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Por Ramón Bugallo Tellez*

Primero y principal felicitar a todos los legionarios por el aniversario. Caballero legionario, ¡que titulo más sublime! Donde se reúnen todas las dotes que el buen hombre debe poseer, pero elevadas a la máxima potencia, pues en esencia el que ostente tan ilustre titulo deberá de ser el salvaguarda de los valores que componen y sustentan a nuestro pueblo.

Aun recuerdo con lágrimas en los ojos aquella niñez admirando a esos bravos con rostros enjutos y severos desfilando marcialmente por las avenidas de nuestra patria… un sueño que anhelaba desde salté de la cuna, un sueño que perseguí, un sueño que conseguí.

Le felicito mi coronel por ese discurso que dio usted en el día de ayer, ante una formación que escuchaba cara al sol, recia e impávida, presidida por el Cristo de la buena muerte, escoltada por el pueblo de Melilla en frente y el Fuerte de Cabrerizas a su espalda.

En la lejanía el monte Gurugú, y más arriba el cielo, donde está el Jefe Supremo. El que todo lo ve el que todo lo escucha, el que vela por todos. El que no se queda con nada de nadie. En su discurso hizo usted sabias referencias a la crisis actual, tanto de valores como económica.

A la esencialidad de cada uno de los legionarios.
A los compañeros que pasaron a la reserva.
A los primeros paracaidistas que salieron de nuestras filas.
A los condecorados.
Al pueblo de Melilla.
Tuvo usted palabras para todos… pero se olvidó de alguien.

Se olvido del que suscribe, sargento legionario, quien ingreso allá por el año 94, motivado por un sueño de la infancia, y que se labró su porvenir entre las filas del Primer Tercio, ascendiendo, promocionando, trabajando, y llegando al empleo de sargento, donde por designios de “unos cuantos” se trunco su carrera.

Yo también fui paracaidista, también fui condecorado en más de una ocasión, participe en misiones internacionales, pero una vez jubilado, quise ejercer mi derecho a adscribirme a la unidad que me vio servir durante tanto tiempo, a la que he amado amo y amare hasta que tenga que rendir cuentas al Jefe Supremo.

Todo aquel que deja de prestar servicios activos tiene un recuerdo emotivo y siempre estará entre nosotros dijo usted…
Papel mojado, palabras vacías, todo mentira. Al menos en mi caso. Cuando tramité hace unos meses mi petición de adscripción, ¡me fue denegada! Santa Madre de Dios ¿Qué crimen tan ominoso habré cometido? Venia denegada por obra y gracia de usted. Sí, sí, de usted, señor coronel Jefe del Tercio. En la resolución negativa figuraba la frase “consta que el coronel del Tercio ha emitido un informe negativo”. Y yo pregunto… ¿Dónde quedaron esos valores que predicaba en su arenga? ¿Y dónde está ese informe que ni se me ha entregado ni he podido ver?

Lleva usted poco menos de un año en las filas del Tercio, no me conoce… ni tan siquiera nos hemos visto, tuvo la oportunidad de haberlo hecho cuando fui al cuerpo de guardia hace 3 meses con la Guardia Civil, para esclarecer los “aberrantes“ hechos de la dichosa pistolita. Pero usted prefirió obviar la ocasión, no quiso bajar de su cúpula al pueblo llano para verle la cara a un sargento. En cambio no le tiembla el pulso para emitir un informe negativo… ¿en base a qué? Sabe Dios que jamás le he hecho ni he querido mal alguno para mi unidad.

Pero hace usted falsa patria, extrapolando los problemas personales que pueda yo tener con individuos de la unidad a La Legión como institución, que me permitiré recordarle que ni es suya, ni la ha comprado ni es usted nadie para privar a alguien de adscribirse a ella. La Canción del Legionario dice… cada uno será lo que quiera. Nada importa su vida anterior… Si que importa, pues el haberme enfrentado (siempre desde la legalidad y el derecho) a determinadas personas quedó grabado a fuego, condicionando mi carrera y ¡Santo Dios! Hasta mi jubilación. También dice “soy valiente y leal legionario”. La valentía se demuestra en el campo de batalla, y la lealtad con quien es merecedor de ella. Se puede obrar mal, pero si se hace por convicción propia, y en base a designios personales se le puede llamar valentía, se obra en base a una conciencia personal sin persuasiones ni influencias, gesto honorable, aunque estuviere equivocado. Pero cuando se obra en base a dictados, sin conocer la causa, sin tener convicción ni conciencia propia, sin convencimiento de lo que se hace, esa valentía torna a la mas ruin de las cobardías, convirtiéndose en lacayo, cómplice y marioneta del que está “al otro lado de la línea”.

¿Quién le ha llamado por teléfono?
¿Quién le ha guiado en su caminar?

Por mucho que se empeñe, jamás me podrá quitar el titulo que me gane, el título de Caballero Legionario, sudado desde abajo. Y aunque no me invite a asistir de uniforme, lo haré de paisano, pues esta gran unidad sobrevivirá a todos nosotros, buenos y malos, y al final de nuestros días el Jefe Supremo obrará en consecuencia. Cada cual rendirá cuentas, y explicará el por qué de arruinarle la carrera a un soldado, y buscar su humillación hasta más allá de sus servicios activos, inmiscuyéndose en lo personal, en lo familiar.. Todo vale con tal de “anularlo” pero bien sabe Dios que jamás lo conseguiréis.

Atendiendo al legionario con fraternal cariño. Decía usted en su discurso… ¿Dónde está esa fraternidad? ¿Y ese cariño? Ah perdón, claro, se lo llevo todo el “que está al otro extremo de la línea”. Santo invento el teléfono… que todo lo puede.

Me despido sin más, diciéndole que esta carta se la podría haber enviado a su despacho. Pero hubiera acabado en la papelera, y, lo más importante, nadie habría sabido el mensaje oculto tras sus palabras del discurso del aniversario. Ya puede llamar al del “otro extremo de la línea” y de paso le da un mensaje… No está todo dicho. La instancia está recurrida, y juro por Dios que se la entregaré en mano al ministro para que vea como su coronel “vela por los legionarios dándoles fraternal cariño”.
Ha privado a un soldado de adscribirse a su unidad, a su sueño, a su sino. Ha privado a una familia de la ilusión de su miembro, un año de servicios de un coronel se ha impuesto ante casi una veintena de un sargento… y todo por alabarle el gesto a un tercero… o a un grupo de terceros. Esta es la cruda realidad. No las perlas de su discurso.

¡¡Viva La Legión!! Porque los designios de unos cuantos jamás acabaran con nuestra reputación, estoy seguro de que más de uno suscribe todas y cada una de mis palabras y desde aquí os animo a luchar y trabajar por esta nuestra querida Legión, pero siempre teniendo el pleno conocimiento de los escollos que proliferan en el camino. Yo llevo 3 años de lucha, y uno de ellos desde fuera, con la plena convicción de que mi lucha acabará desde adentro de nuevo.

* Ramón Bugallo Tellez es sargento del Ejército de Tierra

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