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Decía Michel Godet que se podría considerar a la Prospectiva y a la Estrategia como dos amantes. Son disciplinas separadas pero íntimamente unidas. También podríamos pensar que este aserto sólo puede provenir de un francés, pero la expresión no deja de ser afortunada. No se entiende un estratega que no escudriñe a lo lejos y no se puede entender una prospectiva realizada sin un motivo determinado que no acabe conduciendo, a la postre, a la estrategia.

“Mirar a lo lejos”, ver el futuro, siempre cambiante, siempre dependiendo de la libre voluntad de millones de agentes implicados. Ese es el reto perenne, no por difícil siempre retomado por la humanidad. ¿Hacia dónde se encaminan los tiempos? A esta pregunta se responde de muchas maneras, pero independientemente de las conclusiones de uno u otro futurólogo, el punto de partida siempre es el presente.

Entendemos “presente” como una situación problemática en la que nos hallamos. El presente siempre es problemático, de forma ineludible  presenta un reto, una situación que hay que superar. Si el presente no fuese una situación incierta, la mirada al futuro carecería de sentido.

1 DOS MODELOS DE EJÉRCITO FRENTE A FRENTE

Los vaivenes de la historia han ido alternando dos modelos básicos de ejércitos: el profesional y el de conscripción. Entre ambos, ciertamente, existe una gama de “grises”, de modelos intermedios, híbridos si se desea utilizar esta expresión que matizarían uno y otro extremo. Así pues, podríamos hablar de ejércitos no profesionales, pero tampoco obligatorios, como podrían ser los componentes de las famosas “guardias nacionales” de los Estados Unidos, herederas de las antiguas milicias coloniales,  o los casi desconocidos “reservistas voluntarios” de España.

La alternancia entre ambos modelos extremos de ejército ha dependido de situaciones políticas, bélicas, económicas e incluso sociológicas. Ambos modelos se han enfrentado en los campos de batalla y cada uno de ellos ha podido apuntarse victorias y derrotas frente al otro. Existen ejemplos y contraejemplos en todo lo largo y ancho del espectro histórico. Desde las profesionales, disciplinadas y eficaces legiones romanas del alto Imperio arrasando pueblos enteros movilizados hasta el último hombre, o la batalla de Valmy, en la que la “Nación en armas” permitió la supervivencia de la Revolución Francesa frente a los ejércitos profesionales de las monarquías hostiles.  No faltaría tampoco el caso de un modelo de ejército voluntario, pero no profesional, como las milicias norteamericanas del siglo XVIII, venciendo a un ejército profesional y muy disciplinado como el ejército británico. Durante la Segunda Guerra Mundial, en sus inicios, llegaron a enfrentarse unidades alemanas formadas por conscriptos contra unidades de soldados profesionales británicos, venciendo los conscriptos teutones como fue el caso de la ofensiva de Mayo de 1940. Más recientemente, volvemos a encontrarnos un choque entre ejército profesional y ejército de conscripción  en la Guerra de las Malvinas, entre un  ejército británico y un ejército argentino nacional, en este caso, con victoria de los profesionales.

Si la victoria dependiese del tipo de modelo de ejército del que se dota un país, o dicho de otra manera, si siempre estuviese asegurada la hegemonía de un modelo de ejército al enfrentarse al otro, simplemente no existirían dos modelos de ejército, sólo habría uno. La realidad nos indica que ambos modelos presentan fortalezas y debilidades que, en un momento determinado, frente a unas circunstancias específicas, acaban siendo las que inclinan la balanza del resultado.

1.2 El ejército de conscripción

El hallazgo en el terreno militar que da lugar a la Edad Contemporánea es el ejército nacional de los revolucionarios franceses. La Nación en armas. El modelo, perfeccionado con Napoleón, expandió las ideas de la Revolución y creó la Europa de los ciudadanos sobre las cenizas de la Europa de los súbditos. Y aunque el emperador francés fue finalmente derrotado, casi todos los países importantes de Europa imitaron su modelo con el paso del tiempo. Los británicos, siempre reacios a la conscripción, tuvieron que recurrir a ella en la Segunda Guerra Mundial.

