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Por Pedro Vázquez*

“El Espía Digital” tuvo la amabilidad de publicar un artículo de opinión, el pasado 17 de Junio, titulado: “Cambiando de enemigo”. En él, se decía que “La Primavera Árabe” y las revueltas en el orbe musulmán sólo eran un deseo de los medios de comunicación occidentales y todo lo contrario en la realidad.  De demócratas no han tenido nada, ninguna de ellas.

El devenir cotidiano lo va confirmando poco a poco. Una vez desaparecido el sátrapa de turno, sólo aparece islamismo y odio a Occidente. Pero lo peor, es que estas revueltas nunca ocultaron su carácter antioccidental y proi-slamista, como tampoco lo hacen en Siria en la actualidad. Basta ver el trato que reciben las minorías cristianas en las zonas bajo control de ELS en Siria, la exaltación de simbología islámica (los rebeldes han sustituido la franja roja de la bandera siria por una franja verde –color del islam-), los lemas y eslóganes que corean los rebeldes: “Allah u Akbar”, que no tienen nada que ver con “libertad de expresión” o “derechos civiles”.

Uno tiene la odiosa sensación de ser el aguafiestas de turno que acaba diciendo: “os lo dije”, pero no siempre se puede escoger papel en el gran teatro de la geopolítica o la geoestrategia. El caso es que la emponzoñada atmósfera antioccidental en todo el orbe islámico estaba claramente anunciada y tan sólo los periodistas de las democracias europeas y americanas querían vender lo que no eran y, aún a día de hoy, siguen con la misma cantinela en cuanto tratan la guerra civil Siria. No hay más ciego que el que no quiere ver.

En ninguno de los países en donde triunfó la mal llamada “Primavera” se ha instalado un régimen democrático y occidental. En Libia existe un gobierno que no gobierna nada y es lo más parecido que Occidente tiene a un aliado en uno de los países “primaverales”. Aún así, este gobierno libio ha proclamado a la Sharia como fuente de derecho para cuando el país sea eso, un país. Lo que sí consiguió la política y las acciones antigadaffistas fue armar a suficientes tuaregs para que, una vez acabada la guerra en Libia, se quedaran con dos tercios de la superficie de Malí y proclamaran un nuevo estado islámico llamado Azawad. Por lo demás, Libia, simplemente es un caos y, lo que es peor, no se va a estabilizar en un nuevo régimen favorable a Occidente.

En Túnez, el nuevo gobierno es un islamista “moderado”, término que exaspera a cualquier islámico, que sólo puede considerarse ferviente creyente, pero que en política se reserva para aquellos que odian con moderación a Estados Unidos y sus aliados. En Egipto, el nuevo gobierno “moderado” ya apuntó maneras al permitir el paso de buques de guerra iraníes hacia Siria y comenzar a llenar de blindados y tropas la península del Sinaí  en contra de los acuerdos de Camp David, mediante los cuales, Israel cedía a Egipto el territorio a cambio de la desmilitarización.

Lo más curioso de este proceso de “Invierno Islámico” es que la caída de estos regímenes: Túnez, Libia, Siria y, sobre todo, Egipto, coincidía con etapas que se había propuesto Al Qaeda para lograr su Califato Universal. Eran los denominados “Regímenes Apóstatas” . Estados Unidos y sus aliados creyeron, no obstante saber esto mismo que se acaba de escribir, que las protestas eran el triunfo del modelo democrático occidental dentro del orbe musulmán. Además, algunos de estos países eran fichas de Moscú o de Irán, por lo que, con una mentalidad próxima a la de la periclitada Guerra Fría, o a la que acabó con Yugoslavia, apoyaron, más o menos abiertamente, a los opositores a los sátrapas.

