría por retornar de inmediato a Barcelona.

Inesperadamente solos en la habitación hospitalaria, por lo visto, en determinado momento el encuentro casual entre Badía y la hermosa Carme “se calentó”, al tenor literal de lo recogido en la narración histórica. Fruto de aquellos instantes de ardor, al parecer, Badía se consideró depositario en lo sucesivo de ciertos derechos sobre la joven, y legitimado para ejercerlos cuando lo considerase oportuno. Hasta ahí, la peripecia parecía llamada a terminar en anécdota privada. Y así hubiese sido de no irrumpir en el argumento principal un tercero, el recién nombrado presidente de la Generalitat, Lluís Companys.

Y es que poco después de aquello Companys, ya cincuentón y separado de  Mercè Picó, su mujer en el momento de acceder al cargo, se sentiría fuertemente atraído por esa misma compañera de partido que Badía creía suya. Una querencia que resultaría correspondida de inmediato por Carme y que, por razón de su intensidad, daría lugar a más de una situación embarazosa. Por ejemplo, ésta ambientada en la Gran Vía barcelonesa que recoge el estudio de Ucelay: “En cierta ocasión, Companys se dejó caer por el centro de la JERC en la Gran Vía de las Cortes Catalanas. Alguien abrió la puerta de un despacho y lo descubrió en plena acción; la historia, no hace falta decirlo, corrió por toda Barcelona”.

Así las cosas, el choque entre los dos hombres sólo podía ser una cuestión de tiempo. De un tiempo que el azar quiso que coincidiera con el golpe contra la República de octubre del 34. Una asonada en la que Companys asumiría el protagonismo desde las instituciones y el otro, Badía, el liderazgo en la calle como jefe de las milicias subversivas. Ése sería el reparto de papeles, a pesar de que un mes antes de revolverse contra la legalidad democrática española, en septiembre del 34, Companys había decidido cesar a su competidor, hasta ese momento comisario general de Orden Público de la consejería de Gobernación.

Fue ésa una maniobra en la que el president no ponderó suficientemente la fuerza real de su enemigo personal y político dentro de ERC. En efecto, la presión de los partidarios de aquél forzaría a Companys a anunciar públicamente que su decisión había sido un error, y la disposición presidencial a reponerlo en su puesto al mando de las fuerzas de seguridad de la Generalitat. Compromiso que el otro se apresuro a exigirle que cumpliera en una acalorada entrevista personal.

En ese encuentro era inevitable que surgiera lo que ninguno de los dos podía tolerar del otro. Y surgió. “Ese cargo no es para un hombre como tú”, grita Companys. “¿Qué quieres decir con eso?”, replica enfurecido Badía. “¡Ella es una santa!”, clama fuera de sí Companys. Y ahí, en el clímax del enfrentamiento, es cuando Badía no resiste contenerse por más tiempo y procede a relatar alpresident la confraternización manresana con todo lujo de detalles. En ese instante de la discusión, según pregonarían luego los seguidores de Badía, éste pudo haber firmado su propia sentencia de muerte.

Tras los gritos y el portazo final, Companys, consternado por lo que acaba de oír, convocará a algunos presentes en la jornada de Manresa para intentar que le confirmen los hirientes hechos de los que acaba de alardear su rival. Terminará este segundo acto de la tragedia con lo que, asegura el catedrático, el “todo Barcelona” conoció como “la misa negra en la cama de Macià”. En el dormitorio de la Casa dels Canonges, residencia oficial de los presidentes de la Generalitat, y sobre el lecho que perteneciera a su antecesor, Francesc Macià, Companys obligará a Carme a ofrecerle un juramento formal de fidelidad.

Ya con esa situación de odio personal en el punto álgido, se entiende que la coordinación entre los dos líderes de la Esquerra durante las jornadas de Octubre fuera pésima. Y que, tras una breve lucha y la rendición de los separatistas ante la pequeña guarnición que mandaba el general Batet, aquella astracanada concluyese como lo hizo: con Companys detenido y depuesto y con su compañero y rival huyendo por una salida secreta de la consejería de Gobernación que daba acceso a las cloacas de Las Ramblas. Ya a salvo, este último emprendería camino hacia un corto exilio parisino. A partir de ese momento, el entorno de Companys, coordinado por Jaume Miravitlles, pondría en marcha una intensa campaña para desviar toda la responsabilidad de la intentona y de su fracaso exclusivamente hacia la persona de Miquel Badía. Corría el invierno de 1934, y los días del Capità Collons estaban contados.