Desde su nacimiento hasta su punto culminante, la Segunda Guerra Mundial,  el modelo fue perfeccionándose. Se creó el Estado Mayor, las academias militares y organismos destinados a almacenar las experiencias bélicas, los avances tecnológicos y de organización, a fin de conseguir una mejora continuada. También aparecieron los soldados “ideológicos”, combatientes con una gran carga de motivación inducida, ya fuera de tipo patriótica, religiosa, política o con tantas combinaciones de estos factores se pudieran conseguir. Este soldado cargado de “ideología” suponía un punto más de diferencia sobre el recluta tipo de los ejércitos convencionales.

El ejército nacional garantizaba poseer una fuerza numérica importante (e imponente), capaz, como demostró en la Primera Guerra Mundial, de constituir una barrera humana para acordonar toda la frontera de un país y detener al invasor.

Desde un punto de vista sociológico, el ejército de conscripción también poseía una faceta educadora, sobre todo para capas desfavorecidas de la sociedad. Allí, sectores marginales aprendían rudimentos de lectura y escritura. Igualmente, capacitaba a determinados reclutas formándoles en oficios a los que en su entorno no podrían acceder: conductores, soldadores, mecánicos, torneros, etc… En países como Marruecos, el ejército es el primer contacto que muchos jóvenes iletrados tienen con la cultura aún a día de hoy.

El ejército nacional también era un factor de cohesión del país. Los jóvenes se ponían en contacto con otros de otras regiones, se creaban lazos amistosos y, en caso de peligro, se veían obligados a colaborar, generando sentimientos de camaradería por encima de rencillas tribales o locales.

El ejército nacional, una vez movilizado, suponía, automáticamente, un aumento de las privaciones económicas para todas las capas sociales del país. La fuerza productiva principal se iba al campo de batalla y abandonaba las fábricas y los cultivos. Muchas industrias alteraban su actividad original y se reorientaban hacia el esfuerzo bélico y la guerra. Los transportes veían restringida su red comercial a favor del transporte militar.  Igualmente, el ejército nacional suponía una producción masiva de uniformes, armas, pertrechos, construcciones y vehículos que no tenían más tiempo de vida que lo que durase la guerra y que tras la firma de la paz se convertían en piezas de trastero, chatarra o alimento para las polillas, a pesar del enorme esfuerzo económico que había supuesto la fabricación de todo ese material.

La segunda mitad del siglo XX supuso una gran pujanza económica para los países occidentales. La esperanza de vida se alargó considerablemente y trajo aparejada una natalidad más reducida. Aunque hubiese países europeos con mucha población, como Alemania, la natalidad se mantenía bajo mínimos. Esto hacía muy poco proclive a la guerra a estas sociedades, en las que la pérdida de un joven suponía con gran probabilidad, el fracaso reproductivo de una familia.

Por otra parte, las sociedades del bienestar habían generado un sentimiento de desconfianza hacia los discursos de tipo patriótico tradicionales, a los que, de alguna manera, responsabilizaban de los enormes costes en vidas que supusieron los terribles conflictos bélicos del pasado siglo XX, por más que todas las grandes guerras del pasado siglo hubiesen sido declaradas y desencadenadas por políticos y no por militares.

La llamada a filas para muchos jóvenes, en pleno proceso de afianzamiento de su situación afectiva, laboral, profesional o académica, suponía un intervalo indeseable que postergaba sus objetivos prioritarios. Igualmente, el modelo de microcosmos castrense, con unos valores que contrastan claramente  con los que imperan en  la vida civil : autoridad, jerarquía, sacrificio, tradición, etc… suponía una inmersión indeseada para cada vez mayores sectores de la juventud educada en otro tipo de valores o con ideologías claramente opuestas a la más mínima simbología militar.

Las sociedades democráticas fueron reaccionando a todo este tipo de cambios de una manera progresiva y bastante natural, dada la naturaleza del poder político de las mismas. En algunos países, como Estados Unidos, durante la guerra de Vietnam, las protestas y los movimientos contestatarios ante este modelo de ejército, fueron especialmente intensos. Incluso antes, durante la Primera Guerra Mundial, el ejército francés vivió una sorprendente oleada de motines, mientras que el ejército de la Rusia zarista se descompuso a causa de las deserciones y revueltas que aprovecharon los bolcheviques para conquistar el poder político.