La Guerra Fría no ha muerto, ciertamente. La clase dirigente moscovita se nutre de muchos de los enemigos de Estados Unidos durante el periodo comprendido entre la caída de Hitler y la caída de la Unión Soviética, pero no es el problema de Occidente. El verdadero enemigo, el más activo. Es un sentimiento que recorre el orbe islámico en contra de la civilización de génesis euroatlántica y de los valores que representa: libertad de expresión, igualdad de derechos del hombre y de la mujer, libertad de credo y derechos del hombre inalienables por encima de cualquier ley o parlamento y gobiernos elegidos por los propios ciudadanos. El temido escenario de la hipótesis de Huttington golpea insistentemente a nuestras puertas, de hecho, ya las ha sobrepasado en cierta medida, instalándose en Europa y comenzando a organizarse como poder en el continente de la princesa y el toro.

Que este sentimiento de animadversión a Occidente y sus valores es general en el colectivo islámico lo demuestran no los actos de barbarie o de violencia de los exaltados sino el silencio de los pacíficos o moderados. Porque una cosa es que un individuo no se atreva o no le interese realizar una acción violenta y otra, muy distinta, es que cuando alguien realice actos execrables en su nombre, simplemente se quede callado. Así pues, en el orbe musulmán no ha habido condenas a Ben Laden y su Yihad, no se ha condenado a los asesinos de Van Gogh, no se ha condenado la persecución de Rushdie y no se han condenado los asesinatos de funcionarios norteamericanos que nada tienen que ver con un vídeo sobre Mahoma de producciones Z. Y no se hará, ni desde el minarete de ninguna mezquita ni mucho menos en la intimidad del harén.

Ya es general la afirmación de que la “Primavera Árabe” sólo existió en las presentaciones de los telediarios y de que las ayudas militares, mediáticas y económicas a los rebeldes a estos regímenes fueron de gran ayuda a Al Qaeda, para quien estuvieron trabajando los “sagaces” asesores de geoestrategia de los países de Occidente y a los que se debería premiar con una palmadita en la espalda, pero cincuenta centímetros más abajo. Las élites laicas y urbanas que encabezaron los inicios de estas revueltas, sólo fueron “tontos útiles”, sin ningún tipo de apoyo en la población, pero necesarios en un primer momento para enmascarar las rebeliones islamistas como movimientos democráticos.

Estamos en pleno “Invierno Islámico”, el “Choque de civilizaciones” se está haciendo más real que nunca y su reto es global. Ningún país no islámico queda ni quedará exento de él. No está libre Rusia, con su terrible guerra caucásica, no lo está China, sufriendo actos de terrorismo uigur en el tradicionalmente denominado Turkestán chino, no lo está la India, ni en el exterior con Pakistán ni en el interior con su minoría musulmana. En Tahilandia, el sur islámico ha hecho de la profesión de maestro de escuela rural el oficio más peligroso del país, al ser considerados objetivo preferente por los rebeldes islámicos. En Filipinas, los  terroristas islámicos están a punto de constituir su estado en zonas del sur del archipiélago. En general, no hay país en el mundo que no tenga frontera con otro país de mayoría islámica, que no haya sido sometido a violencia de este origen religioso. Si, además, cuenta una nación con una minoría musulmana establecida, ésta se vuelve peligrosa en cuanto aumenta su número. Así ocurre en Francia, en donde hubo años de vandalismo desencadenados por un incidente con jóvenes pied-noirs y en Holanda, con asesinatos y múltiples intentos de violencia física contra las personas.

Los recientes sucesos sobre asesinatos de funcionarios norteamericanos en distintos países islámicos que protestaban por un vídeo cutre de medio euro de presupuesto sobre Mahoma, no son un nuevo caso, son el mismo caso de siempre y es el mismo desafío que el orbe musulmán lanza al mundo: “En el nombre de Alá, el Clemente y Misericordioso debéis obedecer nuestras leyes”.

* Licenciado en Ciencias Físicas, DEA del doctorado de Paz y Seguridad Internacional del Instituto Universitario “Gutiérrez Mellado” y profesor de la Universidad Carlos III de Madrid. Es de alférez del Ejército del Aire (RV)

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