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Victor Davis Hanson

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

El emperador Diocleciano dividió a la mitad al inmenso Imperio Romano en el año 286 d.C. con la intención de que este fuera administrado de forma pacífica por dos emperadores.

La parte occidental del Imperio estaba conformada por lo que hoy conocemos como Europa Occidental y el Noroeste de África, mientras que la mitad Oriental incluía partes de Europa Oriental, Asia y el Noreste de África.

Posteriormente, el emperador Constantino reafirmó esta división al trasladar la capital del imperio de Roma a Constantinopla en el año 330, siendo esta última fundada sobre un antigua polis griega que conocida como Bizancio.

Desde entonces, esas dos mitades administrativas de lo que otrora fuera un enorme imperio continuaron separándose hasta que se desligaron totalmente. Fue así como surgieron dos versiones cada vez más diferentes, aunque afines, de una romanidad que anteriormente se encontraba unificada.

El Imperio Occidental terminó por desaparecer a finales del siglo V d.C.

En cambio, su contraparte Oriental sobrevivió por casi mil años, siendo de ahora en adelante conocida como el Imperio Bizantino, el cual fue finalmente conquistado por los turcos otomanos en el año 1453.

Los historiadores siguen debatiendo las razones por las que el Imperio de Oriente perduró mientras el Imperio de Occidente se desmoronó. Algunos argumentan que todo se debió a divergencias geográficas, problemas fronterizos, rivalidades tribales y desafíos internos diferentes.

De todos modos, es cierto que los modernos han creado un estereotipo poco realista, el cual ha sido propagado por Hollywood, de que la Roma imperial tardía era decadente y merecía desaparecer. Por otra parte, la historiografía creo el mito de que la romanidad “bizantina” fue burocrática, rígida y ultraortodoxa, haciéndose cada vez más reaccionaria con tal de sobrevivir en una época turbulenta.

No obstante, debemos tener en cuenta que la geografía jugó un papel importante a la hora de diferenciar a una civilización de habla griega, ortodoxa y mucho más antigua en el Oriente, frente a una forma de cristianismo mucho más políglota y a menudo díscolo que surgió en el Occidente latino.

Bizancio logró mantenerse firme frente a sus antiguos rivales persas y los nuevos desafíos que enfrentó venidos de Oriente Medio y Egipto, Por el contrario, Occidente se desintegró en una amalgama de tribus y pueblos fracturados por sus antiguas fronteras étnicas.

A diferencia de Occidente, Oriente logró preservar su cohesión interna durante siglos gracias a su defensa inflexible del helenismo antiguo, conservando así de forma holística la lengua, la religión, la cultura y la historia griegas que compartían todos sus territorios.

Para el año 600 d.C., Constantinopla se había convertido en el centro de una de las civilizaciones más impresionante del mundo, extendiéndose desde el Este de Asia Menor hasta el Sur de Italia. Mientras tanto, Occidente se había fragmentado en tribus y reinos proto-europeos desunidos.

Ahora bien, en Estados Unidos es cada vez más común escuchar como se ha producido una especie de fractura entre los Estados federales rojos y los azules, incluso algunos hablan de nueva guerra civil. Lo cierto es que cada año millones de estadounidenses son elegidos y terminan por desvincularse de sus puestos políticos debido a razones ideológicas, culturales, políticas, religiosas y también a causa de sus diferentes visiones del pasado de su país.

Los tradicionalistas y conservadores suelen vivir en el interior, donde el gobierno tiene muy poco control, existen muchos menos impuestos y la gente es mucho más religiosa.

Estos bizantinos actuales son propensos a honrar el pasado a través de costumbres y rituales codificados como estar de pie al cantar el Himno Nacional, asistir a los servicios religiosos todos los domingos, reverenciar la historia de los Estados Unidos y sus héroes nacionales y defender la familia nuclear.

Consideran que la inmigración debe ser entendida como un crisol de razas y una forma de integración donde todos los recién llegados acepten las máximas impuestas por el cuerpo político que han sido definidas por la ciudad sagrada, eterna y resplandeciente que ha sido construida sobre una colina.

Los Estados rojos aceptan que el cambio es algo natural, pero creen que Estados Unidos nunca tuvo que ser perfecto para ser bueno: existirá mientras sea fiel a la Constitución que adoptó hace 234 años, continue hablando la lengua inglesa y sea capaz de asimilar a los recién llegados a las ideas culturales que componen este país excepcional y duradero.

Por el contrario, los Estados azules, que son muchísimo más liberales, se han hecho ricos gracias a la globalización. La Costa Oeste, que va desde Seattle hasta San Diego, se ha enriquecido con el floreciente comercio asiático, mientras que la Costa Este, que va desde Boston hasta Miami, esta conectada por mar con la Unión Europea.

Las grandes universidades y centro de investigación como la Ivy League, el MIT, Caltech, Stanford y la Universidad de California se encuentran en las Costas. Y del mismo modo en que Roma fue en su día el centro del proyecto romano, el Washington D.C.  azul es el centro del poderoso gobierno estadounidense.

Además, los Estados costeros son diversos y aceptan que los recién llegados pueden conservar sus antiguas identidades culturales.

La misma religión es mucho menos ortodoxa y el ateísmo y el agnosticismo se extienden por doquier. Además, los nuevos movimientos feministas, transgénero y la teoría crítica de la raza surgieron en este ambiente urbano, costera e intelectual.

Los extranjeros ven en estos Estados de la Costa como la sede de una cultura vibrante, sofisticada, cosmopolita y liberal, ya que su riqueza está basada en la tecnología, la información, las comunicaciones, las finanzas, los medios de comunicación, la educación y el entretenimiento.

Podemos decir que los Estados rojos del interior se encuentran compuestos por una población muy similar a los habitantes de los Estados Azules, pero se extienden por una superficie mucho más vasta, la gente es más pragmática y predecible, sin hablar de que en el interior es donde se producen los alimentos, combustibles, minerales y bienes materiales que consumimos.

Tanto nuestro interior bizantino como nuestras Costas romanas interpretan de forma muy diferente la herencia que comparten, interpretación que diverge cada vez más frente a un futuro incierto.

Sin embargo, es mucho más probable que uno de estos dos modelos de Estado se vuelva insostenible y se derrumbe a que cualquiera de estas dos regiones declare a la otra una guerra civil.

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