En el caso de España, a factores de tipo sociológico como los ya descritos, se añade la especificidad de la presencia de movimientos políticos muy implantados en determinadas comunidades autónomas, de marcado discurso hispanofóbico, que ven en el ejército nacional una herramienta del gobierno que puede, llegado el momento, oponerse violentamente a sus declarados propósitos de disgregar a la nación. Igualmente, a estos movimientos les interesa poco o nada que sus jóvenes establezcan lazos de camaradería o convivan con gentes de otras zonas del país.

El resultado natural de todas estas tensiones fue el abandono progresivo del modelo de fuerzas armadas basadas en la conscripción.

1.3 EL EJÉRCITO PROFESIONAL

El ejército profesional, como medio de vida para sus miembros, supone una herramienta eficaz en general, pero lleva aparejado un tamaño necesariamente reducido y un coste económico elevado. Presenta su máxima eficacia en situaciones en las que se conjura un peligro puntual o se lleva a cabo una operación de tipo quirúrgico contra fuerzas hostiles o territorio enemigo.

El reducido tamaño de los ejércitos profesionales se suele superar por medio de coaliciones más o menos estables, como el caso de la OTAN, que aportan efectivos numéricos, pero añaden complejidad al manejo de los mismos y sobrecargan todos los procesos de coordinación. El ejército profesional lleva ineludiblemente a las direcciones militares conjuntas y combinadas.

Para casos de necesidad, las distintas legislaciones de los diferentes países contemplan la posibilidad de levas forzosas o, antes que eso, de utilizar el recurso de voluntarios con alta disponibilidad, como podría ser el Territorial Army británico, la Guardia Nacional de los diferentes estados de USA, o reservistas voluntarios. En el caso de España, no obstante, no existen unidades de reservistas. Una hipotética llamada a los mismos no supondría en ningún momento el aumento de unidades disponibles. Dado el modelo de reservismo adoptado en nuestra nación, no supondría un aumento de la fuerza y sí supondría un inicial sobreesfuerzo de coordinación y de organización para todas las unidades.

El ejército profesional supone una liberación de la carga que el servicio militar impone tanto al ciudadano como a la sociedad, pero también genera dos mundos separados. Los militares dejan de estar visibles en la vida social.  En algunos países, como Gran Bretaña, el ejército sigue despertando muchas suspicacias entre la población civil y difícilmente el país puede permitirse un modelo de ejército que no sea el que tiene.

2. EL EJÉRCITO NORTEAMERICANO

El ejército norteamericano es la referencia obligada en las sociedades occidentales. El papel hegemónico de Estados Unidos lleva casi de forma irreflexiva a copiar casi todos los aspectos de esa sociedad: gastronomía, espectáculos, vestimenta, etc… El ejército, con sus tácticas, organización y sistemas es tan sólo uno más de los aspectos a imitar en Occidente.

El ejército norteamericano es consciente (lo reconozca o no) de  que el soldado de infantería es el famoso “eslabón débil” de la cadena, como diría Clausewitz. El soldado de infantería, en el fragor de la batalla, sufre las heridas, las incomodidades,  el cansancio, el miedo, la rabia, la desesperación, los arrebatos de valor y las inclemencias climatológicas. Sufre el alejamiento de los suyos, de su barrio o de su pueblo. Si pertenece a un grupo étnico minoritario dentro de su unidad, puede sufrir el aislamiento o incluso la violencia por parte de sus compañeros. El entrenamiento estándar del soldado de infantería va orientado a que sepa utilizar una serie de armas e instrumentos, pero salvo en unidades muy específicas, nunca va orientado a endurecerse frente al sufrimiento en la adversidad, como podría ser el entrenamiento de un soldado chino, por poner un ejemplo.

La respuesta del soldado norteamericano de infantería pasa por todos los registros del espectro, desde el valor al miedo, del autosacrificio al asesinato de sus oficiales, del esfuerzo supremo a protestas colectivas sobre la falta de aire acondicionado en el barracón. Los descontentos con las duras condiciones militares, lejos de ser reprendidos por falta de disciplina, suelen acarrear la destitución de sus mandos y sus quejas airearse siempre en medios de comunicación hostiles al gobierno de turno, sea del signo que sea, debilitando la acción militar por la vía de la presión mediática y política.