Companys, hasta entonces preso en Cádiz, retornará a Barcelona en loor de multitud tras la victoria de las izquierdas en las elecciones de febrero de 1936. Justo dos meses después, Badía partirá hacia el otro mundo. En efecto, sesenta días más tarde, el 28 de abril, aparecerá su cadáver (y el de su hermano) en un portal de la calle Muntaner del Ensanche barcelonés. Un tal Justo Bueno, sindicalista de la CNT y pistolero a sueldo de la FAI que no conocía de nada a sus víctimas, había vaciado el cargador de una browning sobre el líder de la Juventud de la Esquerra y su acompañante. Necesariamente, alguien hubo de señalar el objetivo a Bueno.

Llegado a ese punto crítico de la investigación, Ucelay escribe: “Todos los nacionalistas de convicción que simpatizaban con Badía sabían que la información había salido de Companys”. Por su parte, la Policía, en ese momento ya bajo el control directo de un hombre del círculo íntimo delpresident, Frederic Escofet, atribuirá de forma vaga el rol de instigadores del crimen a “los falangistas”.

Nadie entre los independentistas radicales de las JERC creerá la versión policial. A resultas de ello, el primer llamado a pagar el airado escepticismo de los seguidores de Badía será Pep el de La Criolla, que lo hará con su vida. El segundo convocado a rendir cuentas de lo acontecido resultará el propio partido del president, ERC. Así, inmediatamente, la mayoría de los militantes y cuadros de las Juventudes de Esquerra Republicana decide escindirse y fundar otro partido, recuperando las siglas del viejo Estat Català que fundara Francesc Macià. El tercer chivo expiatorio podría haber sido el propio Lluis Companys, si la conjura que poco después urdieron los disidentes para matarlo se hubiera llegado a materializar.

Ahora, cuando se acerca el desenlace final de la obra, es el momento de que irrumpa en escena un turbio personaje, Andreu Reverter i Llopart, cuyo papel resultará decisivo en lo que aún ha de acontecer. Porque, iniciada ya la guerra, el president adopta la decisión sorprendente de nombrar a ese perfecto desconocido para ocupar el cargo más importante de la Generalitat en aquellas circunstancias, el Comisariado General de Orden Público.

La información obtenida por Ucelay entre sus fuentes lo lleva a retratar de la siguiente guisa al nuevo hombre de confianza de Companys: “Originario de Cornellà de Llobregat, hijo atolondrado de un fabricante, con fama de playboy, tenía renombre –merecido o no– como procurador de jovencitas. Se decía que su mujer era muy amiga de Carme Ballester y se rumoreaba que se había incorporado a los juegos íntimos del president algunas veces, sin protesta del marido”.

Al tiempo, en el otro juego, el político, el president se decantaba por una alianza estratégica con la CNT-FAI, organización en la que guardaba numerosas amistades tras haberles prestado durante años sus servicios como abogado laboralista. Ese posicionamiento sería la causa de la caída en desgracia de su segundo en el govern, Joan Casanovas, un independentista en la línea de Badía.

Casanovas, que además presidía el Parlament de Cataluña, decidirá entonces acercarse a los escindidos que acababan de crear Estat Català. La nueva hostilidad abierta entre dirigentes de ERC saldrá a la luz pública cuando, aprovechando un viaje del otro a Francia, Companys lo desposea de su residencia oficial, cediendo las instalaciones a Manuel Azaña, que buscaba alojamiento en Barcelona tras huir de Madrid.

Que la segunda autoridad formal de Cataluña flirteara con un grupo que nunca había disimulado su simpatía por los nazis echaba más leña al fuego en una hoguera que no dejaba de crecer. Sobre todo, teniendo en cuenta que en ese momento ya había trascendido el viaje a Alemania de uno de los dirigentes escindidos, Manuel Blasi, y sus contactos con la red de Alfred Rosemberg; así como otro encuentro programado en Bruselas entre una delegación de Estat Català y representantes del Partido Nacional Socialista de Hitler.