Esta  conciencia sobre el punto débil del ejército más poderoso del mundo, ha orientado todos los esfuerzos bélicos de Estados Unidos para conseguir el papel hegemónico en un terreno como el militar.  Todo el esfuerzo tecnológico norteamericano tiene siempre el mismo propósito: que el combate, el esfuerzo o la incomodidad afecte lo menos posible al infante. Más aún, el ejército norteamericano sabe que su fuerza radica en el esfuerzo tecnológico justamente y nunca en la capacidad de sacrificio de sus soldados. Igualmente, esta conciencia sobre la debilidad del soldado de a pié, condiciona igualmente el modelo de intervención militar norteamericano. El procedimiento standard, en caso de irrupción en un país es siempre el mismo: eliminar rápidamente a las fuerzas convencionales del país gracias a su superioridad aeronaval, imponer un gobierno afín a sus intereses y abandonar su presencia sobre el terreno. El concepto de “ocupación” o colonización es ajeno al pensamiento del ejército y la política norteamericana.

Los analistas del Pentágono, no obstante, son conscientes de todo lo expuesto y los éxitos continuados de los drones en Afganistán, han abierto un campo de investigación y desarrollo inesperado en la historia de la guerra y de la Humanidad: la robotización de la guerra.

3. LA ROBOTIZACIÓN DE LA GUERRA

Las guerras de Somalia, Irak y Afganistán demostraron que muchos de los enemigos de Occidente, por muy  tecnológicamente atrasados que se hallen, conocen el punto débil del gran ejército norteamericano: el infante. Los enemigos recurren a evitar el enfrentamiento abierto y optan por emboscarse en sus selvas,  replegarse a guerrilla y a prolongar la guerra, buscando deliberadamente la muerte de soldados norteamericanos, sin defender territorio alguno o negando su condición de combatientes. La humillante salida de las tropas norteamericanas de Somalia demostró que por muy pobre que sea un país, por muy atrasado que esté o por muy pocas armas que posea, podía derrotar a Estados Unidos tan sólo con permanecer hostil frente a él. Tan simple como eso.

Esta incapacidad norteamericana está en vías de solución. Ha comenzado ya, de hecho. Los aviones robots han sido los pioneros de este nuevo advenimiento en el terreno bélico. Los aparatos voladores recorren ya los cielos del territorio enemigo a una velocidad baja (para ser aviones), sin cansancio, sin pausa y sin miedo. Comenzaron desempeñando labores de reconocimiento, pero pronto pasaron a desempeñar un papel bélico al dotarse de armas que emplearon contra objetivos de tipo quirúrgico: un líder insurgente, un automóvil con elementos hostiles, etc… Un militar en el otro extremo del planeta dirige un aparato y elimina enemigos que apenas pueden defenderse ante él. El piloto del drone nunca muere, no resulta herido, y siempre adquiere más y más experiencia.

Sin embargo, aún quedan  muchos pasos por dar en la robotización de la guerra, pero el sendero se está ya marcando. Los aviones robot tienen que comenzar a desempeñar un poder bélico masivo y no sólo quirúrgico. La robotización debe proseguir con los vehículos blindados de patrulla en las ciudades y. por último, regimientos enteros deben dirigir desde su base a sus “avatares” electromecánicos a diez mil kilómetros de distancia, patrullando a pie, escalando montañas, introduciéndose en cuevas y campos de minas, en zonas contaminadas por agentes biológicos, químicos, nucleares o radioactivos y haciendo imposible la insurgencia clásica ante la que hasta ahora nada podían hacer los grandes y costoso ejércitos occidentales. Así, para el enemigo, resistir ya no será vencer, será soportar a múltiples engendros acorazados y de infantería robótica recorriendo el país, sin cansarse, sin producir ataúdes envueltos en la bandera, protagonistas de los noticieros a la hora de comer.

Los soldbots (de soldado y robot) son el paso final de este proceso, pero también pueden ser el inicio de nuevos futuros en el campo de la actividad bélica.

Conforme se consolide el modelo de robotización de la guerra, los efectivos militares de un país no dependerán de su población, sino de su producto interior bruto dedicado a defensa. Se podrá dar el caso de que países de extensión ridícula y población reducida puedan llegar a ser potencias militares regionales porque disponen de una economía saneada capaz de comprar (o producir) una gran maquinaría bélica robótica. Pero esto, ya es historia de otro futuro.

* Licenciado en Ciencias Físicas, DEA del doctorado de Paz y Seguridad Internacional del Instituto Universitario “Gutiérrez Mellado” y profesor de la Universidad Carlos III de Madrid. Es de alférez del Ejército del Aire (RV)

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