Una muestra del peligro que encerraba el giro de Casanovas la constituye la fuga de Josep Dencàs, el jefe de Estat Català. Porque al difundirse esos movimientos sospechosos de los independentistas más radicales Dencàs no tendrá más remedio que huir a toda prisa de la España republicana en un vapor italiano, tras rescatar a su esposa e hijos de un secuestro por parte de los cenetistas. Era evidente, pues, que se estaba llegando al límite de una tensión insostenible entre las dos facciones del nacionalismo, la oficial de Companys y la de los disidentes. Cualquier chispa podría provocar entonces el estallido del polvorín catalanista. Y justo en ese instante crítico Reverter, el playboy de Cornellà, sintiéndose acorralado por lo que se explicará a continuación, decidirá amenazar a Companys con ser él quien encienda la mecha.

Esto último, la deslealtad de Reverter hacia Companys, el hombre que lo había extraído de la nada para proyectarlo a la cima del poder, ocurrirá a raíz de su detención por los anarquistas. Ese incidente, otro de los enigmas tovavía no esclarecidos de la historia que nos ocupa, es abordado así por el catedrático barcelonés: “Es posible que, justo el mismo día que fue arrestado, también lo denunciara el director general de Seguridad del Gobierno Largo Caballero, por haber parado a unos policias estatales que llevaban lingotes de oro y platino a Francia y haberles reclamado un porcentaje; tal vez esa acusación fue únicamente una mentira para tapar las implicaciones personales de Companys o el rol de Casanovas”.

En cualquier caso, ya la paternidad de ese robo correspondiera a Reverter o sus actividades delictivas las realizara a instancias de algún superior, el de Cornellà no dudará en chantajear a Companys al verse preso. De tal modo que le hará llegar su propósito de revelar “aspectos inconvenientes” del president de la Generalitat en caso de no ser liberado inmediatamente. Cursado y recibido el mensaje, a Reverter se le ofrecen en el acto garantías  de que se procederá a su excarcelación para luego facilitarle una posteriór salida hacia Francia. Confortado por el compromiso, el recluso opta por callar de momento; no imagina que a no tardar lo hará para siempre.

Los deudos de Badía, ahora coaligados con Casanovas, no permanecerán indiferentes a esos acontecimientos. Pero dejemos de nuevo que sea el profesor Ucelay quien hable: “Mientras tanto, en medios nacionalistas se había hablado, muy irresponsablemente, de tomar el control de la situación mediante la liquidación del president y la toma del poder en la capital catalana (…) Algunos –por ejemplo, Esteve Albert, un exaltado nacionalista de acción de Mataró– ya habían hecho planes para un atentado. Circuló la historia de que un comando de Estat Català que pretendía secuestrar al president fue detenido por los anarquistas”.

En cualquier caso, lo cierto es que, tras este último episodio, el conseller Casanovas será detenido junto al nuevo secretario general de Estat Català, Torres Picart. En el transcurso del duro interrogatorio que llegará a continuación, Picart “se hunde”. A partir de su confesión, la suerte de los dos casanovas, el del govern y el alcahuete de Cornellà, estárá definitivamente echada.

Así, el cadáver de Reverter será descubierto en una cuneta de la carretera que une Manresa y Calaf, aunque, al parecer, el tiro en la nuca se lo habrían disparado “agentes de confianza” de la CGOP, inmediatamente después de salir de la celda que ocupaba en el castillo de Montjuic. A ese respecto, apostilla prudentemente el autor de la investigación histórica: “Parece ser que Companys obligó al govern Tarradellas –éste, venido urgentemente desde Valencia, la noche del 24 al 25– a votar la aprobación de su muerte, lo cual aceptaron todos menos Comorera”.

Por su parte, Casanovas, un hombre también de vida dispersa (estaba “estrechamente vinculado” a la vedet del Paralelo Margarita Carvajal), logrará salvar la vida in extremis. Tras una rocambolesca huida que por sí sola daría material para otro artículo, finalmente logrará pasar a Francia para no retornar jamás a Cataluña. En cuanto al resto del cuadro de actores, todos se perderán más tarde en el olvido. Todos, incluido el president Companys, ya que su trágica muerte en el mismo castillo de Montjuic daría lugar al gran tabú que aún hoy impide que se difunda el lado oscuro del nefasto capítulo que protagoniza en la historia contemporánea de Cataluña.

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